Capítulo 7 #3
Volvió adentro decidida a algo que todavía no sabía cómo articular en voz alta, ni siquiera para Mateo: que antes de que todo esto terminara, de un modo u otro, iba a asegurarse de que esa piedra sin nombre dejara de estar sin nombre.
Encontró a Mateo en la cocina, preparando café, con esa mirada cansada de quien tampoco ha dormido bien.
Le contó dónde había estado. Él no dijo nada al principio, solo la abrazó, con el olor a café recién hecho todavía en el aire entre los dos, y por un momento ninguno de los dos necesitó decir nada más.
Desde el pasillo, tan clara que ninguno de los dos pudo fingir después que no la habían escuchado con total nitidez, llegó la voz de Sofía, hablando sola en su cuarto, con el tono despreocupado de quien mantiene una conversación de todos los días.
—Yo sé que tú no eres Camila —decía la niña—. Camila me lo dijo. Me dijo que tuviera cuidado contigo.
Elena y Mateo se miraron, y sin decir una palabra más, ambos se levantaron al mismo tiempo y caminaron hacia el cuarto de Sofía.
La encontraron sentada en el borde de la cama, con Ceniza abrazado contra el pecho, mirando hacia la esquina vacía del cuarto con esa concentración tranquila que ya no sorprendía a ninguno de los dos, aunque seguía helándoles la sangre cada vez que la presenciaban.
—Sofía —dijo Elena, con cuidado, sentándose junto a ella—. ¿Con quién estabas hablando?
—Con la señora. Le estaba diciendo que sé que no es Camila, para que no piense que la puedo confundir.
—¿Y qué te dijo ella?
Sofía se encogió de hombros, con esa naturalidad que a Elena, en ese momento, le pareció casi más perturbadora que cualquier grito o cualquier aparición.
—Nada. Se puso triste, creo. O enojada, no sé distinguir bien cuál es cuál con ella. Camila dice que a veces ni ella misma sabe distinguirlo.
Mateo se arrodilló frente a su hija, buscando su mirada con una urgencia que no intentó disimular.
—Sofía, escúchame bien. Si alguna vez la señora te pide que hagas algo, cualquier cosa, aunque parezca pequeño, tienes que decírnoslo a nosotros antes. ¿Entendido? No falta ni un poquito de confianza en ti, es que ella no es… no es como Camila. No sabemos qué quiere.
—Ya lo sé, papi. —Sofía puso los ojos en blanco con la exasperación exacta de cualquier niña de diez años que siente que le están explicando algo obvio—.
Camila me lo explica todo el tiempo. Dice que la señora estuvo mucho tiempo sola en esta casa, más tiempo que Camila incluso, y que la soledad a veces vuelve a la gente rara. No mala. Rara.
—¿Camila te contó algo de quién es ella? ¿De dónde salió? —preguntó Elena, con cuidado de no sonar tan urgente como se sentía.
—No sabe. Dice que ya estaba aquí cuando ella nació. Dice que a veces cree que la señora vivió en esta casa antes de que la casa fuera de nuestra familia, mucho antes, y que se quedó pegada a las paredes como el olor de algo que se quemó y nunca se fue del todo.
Elena sintió que el suelo se movía apenas bajo sus pies, no físicamente, sino en el sentido más profundo de descubrir que el problema al que se estaban enfrentando quizás no tenía ni siquiera el límite que habían imaginado hasta ahora: no una tragedia familiar contenida en dos generaciones, sino algo mucho más antiguo, algo que había estado en esa casa antes que cualquier Duarte hubiera puesto un pie en ella.
—Duérmete, mi amor —dijo, besándole la frente, con una calma que le costó fabricar desde el fondo del estómago—. Nosotros nos vamos a quedar despiertos un rato más. Cualquier cosa, nos llamas.
Sofía asintió, ya medio dormida, y se acomodó contra Ceniza con la misma tranquilidad de cualquier otra noche, ajena por completo a la magnitud de lo que sus padres acababan de empezar a entender gracias a sus propias palabras dichas sin darles mayor importancia.
Elena y Mateo bajaron a la cocina y se sentaron a la mesa, ninguno de los dos con ganas de volver a la cama todavía.
Afuera, el cielo empezaba a clarear apenas en el horizonte, esa hora incierta entre la noche y la mañana en la que el cuerpo entero pide dormir pero la mente se niega a apagarse.
Mateo puso agua a calentar más por costumbre que por sed, y el silbido lejano de la tetera, minutos después, fue el único sonido normal en una casa que llevaba días dejando de sentirse normal en casi todo lo demás.
—"Más tiempo que Camila" —repitió Mateo, con la voz baja—. Si eso es cierto, esto no empezó con nosotros, ni con Rosario. Empezó antes.
—O nunca empezó. Tal vez esto es algo que simplemente siempre estuvo aquí, esperando a que alguien, cualquier familia, con cualquier apellido, llegara a vivir a esta casa y le diera a alguien con quien hablar.
Mateo se pasó las manos por la cara, con el agotamiento acumulado de toda una semana finalmente visible en cada gesto.
—¿Qué hacemos con esto, Elena? Ya no es solo "vamos a investigar quién era Camila". Ahora es esto. Una cosa sin nombre que lleva más tiempo en esta casa que cualquiera de nosotros con vida, hablándole a nuestra hija todas las noches.
—No lo sé todavía —admitió Elena—. Pero sé una cosa. Le prometí a esa piedra en el jardín que Camila iba a tener su nombre de vuelta. Eso, al menos, lo puedo cumplir, pase lo que pase con todo lo demás.