Capítulo 4 #3
No hubo respuesta. Se quedó de pie en la cocina a oscuras durante casi un minuto entero, sin moverse, escuchando el silencio de la casa con una atención que nunca antes había necesitado, hasta que finalmente subió las escaleras de dos en dos y entró al cuarto de Elena sin golpear.
—Alguien me habló —dijo, y Elena, al ver la cara de su marido, entendió de inmediato que ya no había forma de seguir fingiendo que esto era cableado eléctrico, o imaginación infantil, o el sonido de una radio vecina viajando raro en la noche.
—¿Qué te dijo?
Mateo se sentó en el borde de la cama, con las manos temblando lo suficiente como para que Elena las notara incluso en la penumbra del cuarto.
—Me preguntó si esta vez me iba a quedar.
—¿Qué quiere decir "esta vez"? —preguntó Elena, más para sí misma que para Mateo, sintiendo que esa frase concreta abría una pregunta nueva sobre cuántas veces, a lo largo de sesenta años, alguien más habría estado parado en esa misma cocina escuchando la misma pregunta antes de decidir que no, que no se iba a quedar.
Elena se acercó y lo abrazó, sintiendo cómo él temblaba contra su cuerpo, un temblor que no correspondía al hombre práctico y racional que había insistido, apenas unos días atrás, en que todo tenía una explicación de casa vieja.
—Esta vez me toca a mí decir que te creo sin dudarlo —dijo Elena, con la voz baja—. Ya no hay nada de esto que podamos seguir explicando de otra manera.
Se quedaron despiertos buena parte de esa noche, sentados en la cama con la puerta cerrada, repasando en voz alta cada detalle que habían acumulado hasta ese momento: la carta inconclusa, el álbum sin rostro, el cuarto sellado, el certificado con el nombre tachado, la llamada cortada de Blanca, la advertencia del padre Anselmo, el dedal con la inicial C, y ahora esta voz que ya no se limitaba a hablarle a Sofía a través de una pared, sino que había cruzado hasta la cocina para hablarle directamente a Mateo.
—¿Y si nos habla a nosotros pero no le habla a Sofía? —preguntó Mateo, en algún punto de esa larga conversación—. ¿Y si son dos cosas distintas, no una sola voz que salta de un lado a otro de la casa?
—No lo sé —admitió Elena—. Pero si es Camila, la niña de la que habla Sofía, no entiendo por qué te preguntaría a ti si te vas a quedar. Ella nunca te conoció. No tendría motivos para importarle si tú, específicamente, te quedas o te vas.
—A menos que no le importe si soy yo —dijo Mateo, despacio, como si la idea se le fuera formando mientras hablaba—. A menos que le importe que alguien se quede. Cualquiera.
Elena sintió que se le enfriaba algo por dentro al escuchar esa posibilidad en voz alta.
No había vuelta atrás para esa idea, una vez dicha: que lo que fuera que hablaba en esa casa no le importaba tanto a quién tenía enfrente, sino la promesa misma de una presencia constante, de alguien que no se fuera, del mismo modo en que Camila, fuera quien fuera, quizás llevaba décadas sin tener a nadie que se quedara con ella el tiempo suficiente.
—¿Y si mejor buscamos otro lugar donde vivir mientras tanto? —propuso Mateo, en algún momento de esa madrugada, sin demasiada convicción—. No irnos del todo, solo... alejarnos un poco mientras entendemos esto.
—¿Con qué dinero, Mateo? Ya sabes la respuesta. —Elena no lo dijo con dureza, solo con el cansancio de quien ya había recorrido esa misma conversación varias veces en su cabeza—. Estamos aquí porque no hay otro lugar. Eso no cambió solo porque ahora tenemos más miedo.
—Lo sé. Lo sé, perdón. —Se pasó las manos por la cara—. Es solo que no sé cómo se supone que sigamos viviendo normal en esta casa después de esto.
—No creo que podamos —dijo Elena—. Creo que ya dejamos de vivir normal desde el primer día, solo que tardamos cuatro más en admitirlo.
—Mañana vamos a ver a Marisol —dijo Elena, finalmente, cuando el cielo empezaba a clarear un poco por la ventana—. Necesitamos entender qué pasó en ese invierno antes de que esto siga escalando.
Mateo asintió, sin fuerzas ya para discutir ni para proponer, otra vez, que hicieran las maletas y se fueran.
Los dos sabían, aunque ninguno lo dijera en voz alta, que ya no se trataba solamente de curiosidad por un secreto de familia.
Se trataba de entender con qué estaban compartiendo la casa antes de que la próxima voz en la oscuridad les pidiera algo más que una simple pregunta.
En el otro extremo del pasillo, en su propio cuarto, Sofía tampoco dormía.
Había escuchado el golpe metálico del vaso al caer en la cocina, los pasos apresurados de su padre subiendo la escalera, las voces bajas de sus padres hablando durante horas detrás de una puerta cerrada.
No se levantó a preguntar qué había pasado.
Se quedó en su cama, con Ceniza abrazado contra el pecho, mirando la pared donde ya no aparecía la mancha desde hacía varias noches, desde que sus padres le habían pedido que no le respondiera más a Camila.
—¿Sigues ahí? —susurró, tan bajito que ni ella misma estaba segura de haberlo dicho en voz alta.
No hubo golpecitos. No hubo mancha. Solo el silencio normal de una pared normal, y una sensación, difícil de nombrar para una niña de diez años, de que algo en la casa había cambiado esa noche, aunque todavía no supiera decir en qué dirección.