TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 6
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Capítulo 6

El Diario Oculto

Elena empezó por el escritorio, no porque tuviera una razón concreta para creer que ahí encontraría algo, sino porque era el único mueble del estudio que todavía no había vaciado por completo.

Sacó cada cajón, revisó cada carpeta de papeles amarillentos por segunda y tercera vez, golpeó suavemente los costados de madera buscando algún sonido hueco que delatara un compartimento oculto, algo que había visto hacer en películas y que nunca había esperado tener que hacer de verdad en su propia vida.

Mateo la ayudó al principio, arrodillado junto al escritorio con una linterna apuntando debajo del mueble, hasta que Sofía lo llamó desde el jardín para mostrarle un insecto que había encontrado bajo una piedra, y él se fue, aliviado, según pudo notar Elena, de tener una excusa para alejarse un rato de la búsqueda.

No se lo reprochó. Cada uno estaba lidiando con el peso de esa semana a su manera, Mateo con tareas físicas que le daban la ilusión de estar arreglando algo concreto, Elena enterrada en papeles porque necesitaba entender antes que reparar.

Desde la ventana del estudio, mientras trabajaba, Elena podía ver a Mateo y Sofía en el jardín, agachados junto a la piedra donde habían encontrado el insecto, Mateo señalando algo con paciencia mientras Sofía asentía con esa concentración total que solo tienen los niños frente a las cosas pequeñas del mundo.

Por un momento, viéndolos así, Elena logró olvidar durante unos segundos completos todo lo que había aprendido esa semana sobre la casa, y sintió, con una punzada de culpa inmediata, las ganas de que ese momento ordinario, un padre y una hija mirando un insecto bajo el sol de la tarde, pudiera durar mucho más de lo que probablemente iba a durar.

Pasó la tarde entera con el escritorio, palpando cada superficie, cada esquina, con la paciencia metódica que había usado años atrás para organizar el inventario del taller de Mateo antes de que cerrara, la misma paciencia que ahora aplicaba a un mueble en lugar de a repuestos de bicicleta.

Encontró, en el proceso, cosas menores que no esperaba: una llave pequeña sin cerradura conocida, un botón de nácar suelto en el fondo de un cajón, una postal sin enviar dirigida a nadie, con una sola línea escrita: "Espero que algún día me perdones.

" No supo, en ese momento, si esa postal estaba dirigida a Camila, a la propia Elena, a su madre, o a alguien que ya no tenía forma de identificar, y la guardó aparte, junto con los demás fragmentos, para pensarlo con más calma.

A media tarde, cansada de estar agachada sobre el mismo mueble, se permitió una pausa y recorrió el resto del estudio con una mirada distinta, más lenta, fijándose en detalles que las primeras semanas, con la urgencia de instalarse y sobrevivir el día a día, había pasado por alto.

Notó, por primera vez, que uno de los estantes de la biblioteca tenía un hueco visible entre dos libros de contabilidad antigua, como si un tercer volumen hubiera sido retirado de ahí hacía tiempo y nunca hubiera vuelto a su lugar.

Notó también que el papel tapiz, detrás del escritorio, tenía una mancha ligeramente más clara que el resto, del tamaño aproximado de un cuadro o un espejo que alguna vez había colgado ahí y que alguien había quitado sin reemplazarlo, dejando la pared visiblemente incompleta durante décadas.

Se preguntó cuántos otros vacíos como esos, pequeñas ausencias que nadie se había molestado en disimular, estarían repartidos por toda la casa, esperando a que alguien con suficiente paciencia se detuviera a notarlos.

Lo encontró en el cajón inferior, el más profundo, el mismo donde había estado el sobre con los recortes de periódico días atrás.

El fondo del cajón, al presionarlo con fuerza en una esquina, cedió apenas un centímetro, revelando un doble fondo de madera delgada que alguien había instalado con cuidado, encajado a presión sin clavos ni bisagras visibles.

Debajo había un cuaderno de tapa dura, forrado en tela azul oscura, con las esquinas gastadas del mismo modo que el álbum de fotos, como si Rosario hubiera manejado ambos objetos con la misma mezcla de cariño y culpa durante años.

—¿Lo vamos a leer juntos? —preguntó Mateo, cuando Elena le mostró el cuaderno esa noche, después de la cena, con la misma cautela con que se maneja algo que podría estar caliente.

—Quiero leerlo yo primero. —Elena vio la expresión de Mateo cambiar, apenas, algo entre el alivio y el reproche—.

No es que no confíe en ti. Es que necesito leer las palabras de mi propia abuela sin nadie mirando por encima de mi hombro, sin que se me note la cara si dice algo que no quiero que veas todavía. Después te cuento todo, te lo prometo.

Mateo no discutió, aunque Elena notó, por el modo en que se quedó parado un segundo de más en la puerta del cuarto antes de bajar a revisar las cerraduras, que la decisión le pesaba más de lo que estaba dispuesto a decir en voz alta.

Últimamente todo entre ellos parecía dividirse así, en pequeñas negociaciones de quién cargaba qué parte del miedo, quién leía primero, quién hablaba primero con Sofía, como si repartir el peso en fragmentos manejables fuera la única forma de que ninguno de los dos se derrumbara del todo.

Elena lo llevó a su cuarto esa noche, después de que Sofía se durmiera y Mateo bajara a revisar, por tercera vez esa semana, que todas las puertas y ventanas de la planta baja estuvieran cerradas, un ritual nuevo que ninguno de los dos había necesitado antes de la aparición en la cocina.

Se sentó en la cama con la lámpara de noche encendida y el cuaderno sobre las piernas, y abrió la primera página con una mezcla de miedo y alivio que no supo bien cómo nombrar: alivio porque, por fin, iba a tener las palabras de su propia abuela en lugar de fragmentos de terceros; miedo porque sospechaba, desde la primera línea, que esas palabras no le iban a gustar.

La letra de Rosario en esas primeras páginas era firme, redonda, casi alegre, muy distinta de la letra apretada y nerviosa que Elena había visto en la carta inconclusa del cajón del escritorio, la que había encontrado la primera semana.

Eso, más que cualquier otra cosa, le confirmó lo que ya sospechaba: que ese cuaderno cubría un período anterior, los años en que Camila todavía era, para su madre, sobre todo una fuente de orgullo y no de miedo.

Las primeras entradas, fechadas casi dos años antes de la que Elena esperaba encontrar, no hablaban de nada extraordinario.

Describían el día a día de una madre joven, viuda reciente, sacando adelante sola una casa y una hija pequeña en un pueblo donde todos parecían tener una opinión sobre cómo debía criarla.

"Camila dio sus primeros pasos hoy, sola, sin agarrarse de nada, directo hacia el gato del patio", había escrito Rosario en una de las primeras páginas, con una letra tan ligera que casi parecía cantada.

"Reí sola en la cocina durante diez minutos.

Ojalá su padre hubiera llegado a verla caminar.

" Otra entrada, meses después, hablaba de una Camila de tres años que se negaba a dormir sin que le cantaran la misma canción, una melodía sin letra que Rosario decía haber inventado ella misma para calmarla, y que Elena reconoció, con un vuelco en el estómago, como la misma que su propia madre le había tarareado a ella de niña, la misma que ahora, sesenta años después, parecía filtrarse otra vez por los pasillos de esa casa cada vez que caía la noche.

Elena siguió pasando páginas, atravesando meses enteros de normalidad doméstica, hasta llegar a la entrada donde el tono del diario empezaba, apenas perceptiblemente al principio, a cambiar.

"Empiezo a preocuparme por algo que no sé nombrar todavía.

Camila cumplió siete años la semana pasada.

Es una niña buena. Es dulce con los animales, ayuda en la cocina sin que se lo pida, canta bajito cuando cree que nadie la escucha.

Pero desde hace meses dice cosas que no debería saber.

La semana pasada me dijo, sin que viniera al caso, que la vaca de los Ortiz se iba a morir esa noche.

Yo la reñí, le dije que no dijera esas cosas, que asustaba a la gente.

A la mañana siguiente la vaca de los Ortiz amaneció muerta.

No sé qué hacer con esto. No sé si es un don o una maldición, y tengo miedo de que el pueblo decida por mí cuál de las dos cosas es antes de que yo misma lo entienda. "

Elena pasó la página con dedos que ya no estaban del todo firmes.

Las siguientes entradas, fechadas a lo largo de varios meses, describían un deterioro lento y sostenido: los vecinos empezando a cruzar la calle para no pasar frente a la casa, un grupo de mujeres que dejó de saludar a Rosario en la iglesia, alguien que dejó una gallina muerta atada a la reja del jardín delantero con una nota que Rosario no transcribió en el diario, solo mencionó que la había quemado sin leerla dos veces.

"El padre Ernesto vino hoy a hablar conmigo.

Me dijo que la gente está asustada, que han muerto ya dos niños de la fiebre que empezó hace tres semanas, y que alguien empezó a decir en el mercado que Camila lo anunció antes de que pasara.

Le pregunté si él creía que mi hija tenía algo que ver con esas muertes.

Se quedó callado un momento largo antes de decirme que no, que no creía eso, pero que la fe de la gente asustada no siempre sigue la razón, y que debía protegerla.

Le pregunté de qué. Me dijo, con esa cara que ponen los curas cuando no quieren decir la palabra completa: de todos, Rosario.

De todos, incluida usted misma si no logra separar lo que siente por su hija de lo que empieza a temer de ella. "