TERROR EN LOS ALISOS
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Capítulo 1.
La Herencia y las Primeras Grietas
El camino a Los Alisos dejaba de ser carretera dos kilómetros antes de llegar.
El asfalto se volvía tierra compacta, después grava, y las últimas curvas subían entre eucaliptos tan viejos que sus raíces habían levantado el borde del camino como nudillos bajo la piel.
Elena llevaba el codo apoyado en la ventanilla y el otro brazo tenso sobre el volante, no porque el camino fuera difícil, sino porque llevaba cuarenta minutos evitando mirar el espejo retrovisor, donde Sofía iba con la frente pegada al vidrio, dibujando algo invisible con el dedo sobre el vaho de su propio aliento.
—¿Falta mucho? —preguntó Mateo, sin abrir los ojos. Llevaba la cabeza recostada contra el asiento desde Puente Real, fingiendo dormir o durmiendo de verdad, Elena ya no sabía distinguirlo.
—El abogado dijo que después de los eucaliptos empieza el pueblo. Deberíamos estar llegando.
Él no respondió. Elena lo dejó ir. Llevaban tres semanas hablándose así, en frases cortas y funcionales, como si cualquier cosa más larga pudiera abrir una conversación que ninguno de los dos quería tener todavía: la del negocio de Mateo cerrado, la de los seis meses de ahorros que se habían ido en indemnizaciones y en un abogado que no sirvió de nada, la de la carta que había llegado hacía dos meses informando que la casa de la abuela Rosario, cerrada desde antes de que Elena cumpliera veinte años, ahora era legalmente suya después de que su madre, que la había heredado primero y nunca quiso ni pisarla, muriera en marzo.
Vender la casa había sido la primera idea.
La única, durante casi seis semanas. Elena recordaba con precisión la noche en que Mateo, todavía con la corbata puesta después de la última reunión con los abogados de la quiebra, se había sentado en el borde de la cama con la carta del notario en las manos y había dicho, sin mirarla: "Vendemos esa casa y con eso pagamos lo que falta.
" Sonaba simple entonces. Pero el mercado en Los Alisos estaba muerto, el abogado se lo dijo sin rodeos semanas después, y la casa necesitaba arreglos que ellos no podían pagar antes de poder venderla en un precio decente.
Un pueblo que se vaciaba lentamente, generación tras generación, hacia las ciudades, no era un pueblo donde alguien pagara bien por una casa vieja con veinte años de humedad acumulada.
Mudarse, en cambio, no costaba nada. Cero renta, cero hipoteca, un pueblo donde la vida costaba una fracción de lo que costaba en la ciudad.
Fue Mateo quien lo dijo primero, una noche, mirando la pantalla de su laptop llena de pestañas de ofertas de trabajo que nadie contestaba: "Podríamos probar seis meses.
Solo seis meses, mientras las cosas se acomodan.
" Elena había dicho que sí antes de terminar de pensarlo, porque decir que no significaba admitir en voz alta cuánto miedo tenían los dos.
Habían pasado las últimas tres semanas empacando la vida entera de un departamento de dos dormitorios en cajas etiquetadas con la letra apurada de alguien que no quiere detenerse a pensar en lo que está guardando, y ahora, sentados en el auto con todo lo que les quedaba en el mundo metido en el maletero y en un remolque alquilado que Mateo manejaba dos autos atrás, la idea de las cajas dejaba de ser abstracta.
El pueblo se anunció primero con un cartel de metal oxidado, "Los Alisos le da la bienvenida", con una fecha de fundación que Elena no alcanzó a leer completa.
Después vinieron las primeras casas, dispersas al principio, con gallineros y perros que salían a ladrarle al auto desde patios sin cerca, y más adelante, ya más cerca del centro, una hilera de fachadas encaladas con balcones de madera pintada, una plaza con una fuente seca en el medio, una iglesia de piedra blanca con una sola torre.
Un pueblo que se había quedado, en muchos sentidos, detenido en alguna década que Elena no supo precisar, con los mismos negocios familiares repetidos en distintas esquinas: una ferretería, una farmacia, una tienda de abarrotes con el toldo desteñido por el sol.
La casa apareció al final de la calle principal, más grande de lo que Elena recordaba de las dos únicas veces que había estado ahí de niña.
Dos plantas de piedra clara y madera oscurecida por el tiempo, un balcón de hierro forjado en el segundo piso, un jardín delantero que alguna vez había sido ordenado y que ahora era una maraña de plantas que habían crecido sin nadie que las podara.
Las ventanas del segundo piso tenían las cortinas cerradas por dentro, como si la casa hubiera decidido no mirar hacia afuera durante veinte años.
—Es bonita —dijo Sofía, y fue la primera cosa que decía en todo el trayecto que no fuera una queja sobre el hambre o el calor.
Elena estacionó frente a la reja y se quedó un momento con las manos en el volante, mirando la fachada.
Recordaba a su abuela Rosario como una mujer de espalda muy recta que hablaba poco y cocinaba mucho, que la sentaba en la cocina a pelar arvejas mientras ella tarareaba canciones sin letra.
No recordaba haber visto nunca el segundo piso completo.
No recordaba, ahora que lo pensaba con atención, haber subido esa escalera más de una o dos veces en total, y las dos veces, ahora que hacía memoria, habían terminado con su madre llamándola desde abajo con una urgencia que de niña le había parecido normal y que ahora, adulta, le resultaba extraña.
—¿Vamos? —dijo Mateo, ya con la puerta abierta.
La llave que les había dado el abogado giró con dificultad en la cerradura, como si la madera se hubiera hinchado con la humedad de dos décadas cerrada.
Cuando la puerta cedió, el olor que salió no era el que Elena esperaba.
No era humedad ni encierro ni polvo viejo, aunque todo eso estaba ahí también.
Era un olor más específico, dulzón y un poco podrido, que reconoció después de un segundo: flores marchitas.
Como un jarrón que alguien hubiera dejado con agua estancada durante meses.
—Huele raro —dijo Sofía, tapándose la nariz con el cuello de su suéter.
—Es normal, veinte años cerrada —contestó Mateo, ya entrando, ya con las manos en la cintura mirando el techo alto del recibidor—. Abramos ventanas y en media hora no se nota.
Elena entró última. El recibidor daba a una sala amplia con muebles cubiertos por sábanas blancas que alguien, probablemente su madre en algún momento, había puesto ahí con la intención de volver algún día y nunca lo hizo.
Las paredes conservaban el papel tapiz original, un patrón de hojas verdes ya descolorido a un gris amarillento.
Un reloj de pared, detenido, marcaba las 4:17 de alguna tarde de hacía dos décadas.
Elena se acercó y le dio cuerda por reflejo, sin pensarlo, y el mecanismo respondió con un tictac irregular que se detuvo del todo antes de que llegara a la cocina.
Pasaron la primera hora recorriendo la planta baja con el tipo de atención minuciosa que se le presta a un lugar que se sabe que va a ser el propio, aunque sea por seis meses.
La cocina tenía una estufa de hierro que Mateo insistió en que "seguro todavía funciona, mira qué bien construida", y en efecto, después de limpiar años de polvo del quemador principal, logró encenderla con un fósforo, con una llama azul pareja que lo hizo sonreír por primera vez en varios días.
El comedor tenía una mesa de doce puestos que parecía absurda para una casa donde, según todo lo que Elena sabía, su abuela había vivido sola los últimos años; Elena pasó la mano por la madera y contó las sillas dos veces, preguntándose para qué habría necesitado nunca tantos asientos alguien que vivía sola.
Un cuarto de costura, con una máquina de coser antigua todavía sobre su mesa, había sido convertido en algún momento en bodega de cajas sin etiquetar, apiladas hasta la altura del hombro.
Sofía descubrió un gato de porcelana en un estante de la sala y decidió que sería suyo, lo bautizó Ceniza sin consultarlo con nadie, y lo cargó bajo el brazo el resto de la tarde como si fuera un talismán recién adquirido.
Fue subiendo al segundo piso donde Elena sintió el primer cambio real de temperatura.
No era el frío general de una casa cerrada, ese frío parejo que se siente en todos lados por igual.
Era un frío localizado, como si alguien hubiera dejado una ventana abierta en un solo punto exacto del pasillo, un metro antes de llegar a la puerta del fondo.
Elena se detuvo ahí, extendió la mano casi sin pensarlo, y sintió el aire cortar contra su palma con una nitidez que no encajaba con el resto del pasillo, tibio por el sol de la tarde que entraba por una claraboya.
—¿Sientes eso? —le preguntó a Mateo, que venía detrás cargando una caja.
Él se detuvo, extendió la mano en el mismo punto, frunció el ceño.
—Debe haber una rendija en algún lado. Casas viejas, Elena. Todo tiene grietas.
Ella asintió, aunque no había ninguna ventana cerca, ninguna rendija visible en el techo ni en el piso. Siguió caminando, y dos pasos después el frío desapareció tan bruscamente como había aparecido, sin transición, sin gradiente, como si hubiera cruzado una línea invisible dibujada en el aire.