Capítulo 2
El Álbum Sin Rostro
Al cuarto día, la casa ya tenía la textura de una rutina incómoda pero funcional.
Mateo se había hecho amigo de Herminio, que volvió esa mañana con el tablero eléctrico nuevo bajo el brazo, y pasaba las horas subido a escaleras cambiando cables que, según él, "podrían haber incendiado esto en cualquier momento de los últimos diez años".
Herminio trabajaba en silencio esa mañana, más callado que el día anterior, y en un par de ocasiones Elena lo sorprendió mirando hacia el fondo del pasillo, hacia la puerta todavía sellada, con una expresión que no terminaba de encajar con la de un electricista concentrado en su trabajo.
—¿Todo bien, Herminio? —le preguntó Elena, al pasar junto a él con una taza de café.
—Todo bien, señora. —El hombre no apartó la vista del tablero, aunque sus manos se detuvieron un segundo de más antes de seguir conectando cables—. Es que uno se acostumbra al silencio de una casa vacía tantos años, y después cuesta un poco acostumbrarse de nuevo a que haya gente viviendo aquí.
—¿Usted conoció a mi abuela?
—De vista, nomás. Yo era muy joven cuando ella todavía salía a la calle.
Después dejó de salir, y uno en el pueblo aprende a no hacer muchas preguntas sobre por qué la gente deja de salir.
—Terminó de ajustar un cable y bajó de la escalera, evitando, con un cuidado que a Elena le pareció casi estudiado, seguir hablando del tema.
Mateo pasó el resto de la mañana terminando de conectar el nuevo tablero, probando cada interruptor uno por uno mientras Elena, desde abajo, le confirmaba a gritos si la luz correspondiente encendía.
Cuando llegaron al interruptor marcado, con la letra descolorida de algún electricista anterior, como "Cuarto del fondo — 2°", ninguna luz se encendió en ningún lugar de la casa, ni siquiera después de que Mateo revisara dos veces la conexión.
—Raro —dijo, más para sí mismo que para nadie—. Todos los demás interruptores corresponden a algo. Este no enciende nada, en ningún cuarto que hayamos revisado.
—A lo mejor va al cuarto sellado —dijo Elena, desde el pie de la escalera, sintiendo que el estómago se le encogía un poco al decirlo en voz alta—. Si hay una lámpara ahí adentro, tendría sentido que no encendiera nada visible desde afuera.
Ninguno de los dos agregó nada más al respecto, pero el detalle se quedó flotando entre ellos el resto de la mañana, un cable sin explicación que apuntaba, otra vez, hacia el mismo lugar exacto de la casa.
Elena no insistió esa mañana. Tenía la sensación, cada vez más consolidada, de que todo el pueblo compartía un mismo acuerdo tácito de no completar ciertas frases frente a ella, y que insistir demasiado pronto solo iba a lograr que la gente se cerrara del todo antes de que ella tuviera suficientes piezas del rompecabezas como para hacer las preguntas correctas.
Sofía había empezado a preguntar por una escuela en el pueblo, con esa mezcla de resignación y curiosidad de los niños que se adaptan más rápido de lo que sus padres creen posible; Elena había prometido llevarla esa misma semana a inscribirse, apenas tuvieran los papeles en orden.
Y Elena, cada mañana, después de dejar a Mateo con su lista de reparaciones, volvía al estudio de su abuela con la excusa de "seguir organizando papeles", aunque en el fondo ya no estaba organizando nada. Estaba buscando.
No sabía exactamente qué. La frase cortada de la carta ("alguien tendría que...
") le daba vueltas desde el segundo día, y cada cajón que abría lo hacía con la expectativa silenciosa de encontrar el resto de esa oración en alguna otra parte de la casa.
Había empezado a llevar una libreta pequeña donde anotaba, sin decírselo a Mateo, cada detalle que no encajaba: la fecha de la piedra del cobertizo, la frase cortada de la carta, el nombre del padre Ernesto, el comentario extraño de doña Custodia sobre "hacerle bien a la casa".
Le parecía, de un modo que todavía no podía justificar del todo, que si juntaba suficientes piezas sueltas, en algún momento iban a empezar a formar una imagen reconocible.
Ese cuarto día, revisando el fondo de un armario empotrado que hasta entonces solo había usado para guardar ropa de cama, movió una pila de sábanas dobladas y encontró, detrás, envuelto en una funda de almohada como si alguien lo hubiera escondido a propósito y no solo guardado, un álbum de fotos distinto de los dos álbumes familiares "oficiales" que ya habían visto el primer día en un estante de la sala, esos con tapa de cuero repujado y fotos ordenadas de bautizos y cumpleaños que cualquier familia exhibe sin pensarlo dos veces.
Este álbum no tenía tapa de cuero. Era de cartón forrado en tela azul marino, descolorido, con las esquinas gastadas de tanto abrirse y cerrarse.
No estaba en un estante. Estaba escondido detrás de sábanas, en el fondo de un armario, envuelto como si alguien hubiera querido asegurarse de que nadie lo encontrara por accidente.
Elena se sentó en el suelo del estudio, con la espalda contra la pared, y lo abrió sobre las piernas.
Las primeras páginas eran fotos en blanco y negro, de lo que calculó sería finales de los años sesenta por la ropa y los autos que se veían al fondo de una imagen tomada en la plaza del pueblo, la misma plaza con la fuente que ahora estaba seca.
Reconoció a su abuela Rosario, joven, con el pelo recogido y una sonrisa que Elena nunca había visto en las fotos de la vejez que sí conocía, una sonrisa amplia, casi despreocupada, que contrastaba con la imagen de mujer seria y de espalda recta que Elena guardaba en la memoria.
Junto a ella, en varias fotos, había un hombre que asumió sería su abuelo, muerto mucho antes de que Elena naciera, del que casi no se hablaba en la familia salvo para mencionar que "se fue joven, un problema del corazón".
En una de las fotos, el hombre cargaba en brazos a un bebé envuelto en una manta blanca, con la cabeza vuelta hacia la cámara y la cara borrosa por el movimiento, la única imagen del álbum donde algo tapaba un rostro por accidente y no por decisión.
Y en una tercera figura, presente en foto tras foto a lo largo de lo que claramente eran años distintos (la ropa cambiaba, el fondo cambiaba, en algunas fotos se veía nieve y en otras un jardín en flor), había un rostro que no estaba.
No estaba borroso. No estaba mal revelado ni dañado por el tiempo, como podía pasar con fotos viejas guardadas en condiciones de humedad.
Estaba recortado. Alguien había tomado unas tijeras, con precisión, y había cortado exactamente el óvalo de un rostro humano en cada una de esas fotos, dejando el resto del cuerpo intacto: un vestido, unas manos cruzadas al frente, unos zapatos de charol.
Solo el rostro, en cada foto, era un hueco limpio que dejaba ver el cartón blanco de la página siguiente a través del papel fotográfico.
Elena pasó las páginas más rápido, con una urgencia que no se molestó en disimularse a sí misma.
La figura sin rostro aparecía en al menos quince fotos distintas, a lo largo de lo que parecían quince o veinte años de diferencia entre la primera y la última.
En una foto era claramente una niña, más baja que Rosario, tomada de la mano frente a lo que parecía ser la entrada de la iglesia del pueblo.
En otra, varios años después por la ropa y el peinado de los demás en la imagen, era ya una adolescente, sentada en el mismo porche donde Elena y Mateo habían tomado vino la primera noche, con las piernas cruzadas y algo en las manos que podría haber sido un libro, aunque el ángulo no dejaba verlo con claridad.
En una tercera, la más inquietante de todas para Elena, la figura sin rostro estaba sentada a la mesa de doce puestos del comedor, rodeada de al menos seis personas más cuyos rostros sí estaban intactos, como si toda una celebración familiar hubiera sido fotografiada con normalidad excepto por esa única ausencia deliberada en el centro de la composición.
En la última foto del álbum, la persona sin rostro aparecía de pie junto a una mujer que Elena identificó, con un golpe frío en el estómago, como su propia madre de joven, mucho antes de que Elena naciera, las dos con los brazos entrelazados en un gesto de cariño casual entre hermanas.
Su madre. Con esta persona. Alguien de la familia, entonces, no una vecina ni una empleada doméstica ocasional.
Alguien lo suficientemente cercano como para estar en fotos familiares durante al menos dos décadas, creciendo, cambiando de ropa, de peinado, de estatura, y a quien alguien, después, con calma y con tijeras, había decidido borrarle la cara de cada imagen sin destruir la foto entera.
—¿Qué tienes ahí? —La voz de Mateo la sobresaltó desde la puerta del estudio. Había bajado de la escalera para almorzar y la había encontrado sentada en el suelo, inmóvil, con el álbum abierto sobre las piernas.
Elena le mostró la página con la foto de su madre joven y la figura sin rostro.
Mateo se acuclilló a su lado, tomó el álbum con cuidado, y pasó las páginas en silencio durante casi un minuto entero antes de decir algo.
—Esto no es normal —dijo, finalmente, y Elena sintió un alivio extraño al escucharlo, porque era la primera vez en cuatro días que Mateo decía en voz alta que algo en esta casa no tenía una explicación de casa vieja—.
Nadie recorta así una cara. Rompes la foto, la quemas, la tiras a la basura.
Esto es… deliberado. Cuidadoso. Alguien se sentó con estas fotos, una por una, y decidió exactamente qué recortar y qué dejar.
—Es alguien de la familia. Está en fotos con mi abuela, con mi abuelo, con mi mamá. Durante veinte años, por lo menos.
—¿Nunca te hablaron de nadie más? ¿Un hermano de tu mamá, una prima?
—Nunca. Mi mamá era hija única, siempre me lo dijeron así. —Elena se pasó una mano por la cara—. O eso creía yo.
—¿Y tu abuela nunca mencionó a nadie, en todos los años que la visitaste?