Capítulo 7 #2
Lloró por Camila, primero, por la niña de once años que había pasado sus últimas dos semanas de vida sola en la oscuridad, esperando una puerta que no se abrió a tiempo.
Lloró después, sin poder evitarlo, por Rosario, por la mujer que había tenido que envolver a su propia hija de noche y cavar su tumba sin que nadie la ayudara, sin poder llorarla en público, sin una misa, sin una lápida con su nombre, cargando ese secreto sola durante el resto de su vida.
Y lloró, por último, por su propia madre, que había crecido en esa casa años después sin saber nunca, o quizás sabiéndolo siempre sin poder nombrarlo, que había tenido una hermana que el silencio familiar había borrado tan completamente que ni siquiera había quedado una fotografía con su rostro intacto.
—La losa del cobertizo —dijo Elena, cuando por fin pudo hablar de nuevo—. La piedra con la fecha. Es su tumba, Mateo. Está enterrada en nuestro propio jardín, sin nombre, desde hace más de cincuenta años.
Pasaron el resto de las páginas del diario juntos.
Quedaban pocas entradas después de esa, todas breves, todas de una Rosario que Elena ya no reconocía como la abuela de espalda recta que recordaba de las tardes pelando arvejas.
Una decía, simplemente: "Le puse flores a la piedra hoy.
No sé si tiene sentido ponerle flores a una tumba sin nombre, pero no supe qué otra cosa hacer con las manos.
" Otra, unas semanas más tarde, apenas legible: "El padre Ernesto se fue del pueblo el mes pasado.
Vino un cura nuevo que no sabe nada de nada, y me alegro.
No podría mirar a los ojos a alguien que sabe. "
La última entrada del cuaderno, sin fecha, decía solo una línea: "Selló la puerta ella misma, con mis propias manos, o eso creo.
Ya no sé qué de todo esto hice yo y qué me hizo hacer la voz que empezó a hablarme también a mí, en las noches, desde que Camila murió.
La voz que Camila llamaba la señora de la esquina vacía. No se fue con ella. Se quedó."
—"Con mis propias manos, o eso creo" —repitió Mateo, despacio, como si pronunciar la frase en voz alta pudiera ayudarlo a entenderla mejor—. ¿Qué significa eso? ¿Que no está segura de haber sellado ella misma la puerta?
—Significa que para el final ya no podía distinguir sus propias decisiones de lo que esa voz la empujaba a hacer.
—Elena cerró los ojos un momento, tratando de imaginar los últimos años de su abuela, sola en esa casa enorme, con una hija muerta en el jardín y algo sin nombre susurrándole desde las paredes cada noche—.
Murió sin volver a hablar del tema con nadie.
Mi propia madre creció aquí sin saber, o sabiendo solo a medias, sospechando algo que nunca se atrevió a preguntar directamente.
Y cuando por fin heredó la casa, ni siquiera quiso pisarla.
—Tiene sentido ahora por qué nunca quiso que vinieras de niña.
—Todo tiene sentido ahora. —Elena se pasó una mano por la cara, agotada de un modo que ya no era solo físico—. Y odio que tenga sentido. Habría preferido que todo esto siguiera siendo un misterio sin resolver antes que tener que cargar con lo que sí significa.
Elena cerró el cuaderno con las manos temblando. Mateo, a su lado, se quedó mirando la pared del cuarto un largo momento antes de hablar.
—Entonces lo que vimos en la cocina, lo que le habla a Sofía, ¿es Camila? ¿O es la otra cosa?
—No lo sé —dijo Elena—. Camila señaló hacia el segundo piso. Me pareció triste, no amenazante. Pero mi abuela escribió que la voz se quedó después de que Camila murió, no que Camila se quedó. Puede que sean dos cosas distintas viviendo en la misma casa desde hace décadas.
—¿Y si son la misma cosa? —preguntó Mateo, con la voz baja—. ¿Y si lo que vimos en la cocina era ya, de algún modo, las dos mezcladas? Camila pasó tanto tiempo hablando con esa voz, escuchándola, aprendiendo de ella, que tal vez ya no hay una línea clara entre las dos.
Elena no había considerado esa posibilidad, y sintió, al hacerlo, un miedo nuevo, distinto del miedo a lo desconocido que la había acompañado toda la semana: el miedo a que la línea entre víctima y amenaza pudiera ser mucho más borrosa de lo que cualquiera de los dos quería admitir.
—Sofía distingue entre las dos con total claridad —dijo, al fin—. Eso tiene que significar algo. Si fueran la misma cosa, no habría manera de separarlas así de limpio.
—Espero que tengas razón.
Se quedaron en silencio, los dos, con el peso completo de la historia finalmente entendida: una niña que había predicho muertes que no provocó, una madre que la había encerrado por amor y por miedo al mismo tiempo, un pueblo que había convertido su terror colectivo en la condena de una niña de ocho años, y una presencia sin nombre propio que había estado susurrándole a esa niña desde antes del encierro, que se había quedado en la casa después de su muerte, y que ahora, sesenta años después, tenía acceso directo a la hija de Elena a través de una pared que ya no era suficiente para contener nada.
A la mañana siguiente, antes de que Sofía despertara, Elena bajó sola al jardín y se quedó de pie frente al cobertizo, frente a la losa de piedra sin nombre que llevaba días ahí sin que ella supiera del todo qué representaba.
La luz temprana le daba al jardín un aspecto casi ordinario, pájaros cantando en el árbol seco junto a la reja, rocío todavía sin evaporar sobre el pasto crecido, y a Elena le costó, por un momento, reconciliar esa normalidad matinal con lo que sabía que había debajo de sus pies.
Se agachó junto a la piedra y pasó los dedos por la superficie desgastada, sintiendo los bordes casi ilegibles de la fecha grabada seis décadas atrás por las manos temblorosas de una madre que cavaba de noche para que nadie la viera.
No había nombre. Solo una fecha, tal como el diario había prometido, un dato frío donde debería haber existido, como mínimo, la dignidad de unas letras.
—Lo siento —dijo en voz alta, sin saber bien a quién le hablaba, si a Camila, si a Rosario, si a la casa entera—. Lo siento mucho. Nadie debería quedar así, sin nombre, tanto tiempo.
No esperaba respuesta, y no la hubo, solo el viento moviendo las ramas secas sobre su cabeza y el silencio ordinario de una mañana de pueblo.
Pero algo en el aire, una calma distinta a la calma tensa y vigilante que había sentido en la casa toda esa semana, le hizo pensar que, quizás, en algún lugar que no lograba entender del todo, alguien la había escuchado.