TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 7
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Capítulo 7

La Verdad Sobre Camila

—¡Mateo! —La voz de Elena salió más aguda de lo que pretendía, cortando el silencio helado del cuarto a oscuras.

Escuchó pasos apresurados en el pasillo casi de inmediato; Mateo debía haber estado despierto todavía, quizás sin poder dormir después de la aparición de la cocina, porque llegó a la puerta en segundos, con el celular en la mano usándolo de linterna, la respiración agitada de quien ha bajado y subido una escalera entera en el tiempo que dura un parpadeo.

Se detuvo en el umbral un segundo, escaneando el cuarto con el haz de luz del celular como si esperara encontrar algo físico parado junto a la cama, algo a lo que pudiera enfrentarse con las manos.

No había nada. Solo Elena, pálida, inmóvil, con el cuaderno abierto sobre las piernas y la mirada fija en un punto vacío del aire junto a su hombro.

—¿Qué pasó? —Encendió la luz general, que esta vez respondió sin problema, y encontró a Elena sentada en la cama, pálida, con el diario todavía abierto sobre las piernas.

—Me habló. Me dijo que no siguiera leyendo. Todavía.

Mateo se sentó a su lado sin decir nada por un momento, mirando la página abierta, la entrada cortada a mitad de frase con la tinta arrastrada hacia abajo.

—¿Y qué vas a hacer?

—Voy a seguir leyendo —dijo Elena—. Pero no sola. Contigo.

Mateo se quedó un momento mirando el cuaderno como si esperara que fuera a hacer algo por sí solo, algún movimiento, alguna señal más de que lo que fuera que le había hablado a Elena seguía en el cuarto con ellos.

No pasó nada. La lámpara siguió encendida, estable, y el frío que Elena había sentido junto al hombro ya se había disipado por completo, dejando solo el calor ordinario de una noche de verano entrando por la ventana entreabierta.

—Está bien —dijo él, al fin, pasándole un brazo por los hombros—. Leámoslo juntos entonces. Lo que sea que diga esa página, lo enfrentamos los dos.

Se recostaron contra la cabecera de la cama, los dos juntos, con el diario apoyado entre ambos, y Elena pasó la página siguiente a la entrada cortada.

Lo que encontró ahí no era una continuación inmediata de la frase interrumpida.

Era una entrada nueva, fechada casi dos semanas después, con una letra todavía más apretada y nerviosa que antes.

"No he vuelto a subir desde esa noche. No puedo.

Cuando le pregunté el nombre y ella se quedó callada, algo cambió en su cara que no puedo describir sin sonar como una loca, así que ya no voy a intentar describirlo con cuidado: dejó de parecerme mi hija por un momento.

Solo un momento. Pero fue suficiente para que ya no pueda subir esa escalera sin que las piernas me tiemblen.

Le sigo dejando comida en la puerta, la desliza alguien del otro lado y el plato vuelve vacío al día siguiente, así que sé que sigue ahí, que sigue comiendo.

Me digo que eso es suficiente por ahora. Me digo muchas mentiras estos días."

—Dejó de entrar al cuarto —dijo Elena, en voz baja, más para sí misma que para Mateo—. Le tenía miedo a su propia hija.

—O le tenía miedo a lo que sea que empezaba a compartir el cuarto con ella —dijo Mateo—. Fíjate cómo lo escribe. "Algo cambió en su cara." No dice que Camila cambió. Dice que algo cambió en ella por un momento. Como si hubiera dos cosas ahí adentro, turnándose.

Elena no respondió enseguida. Pensó en Sofía, en las últimas semanas, en cómo su hija hablaba a veces con una calma demasiado adulta para sus diez años, en cómo distinguía, sin que nadie se lo hubiera enseñado, entre "Camila" y "la señora" con la misma naturalidad con que distinguía entre dos compañeras de colegio.

Se preguntó, con un nudo nuevo en el estómago, si esa distinción tan clara en la voz de una niña de diez años no sería, en el fondo, la misma distinción que Rosario había tardado meses, quizás años, en aprender a hacer, y que quizás nunca había terminado de aprender del todo.

—Sigamos —dijo, apretando la mano de Mateo—. Necesito llegar al final de esto esta noche. No creo que pueda dormir de todos modos.

Siguieron leyendo. Las siguientes entradas, espaciadas cada vez más, mostraban a una Rosario que se alejaba poco a poco de la única persona que debía proteger, mientras el pueblo, afuera, no dejaba de presionar.

"Hoy vinieron seis hombres a la reja. Entre ellos estaba el padre del niño Alarcón, el que murió primero de la fiebre.

Me dijeron que si no 'resolvía el problema de mi casa' antes de que terminara el mes, ellos lo resolverían por mí.

No dijeron cómo. No tuvieron que decirlo.

Les dije que ya me había ocupado, que Camila ya no estaba en el pueblo, que la había mandado a vivir con una tía lejana.

Fue la primera vez que mentí sobre esto en voz alta, frente a otras personas, y sentí un alivio horrible al ver que me creían y se iban.

Dios me perdone, pero ese alivio duró más de lo que debería haber durado. "

Elena sintió que se le revolvía el estómago.

La imaginó, a su propia abuela, parada en esa misma reja donde ahora había maleza sin podar, mintiéndole a un pueblo entero sobre el paradero de su hija mientras esa misma hija seguía viva a treinta metros de distancia, encerrada en un cuarto sin ventana, deslizando platos vacíos por debajo de una puerta.

—No la juzgues todavía —dijo Mateo, con suavidad, notando la expresión de Elena—. No estoy diciendo que lo que hizo estuvo bien. Solo digo que no sabemos qué habríamos hecho nosotros con seis hombres parados en nuestra propia reja amenazando con "resolver el problema" de nuestra propia hija.

—Habría hecho las maletas esa misma noche.

—¿Con qué dinero, Elena? ¿Hacia dónde, en los años sesenta, siendo viuda, en un pueblo donde probablemente conocía a todos los que había en cien kilómetros a la redonda?

—Mateo negó con la cabeza—. No estoy defendiéndola.

Estoy diciendo que el miedo hace que la gente elija entre opciones terribles, no entre una opción terrible y una buena.

Elena no respondió. Sabía que Mateo probablemente tenía razón, y odiaba que la tuviera, porque le resultaba más fácil sostener la furia limpia contra una abuela abstracta que enfrentar la posibilidad incómoda de que, en su lugar, ella tampoco habría sabido qué hacer.

Las entradas siguientes se volvieron más cortas, más espaciadas, algunas con semanas de diferencia entre una y otra, como si Rosario hubiera empezado a evitar el propio cuaderno del mismo modo en que evitaba la escalera del segundo piso.

Una, fechada casi dos meses después de la visita de los seis hombres, decía solo: "El plato ya no vuelve vacío todos los días.

Algunos días vuelve intacto. Me digo que no tiene hambre. Me digo que está bien."

—¿Cuánto tiempo pasó? —preguntó Mateo, calculando fechas con el dedo sobre las páginas—. Entre que empezó el encierro y…

—Casi tres años. —Elena tuvo que releer las fechas dos veces para estar segura, con una sensación de vértigo que no lograba controlar del todo—.

Tres años, Mateo. Una niña de ocho años que se convirtió en una de once, encerrada, mientras su propia madre le dejaba la comida en el piso como si fuera un animal, sin poder decidir si tenerle miedo o abrazarla.

—No sabemos si fue exactamente así todo el tiempo. Hay entradas donde dice que hablaban a través de la puerta.

—¿Eso lo hace mejor? —La voz de Elena salió más filosa de lo que pretendía, y se arrepintió de inmediato, apoyando la cabeza un momento contra el hombro de Mateo—.

Perdón. No es contigo. Es que cada página de esto me hace sentir más furiosa y más triste al mismo tiempo, y no sé bien dónde poner ninguna de las dos cosas.

—No tienes que ponerlas en ningún lado todavía. Solo sigamos leyendo.

La siguiente, casi tres semanas más tarde, era la última entrada extensa del cuaderno, y Elena la leyó en voz alta, despacio, con la voz cada vez más quebrada, mientras Mateo le sostenía la mano libre con una fuerza que a ella le dolía un poco y que no le pidió que aflojara.

"Subí hoy. No sé por qué hoy y no antes, quizás porque el silencio de estas últimas semanas se volvió demasiado pesado hasta para mí, que llevo meses eligiendo no escucharlo.

Golpeé la puerta y no hubo respuesta. La abrí.

No voy a escribir aquí lo que encontré con el detalle que merecería, porque no tengo la fuerza, y porque de todos modos no hay palabras que le hagan justicia a lo que le hice a mi propia hija con mi silencio, con mi miedo, con las semanas que dejé pasar sin subir esa escalera.

Camila llevaba muerta, según pude calcular por su estado, casi dos semanas.

Sola. En la oscuridad. Esperando que yo entrara y no entrando yo nunca hasta que ya fue demasiado tarde.

No murió de nada que un médico pudiera escribir en un certificado.

Murió de que yo dejé de cruzar una puerta. "

"No llamé al médico. No llamé al padre Ernesto.

Si el pueblo se enteraba de que había muerto encerrada en mi casa, después de todo lo que dije sobre haberla mandado lejos, no sé qué me habrían hecho, y ya no tenía fuerzas para averiguarlo.

La envolví yo misma. La llevé al jardín, al cobertizo, de noche, y cavé donde nadie pudiera verme desde la calle.

Puse una piedra con la fecha, solo la fecha, porque no me atreví a grabar su nombre donde alguien pudiera encontrarlo algún día y preguntar.

Que Dios me juzgue por esto, porque yo ya no puedo juzgarme más de lo que ya lo hago cada noche que cierro los ojos. "

Elena bajó el cuaderno. No pudo seguir leyendo en voz alta.

Se quedó con la mirada fija en la página, sintiendo que algo dentro de ella, algo que llevaba días conteniendo entre el miedo y la curiosidad, finalmente se rompía en un llanto silencioso que Mateo no interrumpió, que solo acompañó con el brazo alrededor de sus hombros.