TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

No se movió al principio. Se quedó quieta en el umbral, con un vestido de algodón que Elena reconoció de inmediato como el mismo que había visto doblado sobre el catre del cuarto sellado, el pelo oscuro recogido en dos trenzas deshechas en las puntas, los pies descalzos sobre el piso de madera.

Su rostro, a diferencia de las fotos del álbum, sí estaba ahí, completo, aunque Elena no lograría describir después con precisión sus rasgos exactos, como si la memoria se negara a fijar del todo esa imagen.

Lo que sí recordaría, con total claridad, durante años, fueron los ojos: oscuros, serios, sin ninguna de la hostilidad que Elena había esperado sentir frente a algo así, sino una tristeza antigua, cansada, del tipo que se acumula durante décadas de espera.

Ninguno de los dos gritó. Elena se dio cuenta, en ese momento suspendido que pareció durar mucho más de lo que probablemente duró, de que el miedo que sentía no era el pánico instintivo que había imaginado sentir frente a un fantasma.

Era algo más parecido a estar frente a un abismo silencioso, la certeza física de estar viendo algo que no debería poder ver, mezclada con una tristeza que no le pertenecía del todo pero que se le contagiaba igual, como si la propia presencia de Camila trajera consigo, sin necesidad de palabras, sesenta años de soledad concentrada en una sola mirada.

El silencio que la rodeaba, Elena lo notó después, con la mente ya más despejada, no era un silencio normal.

No se escuchaba el zumbido del refrigerador, que llevaba encendido toda la noche.

No se escuchaba el reloj de péndulo del pasillo, cuyo tictac se había convertido en un ruido de fondo tan constante en esos días que Elena ya ni lo registraba conscientemente, hasta ese momento exacto en que su ausencia se volvió ensordecedora.

Era como si la casa entera hubiera contenido la respiración junto con ellos.

Camila levantó un brazo, despacio, y señaló hacia arriba, hacia el techo de la cocina, hacia el segundo piso de la casa.

Después bajó el brazo, dio un paso hacia atrás, y desapareció no de golpe, sino como se apaga una vela cuando alguien cierra una puerta y corta la corriente de aire: primero perdiendo definición en los bordes, después disolviéndose del todo, hasta que el umbral de la cocina quedó vacío, con la luz del pasillo iluminando exactamente nada.

Mateo fue el primero en moverse. Se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás con un golpe seco, y cruzó la cocina hasta el umbral donde había estado Camila, como si necesitara comprobar con el cuerpo lo que los ojos ya le habían mostrado.

No había nada. Ni siquiera el frío que Elena había esperado sentir.

—La viste —dijo Elena, más como afirmación que como pregunta, sin poder todavía moverse de su silla—. Los dos la vimos.

—Señaló hacia arriba —dijo Mateo, con la voz todavía temblando—. Hacia el segundo piso.

Se quedaron parados en la cocina un rato más, sin saber muy bien qué hacer con lo que acababan de presenciar, hasta que el frío residual del aire, ese que ninguno de los dos había sentido pero que ambos esperaban sentir, terminó de convencerlos de que era hora de subir a revisar que Sofía estuviera bien.

La encontraron dormida, con Ceniza abrazado y la respiración pareja de un sueño profundo, ajena por completo a lo que acababa de pasar dos pisos abajo.

Se quedaron despiertos hasta pasada la medianoche, sentados en la cama de Elena con la puerta cerrada con seguro, algo que ninguno de los dos habría considerado necesario una semana atrás.

Hablaron de irse. Mateo lo propuso primero, con una urgencia que Elena no le había visto desde que llegaron: hacer las maletas por la mañana, volver a la ciudad, dormir en el sofá de algún amigo si era necesario, cualquier cosa antes de pasar otra noche en esa casa.

—¿Y a dónde iríamos, Mateo? No tenemos casa en la ciudad.

No tenemos ahorros. Volvimos aquí precisamente porque no había otro lugar.

—Elena se pasó las manos por la cara—. Y aunque tuviéramos a dónde ir, ¿de verdad crees que esto se queda encerrado en esta casa?

Te habló en la cocina antes de que la viéramos.

Nos siguió hasta la mesa donde cenamos. No sé si irnos resuelve nada.

—¿Y si le pedimos ayuda a alguien de verdad? Un experto, alguien que sepa de esto.

—¿Quién, Mateo? ¿Un cazafantasmas? Vivimos en un pueblo de tres mil personas donde nadie ni siquiera quiere terminar una frase sobre el tema. No hay ningún experto a media hora de aquí.

Mateo no tenía respuesta para eso, y los dos lo sabían. Se quedó callado un momento, mirándose las manos, antes de hablar de nuevo, con una voz distinta, más baja.

—Mi papá se murió pensando que yo iba a hacer algo grande con el taller —dijo—.

Nunca se lo dije a nadie, pero cuando cerré el negocio sentí que lo había defraudado a él más que a nosotros mismos.

Y ahora estoy aquí, sentado en la cama de la casa de tu abuela, discutiendo si un fantasma nos quiere hacer daño a nuestra propia hija, y una parte de mí sigue pensando que todo esto es culpa mía, que si el taller no hubiera cerrado no estaríamos atrapados en este lugar.

—No es culpa tuya, Mateo.

—Se siente como si lo fuera.

—A mí también se me ocurrió pensar lo mismo la primera semana.

—Elena le tomó la mano—. Que si hubiera insistido más en visitar a mi abuela de niña, si hubiera hecho más preguntas, quizás habríamos sabido de esto antes de mudarnos, y podríamos haber elegido con los ojos abiertos.

Pero no elegimos con los ojos abiertos, ninguno de los dos, y ahora lo único que podemos controlar es qué hacemos con lo que ya sabemos.

Se quedaron un rato más en silencio, cada uno con su propia culpa apretada contra el pecho, hasta que Mateo se levantó a revisar por segunda vez esa noche que la puerta del cuarto de Sofía estuviera entreabierta, y volvió diciendo que la niña dormía profundamente, ajena a todo.

—Señaló hacia arriba —dijo Elena, después de un rato—. Hacia el segundo piso. Ya revisamos el cuarto sellado. No hay nada más ahí que un catre y ropa vieja.

—Tal vez no terminamos de revisarlo bien.

—O tal vez hay algo en otro lugar del segundo piso que todavía no hemos mirado con cuidado.

Se quedaron en silencio, los dos pensando en el mismo lugar sin decirlo todavía en voz alta: el estudio de Rosario, con sus cajones a medio revisar, sus papeles amontonados, y un escritorio que Elena, en cuatro días de búsqueda, todavía no había terminado de vaciar del todo.

Elena pensó, sin decirlo en voz alta, en el mueble que todavía no había revisado por completo, en el fondo de ese cajón profundo donde había encontrado el sobre con los recortes de periódico, preguntándose qué más podría estar escondido ahí, esperando, como todo lo demás en esa casa, a que alguien por fin tuviera el valor de buscarlo.

Apagaron la luz pasada la una de la madrugada, sin haber llegado a ninguna conclusión distinta de la que ya tenían al empezar la conversación: se quedaban, porque no había a dónde ir, y porque irse, de todos modos, no parecía garantizar nada.

Elena se quedó despierta un rato más, escuchando la respiración pareja de Mateo a su lado y, más allá de la pared, el silencio de la casa entera, un silencio que ya no lograba interpretar como ausencia de nada.

Pensó en Camila señalando hacia el techo, hacia el segundo piso, hacia un lugar de la casa que todavía no habían terminado de revisar, y pensó, con una claridad fría que la sorprendió a esas horas, que quizás no era una advertencia lo que esa niña de sesenta años sin cuerpo había querido darles esa noche, sino, por primera vez desde que llegaron, una pista.