TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 5
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Capítulo 5

La Primera Aparición Clara

A la mañana siguiente, ninguno de los tres habló mucho durante el desayuno.

Mateo había dormido, si es que había dormido, con la luz del pasillo encendida y la puerta del cuarto entreabierta, algo que no hacía desde que Sofía era bebé.

Elena lo observó servirse café con las manos todavía un poco inestables y decidió que ya no tenía sentido protegerlo de sus propias sospechas.

—Tenemos que hablar con la nieta del médico —dijo, mostrándole el papel que el padre Anselmo le había dado—. Se llama Marisol, vive cerca de la plaza, en la casa del portón verde, y tiene las notas de su abuelo del invierno en que murieron esos cuatro niños.

—¿Y qué esperas que encontremos ahí que no sepamos ya? —dijo Mateo, sin levantar la vista de la taza.

—No lo sé. Pero anoche alguien te habló en nuestra propia cocina, Mateo. Ya no se trata de si le creemos a Sofía o no. Se trata de entender con qué estamos viviendo antes de que pase algo peor.

Él no discutió. Terminó su café en silencio y fue a buscar las llaves del auto.

Sofía, que había estado escuchando desde la puerta de la cocina con Ceniza el gato de porcelana en las manos, habló antes de que sus padres terminaran de organizarse.

—Camila no quiere hacerles daño —dijo, con esa seriedad tranquila que había empezado a inquietar a Elena más que cualquier fenómeno físico de la casa—. Solo está cansada de que nadie la escuche.

—¿Te dijo eso anoche? —preguntó Elena.

—Me lo dice todos los días. —Sofía se encogió de hombros, como si fuera obvio—. Ustedes son los que recién empiezan a escucharla.

—¿Y la otra voz, la que le habló a papá? —preguntó Elena, con cuidado—. ¿Camila te ha dicho algo sobre ella?

Sofía frunció el ceño, pensándolo.

—No mucho. Solo que a veces la señora habla parecido a Camila, pero no es Camila. Dice que hay que tener cuidado de no confundirlas.

—¿La puedes dibujar? —le preguntó Elena, con una calma que le costó fabricar—. A Camila, quiero decir. Me gustaría saber cómo la ves tú.

Sofía asintió, seria, como si le hubieran encargado una tarea importante, y volvió unos minutos después con una hoja de cuaderno doblada en cuatro.

El dibujo, hecho con crayones de colores apagados, mostraba a una niña de trenzas junto a lo que parecía ser un árbol sin hojas, y detrás, más grande que la niña, una figura sin rasgos definidos, solo un óvalo oscuro donde debería haber una cara, con los brazos largos y flacos colgando a los costados.

Elena reconoció, con un escalofrío que le costó disimular frente a su hija, que la postura de esa segunda figura, los brazos así de pegados al cuerpo, era exactamente la misma que había visto días atrás en la fotografía sin rostro del álbum.

—¿Y esta quién es? —preguntó, señalando la figura más grande, aunque ya sospechaba la respuesta antes de terminar la pregunta.

—Esa es la señora —dijo Sofía, sin ninguna inquietud en la voz, como si estuviera describiendo a una maestra o a una vecina—. No la dibujé con cara porque no se la veo bien. Camila dice que ella tampoco se la ve bien casi nunca.

Mateo, que había estado escuchando desde la puerta con las llaves del auto ya en la mano, se acercó a mirar el dibujo por encima del hombro de Elena, y Elena sintió, más que vio, cómo se le tensaban los hombros.

—Guarda eso, Sofía —dijo él, con una voz que intentaba sonar tranquila y no lo lograba del todo—. Guárdalo en tu cuarto, ¿sí? No lo dejes por ahí.

Sofía se encogió de hombros, sin darle mayor importancia al pedido, y se llevó el dibujo de vuelta a su cuarto mientras tarareaba algo que a Elena, por un segundo, le pareció peligrosamente parecido a la melodía sin letra que su propia abuela solía cantar.

Se dijo a sí misma que era coincidencia, que cualquier tarareo infantil termina sonando igual a cualquier otro, y no logró creérselo del todo.

Ni Elena ni Mateo supieron qué preguntar después de eso.

Se miraron por encima de la cabeza de su hija, con la misma sensación incómoda de estar recibiendo información crucial de la única fuente disponible, una niña de diez años que hablaba de fantasmas con la misma naturalidad con que hablaba de sus compañeros de colegio, y decidieron, sin decirlo en voz alta, seguir adelante con el plan del día antes de que el peso de esa conversación los paralizara del todo.

Dejaron a Sofía esa mañana con Yolanda otra vez, que había empezado a disfrutar genuinamente de la compañía de la niña y que no puso ningún reparo en cuidarla un par de horas más mientras "los papás resolvían más papeleo".

Sofía pasó la mañana ayudando a doblar telas en la mercería, contenta de tener algo concreto que hacer con las manos, aunque en algún momento, mientras acomodaba un rollo de tela verde en el estante más alto, sintió esa sensación familiar de compañía silenciosa que había aprendido a asociar con Camila, aunque estuviera a varias cuadras de la casa.

—¿También puedes estar aquí? —susurró, sin que Yolanda la escuchara desde el mostrador.

No hubo respuesta clara, solo esa misma sensación tranquila de no estar sola, como si la distancia no importara del todo para alguien que llevaba sesenta años sin cuerpo que la atara a un solo lugar.

Sofía no le dio más vueltas al asunto y siguió doblando telas, contenta con la idea, aunque no se lo hubiera dicho a sus padres, de que quizás Camila la seguía un poco a todos lados, como una amiga invisible que no necesitaba quedarse encerrada en una sola casa para seguir siendo su amiga.

Antes de llegar a la casa de Marisol, Elena insistió en pasar por la farmacia de la plaza a comprar algo para el dolor de cabeza que la había acompañado desde la mañana, un peso sordo detrás de los ojos que ya empezaba a sospechar que no se le iba a quitar con ninguna pastilla.

La farmacéutica, una mujer joven que no reconoció a Elena de las veces anteriores que había ido al pueblo, le preguntó su nombre completo para anotarlo en un cuaderno de ventas, una formalidad que Elena no había visto en ninguna otra farmacia en años.

—Elena Duarte —dijo, sin pensarlo demasiado.

La mujer levantó la vista del cuaderno, y algo en su expresión cambió, apenas, lo suficiente para que Elena lo notara.

—¿Duarte, de la casa de los Alisos? —preguntó, con un tono que quería sonar casual y no lo lograba—. ¿La que compró mi tía las telas para las cortinas hace tantos años?

—La misma casa, sí. Era de mi abuela.

—Ah. —La farmacéutica terminó de anotar la venta sin agregar nada más, con una brusquedad repentina que contrastaba con la amabilidad de un momento antes, y le entregó las pastillas envueltas en una bolsa de papel sin mirarla a los ojos—. Que se mejore.

Elena salió con la sensación, ya familiar pero nunca cómoda, de haber tocado sin querer un nervio expuesto que todo el pueblo compartía y que nadie quería nombrar frente a ella.

Mateo, que la esperaba afuera del auto, no dijo nada cuando Elena le contó el intercambio, pero apretó el volante con más fuerza de la necesaria antes de arrancar hacia la casa de Marisol.

Marisol resultó ser una mujer de unos sesenta años, de trato directo, cabello corto y manos ásperas de quien ha trabajado la tierra buena parte de su vida, que los recibió en la sala de su casa sin demasiadas preguntas después de que Elena mencionara el nombre del padre Anselmo.

La casa olía a café recién hecho y a alguna planta aromática que Elena no supo identificar, un contraste agradable con el ambiente cargado que habían dejado atrás en la suya.

La sala estaba decorada con el tipo de objetos que se acumulan en una casa habitada por la misma persona durante décadas: platos conmemorativos colgados en la pared, un reloj de cuco detenido en las tres y veinte, fotos familiares en marcos de distintos tamaños que ocupaban cada superficie disponible.

Nada en ese ambiente sugería el tipo de secretos oscuros que Elena había empezado a asociar, casi por instinto, con cualquier casa vieja del pueblo, y esa normalidad, paradójicamente, la tranquilizó un poco antes de sentarse.

—Siéntense, siéntense —dijo Marisol, apartando unas revistas de un sillón—. El padre Anselmo me avisó que capaz venían. Dijo que era sobre lo de la niña Duarte.

—Sí —confirmó Elena—. Encontramos un certificado de nacimiento, y mi hija empezó a hablar de ella sin que nosotros le hubiéramos contado nada.

Marisol asintió, con una expresión que mezclaba curiosidad genuina y algo de recelo, y sacó de un armario una caja de cartón con el nombre de su abuelo escrito a mano en la tapa, "Dr. Osvaldo Reyes, consultorio, 1970-1985", y la puso sobre la mesa del comedor.

—Mi abuelo nunca habló mucho de ese invierno —dijo, mientras revisaba las carpetas, con el tipo de cuidado de quien maneja algo frágil—.

Pero guardó todo. Era de esa generación que anotaba todo, hasta lo que no entendía.

Decía que un médico que no deja registro de lo que no entiende termina mintiéndose a sí mismo tarde o temprano.

Encontró la carpeta correspondiente después de varios minutos y la abrió sobre la mesa.

Adentro había notas médicas manuscritas, fechas, temperaturas corporales anotadas con precisión clínica, listas de síntomas ordenadas por paciente, y en un punto, intercalada entre las notas de los cuatro niños que finalmente murieron, una hoja distinta, con una letra más apretada y nerviosa que el resto, tan distinta del pulso firme del resto de las notas que Elena entendió, antes de leerla, que algo en esa página había sacudido al médico de un modo que las demás no lo habían hecho.

Elena la leyó en voz alta, despacio.