TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 1. #4
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Capítulo 1. #4

Mateo no le dio más importancia en el momento, aunque esa noche, ya en la cama, la frase le volvió a la cabeza más de una vez.

Quedaron en que Herminio pasaría a la mañana siguiente con las herramientas, y Mateo volvió a la casa satisfecho de haber resuelto, al menos, un problema concreto en un día lleno de cosas que no lo eran.

Esa segunda noche, después de acostar a Sofía, Elena escuchó, mientras se lavaba los dientes, un tarareo bajo que venía de algún punto de la planta baja.

Una melodía sin letra, simple, de esas que se cantan para arrullar a un niño o para acompañar una tarea repetitiva como pelar arvejas en la cocina.

Se quedó congelada frente al espejo, el cepillo de dientes a medio camino, escuchando.

—¿Mateo? —llamó, bajito.

No hubo respuesta. Salió al pasillo. Mateo estaba en el cuarto, ya acostado, con el celular en la mano revisando ofertas de trabajo antes de dormir, sin haber tarareado nada.

—¿Escuchaste eso? —le preguntó Elena, entrando.

—¿Qué cosa?

—Alguien estaba tarareando. Abajo.

Mateo bajó el teléfono, la miró con esa expresión mitad preocupada mitad cansada que había empezado a usar cada vez que Elena mencionaba algo raro de la casa.

—Debe ser la radio del vecino. El sonido viaja raro en la noche, en el pueblo no hay tanto ruido de fondo como en la ciudad para taparlo.

—No sonaba como una radio.

—Elena.

—Está bien —dijo ella, y se metió en la cama, aunque no estaba bien, aunque la melodía que había escuchado, ahora que la repasaba en su memoria, se parecía de un modo que no quería admitir en voz alta a algo que su propia abuela solía tararear mientras cocinaba, hacía más de veinte años, en una cocina que Elena apenas recordaba haber pisado de niña.

Al tercer día, con las cajas ya casi todas desempacadas y una rutina incómoda empezando a formarse (Mateo con sus reparaciones, Elena con su búsqueda silenciosa de respuestas en cajones y papeles viejos, Sofía adaptándose a un pueblo sin amigos todavía), llegó la noche que cerraría el capítulo.

Herminio había llegado esa mañana, tal como prometió, y había pasado horas subido a la misma escalera que Mateo, cambiando fusibles de porcelana por interruptores nuevos, murmurando entre dientes cada vez que abría una caja de conexiones y encontraba el cableado enredado de un modo que, según explicó, "no seguía ninguna lógica que un electricista normal hubiera usado".

En un momento, revisando las conexiones del segundo piso, se detuvo frente a la puerta sellada del fondo del pasillo, ya con parte del yeso agrietado a la vista, y se quedó mirándola un momento más de lo necesario.

—¿Y esa puerta? —preguntó, sin la misma naturalidad casual con que había hecho el resto de sus preguntas ese día.

—Todavía no la hemos abierto —dijo Elena, que pasaba por ahí con una caja de libros—. ¿Sabe algo de ella?

Herminio negó con la cabeza, quizás demasiado rápido.

—No, no. Solo curiosidad. —Volvió al tablero eléctrico sin agregar nada más, y Elena notó, sin poder explicarlo del todo, que sus manos se movían con menos soltura que antes de esa pregunta, como si algo en el aire de ese tramo del pasillo lo hubiera puesto, también a él, un poco nervioso.

Se fue antes del atardecer, con la promesa de volver la semana siguiente a terminar de cambiar el tablero completo, y con una despedida que a Mateo le pareció, mirándolo en retrospectiva, un poco más apurada de lo que la cortesía habría exigido.

Sofía se había acostumbrado, en esos tres días, a un ritual antes de dormir: apagar la lámpara de su mesa de noche, contar hasta veinte en silencio y volver a encenderla, para asegurarse de que el cuarto seguía siendo el mismo cuarto de siempre y no otra cosa que se le pareciera.

Esa tercera noche, al llegar a diecisiete, sintió que la temperatura del aire junto a la pared que compartía con el pasillo bajaba, de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta a un lugar frío al otro lado.

Terminó de contar. Encendió la lámpara. La pared seguía siendo la misma pared de siempre, con su papel tapiz de hojas descoloridas.

Pero esta vez, por primera vez, Sofía notó algo que las dos noches anteriores no había estado ahí: una humedad oscura, del tamaño de una mano extendida, que se filtraba lentamente desde un punto de la pared a la altura de sus propios ojos si estuviera de pie, como si algo del otro lado hubiera presionado contra el yeso con la palma abierta.

No gritó. No corrió a buscar a sus padres.

Se quedó sentada en la cama, con Ceniza el gato de porcelana apretado contra el pecho, mirando la mancha oscura extenderse muy despacio, un centímetro, quizás dos, y detenerse ahí, como si quien la hubiera dejado hubiera decidido, en ese momento exacto, que ya era suficiente por esa noche.

Que había tiempo. Que no había ninguna prisa.

Apagó la lámpara a las once y media, igual que las dos noches anteriores.

No le contó nada a sus padres esa noche, ni la mañana siguiente.

Guardó la mancha en la pared en el mismo cajón mental donde ya guardaba la sensación de ser observada la primera noche, y decidió, sin decírselo a sí misma con esas palabras exactas, que si la mancha volvía a aparecer una cuarta vez, ahí sí tendría que decidir si contárselo a alguien o seguir sola con esto un poco más.