Capítulo 8 #3
—Sofía, por favor. —La sacudió suavemente por los hombros—. Vuelve. Vuelve con nosotros.
No hubo respuesta. Elena, con las manos temblando, sacó el teléfono del bolsillo, aferrándose a la idea absurda de que una llamada a cualquiera, al padre Anselmo, a Marisol, a la policía del pueblo vecino, pudiera servir de algo en ese momento.
—Voy a llamar a alguien —susurró, más para tener algo que hacer con las manos que por verdadera esperanza.
La pantalla se encendió, mostró la barra de señal en cero, y se apagó por completo un segundo después, sin que la batería, que Elena sabía con certeza estaba al ochenta por ciento, diera ninguna advertencia previa. Intentó encenderlo de nuevo. Nada.
Los pasos, entonces, empezaron a moverse otra vez, no hacia el comedor donde estaban escondidos, sino de vuelta hacia la escalera, subiendo con la misma lentitud calculada con la que habían bajado.
Elena sintió que Sofía, a su lado, se ponía rígida de un modo distinto al miedo, algo más parecido a una atracción que ella misma no podía controlar del todo.
—Quiere que la siga —dijo la niña, con la voz extrañamente calmada, casi neutral—. Me está llamando. No con palabras. Solo... llamando.
—¿Cómo se siente? —preguntó Elena, desesperada por entender algo, cualquier cosa, que le diera una ventaja sobre lo que estaban a punto de enfrentar—. La llamada. ¿Cómo se siente?
Sofía tardó un momento en responder, con la mirada perdida en algún punto de la pared del comedor, como si estuviera traduciendo una sensación para la que no tenía las palabras exactas.
—Como cuando tienes mucho sueño y sabes que si cierras los ojos un segundo te vas a quedar dormida, aunque no quieras. Así. Pero en vez de sueño, es como si algo tirara de mí desde adentro del pecho.
—No vas a cerrar los ojos —dijo Mateo, con una determinación feroz que Elena rara vez le había visto—. Vamos a mantenerte despierta, Sofía. Vamos a pelear contra ese sueño juntos.
—No vas a ir a ningún lado —dijo Mateo, sujetándola de los hombros con las dos manos, con una firmeza que temblaba tanto como el resto de su cuerpo—. Sofía, mírame. No vas a ir.
—No es que yo quiera ir —dijo la niña, con una honestidad que resultaba casi peor que si hubiera estado aterrada—. Es que una parte de mí ya no está segura de poder decir que no. Es como cuando tienes mucha hambre y hueles comida. Sabes que puedes esperar, pero el cuerpo ya no quiere esperar.
Elena sintió que se le helaba la sangre ante esa comparación tan simple, tan devastadoramente clara viniendo de una niña de diez años, y apretó más fuerte la mano de Sofía, como si el contacto físico pudiera, de algún modo, anclarla a este lado de lo que fuera que estaba pasando.
—Entonces no vas a tener que decir que no sola —dijo—. Vamos a decirlo por ti, las veces que hagan falta.
—Sofía, escúchame. —Elena se puso frente a su hija, tomándole la cara entre las manos, obligándola a mirarla aunque los ojos de la niña siguieran fijos en algún punto más allá de ella misma—.
Piensa en Ceniza. Piensa en tu cuarto, en tu cama, en nosotros.
No tienes que ir a ningún lado. Tú decides, Sofía, no ella.
Por un instante, brevísimo, algo pareció parpadear detrás de los ojos de Sofía, un reconocimiento, y Elena sintió una oleada de esperanza tan intensa que casi le dolió físicamente.
Pero cuando los pasos se detuvieron en algún punto del segundo piso, cerca, calculó Elena por el sonido, de la puerta del cuarto sin ventana, Sofía se soltó del agarre de Mateo con una fuerza que ningún adulto habría esperado de una niña de diez años, salió de debajo de la mesa antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar, y corrió hacia la escalera con los ojos fijos al frente, como alguien que camina dormido hacia un lugar que conoce de memoria.
—¡Sofía! —Elena y Mateo salieron detrás de ella al mismo tiempo, chocando contra el marco de la puerta del comedor en su prisa.
Elena sintió que las piernas apenas le respondían, como si el mismo aire de la casa se hubiera vuelto más espeso, más difícil de atravesar, empujándola hacia atrás con cada paso que intentaba dar hacia adelante.
No se detuvo. Corrió con todo lo que tenía, con Mateo un paso adelante de ella, los dos gritando el nombre de su hija en una casa que ya no respondía a nada de lo que hacían.
Llegaron al pie de la escalera justo a tiempo para ver la silueta de su hija desapareciendo en la oscuridad del segundo piso, con la puerta del cuarto sin ventana, la misma que ya no tenía yeso ni tablas que la aseguraran, abriéndose por sí sola al final del pasillo, sin que nadie la tocara, dejando salir un frío que bajaba por la escalera como agua helada derramándose escalón por escalón.
Mateo subió primero, tomando los escalones de dos en dos, y Elena lo siguió sin pensar en nada más que en la espalda de su marido desapareciendo hacia arriba, hacia esa luz azulada e imposible que empezaba a filtrarse por el hueco de la puerta abierta al final del pasillo.