TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—¡Están bien, están bien! —gritó Mateo, más para convencerse a sí mismo que para informar a nadie, apretándose el corte con la otra mano mientras seguía empujando a Elena y Sofía hacia adelante.

Los vasos siguieron a los platos, y después las ollas del estante colgante, cada objeto sumándose al caos con una coordinación que no tenía nada de azaroso, hasta que la cocina entera pareció convertirse en un espacio hostil de metal y cerámica volando en todas direcciones, un ruido ensordecedor de vidrio roto y golpes contra las paredes que ahogaba incluso los gritos de los tres.

—¡Al comedor! —gritó Mateo, cubriendo con su propio cuerpo a Elena y Sofía de los fragmentos de porcelana que seguían volando por la cocina.

Se refugiaron en el comedor, bajo la mesa de doce puestos que Elena había considerado absurda el primer día y que ahora agradecía por su tamaño, capaz de cubrirlos a los tres del resto de la casa que parecía, en ese momento, haberse vuelto por completo hostil a su presencia.

El ruido de la cocina cesó de golpe apenas cruzaron el umbral del comedor, como si hubiera sido una cortina que alguien cerraba detrás de ellos, dejando en su lugar un silencio tan súbito que resultaba casi tan aterrador como el caos que lo había precedido.

Los tres se apretaron bajo la mesa, Sofía en el medio, Elena y Mateo a cada lado como dos muros humanos, respirando con la boca abierta para no hacer ruido, escuchando sus propios corazones latir con una intensidad que a Elena le pareció, absurdamente, que debía ser audible desde cualquier punto de la casa.

—¿Qué hacemos? —susurró Mateo, con el brazo herido todavía goteando sangre sobre el piso de madera, formando un charquito pequeño y oscuro que ninguno de los tres se atrevía a mirar directamente—. Si el auto no arranca, si las puertas no abren…

—No lo sé. —La voz de Elena salió más firme de lo que se sentía por dentro, un reflejo automático de proteger a Sofía incluso con el tono con que hablaba—. Vamos a esperar a que pase. Tiene que pasar en algún momento.

—¿Y si no pasa?

Elena no tuvo respuesta para eso. El sonido de pasos, pesados, deliberados, cruzó el techo sobre sus cabezas, del segundo piso hacia la escalera, bajando escalón por escalón con una lentitud que resultaba peor que cualquier prisa.

—Eso no es Camila —susurró Sofía, con los ojos muy abiertos, mirando hacia la puerta del comedor que daba al recibidor—. Camila no camina así. Camila casi no hace ruido.

—¿Dónde está Camila ahora? —preguntó Elena, con la esperanza absurda de que la niña muerta, la protectora triste que se había manifestado en la cocina, pudiera de algún modo interponerse entre ellos y lo que fuera que bajaba la escalera.

—Está peleando —dijo Sofía, con los ojos cerrados, como si escuchara algo que sus padres no podían oír—.

Está tratando de detenerla, pero es difícil, porque Camila también le tiene un poquito de miedo.

La conoce desde siempre. Es difícil no tenerle miedo a alguien que conoces desde siempre, aunque sepas que te hace daño.

Esa frase, dicha con la simpleza devastadora de una niña de diez años, resonó en Elena mucho más profundamente de lo que Sofía probablemente pretendía, y por un instante absurdo, en medio de todo el terror de esa noche, Elena pensó en su propia abuela, en Rosario, atrapada durante años en ese mismo tipo de miedo mezclado con amor del que ahora hablaba su hija sin saber que estaba describiendo, con palabras distintas, exactamente lo mismo que el diario llevaba páginas enteras intentando explicar.

Los pasos llegaron al final de la escalera y se detuvieron.

El silencio que siguió fue peor que el sonido, un silencio con la textura específica de algo que está de pie, quieto, decidiendo su próximo movimiento, a menos de diez metros de donde ellos estaban escondidos bajo una mesa que de pronto parecía ridículamente insuficiente como refugio.

Elena contó los segundos en su cabeza, sin poder evitarlo, un hábito nervioso de la infancia que no había usado en años y que le volvió sin pedir permiso: uno, dos, tres, hasta llegar a casi treinta sin que nada se moviera al otro lado de la pared del comedor.

Sofía, apretada contra su costado, había dejado de temblar, y ese cambio, en lugar de tranquilizar a Elena, la alarmó todavía más, porque no era la calma de un niño que se siente a salvo, sino algo más parecido a una quietud impuesta desde afuera.

—Sofía —susurró, apenas moviendo los labios—. ¿Estás bien? Aprieta mi mano si estás bien.

Sofía no apretó la mano. Elena sintió que el estómago se le caía, literalmente, como si algo físico se hubiera desprendido dentro de su cuerpo, y giró la cabeza despacio para mirar a su hija en la oscuridad apenas mitigada por la luz que se filtraba desde la calle a través de una ventana del comedor.

Los ojos de Sofía estaban abiertos, fijos hacia adelante, hacia la pared que los separaba del recibidor, con una expresión que no era miedo ni calma sino algo intermedio, algo ausente.

—Mateo —dijo, con la voz ya sin ningún intento de mantenerse baja—. Mateo, algo le está pasando a Sofía.

Mateo se inclinó sobre su hija, pasándole una mano frente a los ojos sin obtener ninguna reacción, y por primera vez esa noche Elena vio en la cara de su marido algo que no era solo miedo, sino una desesperación pura, animal, la de un padre que no sabe cómo pelear contra algo que no puede tocar.