Capítulo 4
El Nombre Borrado
Esa mañana, antes de salir, Elena repasó una vez más su libreta de anotaciones en la mesa de la cocina, mientras Mateo terminaba de vestir a Sofía para llevarla donde Yolanda.
Había escrito, la noche anterior, una lista de preguntas concretas que quería hacerle a quien fuera que encontrara en la parroquia: quién era el padre no reconocido de Camila, qué había pasado exactamente ese invierno, y sobre todo, qué había pasado después, en los años en que el álbum mostraba a una Camila adolescente y después dejaba de mostrarla del todo.
—¿Estás lista? —preguntó Mateo, apareciendo en la puerta de la cocina con las llaves del auto en la mano.
—No sé si "lista" es la palabra —dijo Elena, cerrando la libreta—. Pero vamos.
La parroquia de Los Alisos era un edificio de piedra blanca con una sola torre, más pequeño de lo que Elena recordaba de las pocas veces que había estado ahí de niña, en alguna boda o algún funeral familiar que ya no lograba ubicar en el tiempo.
Llegaron poco después de las diez de la mañana, con Sofía dejada por esa mañana en casa de Yolanda, la mujer de la mercería, que se había ofrecido con una amabilidad que a Elena le pareció genuina a cuidarla un par de horas mientras ellos hacían "un trámite del papeleo de la herencia", la mentira que habían acordado usar cada vez que necesitaran investigar sin que Sofía estuviera presente.
El padre que la recibió no era el padre Ernesto de la carta de su abuela, obviamente; ese hombre, si seguía vivo, tendría más de cien años.
Era un sacerdote joven, de unos cuarenta, que se presentó como el padre Anselmo y que llevaba apenas seis años en el pueblo, "el tiempo suficiente para conocer a la gente, pero no para conocer todas sus historias viejas", le dijo con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora, invitándolos a sentarse en dos sillas de madera frente a su escritorio, en una oficina pequeña que olía a cera de vela y a libros viejos.
—Busco información sobre una niña que se llamaba Camila Duarte —dijo Elena, sin rodeos, después de explicar quién era y por qué estaba en el pueblo—.
Habría nacido hace unos cincuenta y cinco años, más o menos.
Tengo un certificado de nacimiento de la parroquia con esa fecha, pero el apellido de la madre está tachado.
Habían dejado el auto estacionado frente a la plaza y caminado el resto del trayecto en silencio, cada uno con su propia versión de nervios sobre lo que estaban a punto de hacer.
La fachada de la parroquia, vista de cerca, mostraba grietas antiguas selladas con parches de cemento más nuevo, y una campana en lo alto de la torre que, según les había dicho doña Custodia alguna vez sin que ellos preguntaran, ya no sonaba desde hacía años porque nadie había querido pagar la reparación del mecanismo.
Adentro, el aire olía a incienso viejo y a madera encerada, con la luz filtrándose en franjas de colores a través de unas vidrieras modestas que representaban escenas que Elena no se detuvo a identificar.
Le extendió el documento por encima del escritorio. El padre Anselmo lo examinó con atención, pasando el pulgar por la tachadura del mismo modo en que lo había hecho Elena la tarde anterior, y se quedó quieto un momento, con las manos cruzadas sobre el escritorio, antes de responder.
—El archivo antiguo de la parroquia está en el sótano, señora Duarte. No lo hemos digitalizado todo, pero puedo revisar si hay algo con ese nombre. —Hizo una pausa—. ¿Puedo preguntarle por qué le interesa esto específicamente?
—Porque encontré un cuarto sellado en la casa de mi abuela con la ropa de una niña adentro, marcas de conteo en la pared, y porque mi hija de diez años dice que hay alguien en la casa que se llama así. Alguien que ella no debería conocer de ninguna otra manera.
Elena vio, con una claridad que no esperaba, cómo el rostro del padre Anselmo cambiaba. No era escepticismo lo que cruzó su expresión. Era algo más parecido al reconocimiento, la expresión de alguien que escucha un nombre que ya había escuchado antes, en un contexto que preferiría no recordar.
—Espéreme aquí —dijo, y bajó al sótano sin decir nada más, dejando a Elena y Mateo solos en la oficina, rodeados de estantes con libros de contabilidad parroquial y una imagen enmarcada de la Virgen que Elena no pudo evitar sentir que los observaba mientras esperaban.
—¿Crees que sabe algo? —susurró Mateo.
—Estoy segura de que sabe algo. La pregunta es cuánto está dispuesto a contarnos.
El sótano, se lo imaginaba Elena, debía ser un lugar húmedo y desordenado, lleno de cajas de registros que nadie había vuelto a abrir en años, y la idea de que en algún punto de ese caos hubiera una sola entrada, escrita hacía más de cincuenta años, que confirmara todo lo que llevaban días armando a partir de fragmentos sueltos, le provocaba una mezcla de ansiedad y alivio anticipado que le costaba mantener quieta en la silla.
Miró a Mateo, que tamborileaba los dedos contra su propia rodilla con el mismo nerviosismo, y por primera vez en varios días sintió que estaban verdaderamente sincronizados en algo, aunque ese algo fuera el miedo compartido a lo que estaban a punto de confirmar.
Volvió veinte minutos después con un libro de registro encuadernado en cuero agrietado, del tamaño de un atlas, cubierto de polvo que le manchaba las mangas de la sotana, y lo abrió sobre el escritorio en una página que ya tenía marcada con un trozo de papel, como si hubiera sabido exactamente dónde buscar.
—Aquí está el registro de bautismo —dijo, señalando una entrada escrita a mano con tinta desvanecida por el tiempo—.
Camila, hija de Rosario Duarte y de un padre no reconocido.
Eso, en esta parroquia, en esa época, era motivo de vergüenza pública para una familia.
Pero no creo que sea la razón por la que su abuela hizo lo que sea que haya hecho con esa niña.
—¿Entonces cuál es la razón?
El padre Anselmo cerró el libro despacio, con las dos manos, como si el gesto le diera tiempo para decidir cuánto iba a contarle.
—Yo no estaba aquí entonces, señora Duarte.
Lo que sé es lo que me contó el padre que me antecedió, ya fallecido, en una de las últimas conversaciones que tuvimos antes de que yo tomara la parroquia, y lo que se sigue diciendo en el pueblo cuando alguien bebe de más y se le suelta la lengua.
Dicen que Camila, de niña, sabía cosas que no debería saber.
Que anunciaba muertes antes de que pasaran.
Que en el invierno del que habla la carta de su abuela, si es la carta que yo creo que es, murieron cuatro niños del pueblo en menos de dos meses, de una fiebre que el médico de entonces nunca logró diagnosticar del todo, y que Camila había dicho, semanas antes, exactamente quiénes iban a enfermarse y en qué orden.
Elena sintió que se le secaba la boca.
—Eso no significa que ella causara nada.
—No, no significa eso. —El padre Anselmo la miró directamente por primera vez desde que había empezado a hablar—.
Pero el pueblo no hizo esa distinción entonces, y por lo que tengo entendido, tampoco la hizo su propia abuela.
Un pueblo asustado necesita un lugar donde poner el miedo, señora Duarte.
Y a veces ese lugar es una niña de ocho años que no puede defenderse de nada de lo que se dice de ella.
—¿Y usted qué cree? —preguntó Mateo, hablando por primera vez desde que había empezado la conversación.
El sacerdote tardó en responder, mirando un punto indefinido sobre el escritorio.
—Creo que hay cosas que este pueblo enterró junto con esos cuatro niños, y que ninguna de esas cosas se quedó enterrada del todo.
Creo que su abuela cargó con una culpa que nunca resolvió, ni con Dios ni con nadie más, y que esa culpa terminó pesando más de lo que un ser humano puede sostener solo.
Y creo, señora Duarte, con todo respeto, que si su hija está hablando con alguien llamado Camila en esa casa, usted debería pensar muy seriamente en no seguir cavando en esto sola.
Hay historias que es mejor dejar donde están.
—No puedo dejarlo donde está. Mi hija ya está adentro de esto, le guste a usted o no. Y con todo respeto, padre, "dejarlo donde está" es exactamente lo que hizo esta familia durante sesenta años, y mire a dónde nos trajo eso.
El padre Anselmo no discutió el punto. Se quedó en silencio un momento, con la mirada baja, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba distinta, más resignada que reticente.
—Tiene razón. —Suspiró, y anotó en un papel el nombre completo del médico que había atendido el brote de fiebre de aquel invierno, ya fallecido hacía años pero cuyo consultorio, le dijo, todavía conservaba una nieta en el pueblo con algunas de sus notas viejas—.
Se llama Marisol. Vive cerca de la plaza, en la casa con el portón verde. Dígale que va de mi parte.
—¿El padre Ernesto llegó a escribir algo sobre esto? —preguntó Elena, antes de que el sacerdote se levantara del todo—. En algún registro, alguna nota personal.
El padre Anselmo negó con la cabeza.
—Cuando yo llegué a esta parroquia, no encontré ningún archivo personal del padre Ernesto, solo los registros oficiales de la iglesia.
Si escribió algo por su cuenta, o se lo llevó cuando se retiró, o alguien se encargó de que no quedara.
En un pueblo como este, señora Duarte, los papeles importantes tienen la costumbre de desaparecer justo cuando alguien más los necesita.
—¿Insinúa que alguien lo hizo a propósito?
—No insinúo nada. Solo le digo lo que encontré, que fue poco, y lo que no encontré, que fue casi todo lo que hubiera sido útil.
—Se puso de pie, alisándose la sotana con las manos—.
Este pueblo ha tenido sesenta años para editar su propia historia, señora Duarte.
La gente es buena editando lo que le avergüenza.
Le entregó el papel con la expresión de alguien que está haciendo algo en contra de su propio juicio, y los acompañó hasta la puerta de la parroquia.