TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 2 #2
20%

Capítulo 2 #2

—Casi no la visité, Mateo. Mi mamá encontraba excusas cada vez que yo quería venir.

Ahora entiendo, o empiezo a entender, que quizás no eran excusas cualquiera.

Recuerdo una vez, debía tener unos doce años, que le pregunté directamente por qué no teníamos más familia, por qué en las reuniones familiares de mis amigas del colegio siempre había primos y tíos y en las nuestras solo estábamos ella, mi papá y yo.

Me dijo que la familia de mi abuela era complicada, y cambió de tema tan rápido que ni siquiera hasta hoy me había parecido raro.

—¿Complicada cómo?

—No lo sé. Nunca hasta hoy había atado esa palabra con nada concreto. Ahora no puedo dejar de preguntarme si "complicada" era la forma que tenía mi mamá de no tener que explicarme esto.

Mateo pasó unas páginas más, deteniéndose en una foto donde la figura sin rostro, todavía niña, aparecía sentada en el suelo del jardín trasero, junto a lo que parecía ser el mismo cobertizo donde Elena había encontrado la losa de piedra, con un ramo de flores silvestres en las manos.

—Mira esto —dijo, señalando el fondo de la imagen—. Ese es el cobertizo. El mismo donde encontraste la piedra.

Elena se acercó más, entrecerrando los ojos para distinguir los detalles borrosos de la fotografía en blanco y negro.

El cobertizo se veía más nuevo en la imagen, con el techo entero y sin la enredadera que ahora lo cubría, pero la forma general, la puerta, la ubicación exacta respecto al muro de piedra del fondo, coincidían sin lugar a dudas.

—Le gustaba jugar ahí —dijo Elena, en voz baja, sintiendo que el hallazgo del cobertizo y el álbum, que hasta ese momento había tratado como dos piezas separadas de un mismo rompecabezas, de golpe empezaban a superponerse de un modo que no le gustaba nada.

—¿Crees que la piedra tiene algo que ver con ella?

—No lo sé. —Elena cerró el álbum, incapaz de seguir mirando por el momento—. Pero cada vez que encuentro algo nuevo en esta casa, termina apuntando de vuelta al mismo lugar. La puerta sellada. El cobertizo. Esta persona sin cara.

Guardaron el álbum en el cajón del escritorio, no de vuelta en el armario, como si ambos hubieran decidido sin decirlo que ya no podían fingir que no lo habían encontrado.

Bajaron a almorzar con Sofía, que había pasado la mañana dibujando en el porche, y durante la comida Elena la sorprendió mirando fijamente la escalera que subía al segundo piso, con el tenedor a medio camino de la boca, con esa misma expresión de "estar pensando en algo" que había tenido la primera noche frente a la pared de su cuarto.

—¿Todo bien, Sofía? —preguntó Elena, casi por reflejo.

—Sí —dijo la niña, y volvió a comer.

—¿Qué tal si esta tarde caminamos al pueblo, vemos la escuela por fuera, y de paso buscamos esas cortinas que te prometí? —ofreció Elena, con un tono deliberadamente ligero, buscando sacar a su hija un rato de la casa.

Sofía asintió, sin la emoción que Elena esperaba, y terminó su plato en silencio.

Fueron al pueblo esa tarde, las dos solas.

La mercería quedaba en una calle lateral de la plaza, un local angosto con rollos de tela apilados hasta el techo y una mujer joven detrás del mostrador que se presentó como Yolanda y que reconoció el apellido Duarte apenas Elena mencionó, casi por cortesía, que estaban viviendo en la casa de la calle del Olivo.

—Mi abuela trabajó ahí de joven —dijo Yolanda, sacando un rollo de tela con flores azules del estante—. Ayudaba en la cocina, antes de que yo naciera. Nunca hablaba mucho de esos años, la verdad. Decía que fue un tiempo triste para esa familia.

—¿Triste por qué? —preguntó Elena, tratando de que la pregunta sonara casual.

Yolanda se encogió de hombros, ya midiendo la tela contra el metro de madera clavado al mostrador.

—No sé, la verdad. Cosas de pueblo chico. Mi abuela ya murió, así que no le puedo preguntar. —Cortó la tela con unas tijeras grandes, dobló el corte, y se lo entregó a Elena con una sonrisa que parecía sincera—. ¿Le gustan estas, niña?

Sofía asintió sin demasiado entusiasmo, con la mirada fija en el escaparate de la tienda, hacia la calle, en una dirección que casualmente coincidía con el rumbo de regreso a la casa.

Elena pagó la tela y salieron, y aunque encontraron también un puesto de dulces caseros en la plaza donde Sofía eligió unos alfajores con la misma indiferencia distraída, Elena notó que su hija caminaba mirando de vez en cuando por encima del hombro hacia la dirección de la casa, como si algo la llamara desde ahí incluso a cuatro cuadras de distancia.

Elena no le dio demasiada importancia. Tenía la cabeza llena de rostros recortados y no le quedaba energía esa tarde para perseguir el silencio de su hija además del silencio de la casa entera.

La discusión sobre la puerta sellada empezó esa misma noche, casi sin que ninguno de los dos la planeara, mientras lavaban los platos de la cena.

—Quiero abrirla —dijo Elena, sin preámbulo, refiriéndose a la puerta del fondo del pasillo—. Mañana. No puedo seguir encontrando pedazos de esto sin poder ver el resto.

—¿Y si es solo un cuarto de trastos? —dijo Mateo, secándose las manos en un trapo de cocina—.

¿Y si alguien lo selló porque tenía humedad, o porque el piso estaba podrido, o por cualquier razón aburrida que no tiene nada que ver con la foto del álbum?

Vamos a gastar tiempo y esfuerzo, capaz que hasta rompemos algo estructural, para encontrar cajas viejas.

—¿Y si no lo es?

—¿Y si no lo es qué, Elena? ¿Qué esperas encontrar ahí adentro?

—No sé. Respuestas, quizás. O por lo menos el principio de una respuesta. Llevo cuatro días encontrando pedazos de algo que nadie en mi familia quiso contarme nunca, Mateo, y cada vez que encuentro un pedazo nuevo aparece otro justo detrás. La carta. El álbum. Ahora esto.

Ella se quedó callada un momento, porque no tenía una respuesta clara, solo la certeza incómoda de que la frase cortada de la carta, el álbum con el rostro recortado y la puerta sellada eran, de algún modo que todavía no podía nombrar, la misma historia contada en tres pedazos distintos.

—No sé qué espero encontrar —dijo, al fin—. Pero mi abuela selló esa puerta con yeso, no con una cerradura. Uno cierra una puerta con llave si no quiere que alguien entre. Uno sella una puerta con yeso cuando no quiere que nadie, nunca, ni siquiera tenga la opción de intentarlo.

—O cuando quiere asegurarse de que algo no pueda salir —dijo Mateo, en voz baja, casi sin querer decirlo en voz alta.

Se miraron un momento, los dos entendiendo al mismo tiempo que acababan de nombrar, por primera vez, la posibilidad que ninguno de los dos había querido poner en palabras hasta ahora.

—Con más razón necesito saber qué hay ahí —dijo Elena.

Mateo no respondió de inmediato. Elena sabía lo que estaba pensando, porque llevaban ocho años de matrimonio y podía leerlo en la forma en que apretaba la mandíbula: que abrir esa puerta les costaría tiempo que no tenían, esfuerzo físico después de un día ya largo de reparaciones, y una posible discusión más sobre gastos si resultaba que había que arreglar algo detrás.

Que él quería, con una necesidad casi física, que esta mudanza de seis meses fuera simple.

Sin sorpresas. Sin más cosas de las que preocuparse además del dinero.

—Está bien —dijo, finalmente—. La abrimos mañana. Pero si es un cuarto de trastos con moho, no quiero escuchar "te lo dije".

—Trato hecho.

Esa noche, acostados, Elena sintió que la distancia entre ellos, esa distancia funcional de frases cortas que llevaban semanas cultivando, se había cerrado un poco por primera vez desde que salieron de la ciudad.

No porque hubieran resuelto nada. Porque, por una vez, estaban de acuerdo en enfrentar algo juntos en lugar de evitarlo cada uno a su manera.

—¿Tienes miedo? —le preguntó Mateo, ya casi dormido, con la voz pastosa del sueño empezando a vencerlo.

—Un poco —admitió Elena, mirando el techo a oscuras—. Pero tengo más miedo de seguir viviendo en una casa que no entiendo.

Mateo no respondió. Ya se había dormido, o estaba lo bastante cerca como para que su respiración se volviera pesada y regular.

Elena se quedó despierta un rato más, escuchando la casa, que esa noche, por primera vez en varios días, permaneció completamente silenciosa, como si también ella supiera lo que iba a pasar al día siguiente y hubiera decidido guardar sus fuerzas.

Al día siguiente, sábado, con Sofía instalada en la sala con sus dibujos y advertida de que no subiera al segundo piso "hasta que mamá y papá terminen de arreglar algo", Elena y Mateo subieron con un cincel, un martillo y una linterna de mano, además de la que ya colgaba del cinturón de herramientas de Mateo.

El yeso resultó más grueso de lo que parecía a simple vista.

Mateo empezó por una esquina inferior, donde el material ya estaba agrietado, y con cada golpe de martillo caían trozos secos que se hacían polvo al tocar el piso, levantando una nube fina que los obligó a los dos a taparse la boca con la manga más de una vez.

Elena sostenía la linterna y recogía los pedazos más grandes con un recogedor, en un silencio de concentración que ninguno de los dos rompió durante los primeros veinte minutos.

—Esto no es yeso normal de construcción —dijo Mateo, en algún punto, deteniéndose a examinar un fragmento entre los dedos—. Tiene algo mezclado. Mira, se ven como fibras.

—¿Fibras de qué?

—No sé. Tela, quizás. Como si hubieran mezclado trapos en la mezcla para que agarrara más rápido.

La gente hacía eso antes, cuando no tenían los materiales de ahora.

—Le pasó el fragmento a Elena, que lo examinó a la luz de la linterna: hilos oscuros, deshilachados, entretejidos en la mezcla dura y gris.