Capítulo 5 #2
"La niña Camila Duarte, de ocho años, fue traída por su madre hoy, no por enfermedad propia sino porque la señora Rosario insiste en que la niña 'sabe cosas'.
En examen, la niña se encuentra en perfecto estado físico.
Sin embargo, describió con detalle, sin que nadie le hubiera informado, los síntomas exactos que presentaría el hijo menor de los Alarcón dos días después de esta consulta.
El niño enfermó según lo descrito. No tengo explicación médica para esto.
Recomendé a la señora Rosario mantener a la niña alejada de otros niños del pueblo, no por contagio, sino por la reacción que empieza a generar entre los vecinos, que ya hablan de brujería.
Temo más por la seguridad de la niña que por cualquier otra cosa. "
—Mi abuelo no creía en brujerías —dijo Marisol, cuando Elena terminó de leer—.
Era un hombre de ciencia, terco hasta el final, de los que discutían con el cura del pueblo sobre si rezar servía para algo médicamente comprobable.
Que haya escrito esto y lo haya guardado en lugar de tirarlo me dice que algo lo dejó realmente descolocado.
—¿Sabe qué pasó con Camila después? ¿Después del brote?
Marisol negó con la cabeza.
—Eso es lo último que hay sobre ella en toda la carpeta.
Después de esa nota, nada. Como si mi abuelo hubiera dejado de atenderla, o como si ella hubiera dejado de existir para el registro del consultorio.
—Hizo una pausa, sirviéndoles más café que ninguno de los dos había pedido pero que ninguno rechazó tampoco—.
La gente del pueblo, en esa época, no era gentil con lo que no entendía.
Si mi abuelo temía por la seguridad de esa niña frente a los propios vecinos, no me sorprendería que su abuela la haya escondido en su propia casa pensando que la protegía.
De un modo espantoso, quizás pensó que era lo más parecido a mantenerla a salvo.
Marisol se levantó, fue hasta un aparador junto a la ventana, y volvió con un retrato enmarcado en blanco y negro: un hombre de bigote poblado y anteojos redondos, de pie frente a lo que parecía ser la fachada de un consultorio, con un letrero borroso detrás de él que Elena no pudo leer del todo.
—Este era mi abuelo —dijo, poniendo el retrato sobre la mesa, entre las tazas de café—.
Atendió a medio pueblo durante treinta años.
Partos, fracturas, gripes, de todo. No era hombre impresionable, se lo aseguro.
Una vez le sacó una bala del hombro a un peón sin que le temblara la mano, con el peón despierto y gritando todo el tiempo.
Si algo lo dejó así de descolocado, como se ve en esa nota, no fue por falta de nervio.
—¿Llegó a hablar con usted alguna vez de la familia Duarte? —preguntó Elena—. ¿Aunque fuera de pasada?
—Una vez. Yo tendría unos quince años, y le pregunté por qué nunca íbamos a esa casa, si él conocía a la señora Rosario de toda la vida.
Me dijo que había cosas de las que un médico no debía hablar aunque ya no fueran secreto médico, porque hablar de más solo revivía el miedo de la gente.
Le pregunté qué miedo. Me dijo, y esto lo recuerdo palabra por palabra porque me pareció rarísimo en ese momento, que el miedo más peligroso no era el de la gente hacia la niña, sino el de la propia madre hacia lo que la niña sabía.
Nunca entendí bien qué quiso decir con eso hasta que ustedes tocaron esa puerta hoy.
Mateo removió el café en su taza sin haberlo probado todavía, con la vista fija en el retrato del médico como si esperara que el hombre de la foto fuera a agregar algo más.
—¿Usted cree que ella tenía de verdad ese... don? —preguntó, incómodo con la palabra apenas la pronunció.
Marisol se tomó su tiempo para responder, mirando el fondo de su taza.
—Creo que mi abuelo, que no era hombre de creer en nada que no pudiera medir con un termómetro, escribió que no tenía explicación médica para lo que vio.
Eso, para un hombre como él, era casi una confesión.
Más allá de eso, no sé qué decirles. Nunca hasta hoy había vuelto a pensar en esa carpeta desde que la guardé cuando murió mi abuelo.
Elena salió de esa casa con la carpeta fotografiada en su celular y una sensación nueva mezclada con el miedo: algo parecido a la pena.
Rosario, entendió por primera vez, quizás no había encerrado a Camila por vergüenza ni por crueldad pura.
Quizás lo había hecho, en su lógica retorcida y aterrada, para salvarla de un pueblo entero dispuesto a hacerle daño.
Y esa protección, sostenida durante años en un cuarto sin ventana, se había convertido en su propia forma de condena.
—¿Vamos a contarle esto a Sofía? —preguntó Mateo, ya en el auto, antes de arrancar.
—No sé cuánto. —Elena se quedó mirando la casa de Marisol por el retrovisor—.
No quiero que cargue con más de lo que ya está cargando.
Pero tampoco quiero que siga hablando con "la señora" sin que sepa, al menos, que hay dos presencias distintas en esa casa, y que una de ellas puede no querernos bien.
Manejaron un rato en silencio, pasando de nuevo frente a la plaza con la fuente seca, frente a la iglesia donde el padre Anselmo probablemente seguía revisando registros que ya no iba a necesitar mostrarles, frente a la mercería de Yolanda donde Sofía los esperaba sin saber todavía la mitad de lo que sus padres acababan de aprender.
—Lo que no entiendo —dijo Mateo, al fin, con la vista fija en el camino— es por qué, si mi abuela, digo, tu abuela, tenía tanto miedo de lo que Camila sabía, no la llevó a otro lado.
A la ciudad, a la casa de algún pariente, a cualquier lugar lejos de este pueblo que ya la había decidido culpable de algo que ni siquiera entendía.
—No sé si tenía a dónde ir —dijo Elena—.
O no sé si se le ocurrió que irse era una opción.
La gente de esa generación, en un pueblo como este, no pensaba en "empezar de nuevo en otro lado" como pensamos nosotros ahora.
Este era su mundo entero. Puede que para ella la única salida imaginable fuera esconder el problema, no escapar de él.
—Eso no es una excusa.
—No dije que lo fuera. —Elena se pasó una mano por la cara, cansada—. Solo digo que entiendo un poco mejor por qué pasó, sin que eso signifique que esté bien lo que pasó.
Sofía los recibió en la mercería con una sonrisa amplia y las manos manchadas de tinta de un sello que Yolanda le había dejado usar en retazos de tela, ajena por completo al peso que sus padres cargaban desde la casa de Marisol, y en el camino de vuelta se durmió apoyada contra la ventanilla del auto, agotada de un día que para ella había sido, sobre todo, aburrido.
Esa noche, antes de la cena, Elena subió a dejar unas toallas limpias en el cuarto de Sofía y encontró a Ceniza, el gato de porcelana, en el borde de la cómoda, un lugar donde no recordaba haberlo visto nunca, y desde donde una caída habría bastado para romperlo contra el piso de madera.
Lo devolvió a su sitio de siempre, sobre el estante junto a la ventana, sin darle mayor importancia, atribuyéndolo a que Sofía lo habría movido jugando.
Diez minutos después, bajando ya las escaleras con la última toalla en la mano, escuchó desde arriba un golpe seco, y volvió corriendo a tiempo para encontrar a Ceniza otra vez en el borde de la cómoda, exactamente en el mismo lugar, con Sofía sentada en el piso al otro lado del cuarto, lejos de la cómoda, absorta dibujando algo en un cuaderno.
—Sofía, ¿tú moviste el gato?
—No, mami. Está bien ahí. A la señora le gusta verlo desde ahí, dice que se parece a un gato que tenía antes.
Elena no preguntó nada más. Bajó el gato de porcelana con las dos manos, esta vez lo guardó en un cajón cerrado del pasillo, y se dijo a sí misma, sin lograr creérselo del todo, que no valía la pena discutir con una niña sobre la ubicación preferida de un fantasma.
Cenaron temprano y en silencio. Sofía se fue a dormir sin protestar, agotada por un día que había pasado casi entero esperando en el auto o en la sala de espera imaginaria de conversaciones de adultos que nadie le explicaba del todo.
Elena y Mateo se quedaron en la cocina, con la carpeta fotografiada abierta en el celular sobre la mesa, releyendo la nota del doctor Reyes por tercera o cuarta vez, buscando entre líneas algún detalle que se les hubiera escapado.
—Si de verdad protegía a Camila del pueblo, ¿por qué la puerta tiene tablas atornilladas por fuera? —preguntó Mateo—. Eso no es proteger a alguien de afuera. Eso es evitar que alguien salga.
—No lo sé. Tal vez las dos cosas fueron verdad al mismo tiempo.
Tal vez mi abuela le tuvo miedo y la quiso proteger a la vez, y no supo separar una cosa de la otra.
—Elena se pasó una mano por la cara, cansada de un modo que ya no tenía que ver solo con la falta de sueño—.
Sé que suena contradictorio. Pero también sé, por lo poco que aprendí sobre mi propia familia esta semana, que la gente puede querer a alguien y tenerle miedo exactamente al mismo tiempo, sin que ninguno de los dos sentimientos anule al otro.
Fue Mateo quien lo vio primero. Elena, siguiendo la dirección de su mirada, giró la cabeza hacia la puerta de la cocina que daba al pasillo, y ahí, de pie, con la luz del pasillo detrás recortando su silueta, pero sin llegar a iluminarla del todo, había una niña que no era Sofía.