Capítulo 8
La Casa Se Vuelve Contra Ellos
Sentaron a Sofía en la sala esa misma noche, los tres en el sofá cubierto todavía con la sábana blanca que nadie se había molestado en quitar del todo, y por primera vez desde que llegaron a Los Alisos, Elena vio en el rostro de su hija algo que reconoció sin lugar a dudas como miedo real, no la curiosidad tranquila con la que había hablado de Camila todos esos días.
Habían discutido, antes de bajar a buscarla, cómo abordar la conversación.
Mateo quería ser directo, sin rodeos, preguntarle a Sofía todo de una vez y actuar según lo que dijera.
Elena había insistido en ir despacio, en no asustarla más de lo necesario, en recordar en todo momento que, más allá de todo lo sobrenatural, seguía siendo una niña de diez años a la que estaban a punto de pedirle que describiera con precisión algo que la mayoría de los adultos no lograría procesar sin quedar marcados de por vida.
Al final hicieron un poco de ambas cosas, y ninguno de los dos estaba seguro de haber elegido bien.
—Necesito que me cuentes todo lo que sabes de la señora —dijo Elena, tomándole las dos manos—. Todo, Sofía. No importa si crees que va a asustarnos.
Sofía miró a sus dos padres, alternando la vista entre uno y otro, con la expresión de alguien que ha estado esperando durante días a que finalmente le hicieran esta pregunta directamente, sin rodeos, sin la protección incómoda de las medias verdades con que los adultos suelen tratar a los niños.
—¿De verdad quieren saber? —preguntó, con una seriedad que no tenía nada de infantil—. Porque una vez que lo sepan, ya no van a poder no saberlo.
Elena sintió un escalofrío ante esa frase, tan precisa, tan adulta, saliendo de la boca de su hija de diez años, pero asintió de todos modos, apretándole las manos con más fuerza.
—Queremos saber, mi amor. Todo.
Sofía se quedó callada un momento, apretando a Ceniza contra el pecho con más fuerza de la habitual.
—Camila me dijo que la señora lleva mucho tiempo en la casa.
Más tiempo que Camila. Que cuando Camila era chica, la señora le hablaba bonito, le mostraba cosas, la ayudaba a saber cuándo alguien se iba a enfermar.
Pero que después, cuando Camila se murió sola en el cuarto, la señora se quedó esperando a otra persona.
—¿Esperando qué, mi amor?
—A alguien que la deje quedarse de verdad.
—Sofía bajó la voz, como si temiera que algo más además de sus padres pudiera escucharla—.
Camila dice que la señora ya no tiene cuerpo propio, que lo perdió hace mucho, mucho tiempo, antes incluso de conocerla a ella.
Y que lo que más quiere en el mundo es que alguien la deje entrar del todo.
No solo hablar a través de una pared. Entrar de verdad.
—¿Entrar dónde, mi amor? —preguntó Elena, aunque una parte de ella ya sospechaba la respuesta y hubiera preferido no escucharla en voz alta.
Sofía miró a su madre con una expresión que combinaba, de un modo que a Elena le rompió algo por dentro, la inocencia de una niña y el peso de una información que ninguna niña debería cargar.
—En alguien que esté viva. Camila dice que lo intentó con ella cuando era chica, pero que Camila era muy fuerte, muy terca, y nunca la dejó entrar del todo, solo hablar y mostrarle cosas. Camila dice que por eso la señora sigue esperando. Necesita a alguien que la deje pasar sin pelear.
—¿Y tú? —La voz de Mateo salió quebrada, apenas un susurro—. Sofía, ¿alguna vez te pidió eso a ti?
La niña asintió, despacio, con Ceniza todavía apretado contra el pecho.
—Anoche. Me dijo que si la dejaba, podía hacer que ustedes ya no tuvieran miedo nunca más, que todo iba a estar bien para siempre. Le dije que no. Camila me dijo que dijera que no, y yo también quería decir que no, aunque sonaba bonito lo que ofrecía.
Mateo, sentado del otro lado de Sofía, se puso de pie tan rápido que la sábana del sofá se arrugó bajo su peso repentino.
—Nos vamos. Ahora mismo. Hagan las maletas, las que alcancemos a hacer en diez minutos, y nos vamos al pueblo, a un hotel, a donde sea.
—Mateo, espera. —Elena intentó tomarle el brazo, pero él ya se había puesto de pie y caminaba hacia la escalera—. Necesitamos pensar esto con calma. Si salimos corriendo así, en medio de la noche, sin saber a dónde vamos exactamente…
—¿Calma? —Se giró hacia ella con una expresión que Elena no le había visto en todo el tiempo que llevaban juntos, algo que se acercaba peligrosamente al pánico puro—.
Nuestra hija nos acaba de decir que un espíritu sin cuerpo quiere poseerla, Elena.
No hay "con calma" para eso. Hay irnos ahora o quedarnos a averiguar qué tan literal era esa amenaza.
Elena no tuvo argumentos para contradecirlo, y en el fondo, aunque la parte racional de su mente seguía calculando logística, rutas, gasolina, dinero disponible en la tarjeta, la parte más antigua y menos razonable de su instinto le decía exactamente lo mismo que a Mateo: salir. Ahora.
Nadie discutió. Elena subió con Sofía a buscar lo mínimo indispensable, un par de mudas de ropa metidas a la fuerza en la primera mochila que encontró, el cepillo de dientes de la niña, el cargador del teléfono arrancado del enchufe sin desconectarlo primero, mientras Mateo bajaba las escaleras de dos en dos hacia la cocina para buscar las llaves del auto.
Sofía no protestó ni preguntó nada durante esos minutos, algo que a Elena, en medio de la urgencia, le pareció más inquietante que si hubiera llorado o hecho preguntas, como si una parte de la niña ya supiera que la prisa no iba a servir de nada.
Fue en ese momento, con la casa entera moviéndose en la urgencia repentina de tres personas empacando en la oscuridad, que la temperatura de toda la planta baja cayó de golpe, como si alguien hubiera abierto todas las ventanas al mismo tiempo en pleno invierno.
La luz del pasillo del segundo piso se apagó primero, con un chasquido eléctrico que no correspondía a ningún fusible quemado, porque un segundo después las luces del cuarto de Sofía también se apagaron, y después las del cuarto principal, cada una en sucesión, como si algo caminara por la casa apagándolas a su paso deliberadamente antes de que ellos pudieran terminar de recoger nada.
Elena contó, sin poder evitarlo, el ritmo de los apagones: uno, dos, tres, un compás regular, casi musical, que la hizo pensar, con un terror frío que le subió por la espalda, en pasos, en algo caminando el largo del pasillo mientras decidía exactamente cuánto tiempo darles antes de dejarlos completamente a oscuras.
—¡Sofía, quédate pegada a mí! —gritó Elena, tanteando la pared en busca de algo sólido a lo que aferrarse, sintiendo el corazón de su hija latiendo contra su costado casi tan rápido como el suyo propio.
—¡Mateo! —gritó Elena, con Sofía apretada contra su costado en la oscuridad repentina del pasillo.
—¡Aquí abajo, estoy bien! —La voz de Mateo llegó distorsionada por la distancia y por algo más, un eco extraño que el pasillo no debería producir—. ¡El auto no arranca, lo intenté dos veces, la batería está muerta!
Elena sintió que el pánico le subía por el pecho como agua fría.
Bajó las escaleras a tientas, con Sofía tomada de la mano con una fuerza que probablemente le dejaría marcas en la muñeca a la niña, contando los escalones de memoria porque la oscuridad era tan completa que ni siquiera alcanzaba a ver sus propios pies, y encontró a Mateo en la puerta principal, forcejeando con la cerradura que, según él, giraba sin trabar, como si el mecanismo interno hubiera dejado de responder a la llave.
—¡Déjame intentar! —Elena le pasó a Sofía y probó ella misma, sintiendo bajo los dedos el metal de la llave girando en un vacío mecánico que no debería ser posible en una cerradura que había funcionado sin problemas todos los días anteriores—.
No entiende. No hace nada. Es como si la cerradura entera hubiera dejado de existir por dentro.
—Entonces vamos por atrás. —Mateo ya se movía, con Sofía en brazos ahora, más rápido así que caminando de la mano en la oscuridad—. Ahora, Elena, vamos.
—Vamos por la puerta de atrás —dijo Elena, y los tres cruzaron la cocina hacia la puerta que daba al jardín trasero, la misma que Mateo había revisado religiosamente cada noche desde la aparición en la cocina.
Estaba atascada. No cerrada con llave, atascada, como si el marco de madera se hubiera hinchado de golpe hasta trabar la puerta contra su propio umbral.
Mateo empujó con el hombro, una vez, dos veces, sin resultado, mientras Sofía, junto a Elena, empezaba a temblar de un modo que ya no parecía frío ambiental.
—Mamá —dijo la niña, con una voz muy pequeña—. Ella está enojada porque nos queremos ir.
Un plato, de los que Elena había dejado apilados junto al fregadero esa misma tarde, se levantó de la pila sin que nadie lo tocara y se estrelló contra la pared opuesta con una violencia que no correspondía a la simple fuerza de la gravedad, haciéndose añicos a centímetros de donde estaba parada Sofía.
Elena la jaló hacia atrás, hacia el centro de la cocina, mientras un segundo plato hacía exactamente lo mismo, después un tercero, cada uno estrellándose más cerca del punto donde estaban parados los tres, como si algo estuviera calculando la trayectoria con precisión, acorralándolos hacia el pasillo, lejos de las puertas.
Un cuarto plato salió disparado no hacia la pared, sino directamente hacia Mateo, y solo la reacción instintiva de levantar un brazo evitó que le diera de lleno en la cara; el borde afilado le abrió un corte superficial en el antebrazo que empezó a sangrar de inmediato, una línea roja y delgada que en cualquier otro momento habría parecido menor y que en ese instante, en la oscuridad casi total de la cocina, se sintió como la prueba definitiva de que aquello no tenía ninguna intención de dejarlos salir sin dejar marca.