Capítulo 2 #3
Hicieron una pausa a la media hora, los dos sentados en el suelo del pasillo con la espalda contra la pared opuesta, cubiertos de polvo blanco hasta los codos. Mateo se sacudió el pelo con una mano, levantando una pequeña nube que flotó un momento en el haz de la linterna apoyada en el piso.
—¿Y si mejor llamamos a alguien? —dijo, sin mucha convicción—. Un contratista, alguien que sepa hacer esto bien.
—¿Y qué le decimos? ¿Que hay un cuarto sellado con yeso raro y un símbolo grabado en la puerta y queremos que nos ayude a abrirlo?
—Cuando lo dices así suena peor.
—Es que es peor, Mateo. —Elena se pasó una mano por la frente, dejando una mancha blanca sobre la piel—. Cuanta menos gente del pueblo sepa lo que estamos encontrando aquí, mejor. Ya viste cómo reacciona la gente solo con escuchar el apellido Duarte.
Mateo no discutió el punto. Se puso de pie, le ofreció la mano a Elena para ayudarla a levantarse, y volvieron al trabajo con el cincel y el martillo, esta vez en un silencio distinto, menos concentrado y más cargado de la tensión de saber que estaban cada vez más cerca de encontrar algo que ya no podrían dejar de haber visto.
Abajo, en la sala, Sofía había abandonado sus dibujos poco después de que sus padres subieran.
Se había acomodado en el sofá cubierto con la sábana blanca, con Ceniza el gato de porcelana sentado a su lado como si fuera un espectador más, escuchando el ritmo lejano e irregular de los golpes de martillo que llegaban amortiguados desde el segundo piso.
No tenía miedo exactamente. Tenía la misma sensación de anticipación que había tenido las últimas tres noches frente a la pared de su cuarto, la certeza tranquila de que algo importante estaba a punto de pasar y de que, de algún modo que no sabía explicar, ella ya sabía lo que era.
En un momento, entre dos tandas de golpes, el reloj detenido de la sala emitió un único tictac, claro y aislado, como si el mecanismo hubiera decidido moverse una sola vez después de veinte años inmóvil.
Sofía levantó la vista hacia él. Las manecillas seguían marcando las 4:17, exactamente donde habían estado desde el primer día.
Se quedó mirándolo un momento más, después se encogió de hombros para sí misma, con la naturalidad con que los niños aceptan lo inexplicable cuando todavía no han aprendido del todo a temerle, y volvió a acomodar a Ceniza sobre su regazo.
Fue un rato después, cuando los golpes de martillo llegaron a ese punto seco y distinto que anunciaba que algo grande se había desprendido, que Sofía sintió el impulso de subir.
No fue una decisión consciente, no del todo.
Fue más parecido a la sensación de escuchar su nombre llamado desde otra habitación, salvo que nadie había dicho su nombre en voz alta.
Se levantó del sofá, dejó a Ceniza sobre el cojín, y subió las escaleras despacio, sin prisa, como quien camina hacia algo que sabe que la está esperando.
Siguieron trabajando. El marco de la puerta empezó a asomar debajo del yeso, madera oscura como la de las otras puertas del pasillo, sin nada especial a simple vista.
Fue al llegar a la altura del picaporte, casi una hora después de haber empezado, cuando Mateo dio un golpe de martillo distinto, más seco, y una sección entera de yeso se desprendió de una sola pieza, dejando ver algo que ninguno de los dos esperaba encontrar ahí.
No era solo la puerta. Sobre la madera, a la altura del pecho de un adulto, alguien había clavado tres tablas de refuerzo en forma de equis, atornilladas directamente al marco por fuera, como se hace para asegurar una ventana antes de una tormenta.
Y grabado en la madera de la puerta misma, con lo que parecía la punta de un clavo o un cuchillo, había un símbolo que Elena no reconoció de inmediato: un círculo con tres líneas cruzadas hacia adentro, poco profundo pero deliberado, repetido cuatro veces en distintos puntos de la puerta, siempre a la misma altura.
Mateo bajó el martillo. Ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos.
—Eso no es humedad —dijo Elena, finalmente, con la voz más baja de lo que pretendía—. Eso no es un cuarto de trastos.
Desde el fondo del pasillo, donde ninguno de los dos la había escuchado subir, la voz de Sofía llegó pequeña y clara.
—Ese dibujo lo he visto antes.
Elena se dio vuelta tan rápido que la linterna se le resbaló de la mano y cayó al piso, todavía encendida, proyectando un círculo de luz tembloroso contra el zócalo del pasillo.
Sofía estaba de pie a mitad de camino entre la escalera y ellos, con Ceniza el gato de porcelana apretado contra el pecho, mirando el símbolo grabado en la puerta con la misma calma inquietante con la que había mirado la mancha en su pared tres noches atrás.
—¿Dónde lo has visto, mi amor? —preguntó Elena, con un esfuerzo consciente por mantener la voz tranquila, acercándose despacio, como quien no quiere asustar a un animal cauteloso.
Sofía no respondió de inmediato. Miró el símbolo un momento más, después miró a su madre, y algo en su expresión de niña de diez años, algo demasiado serio para su edad, hizo que a Elena se le helara la piel antes incluso de escuchar la respuesta.
—En mi cuarto —dijo Sofía—. Alguien lo dibujó del otro lado de mi pared. Con el dedo. En la mancha oscura.
Nadie dijo nada durante varios segundos.
Mateo se agachó despacio, recogió la linterna caída del suelo, y la sostuvo con las dos manos como si necesitara algo sólido a lo que aferrarse.
Elena cruzó el pasillo hasta donde estaba su hija y se arrodilló frente a ella, tomándole la cara entre las manos con más urgencia de la que pretendía.
—¿Por qué no nos dijiste esto antes, mi amor?
Sofía se encogió de hombros, con una honestidad desarmante que a Elena se le clavó en el pecho.
—No sabía si me iban a creer. Y no daba tanto miedo. Solo era un dibujo.
Elena miró por encima del hombro de su hija hacia la puerta del fondo, hacia el símbolo grabado cuatro veces en la madera oscura, y después hacia el pasillo entero, hacia el punto exacto donde el aire seguía cambiando de temperatura sin ninguna explicación razonable, y sintió, por primera vez desde que habían llegado a Los Alisos, que la casa entera había dejado de ser un simple problema de herencia y reparaciones para convertirse en algo que necesitaba entender antes de que le costara más de lo que ya le había costado.
—Vamos a bajar los tres juntos —dijo, poniéndose de pie y tomando a Sofía de la mano—. Por hoy ya trabajamos suficiente en esa puerta.
Mateo asintió, guardando el cincel y el martillo en la caja de herramientas con manos que todavía no habían dejado de temblar del todo, y los tres bajaron la escalera dejando atrás el pasillo a medio revelar, la puerta con su símbolo grabado, y el frío localizado que, esa noche, pareció extenderse un poco más allá del punto exacto donde siempre se había quedado.