Capítulo 4 #2
—Tenga cuidado —fue lo último que le dijo, antes de que Elena y Mateo salieran hacia la tarde ya avanzada del pueblo, con el sol empezando a bajar entre las torres de la iglesia y las primeras luces de las casas encendiéndose una por una.
Caminaron de vuelta hacia la plaza en silencio, cada uno absorto en lo que acababan de escuchar, hasta que un hombre mayor, sentado en un banco frente a la fuente seca con un bastón apoyado entre las piernas, los saludó con un gesto de cabeza que Elena correspondió por cortesía.
—¿Ustedes son los que se mudaron a lo de los Duarte? —preguntó el hombre, con una voz áspera de fumador.
—Sí —dijo Elena, deteniéndose—. Elena Duarte, soy la nieta de Rosario.
El hombre asintió despacio, como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Yo era niño cuando pasó lo del invierno de la fiebre.
Perdí a un primo esa temporada. —Se quedó mirando un punto indefinido más allá de ellos—.
Mi abuela decía que la culpa no había sido de la niña, que la culpa había sido del miedo de todos los demás.
Pero éramos pocos los que pensábamos así entonces.
La mayoría necesitaba a alguien a quien culpar, y una niña sola, sin padre reconocido, era más fácil de culpar que una fiebre que nadie entendía.
—¿Sabe qué fue de ella? —preguntó Mateo—. ¿De Camila?
El hombre negó con la cabeza, con una expresión que a Elena le pareció genuinamente apenada.
—Un día dejó de vérsela, nomás. Y la gente, con tal de no tener que seguir pensando en ella, se convenció de que se había ido a vivir con familia lejana.
Fue más fácil creer eso que preguntar. —Se apoyó en el bastón para incorporarse, dando la conversación por terminada—.
Cuídense en esa casa. Algunas cosas que uno deja de mirar no dejan de existir solo porque uno deja de mirarlas.
Siguieron caminando hacia el auto sin decir nada más, cada uno cargando en silencio esa última frase del hombre, que resonaba de un modo incómodo con todo lo que habían encontrado hasta ahora en la propia casa.
Pasaron primero por la mercería a buscar a Sofía, que los recibió con dibujos nuevos y ninguna queja sobre la espera, y volvieron los tres juntos a la casa con la cabeza de Elena y Mateo llena de fechas y nombres, sin haber decidido todavía si iban a buscar a la nieta del médico ese mismo día o esperar a que se les asentaran las ideas.
Fue Mateo quien, al entrar por el jardín trasero para guardar unas herramientas en el cobertizo, se detuvo en seco mirando algo en el suelo con una expresión que Elena, un par de pasos detrás, no supo interpretar de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó, acercándose.
Mateo señaló, sin decir nada al principio, un punto de tierra removida cerca de la losa de piedra que Elena había encontrado días atrás.
La tierra estaba fresca, oscura, claramente movida hacía poco, en un patrón que no correspondía a ningún animal que Elena pudiera imaginar.
Sofía estaba unos pasos más atrás, observando en silencio, con Ceniza el gato de porcelana apretado contra el pecho como siempre.
—Iba a guardar el rastrillo cuando lo vi —dijo Mateo, finalmente—. No fui yo el que removió esto, Elena. Ninguno de los tres estuvo en la casa en toda la mañana.
Elena se agachó junto a la tierra removida. En el centro, medio enterrado, había un objeto pequeño que al principio confundió con una piedra más: un dedal de costura oxidado, del tipo que usaban las mujeres hacía décadas, con una inicial grabada en el metal, apenas visible bajo el óxido: una C.
—Alguien lo dejó aquí —dijo Elena, con la voz más baja de lo que pretendía—. O alguien lo sacó de algún lado y lo trajo hasta aquí.
—¿Quién, Elena? No hay nadie más en esta casa.
Ella no respondió. Se quedó mirando el dedal en la palma de su mano, sintiendo un peso que no correspondía al tamaño del objeto, mientras el sol empezaba a bajar detrás del muro de piedra que separaba el jardín del monte.
Sofía se acercó un poco más, mirando el dedal con curiosidad, pero sin decir nada, y Elena notó que su hija no parecía sorprendida en absoluto, como si de algún modo ya supiera que iban a encontrar algo ahí esa tarde.
—¿Sabes algo de esto, mi amor? —le preguntó, mostrándole el dedal.
—No —dijo Sofía—. Pero a Camila le gustaba coser. Me lo dijo una vez.
Ninguno de los dos adultos supo qué responder a eso. Mateo se agachó junto a su hija, tratando de mantener la voz tranquila.
—¿Camila te ha dicho algo más, últimamente? Cosas que no nos hayas contado.
Sofía lo pensó, con esa seriedad que le ponía siempre a estas preguntas.
—Me dijo que antes tenía muchas cosas propias. Un dedal, una muñeca, cositas así. Y que se las quitaron de a poco, hasta que no le quedó nada propio, solo el cuarto. —Se encogió de hombros—. No entendí bien esa parte. Pregunté quién se las quitó y no me contestó.
—¿Y por qué no nos contaste esto antes? —preguntó Elena, con más urgencia de la que pretendía.
—Porque me pidieron que no le respondiera más —dijo Sofía, con un dejo de reproche en la voz—. Y yo estoy tratando de cumplir. Pero ella sigue hablando, aunque yo no le conteste, mamá. Eso ustedes no me lo pueden prohibir.
Elena y Mateo se miraron por encima de la cabeza de su hija, sin saber muy bien qué hacer con esa última frase, que sonaba a la vez como la confesión honesta de una niña y como una advertencia que ninguno de los dos había considerado hasta ese momento: que prohibirle a Sofía responder no significaba, en absoluto, que la comunicación se hubiera cortado del todo.
Cenaron temprano esa noche, con una normalidad forzada que a Elena le costó sostener durante toda la comida.
Sofía habló de la mañana con Yolanda, de un vestido que había visto en la mercería y que quería para su cumpleaños, de las dos niñas del pueblo que Yolanda le había prometido presentarle apenas empezara la escuela.
Elena y Mateo asintieron y respondieron donde correspondía, agradecidos en secreto de que su hija todavía tuviera espacio en la cabeza para pensar en vestidos de cumpleaños en medio de todo lo demás, aunque los dos sabían que esa normalidad era frágil, sostenida apenas por lo que todavía no le habían contado del todo.
Después de acostarla, Elena se quedó un rato repasando las notas de la parroquia en su cuarto, mientras Mateo bajaba a revisar, como cada noche desde la aparición en la cocina, que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas.
Esa noche, ya tarde, Mateo bajó solo a la cocina a buscar agua, dejando a Elena terminando de leer las notas que había tomado en la parroquia y a Sofía dormida, según creían, en su cuarto.
La cocina estaba a oscuras salvo por la luz de la luna que entraba por la ventana sobre el fregadero, y Mateo no se molestó en encender la luz general, calculando el camino de memoria hasta el vaso que había dejado en la repisa esa tarde.
La cocina, a esa hora, tenía la quietud particular de una casa donde todos los demás duermen, un silencio que Mateo había aprendido, en los últimos días, a no confiar del todo.
El grifo abierto llenó el vaso con un chorro delgado que sonaba, en esa quietud, más fuerte de lo habitual, y Mateo cerró la llave apenas se llenó, atento sin darse cuenta a cualquier otro sonido que pudiera colarse debajo del agua corriendo.
Fue mientras llenaba el vaso que escuchó, clara y cercana, una voz de niña que no era la de Sofía.
—¿Vas a quedarte esta vez?
Mateo dejó caer el vaso en el fregadero con un golpe metálico que resonó por toda la cocina a oscuras.
Se dio vuelta de golpe, con el corazón latiéndole en la garganta, y no encontró a nadie.
La cocina estaba vacía, la puerta hacia el pasillo cerrada tal como la había dejado, ninguna ventana abierta por donde pudiera haber entrado sonido alguno desde afuera.
—¿Sofía? —llamó, con la voz quebrada, aunque sabía, con una certeza fría en el estómago, que la voz que acababa de escuchar no era la de su hija.
Era más pequeña, más aguda, con un dejo de acento que Mateo no supo ubicar en ese momento, aunque más tarde, describiéndoselo a Elena, lo compararía con la forma de hablar que había escuchado en algunas de las personas mayores del pueblo, un acento de otra época.