Capítulo 1. #3
—Familias —dijo Mateo, con una media sonrisa cansada—. Todas tienen su versión editada de la historia.
—Sí —dijo Elena, sin poder evitar pensar, mientras lo decía, en la puerta sellada del segundo piso y en la piedra sin nombre del cobertizo, preguntándose cuánto de la versión editada de su propia familia todavía le faltaba por descubrir.
Terminó su copa.
Subieron a dormir poco después. Elena pasó, otra vez, por el punto exacto del pasillo donde el aire cambiaba de temperatura sin razón.
Esa noche no sintió frío. Sintió, en cambio, algo más difícil de nombrar: la certeza breve de que, si se detenía ahí un segundo más de lo necesario, algo del otro lado de la puerta sellada notaría que se había detenido.
No se detuvo. Siguió caminando.
El segundo día empezó temprano, con una luz gris de amanecer entrando por las cortinas finas que Elena todavía no había reemplazado.
Mateo se levantó primero, subido a una escalera antes incluso de que Elena bajara a preparar café, revisando el tablero eléctrico del pasillo, murmurando cosas sobre cableado de aluminio y normas de seguridad que ya no se usaban en ningún lado.
Sofía apareció en la cocina en pijama, todavía con el pelo revuelto, y se sentó a dibujar a Ceniza el gato de porcelana en un cuaderno mientras desayunaba cereal con leche en polvo reconstituida, porque todavía no habían ido al pueblo por leche fresca.
Elena aprovechó la mañana para revisar el escritorio del cuarto que había sido, evidentemente, una especie de estudio u oficina personal de su abuela.
Los cajones estaban llenos de papeles amarillentos: recibos viejos de la luz y el agua, cartas sin abrir de hacía más de veinte años dirigidas a Rosario Duarte, un calendario de 2006 con algunas fechas marcadas con una cruz a lápiz sin ninguna anotación que explicara qué representaban.
En el último cajón, el más profundo, encontró un sobre de manila cerrado con un cordón, más grueso que los demás, sin nombre ni dirección escrita afuera.
Lo abrió con cuidado. Adentro había recortes de periódico locales, la mayoría sobre eventos del pueblo de hacía décadas: una feria agrícola, un cambio de alcalde, un incendio en la escuela primaria que no dejó heridos.
Nada que pareciera relevante. Hasta que, mezclada entre los recortes, encontró una hoja de cuaderno escrita a mano con la letra de su abuela, una letra pequeña y apretada que Elena reconoció de inmediato de las tarjetas de cumpleaños que le había mandado de niña.
No era una carta completa. Parecía el principio de algo, o el fragmento de algo más largo que se había perdido:
"Le dije al padre Ernesto que no podía seguir así, que la casa ya no aguantaba el silencio. Él me dijo que rezara. Yo le dije que ya no sé si esto se arregla rezando. Nadie en este pueblo quiere hablar de lo que pasó ese invierno, y yo tampoco puedo, pero alguien tendría que..."
La frase se cortaba ahí. No había más hojas en el sobre que continuaran el pensamiento.
Elena se quedó con el papel en la mano un buen rato, releyendo la frase cortada, sintiendo esa incomodidad particular de encontrar la mitad de un secreto sin la otra mitad que le diera sentido.
Guardó la hoja de vuelta en el sobre, el sobre de vuelta en el cajón, y se dijo que se lo mostraría a Mateo después, aunque en el fondo ya sabía que probablemente no lo haría todavía.
Quería entender un poco más antes de convertirlo en una conversación.
Por la tarde bajó al pueblo a comprar lo básico.
La única tienda de abarrotes decente quedaba en la plaza central, atendida por una mujer mayor de gesto amable que se presentó como doña Custodia y que, al escuchar el apellido Duarte, se detuvo un segundo con la mano suspendida sobre la caja registradora.
—¿Duarte de la casa grande, la de la calle del Olivo?
—Sí, era mi abuela, Rosario.
Algo cruzó la cara de doña Custodia, rápido, apenas un parpadeo, pero Elena lo notó porque llevaba dos días entrenando el ojo para notar exactamente ese tipo de cosas.
—Que en paz descanse —dijo la mujer, ya recomponiendo la voz— ¿Se van a quedar mucho tiempo ahí?
—Unos meses, por ahora.
—Qué bueno. Le va a hacer bien a la casa que alguien la habite otra vez.
—La frase sonaba amable, pero algo en el tono no terminaba de encajar con las palabras, como si "le va a hacer bien a la casa" significara algo más literal de lo que Elena estaba preparada para escuchar—.
Si necesita algo, aquí estoy. Y dígale a su esposo que si quiere un electricista de confianza, pregunte por Herminio, no por el otro que anda por ahí, ese cobra caro y deja los cables peor de lo que los encuentra.
—Gracias, se lo digo. —Elena empezó a acomodar las bolsas—. ¿Cuánto tiempo lleva usted con la tienda?
—Toda la vida, hija. La heredé de mi madre, y ella la había abierto cuando este pueblo todavía tenía tres veces la gente que tiene ahora. —Doña Custodia le entregó el vuelto con una sonrisa que no le llegó del todo a los ojos—. Aquí uno ve pasar generaciones enteras detrás de este mostrador.
Elena se rio, agradeció el consejo, pagó y salió.
Fue solo al llegar a la esquina de la plaza que se dio cuenta de que doña Custodia no había respondido en realidad a su pregunta sobre cuánto tiempo se quedarían.
Había cambiado de tema con una suavidad tan practicada que Elena, dos cuadras después, todavía no podía decidir si lo había imaginado o si de verdad la mujer había evitado la pregunta a propósito.
Esa misma tarde, mientras Elena guardaba las compras, Mateo aprovechó la luz que quedaba para caminar hasta el taller que doña Custodia le había mencionado, dos calles más allá de la plaza, siguiendo el sonido de un taladro que se escuchaba desde la esquina.
Herminio resultó ser un hombre de unos cincuenta años, fornido, con las manos manchadas de grasa y una franqueza que a Mateo le cayó bien de inmediato.
—¿Usted es el que se mudó a la casa de los Duarte? —preguntó Herminio, sin dejar de enrollar un cable mientras hablaba—. Ya me habían dicho que alguien había vuelto a esa casa.
—Mi esposa la heredó. Estamos viendo el tema del cableado, parece que no se ha tocado en años.
—Eso seguro. —Herminio se limpió las manos en un trapo que colgaba de su cinturón—. Yo se la puedo revisar mañana si quiere, a primera hora. Le aviso de una vez, esa instalación es de las viejas, con fusibles de porcelana. Le va a salir más barato cambiar el tablero completo que ir parchando.
—Lo que se pueda, se pueda. No tenemos mucho margen ahora mismo.
—Entiendo. —Herminio lo miró un momento, con una mezcla de curiosidad y algo más que Mateo no supo nombrar en ese momento—. ¿Van a vivir arriba también? ¿En el segundo piso?
—Sí, ¿por qué?
Herminio se encogió de hombros, con un gesto demasiado deliberado para ser realmente despreocupado.
—Por nada. Curiosidad nomás. Hace mucho que esa casa no tenía luz encendida en las ventanas de arriba.