TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Entre esas entradas espaciadas, casi un año después de la primera, Elena encontró un párrafo que le costó releer tres veces antes de aceptar que había entendido bien lo que decía.

"El pueblo ya casi no habla del tema. La fiebre terminó hace meses, no hubo más muertes después de la del niño Alarcón, y la gente encontró otras cosas de qué preocuparse, como siempre pasa.

Podría abrir la puerta ahora. Podría hacerlo hoy mismo.

Sigo subiendo la escalera casi todos los días, le dejo la comida, a veces hablamos un rato a través de la madera.

Pero abrir de verdad, dejarla salir del todo, es otra cosa, y cada vez que lo pienso en serio algo en mí se detiene, y no sé si es miedo por ella o miedo de ella, y esa pregunta, que antes me daba vergüenza escribir, ya ni siquiera me sorprende encontrar en mi propia letra.

" Elena entendió, leyendo esa línea, que el peligro externo, el que había motivado el encierro en un principio, había desaparecido mucho antes de que el encierro mismo terminara, y que lo que había mantenido esa puerta cerrada durante los años siguientes no había sido el pueblo, sino algo que crecía dentro de la propia Rosario, algo que el diario nunca terminaba de nombrar del todo.

Elena pensó, leyendo esto, en lo fácil que resultaba juzgar a su abuela desde la distancia segura de sesenta años, y en lo difícil que sería, probablemente, explicar sus propias decisiones de esta misma semana a alguien que las leyera dentro de seis décadas: por qué no habían hecho las maletas la primera noche, por qué seguían durmiendo bajo el mismo techo que hablaba con su hija a través de las paredes.

El miedo, entendió, rara vez se parece al miedo que uno imagina sentir antes de sentirlo de verdad.

Se parece más a la costumbre, a la parálisis lenta de ir aceptando, un día a la vez, lo que un mes atrás habría parecido intolerable.

La última entrada legible antes del punto donde Elena tenía que ir, ocurrió casi tres años después de la primera mención del cuarto.

La letra de Rosario, para entonces, era menos firme, más apretada, como la de alguien que escribe rápido porque tiene miedo de detenerse a pensar demasiado en lo que está escribiendo.

"Algo pasó anoche. No sé cómo explicarlo sin sonar como una loca, y ya no me importa sonar como una loca, porque tengo que dejarlo escrito en algún lado antes de que se me olvide, o antes de que decida que fue solo mi imaginación, que es lo que hago con todo lo que pasa en ese cuarto desde hace tres años.

Camila ya no está sola ahí adentro. La escuché hablar con alguien más, no conmigo, alguien con una voz distinta a la de ella, más grave, más vieja.

Fui a la puerta y le pregunté con quién hablaba.

Me dijo, con una calma que no era la calma de una niña de once años, que la señora de la esquina vacía por fin le había dicho su nombre.

Le pregunté cuál era. Camila se quedó callada un momento, y después dijo algo que no voy a... "

La entrada se cortaba ahí, a mitad de la última oración, con la tinta de la última palabra visible ("voy a") arrastrada hacia abajo en la página, como si la pluma hubiera resbalado de golpe, como si algo hubiera interrumpido a Rosario en el instante exacto en que estaba a punto de escribir el nombre.

Elena pasó la página, esperando encontrar una continuación, alguna entrada posterior que retomara el hilo cortado.

No la había. El resto del cuaderno estaba en blanco, página tras página vacía hasta la contratapa, como si Rosario, después de esa noche, hubiera decidido que ciertas cosas era mejor no volver a escribirlas nunca, o como si algo, literalmente, se lo hubiera impedido.

Elena pasó los dedos por las páginas en blanco, cada vez más rápido, con una desesperación creciente que no lograba justificar del todo racionalmente, buscando aunque fuera una palabra suelta, una fecha, cualquier cosa que le dijera qué había pasado esa noche entre Rosario y su hija encerrada. No encontró nada.

Elena sintió, antes de escucharlo, el cambio de temperatura en el cuarto.

El aire junto a su hombro izquierdo se volvió frío de golpe, con la misma nitidez sin transición que había sentido en el pasillo el primer día, y la lámpara de noche parpadeó dos veces, apagándose por completo la tercera.

En la oscuridad repentina, con el cuaderno todavía abierto sobre las piernas, Elena escuchó, muy cerca de su oído, un susurro tan bajo que por un segundo dudó si lo había imaginado.

—No lo leas —dijo la voz, pequeña, cansada, con el mismo acento de otra época que Mateo había descrito después de la voz en la cocina—. Todavía no.

Elena se quedó completamente inmóvil, el cuaderno todavía abierto sobre las piernas, la oscuridad cerrándose sobre ella como agua tibia, y por un instante no sintió el terror que había esperado sentir frente a algo así, sino algo más parecido a una tristeza compartida, como si la voz que acababa de hablarle no quisiera hacerle daño sino, de algún modo imposible de explicar, protegerla de algo que ella misma no estaba lista para leer.

—¿Camila? —susurró, con la voz apenas audible—. ¿Eres tú?

No hubo respuesta. La lámpara de noche volvió a encenderse sola, con la misma normalidad abrupta con que se había apagado, y el frío junto a su hombro se disipó tan rápido como había llegado, dejando solo el silencio ordinario de una casa vieja de noche, el crujido lejano de la madera asentándose, el viento afuera moviendo alguna rama contra una ventana.

Elena tardó apenas un segundo en reaccionar, el cuerpo entero recorrido por un escalofrío que le nació en la nuca y le bajó hasta las manos.

Ya no quería estar sola con esa voz, con ese cuaderno, con lo que fuera que hubiera estado a punto de leer.

Abrió la boca y llamó a Mateo con toda la fuerza que le quedaba en el pecho.