Capítulo 6 #2
Entre esa entrada y la siguiente había una hoja distinta, más pequeña, pegada con lo que quedaba de un pegamento reseco casi seis décadas después: un dibujo hecho por la propia Camila, a juzgar por el trazo infantil, de una casa con una figura de palitos junto a la puerta y, detrás de una de las ventanas del segundo piso, otra figura más alargada, sin cara, del mismo modo exacto en que Sofía había dibujado a "la señora" esa misma mañana sin haber visto jamás este cuaderno.
Elena se quedó mirando el dibujo un largo rato, con el estómago revuelto, calculando la distancia imposible entre esas dos niñas separadas por sesenta años que nunca se habían conocido y que, sin embargo, habían visto exactamente lo mismo y lo habían dibujado exactamente igual.
Debajo del dibujo, Rosario había escrito una sola línea, con una letra distinta a la del resto de la página, más pequeña, apretada en el margen como si la hubiera agregado después: "Le pregunté quién era la otra persona en el dibujo.
Dijo que era la señora que vive en la casa desde antes que nosotros.
Le pregunté desde cuándo. Dijo que desde siempre. "
Las entradas siguientes, fechadas ya en pleno invierno, describían con un detalle que a Elena le costaba leer sin que se le cerrara la garganta cómo Rosario había empezado a mantener a Camila alejada de la escuela del pueblo, primero con la excusa de un resfrío prolongado, después sin excusa alguna, mientras el brote de fiebre seguía avanzando y el número de niños enfermos crecía cada semana.
La casa se convirtió, según las propias palabras de su abuela, en "el único lugar donde puedo tenerla cerca sin que nadie más la vea", una frase que a Elena, leyéndola sesenta años después, le sonó menos a protección que a los primeros pasos de un encierro que Rosario todavía no se atrevía a nombrar como tal.
Hubo una entrada, entre esas semanas de invierno, que Elena tuvo que leer dos veces para entender del todo, porque la letra de Rosario, normalmente ordenada, se había vuelto casi ilegible en algunos tramos, como escrita en medio de un llanto que interrumpía el pulso de la mano.
"Hoy la maestra de la escuela vino a la casa, no para preguntar por Camila, sino para decirme, con toda la delicadeza que pudo reunir, que sería mejor que la niña no volviera este año.
Dijo que los otros padres estaban asustados, que dos de ellos ya habían amenazado con sacar a sus hijos si Camila seguía yendo.
No discutí. No tuve fuerzas para discutir.
Cerré la puerta, me senté en la cocina, y lloré durante una hora sin que Camila me viera, porque no quería que supiera que su propia madre estaba empezando a tenerle miedo al mundo que la rodeaba, un miedo que no sabía todavía si algún día se convertiría en miedo hacia ella misma. "
"Hoy murió el hijo menor de los Alarcón.
Es el cuarto. Camila lo supo antes que nadie, otra vez, y esta vez no se lo dije a nadie fuera de esta casa, ni siquiera al padre Ernesto, porque ya no sé en quién confiar con esta información.
Anoche la encontré despierta en su cuarto, sentada en el borde de la cama, hablando bajito hacia la esquina vacía del cuarto.
Le pregunté con quién hablaba. Me dijo que con una señora que la visita desde hace tiempo, que le cuenta cosas, que a veces le da miedo pero que en general es amable.
Le pregunté cómo se llamaba esa señora. Camila dijo que no lo sabía, que la señora nunca le dijo su nombre, solo le mostraba cosas: caras, fechas, quién se iba a enfermar.
Dios me perdone, pero en ese momento, mirando a mi propia hija hablar hacia una esquina vacía a las dos de la madrugada, sentí más miedo del que había sentido en toda mi vida. Miedo de ella. No solo por ella."
Elena bajó el cuaderno un momento, con el corazón latiéndole con una fuerza incómoda.
Nunca se le había ocurrido, hasta esa línea exacta, que la historia pudiera tener una tercera capa: no solo Camila y su don inexplicable, no solo el pueblo aterrado, sino algo más, alguien más, una presencia que había estado hablándole a Camila desde mucho antes de que la propia Camila muriera y empezara, ella también, a hablarle a Sofía desde el otro lado de una pared.
Se levantó, se sirvió un vaso de agua que no tenía sed de tomar solo para tener un motivo de moverse, y se quedó un momento junto a la ventana del cuarto, mirando hacia el jardín a oscuras, hacia la silueta apenas visible del cobertizo donde días atrás habían encontrado la losa de piedra sin nombre.
Se preguntó, con un escalofrío que no supo bien de dónde venía, si esa piedra tendría algo que ver con todo esto, si su familia habría escondido algo más en ese jardín además de secretos.
Volvió a la cama con la sensación de estar leyendo algo que no debería estar leyendo sola, a pesar de que había sido ella misma quien había insistido en hacerlo así.
Pensó, por un momento, en bajar a buscar a Mateo, en romper su propia condición de leerlo primero en soledad.
No lo hizo. Algo en la insistencia con que había pedido leerlo sola le decía que necesitaba llegar hasta el final antes de compartir cualquier fragmento, aunque no supiera explicar del todo por qué.
Siguió leyendo. Las siguientes semanas del diario documentaban un deterioro cada vez más rápido: amenazas más directas de vecinos, una piedra lanzada contra una ventana con una nota atada, la insistencia creciente del pueblo de que la familia debía "hacer algo" con la niña, y finalmente, en una entrada fechada a mediados de julio de ese año, la decisión que cambiaría todo lo que vendría después.
"Decidí que la voy a mantener en el cuarto del fondo del segundo piso durante un tiempo.
No para siempre, Dios me perdone si alguna vez alguien lee esto y piensa que planeé algo permanente.
Solo hasta que el pueblo se calme, hasta que termine el invierno y la gente encuentre otra cosa de qué hablar.
Le puse su cama, sus cosas, todo lo que necesita.
Le dije que era un juego, que jugábamos a esconderla de la gente mala hasta que pasara el peligro.
Ella me creyó. Tiene ocho años, confía en mí más de lo que yo confío en mí misma en este momento.
Que Dios me perdone por lo que estoy a punto de hacer, y que me dé la fuerza para deshacerlo en cuanto sea seguro. "
Elena se dio cuenta, con una certeza fría que le subió por la espalda, de que ya sabía cómo terminaba esa promesa. El cuarto seguía sellado veinte años después de la muerte de Rosario. Nunca se había deshecho nada.
Las páginas siguientes describían los primeros días del encierro con un detalle doloroso: Rosario llevándole a Camila sus juguetes favoritos, un espejo pequeño, una radio a pilas para que no se sintiera del todo aislada del mundo, todo bajo la promesa constante de que era temporal, de que pronto, muy pronto, todo volvería a ser como antes.
"Hoy le llevé el gato de porcelana que tanto le gusta, el que compramos en la feria el año pasado", escribió Rosario en una de esas primeras entradas del encierro, y Elena tuvo que dejar el cuaderno sobre las piernas un momento, con las manos temblando, porque ese gato, entendió con una claridad helada, era exactamente el mismo que ahora vivía sobre el estante del cuarto de Sofía, el que Sofía había bautizado Ceniza sin saber que ya tenía un nombre, una historia, y una dueña anterior que nunca había vuelto a salir de esa casa con vida.
Siguió pasando páginas, cada vez más rápido, buscando el momento exacto en que el "un tiempo" se había convertido en años, buscando alguna entrada que explicara por qué Rosario nunca cumplió su propia promesa.
Las entradas se volvían más espaciadas, más cortas, como si a Rosario le costara cada vez más volver a este cuaderno.
Algunas solo tenían una línea: "Camila sigue en el cuarto.
Le llevé comida. Cantó hoy, la escuché desde el pasillo.
" Otras eran más largas y más dolorosas de leer: "Ya no sé si la estoy protegiendo o si le tengo miedo.
Las dos cosas conviven en mí y no logro que una gane sobre la otra.
Cada día que pasa se vuelve más difícil abrir esa puerta. "