TERROR EN LOS ALISOS Capítulo 1. #2
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Capítulo 1. #2

El pasillo del segundo piso tenía cuatro puertas.

Tres se abrían sin problema: un cuarto vacío con una cama de bronce oxidada, otro que había sido usado como estudio con un escritorio cubierto de papeles amarillentos que Elena decidió revisar otro día, y el que sería el cuarto principal, más grande, con una ventana que daba al jardín trasero.

La cuarta puerta, la del fondo, la que estaba justo después del punto frío, no se abrió.

No estaba cerrada con llave. Estaba sellada.

Alguien había puesto una capa gruesa de yeso directamente sobre el marco, cubriendo la unión entre la puerta y la pared, como quien tapia una ventana en un edificio abandonado.

El yeso estaba agrietado en los bordes por el paso de los años, con algunas secciones caídas que dejaban ver la madera oscura de la puerta debajo, pero el sello, en lo esencial, seguía intacto.

—¿Y esto? —preguntó Mateo, tocando el yeso con dos dedos.

—No tengo idea —dijo Elena, y era verdad, aunque algo en el fondo de su memoria se movió un poco, incómodo, como una piedra que se corre de su sitio sin llegar a caerse—. Nunca vine a este piso de niña. O si vine, no llegué hasta aquí.

—Podemos abrirlo después. No es urgente.

—Mateo ya se había dado vuelta, ya estaba pensando en la siguiente caja, en la siguiente tarea de la lista mental que llevaba desde que salieron de la ciudad.

Para él, cada cosa rara de esta casa tenía una explicación de casa vieja, y Elena entendía por qué necesitaba que fuera así.

Necesitaba que esta mudanza fuera simple: un techo gratis, un respiro de seis meses, nada más.

Sofía, dos pasos atrás con Ceniza el gato de porcelana bajo el brazo, se había quedado mirando la puerta sellada un momento más de lo que un niño de diez años suele mirar una puerta cualquiera.

No dijo nada. Elena no lo notó entonces.

Lo recordaría después, muchas noches después, cuando ya fuera demasiado tarde para que ese silencio significara solo curiosidad infantil.

La tarde se les fue en descargar el resto de las cajas del auto y del remolque, y en la logística incómoda de decidir qué cuarto sería de quién.

Mateo insistió en dormir en el cuarto principal esa misma noche, "para no perder tiempo, mañana seguimos acomodando", y Elena no tuvo energía para discutir.

Sofía eligió el cuarto de la cama de bronce, encantada con lo que ella llamó "un cuarto de princesa antigua", sin que nadie le explicara que probablemente había sido el cuarto de alguna tía abuela de la que Elena tampoco tenía memoria clara.

Elena pasó buena parte de esa primera tarde ayudando a Sofía a acomodar su cuarto, colgando en la pared los dos pósters que había insistido en traer desde la ciudad y despejando un rincón del armario para la ropa.

Desde la ventana de ese cuarto se veía parte de la calle y, más allá, el techo de tejas rojas de la casa azul donde vivía el vecino que Mateo pensaba abordar en busca de un electricista.

—¿Podemos poner cortinas nuevas? —preguntó Sofía, señalando las cortinas viejas de encaje amarillento que colgaban de la ventana—. Estas dan un poco de miedo.

—Vamos a comprar unas bonitas en cuanto encontremos una tienda de telas en el pueblo —prometió Elena, aunque en el fondo dudaba que encontraran algo así en un lugar tan pequeño, y ya estaba pensando en pedirlas por internet apenas tuvieran señal decente.

Sofía asintió, conforme, y volvió a acomodar sus pocos peluches sobre la cama de bronce con la seriedad de alguien que está reclamando un territorio nuevo.

Elena la observó un momento desde la puerta, agradecida de que al menos su hija pareciera tomarse la mudanza como una aventura y no como la pérdida que en el fondo también era: la escuela de siempre, las amigas de siempre, un departamento que, con todos sus defectos, había sido suyo.

Antes de que la tarde se fuera del todo en cajas y muebles, Elena había salido al jardín trasero con la excusa de estirar la espalda.

El terreno era más grande de lo que había imaginado desde adentro: se extendía unos veinte metros hasta un muro de piedra bajo que marcaba el límite con el monte, con un pasto crecido que le llegaba a media pierna y un limonero seco que alguna vez debió dar sombra a alguna mesa que ya no estaba.

A la mitad del terreno había un cobertizo de madera con el techo hundido en una esquina, cubierto por una enredadera que llevaba años sin que nadie la cortara, la puerta entreabierta como si el óxido de las bisagras la hubiera dejado a medio camino entre abierta y cerrada de forma permanente.

Empujó la puerta con el hombro, más por curiosidad que por necesidad, y adentro encontró lo que esperaba: herramientas de jardín oxidadas colgadas de clavos torcidos, macetas de barro apiladas en columnas desiguales, un rastrillo con el mango partido apoyado contra la pared.

El aire dentro del cobertizo olía a tierra húmeda y a madera podrida, un olor denso que se le pegó a la ropa.

Lo que no esperaba era la piedra. Al fondo, medio tapada por costales de tierra vacíos, había una losa plana de piedra gris, del tamaño de un cuaderno grande, con algo grabado que el musgo había cubierto casi por completo.

Se agachó, pasó el pulgar por la superficie para limpiarla un poco, sintiendo el musgo frío y esponjoso bajo la yema del dedo, y alcanzó a distinguir una fecha, solo una fecha, sin nombre visible: un año que no significaba nada para ella todavía, treinta y dos años atrás.

No era una lápida, se dijo, incorporándose y sacudiéndose las manos en el pantalón.

No tenía la forma de una lápida y no había ningún otro indicio de que aquello fuera un cementerio improvisado.

Podía ser cualquier cosa: la base de una fuente que nunca se terminó de construir, una piedra decorativa, un capricho de algún jardinero anterior.

La dejó donde estaba, se limpió las manos y volvió a la casa sin mencionárselo a nadie, archivando el detalle en ese cajón mental donde las personas guardan las cosas que no quieren pensar todavía.

Cenaron sándwiches improvisados en la mesa de doce puestos, los tres juntos en una esquina que parecía diminuta comparada con el resto de la mesa vacía, con las ventanas abiertas para que el olor a flores marchitas terminara de irse.

Sofía habló durante la cena de la escuela que le habían prometido, del gato Ceniza, de si en el pueblo habría niñas de su edad, con la energía renovada de quien ha pasado el día explorando un lugar nuevo sin la carga adulta de entender lo que esa mudanza significaba en realidad.

Elena la escuchaba y respondía a medias, con la cabeza todavía en la puerta sellada y en la piedra del cobertizo, dos detalles que se negaban a quedarse guardados en el cajón mental donde había intentado dejarlos.

Esa noche, después de que Sofía se fuera a la cama, Elena y Mateo se sentaron en los escalones del porche delantero con lo que quedaba de una botella de vino que habían traído de la ciudad, porque ninguno de los dos tenía ganas de meterse en un cuarto que todavía olía a naftalina y a veinte años de encierro.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo, después de un silencio largo.

—No sé qué significa estar bien en este momento —dijo Elena, y se sorprendió de lo honesta que le salió la frase—. Estamos viviendo en la casa de mi abuela muerta porque no teníamos otra opción. Eso no es exactamente un plan de vida.

—Es temporal.

—Eso dices desde hace tres semanas.

Mateo giró la copa entre los dedos, sin beber.

—Sé que esto no es lo que imaginabas. Yo tampoco lo imaginaba.

Cuando abrí el taller pensé que en cinco años íbamos a tener casa propia, no que íbamos a terminar viviendo de la herencia de tu abuela porque no me alcanzó ni para pagarle el último sueldo a Reinaldo.

—Se pasó una mano por la cara—. Pero al menos aquí no debemos renta, y en seis meses, con lo que ahorremos, podemos volver a intentarlo en la ciudad, con otro negocio, con otro plan.

—¿Y si no alcanza en seis meses?

—Entonces vemos qué hacemos en seis meses. —Hizo una pausa—Elena, sé que estás enojada conmigo por lo del negocio.

—No estoy enojada contigo.

—Sí lo estás. Y está bien que lo estés. Yo también estoy enojado conmigo.

Ella no dijo nada. Se quedó mirando la calle vacía, las pocas luces del pueblo que se veían desde ahí, un perro que ladraba en algún patio lejano, la silueta oscura de la iglesia recortada contra un cielo todavía con un poco de claridad en el horizonte.

Pensó en decirle lo del punto frío del pasillo, lo de la piedra en el cobertizo, y decidió no hacerlo.

No porque creyera que había algo detrás de esas cosas.

Porque Mateo ya cargaba suficiente culpa esa noche, y ella no quería sumarle una preocupación más que probablemente no era nada.

—Mañana reviso el cableado del segundo piso —dijo él, cambiando de tema, agradecido de tener algo concreto que hacer con las manos—. Y le pido al vecino de la casa azul, el que vimos cuando llegamos, si conoce a algún electricista del pueblo.

—Bien —dijo Elena.

Se quedaron un rato más en silencio, escuchando los sonidos del pueblo asentarse en la noche: un portón metálico que alguien cerraba a lo lejos, el motor de un auto viejo alejándose, el canto entrecortado de un pájaro nocturno que Elena no supo identificar.

Fue Mateo quien rompió el silencio esta vez.

—¿Te acuerdas de algo más de tu abuela? Aparte de las arvejas y el tarareo.

Elena lo pensó un momento, sorprendida de lo poco que en realidad tenía para ofrecer.

—Casi nada, la verdad. Mi mamá no hablaba mucho de ella.

Cada vez que yo preguntaba por qué no veníamos más seguido, cambiaba de tema, parecido a como hizo esa mujer de la tienda hoy.

Yo pensaba que era porque se llevaban mal, como se llevan mal tantas madres e hijas.

Nunca hasta hoy me pareció raro que fuera tan específico, tan practicado.