TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—No la veo —dijo la niña, encogiéndose de hombros, como si la pregunta fuera un poco tonta—.

Solo la siento del otro lado. Y a veces oigo que respira, como cuando alguien tiene la nariz tapada.

Pero no da miedo, mamá. Al principio sí daba un poco de miedo, pero ya no.

Ella solo está triste. Y sola. Dice que lleva mucho tiempo sola.

—¿Ella te lo dijo?

—Con golpecitos. Un golpe es sí, dos golpes es no. Y a veces escribe letras en la mancha, cuando quiere decir algo más largo.

—¿Y de qué más han hablado? —preguntó Elena, tratando de que la pregunta sonara como simple curiosidad y no como el interrogatorio que en realidad era.

Sofía lo pensó un momento, masticando despacio.

—De cosas normales. Le pregunté si le gustaba algún color, y me dijo que el azul. Le pregunté si tenía hambre, porque a veces yo tengo hambre en la noche, y me dijo que ya no. Le pregunté por qué estaba en la pared y no me contestó esa parte. Creo que no le gusta hablar de eso.

Mateo dejó su tenedor sobre el plato con un cuidado exagerado, el tipo de gesto lento que hacen los adultos cuando están conteniendo el impulso de reaccionar de golpe frente a un niño.

—Sofía, no quiero que vuelvas a hacer eso —dijo—. No quiero que le respondas a la pared. ¿Entiendes? Si sientes frío otra vez, o ves la mancha, vienes a buscarnos a nosotros, no te quedas ahí hablando.

—Pero ella no me hace daño, papá.

—No importa. No quiero que lo hagas.

—¿Por qué no? —insistió Sofía, con la terquedad específica de los diez años que no entienden por qué una amistad debería darles miedo a los adultos—. Ella está sola. Es triste estar sola.

—Porque no sabemos qué es en realidad, mi amor —dijo Elena, más suave que Mateo pero con la misma firmeza de fondo—. Y hasta que lo sepamos, necesitamos que nos prometas que si algo pasa, corres a buscarnos primero.

—¿Y si le prometo que si algo se pone raro corro con ustedes? —insistió Sofía, buscando un punto medio—. ¿Puedo seguir hablando con ella si prometo eso?

Elena miró a Mateo, que negó apenas con la cabeza, y respondió antes de que él pudiera hacerlo.

—Por ahora no, mi amor. Danos unos días para entender mejor qué está pasando, y después lo volvemos a hablar. ¿Trato?

Sofía no respondió al trato con un sí claro, pero tampoco protestó más. Se quedó mirando su plato con la mandíbula apretada, un gesto que Elena reconoció de inmediato porque era el mismo gesto que hacía Mateo cuando se tragaba un desacuerdo sin decirlo en voz alta.

Sofía bajó la vista a su plato, con la expresión herida y terca de un niño al que le acaban de prohibir un amigo, y no dijo nada más el resto de la cena.

Elena, mientras recogía los platos, se preguntó cuánto tiempo llevaba pasando esto sin que ninguno de los dos lo supiera, y cuántas noches más habían pasado con su hija hablando con una niña muerta a través de una pared mientras ellos discutían sobre cableado eléctrico y tiendas del pueblo.

Esa noche, después de acostar a Sofía con una promesa a medias que Elena no estaba segura de que su hija fuera a cumplir del todo, se sentó en la cocina con una libreta y empezó a escribir todo lo que sabían hasta ese momento, en una lista ordenada que la ayudara a pensar con más claridad que el caos de fragmentos sueltos que llevaba días acumulando en la cabeza.

La carta inconclusa de Rosario. El álbum con el rostro recortado.

La puerta sellada y el símbolo grabado. El cuarto con el catre, las marcas de conteo, la muñeca de trapo. Y ahora, un nombre: Camila.

Mateo, esa mañana, manejó hasta el pueblo con Sofía en el asiento de atrás, cargando en el maletero una lista de útiles escolares que la niña había armado la noche anterior con un entusiasmo que a él le pareció, por primera vez en días, reconfortante.

La papelería quedaba frente a la plaza, un local pequeño atendido por un hombre mayor que reconoció a Sofía de inmediato como "la nueva niña de la casa de los Duarte", un comentario que ya no sorprendió a Mateo tanto como lo hubiera sorprendido una semana atrás.

—¿Vas a entrar a la escuela del pueblo? —le preguntó el hombre a Sofía, mientras le entregaba una caja de lápices de colores.

—Sí, en cuanto mi mamá termine los papeles.

—Qué bueno. Hace falta gente nueva en la escuela, cada año hay menos niños. —El hombre miró un momento a Mateo, con la curiosidad discreta de quien quiere preguntar algo y no sabe si tiene derecho—. ¿Y cómo está la casa? Llevaba mucho tiempo cerrada.

—Dando trabajo —dijo Mateo, con una media sonrisa que pretendía cerrar el tema—. Cableado viejo, cañerías, lo típico.

—Me imagino. —El hombre le entregó el vuelto y no insistió más, aunque Mateo notó, al salir, que se había quedado mirándolos un momento por la ventana de la papelería, con la misma expresión difícil de nombrar que había visto en Herminio y en doña Custodia.

Caminaron un rato por la plaza antes de volver al auto, y Sofía se detuvo frente a la fuente seca, mirándola con la cabeza ladeada.

—¿Por qué no tiene agua? —preguntó.

—No sé, mi amor. A lo mejor se rompió hace mucho y nadie la arregló.

—Camila dice que antes sí tenía agua. Dice que se sentaba aquí con mi bisabuela los domingos, después de la iglesia.

Mateo sintió que se le tensaban los hombros, aunque procuró que su voz sonara tranquila.

—¿Cuándo te dijo eso? —preguntó Mateo, deteniéndose a mitad de camino hacia el auto.

—Anoche. Antes de que me durmiera. —Sofía se encogió de hombros, como si no entendiera del todo por qué su padre se ponía tan serio con esto—. No le respondí nada, papá. Solo la escuché. Prometí que no le iba a responder, y no le respondí.

Mateo no supo qué decir a eso, agradecido a medias de que su hija hubiera cumplido, aunque fuera a medias, la promesa que le habían pedido la noche anterior, e inquieto por lo que significaba que la comunicación pudiera seguir llegando de un solo lado incluso sin que Sofía participara activamente.

La tomó de la mano y caminaron de vuelta al auto en silencio, con la fuente seca quedando atrás, un recordatorio más de un pueblo que parecía, de a poco, revelarle capas que Mateo no había pedido conocer.

Mientras tanto, en la casa, Elena aprovechó esas horas a solas (la excusa de los útiles escolares también había servido, sin decirlo abiertamente, para sacar a Sofía de la casa un rato) para sentarse con el teléfono y una lista mental de personas a quienes podía preguntar.

No tenía primos cercanos con quienes hablar del tema; su madre había sido, según le habían dicho siempre, hija única.

Pero recordó, después de pensarlo un rato, un nombre que su madre mencionaba de vez en cuando sin mucho contexto: Blanca, una prima segunda de su madre que todavía vivía, según sabía, en la capital de la provincia, a dos horas de Los Alisos.

Encontró el número después de tres llamadas a familiares más lejanos que apenas la recordaban, cada una de esas llamadas empezando con el mismo guion incómodo de explicar quién era y por qué preguntaba por una prima que casi nadie parecía recordar con claridad.

Blanca contestó al cuarto timbre, con una voz de mujer mayor, cansada pero lúcida.

—¿Elena, la hija de Marta? Cuánto tiempo. Supe lo de tu mamá, lo siento mucho.

—Gracias, Blanca. Perdón que la llame así de la nada, es que estoy en la casa de mi abuela Rosario, en Los Alisos, y encontré unas cosas que no entiendo.

Un álbum de fotos con alguien cuya cara fue recortada de todas las imágenes.

Y mi hija dice que en la casa hay… bueno, dice que hay alguien más. Alguien llamada Camila.

El silencio del otro lado de la línea duró tanto que Elena pensó que se había cortado la llamada.

—¿Blanca?

—¿De dónde sacó tu hija ese nombre? —La voz de Blanca había cambiado por completo, tensa, casi en un susurro, como si temiera que alguien más la escuchara desde el otro lado del teléfono.

—No lo sé. Ella dice que se lo dijo alguien de la casa. Blanca, por favor, si sabe algo, necesito que me lo diga. Quién era Camila.

—Yo era muy joven cuando pasó eso, Elena. Casi no me acuerdo de nada, solo lo que se decía por ahí, y en esa familia nadie hablaba del tema, ni tu abuela, ni tu mamá, nadie. Lo único que sé es que había una hija más, antes de tu mamá, que...

La línea se cortó. No con el sonido de una llamada colgada normalmente, sino con un chasquido brusco a mitad de la frase, seguido por el tono de línea muerta.

Elena marcó de vuelta tres veces, sin respuesta.

La cuarta vez, una grabación le informó que el número ya no estaba en servicio, aunque acababa de hablar con esa misma línea hacía menos de un minuto.

Se quedó sentada en la cocina con el teléfono todavía en la mano, repitiendo mentalmente la frase cortada de Blanca.

Había una hija más, antes de tu mamá, que...

Que qué. La frase se detenía exactamente en el mismo lugar donde la carta inconclusa de su abuela se detenía días atrás: justo antes de decir lo que había pasado, justo antes del dato que le habría dado sentido a todo lo demás.

Intentó llamar una vez más media hora después, ya con la esperanza de que fuera solo un problema temporal de la línea, y obtuvo la misma grabación de número fuera de servicio, como si Blanca, o la posibilidad de hablar con ella, se hubiera cerrado tan bruscamente como se había cerrado la puerta sellada del segundo piso veinte años atrás.

En el cajón del escritorio, esa misma tarde, buscando algo que la ayudara a completar lo que Blanca no había terminado de decir, Elena encontró entre los papeles de su abuela un documento oficial doblado en cuatro: un certificado de nacimiento, con el sello de la parroquia local, con la fecha correspondiente a un año anterior al nacimiento de su madre.

El nombre de la niña estaba escrito con tinta clara, legible, sin ninguna duda posible.

Camila Duarte.