TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 3 #3
33%

Capítulo 3 #3

Pero el apellido de la madre en el certificado, el campo que debería decir Rosario, estaba tachado con una línea gruesa de tinta negra, tan insistente que había rasgado el papel en dos puntos, como si quien lo hizo hubiera necesitado tacharlo con una fuerza que no correspondía a un simple error de llenado.

Elena pasó el dedo por encima de la tachadura, sintiendo el relieve del papel rasgado bajo la yema, y por primera vez desde que habían llegado a Los Alisos sintió que ya no estaba solamente investigando un misterio de familia.

Sentía que algo, en algún lugar de esa casa, estaba esperando a que ella terminara de unir las piezas.

Guardó el certificado en la libreta donde llevaba el resto de sus anotaciones y bajó a esperar a Mateo y Sofía, que volvieron a media tarde con bolsas de útiles escolares y el ánimo un poco más liviano del que habían tenido esa mañana.

Esperó a que Sofía se distrajera con sus lápices nuevos en la sala para llevar a Mateo aparte, a la cocina, y contarle todo: la llamada cortada de Blanca, el certificado con el nombre tachado, la fecha que coincidía con un año antes del nacimiento de su propia madre.

—Camila Duarte —repitió Mateo, sosteniendo el papel con cuidado, como si pudiera romperse—. Entonces sí es un nombre real. No algo que Sofía se inventó, ni algo que escuchó por ahí sin que nosotros nos diéramos cuenta.

—Es un nombre real, y alguien se tomó el trabajo de tachar la conexión con mi abuela en un documento oficial. Eso no es descuido, Mateo. Eso es alguien queriendo borrar evidencia de que existió.

—¿Y por qué Blanca se puso así al escuchar el nombre? Cortó la llamada, dijiste.

—No sé si la cortó ella o si se cortó sola.

—Elena se cruzó de brazos, repasando mentalmente el chasquido brusco que había escuchado antes del tono de línea muerta—.

Lo que sí sé es que después no pude volver a comunicarme, y que el número dio como fuera de servicio menos de un minuto después de que colgamos.

Mateo se quedó en silencio un momento, mirando el certificado, después la libreta de anotaciones de Elena abierta sobre la mesa con su lista ordenada de pistas sueltas.

—Deberíamos ir a la iglesia —dijo, finalmente—. La carta de tu abuela menciona a un padre Ernesto. Si esa parroquia todavía existe, capaz que guardan registros de esa época. Nacimientos, bautizos, lo que sea.

—Mañana —dijo Elena, sintiendo, por primera vez en varios días, que tenían un plan concreto en lugar de solo ir reaccionando a lo que la casa les mostraba.

Esa noche, mientras acostaba a Sofía, la niña le hizo una pregunta que Elena no esperaba y que la dejó pensando mucho después de apagar la luz.

—Mamá, ¿Camila era de nuestra familia?

Elena se sentó en el borde de la cama, eligiendo con cuidado cómo responder.

—Creemos que sí, mi amor. Todavía estamos tratando de entender exactamente cómo.

—Entonces si era de la familia, ¿por qué nadie la quiere en las fotos? —Sofía lo preguntó sin ningún dramatismo, con la lógica directa e implacable de una niña de diez años—. Si yo desapareciera, ustedes no me cortarían de las fotos.

Elena no tuvo una respuesta que le sirviera a su hija esa noche, ni tampoco a sí misma.

Se quedó sentada un rato más, después de que Sofía se durmiera, pensando en esa pregunta tan simple y tan imposible de contestar, hasta que finalmente bajó a la cocina a anotarla también en su libreta, como una pieza más del mismo rompecabezas que cada día se volvía más grande y menos cómodo de sostener.

Mateo la encontró ahí, casi una hora después, todavía con la libreta abierta y una taza de té ya frío entre las manos.

—Deberías dormir —le dijo, apoyándose en el marco de la puerta de la cocina.

—No puedo. Cada vez que cierro los ojos pienso en esa pregunta de Sofía. Si yo desapareciera, nadie me cortaría de las fotos. ¿Qué tuvo que pasar para que alguien decidiera hacerle eso a una niña de su propia familia?

Mateo se sentó frente a ella, en silencio un momento, antes de responder.

—No lo sé. Pero vamos a averiguarlo. Mañana vamos a la iglesia, hablamos con quien esté a cargo ahora, y seguimos tirando del hilo hasta donde nos lleve.

—¿Y si no nos gusta a dónde nos lleva?

—Entonces igual vamos a saberlo. Ya no podemos fingir que no vimos ese cuarto, Elena.

Ya no podemos fingir que Sofía no está hablando con alguien que nosotros no vemos.

—Extendió la mano por encima de la mesa y la puso sobre la de ella—.

Prefiero que lo enfrentemos juntos a que sigas cargando todo esto sola, anotada en una libreta a las once de la noche.

Elena cerró la libreta, agradecida por esa mano sobre la suya, por esa sensación renovada de que al menos en esto, en medio de todo lo demás que se les había derrumbado en los últimos meses, estaban del mismo lado.

Subieron juntos poco después, apagando las luces de la planta baja uno por uno, y al pasar frente a la escalera que llevaba al segundo piso, Elena tuvo la certeza fugaz, aunque no dijo nada, de que la casa entera parecía estar conteniendo la respiración junto con ellos, esperando a ver qué encontrarían al día siguiente en la parroquia del pueblo.