Capítulo 3
Lo Que Sofía Vio
Nadie durmió bien esa noche. Elena se quedó despierta hasta las tres de la madrugada con la lámpara de su cuarto encendida, escuchando cada crujido de la casa con una atención que ya no intentaba disimularse a sí misma como precaución razonable.
Mateo, a su lado, tampoco dormía, aunque los dos fingieron durante un rato antes de que él rompiera el silencio.
—Mañana llamamos a alguien —dijo, mirando el techo—. Un psicólogo infantil, alguien que sepa de niños. Lo del símbolo, lo de que hable de "alguien del otro lado", eso no es normal a los diez años.
—¿Y si no es que Sofía imagina cosas? —dijo Elena—. ¿Y si de verdad hay algo en esta casa y ella es la única lo suficientemente abierta como para notarlo?
—Elena.
—Sé cómo suena. Sé que suena a que perdí la cabeza en cuatro días.
Pero piénsalo, Mateo: una niña que nunca había mostrado ningún interés especial en fantasmas ni en historias de terror, que hasta hace una semana le tenía miedo a la oscuridad del clóset como cualquier niña normal, ahora habla de "Camila" con la calma de quien describe a una compañera de curso. Eso no salió de la nada.
—Suena a que ninguno de los dos ha dormido en cuatro días y estamos empezando a ver fantasmas donde hay cañerías viejas y una niña con mucha imaginación en una casa nueva.
Ella no discutió el punto, aunque no lo creía del todo.
Sabía que Mateo necesitaba esa explicación de la misma manera que había necesitado, el primer día, que el frío del pasillo fuera una rendija en algún lado.
No por ingenuidad. Por supervivencia emocional.
Si aceptaba que la casa albergaba algo que ningún cableado eléctrico podía arreglar, tendría que aceptar también que había traído a su familia a vivir dentro de eso, y esa idea era demasiado pesada para cargarla al mismo tiempo que la quiebra del negocio y el futuro incierto de los próximos seis meses.
—¿Sabes qué es lo que más me asusta? —dijo Elena, después de un silencio largo—. No es la mancha, ni el símbolo, ni el frío del pasillo. Es que Sofía no tiene miedo. Habla de "Camila" con la misma naturalidad con la que hablaría de una amiga del colegio. Eso me asusta más que cualquier otra cosa.
Mateo no respondió de inmediato. Se quedó mirando el techo un rato más, y cuando finalmente habló, su voz sonaba más cansada que convencida.
—Mañana hablamos con ella con calma. Los dos juntos. Sin presionarla, pero sin dejar que esto siga como si fuera normal.
Se levantaron los dos con poco sueño encima, y el desayuno de esa mañana transcurrió con una normalidad forzada que a Elena le costó sostener: café, tostadas, Sofía hablando de un dibujo que quería terminar, Mateo revisando en el celular si Herminio había confirmado su próxima visita.
Nadie mencionó la puerta sellada durante el desayuno, aunque los tres sabían, sin decirlo, que ese era el plan del día.
Terminaron de abrir la puerta esa misma tarde.
Mateo retiró el resto del yeso en poco más de media hora, ya sin la misma cautela del día anterior, golpeando con una urgencia que Elena reconoció como la necesidad de terminar rápido algo que ya no quería seguir tocando.
Las tres tablas de refuerzo salieron con un chirrido de tornillos oxidados que resonó por todo el pasillo.
El picaporte, cuando por fin quedó libre, giró con dificultad, pero giró, y la puerta se abrió hacia adentro con un quejido de bisagras que llevaban dos décadas sin moverse, un sonido tan largo y tan agudo que Elena sintió que se le erizaba la piel de los brazos antes incluso de ver lo que había dentro.
El cuarto era pequeño, más pequeño que cualquier otro dormitorio de la casa, sin ventana visible desde adentro porque alguien había clavado un tablón de madera directamente sobre el hueco, tapando la única fuente de luz natural.
El aire que salió de ahí era distinto al del resto de la casa: más denso, más quieto, con un olor a polvo viejo mezclado con algo que Elena no pudo identificar del todo y que prefirió no seguir intentando nombrar.
Mateo entró primero con la linterna, Elena detrás, los dos deteniéndose apenas dos pasos adentro, como si el cuarto tuviera un límite invisible que ninguno de los dos quisiera cruzar del todo.
Contra la pared del fondo había un catre de metal, el colchón hundido y cubierto de una tela que alguna vez había sido blanca.
Sobre él, dobladas con un cuidado que contrastaba de un modo doloroso con el resto del abandono del cuarto, había dos prendas de ropa infantil: un vestido de algodón desteñido y un suéter tejido a mano, ambos de un tamaño que correspondería, calculó Elena sin poder evitarlo, a una niña de unos ocho o nueve años.
En un rincón, un orinal de peltre oxidado.
Junto al catre, en el suelo, una muñeca de trapo con un botón cosido de menos en la cara, dándole una expresión asimétrica que a la luz de la linterna resultaba más inquietante que cualquier otra cosa del cuarto.
En la pared junto al catre, marcas hechas con algo puntiagudo, alineadas en grupos de cinco, cientos de ellas, subiendo desde la altura de una cama hasta casi el techo, del modo exacto en que alguien cuenta los días cuando no tiene otra forma de medir el tiempo.
Elena se acercó al catre, se agachó, y tocó el borde del suéter tejido con dos dedos, como si tocarlo con más fuerza pudiera deshacerlo.
No lloró, aunque sintió que debería. Sintió, en cambio, una furia fría y concreta dirigida hacia una abuela que ya no podía defenderse ni explicarse, y hacia toda una familia, incluida su propia madre, que había guardado silencio durante décadas sobre lo que fuera que había pasado en este cuarto sin ventana.
—Dios mío —dijo Mateo, en voz baja, contando con la linterna las marcas de la pared sin decir el número en voz alta—. Esto no fue un mes. Esto no fue ni un año.
—Alguien vivió aquí encerrado —dijo Elena—. Mi abuela encerró a alguien en este cuarto durante años, y después lo selló con yeso y tablas, y nadie en mi familia volvió a decir su nombre.
—Puede que no fuera tu abuela quien lo hizo.
—Era su casa, Mateo. Era su decisión, sea quien sea que lo haya hecho.
Elena se agachó junto a la muñeca de trapo y la levantó con cuidado, sosteniéndola apenas por el borde del vestido diminuto que la cubría.
La tela estaba deshilachada en varios puntos, y al girarla descubrió que en la espalda, con puntadas torpes de alguien que aprendía a bordar, había una sola letra: una C.
Volvió a dejar la muñeca exactamente donde la había encontrado, con el mismo cuidado con que se devuelve algo prestado, aunque nadie se lo había pedido así.
—Una C —dijo, mostrándole el bordado a Mateo—. Como en el símbolo de la puerta, como en la piedra del cobertizo. Todo en esta casa apunta a la misma inicial y a nadie que la reconozca.
—¿Crees que es el nombre de quien vivió aquí?
—No lo sé todavía. Pero ya no puede ser casualidad. —Elena se pasó una mano por el pelo, sintiendo el peso de estar armando algo a partir de fragmentos que hasta ese momento ni siquiera sabía que estaban conectados entre sí.
Mateo se acercó al tablón que cubría la ventana y pasó la linterna por sus bordes.
Estaba clavado desde adentro, no desde afuera, con clavos gruesos que sobresalían apenas, como si quien los hubiera puesto hubiera querido asegurarse de que se pudieran ver a simple vista, un recordatorio permanente de que esa ventana no volvería a abrirse.
—¿Por qué clavarían el tablón desde adentro? —preguntó, más para sí mismo que para Elena—. Si querían encerrar a alguien, tendría más sentido hacerlo desde afuera, donde la persona encerrada no pudiera quitarlo.
Elena no tenía respuesta para eso. Se quedó mirando el tablón un momento, después las marcas de conteo en la pared, después la muñeca de trapo tirada en el suelo con su expresión torcida, y sintió que cada detalle nuevo que encontraban en ese cuarto abría más preguntas de las que cerraba.
Salieron del cuarto sin tocar nada más, sin llevarse la ropa ni contar las marcas hasta el final, con un acuerdo tácito de que había límites incluso para su propia curiosidad.
Cerraron la puerta, aunque ya no había yeso ni tablas que la sellaran, solo el picaporte suelto que giraba sin resistencia, y bajaron a preparar la cena con el tipo de silencio que se instala entre dos personas que acaban de ver algo que no pueden dejar de ver.
Sofía no preguntó por el cuarto durante la cena, aunque Elena estaba segura de que sabía que lo habían abierto.
Comió su plato de arroz con pollo con una concentración inusual, mirando de vez en cuando hacia la escalera, y cuando Mateo le preguntó, con un tono deliberadamente ligero, cómo había estado su día, ella respondió con una frase que hizo que a Elena se le cayeran los cubiertos de la mano.
—Bien. Hablé con Camila.
El silencio que siguió duró varios segundos completos.
—¿Quién es Camila? —preguntó Mateo, con la voz forzadamente tranquila de un padre que no quiere sonar alarmado frente a su hija.
—La niña de mi pared —dijo Sofía, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Me dijo su nombre hoy. Bueno, no lo dijo con voz. Lo escribió, con el dedo, en la mancha. C-A-M-I-L-A. Yo lo leí en voz alta para asegurarme y ella tocó dos veces, como diciendo que sí.
Elena sintió que la sangre se le iba de la cara. No le había contado a Sofía sobre el álbum, ni sobre la figura sin rostro, ni sobre ningún nombre. Nadie en la casa había pronunciado esa palabra en voz alta hasta ese momento.
—Sofía, mi amor —dijo, con un esfuerzo enorme por sonar calmada—. ¿Cómo se ve Camila? ¿Puedes describirla?