28 Lili
VEINTIOCHO
Lili
Después de los disparos, el sótano queda en silencio.
Estoy de pie en la sala inferior del almacén de Victor Desrosiers. Los tabiques de hormigón tienen marcas de bala. Cinco de sus hombres han caído entre el umbral y el fondo de la estancia. La sangre se mezcla con el polvo del suelo y el olor a pólvora se queda atrapado en el aire cerrado.
A mi espalda, en el corredor, Lucien sigue en el suelo con la pierna herida. Travis está con él, apretándole un torniquete sobre el muslo. Logan cubre la entrada con el arma levantada. Más lejos, Derek y Hunter mantienen a raya a los hombres que intentan llegar desde el túnel lateral.
No estoy sola.
Pero he cruzado antes de que pudieran detenerme.
—Jefa —dice Logan desde el umbral—. Espere.
No respondo.
Al fondo de la sala, junto a una mesa metálica volcada, está Victor Desrosiers.
Le di en el costado cuando intentó alcanzar una salida trasera.
La herida le empapa el chaleco y deja un rastro oscuro sobre el suelo.
Sigue de pie, pero cada respiración le cuesta.
Tiene el pelo gris cortado al rape, la cara marcada por los años y la mandíbula rehecha en un quirófano.
En una mano sostiene una pistola vacía. La otra la mantiene pegada al costado.
Ya no tiene escapatoria.
Victor levanta la cabeza al oír mis pasos. Su boca se tuerce en una mueca.
—Lili Blackwood —dice, con la voz ronca—. La niña que se escondía debajo del escritorio de su padre. Mira en qué te has convertido.
Alzo la Glock y le apunto al pecho.
—Se acabó, Victor. Deja el arma en el suelo y ponte de rodillas.
Suelta una risa corta que se corta en tos. Un hilo de sangre le mancha la comisura de la boca.
—¿De rodillas? ¿Ante la hija de Silas? —Escupe al suelo—. Prefiero salir de aquí muerto.
—Eso todavía se puede arreglar.
—Hablas como él.
La frase me golpea más de lo que quiero admitir, pero no bajo el arma.
—Mi padre no está aquí.
—No. —Victor da un paso corto, arrastrando la pierna izquierda—. Murió antes de pagar lo que debía. Te dejó la cuenta a ti.
—Yo tenía cinco años cuando empezó la guerra entre ustedes.
—Eras su apellido. Su futuro. Lo único que le importaba.
No le doy la razón en voz alta.
—Mis hombres no tenían nada que ver con Silas. Los dos que mataste en Laval no te hicieron nada.
—Trabajaban para los Blackwood.
—Trabajaban para mí.
—Entonces murieron por ti.
El dedo se me tensa sobre el gatillo. Durante un segundo, quiero dispararle sin escuchar una palabra más. Pero necesito verlo caer sabiendo por qué. No como una niña asustada. No como la hija de Silas. Sino como la mujer a la que intentó destruir y no pudo.
—Sé lo que hizo mi padre —digo—. Sé que te hundió. Sé que retiró el respaldo, ejecutó las deudas y se quedó con tus almacenes. No voy a defenderlo.
Victor parpadea. No esperaba eso.
—Silas era un depredador —continúo—. Tomaba lo que quería y llamaba negocio a la ruina de otros. Eso no lo discuto.
Su respiración se vuelve más pesada.
—Sí —admito—. Silas provocó tu caída.
Victor me mira con una rabia vieja, gastada.
—Entonces entiendes por qué estoy aquí.
—No. Entiendo por qué lo odiabas. No por qué elegiste perseguirme a mí.
—Porque eras lo único que quedaba.
—Era una niña.
—Eras una Blackwood.
El apellido cae entre los dos como una condena.
Arriba, se oyen disparos aislados. El asalto sigue, pero cada vez más lejos. Cole habla por la radio, cortado por la estática.
—Lili, Nathaniel está bajando. Mantén posición.
No respondo. No aparto los ojos de Victor.
—Pasaste veinte años esperando este momento —digo—. Veinte años para convertirte en esto.
Victor sonríe con dificultad.
—Sobreviví.
—No. Te quedaste atrapado. —Bajo un poco la voz—. Llevas veinte años llamando a una mujer que ya no te va a contestar.
Victor aprieta los dientes. Es la primera vez esta noche que algo le duele más que el costado.
—Tenías treinta hombres mirando hacia la verja este, esperando a las nueve —continúo—. Te lo conté yo, Victor. Cada dato. Y lo compraste entero porque nunca se te ocurrió que una Blackwood pudiera hacer algo más que disparar.
—Zorra.
—Heredé sus muertos, sus deudas y sus enemigos. Pero yo no elegí tu ruina, y todo lo que hiciste en Laval lo lanzaste contra la persona equivocada.
Victor baja la mirada un instante hacia su costado. La sangre le moja la mano.
—Tus hombres eran el precio.
—No. Eran personas. Douglas. Alexandre. Dos familias esperando una llamada que no llegará. No eran una cifra en tu venganza.
Algo cambia en su cara. No arrepentimiento. Solo cansancio.
—Tu padre me enseñó que todo se cobra.
—Y yo te estoy diciendo que esto termina aquí.
Me acerco un paso más.
—No por Silas. No por tu mujer. No por tus hijos. Por mis hombres. Por los que murieron en Laval.
Victor respira con dificultad. Los dedos le tiemblan alrededor de la pistola vacía.
—Pues hazlo —susurra—. Termina el trabajo.
No bajo la guardia.
Y hago bien.
Victor se lanza hacia mí.
Es rápido para estar herido, pero no lo suficiente. Aun así, alcanza mi muñeca izquierda y aprieta justo sobre la herida. El dolor me atraviesa el brazo. La Glock se me resbala y cae al suelo con un golpe seco.
Me empuja contra la pared. Mi espalda golpea el hormigón y el aire se me va de los pulmones. Antes de que pueda recuperarme, su mano se cierra alrededor de mi cuello.
—Pensabas que iba a dejarte decidir mi final —gruñe, con la cara demasiado cerca de la mía—. Igual que Silas. Siempre creyendo que pueden elegir por todos.
No puedo respirar.
Le agarro la muñeca con la mano sana, pero pesa demasiado. Tiene poca fuerza ya, pero la usa toda contra mi garganta. Siento la presión en la tráquea, el pulso en los oídos, la necesidad urgente de aire.
Doblo la rodilla y se la clavo en el costado herido.
Victor grita y afloja la mano.
Giro el torso, me libero y le golpeo la mandíbula con el puño derecho. El impacto lo hace retroceder un paso. Sangre nueva le baja por la boca.
Desde el corredor, Logan grita mi nombre.
—¡No entren! —consigo decir, con la voz rota.
Victor saca un cuchillo corto del cinturón.
Levanta el brazo.
Esquivo el primer tajo por poco. La hoja me roza la chaqueta a la altura del hombro. Le sujeto la muñeca antes del segundo intento y empujo hacia fuera, pero el brazo izquierdo me falla. La herida arde bajo el vendaje. Él aprovecha la debilidad y me obliga a retroceder.
Choco con la mesa volcada.
Victor intenta clavarme el cuchillo. Le bloqueo la muñeca con las dos manos. El metal baja despacio, temblando entre nosotros. Me falta fuerza. Me falta aire. Pero él está perdiendo sangre y cada segundo lo vuelve más lento.
Le doy un cabezazo en la nariz.
Victor se tambalea.
Uso la bota y le golpeo la rodilla izquierda. La articulación cede y cae al suelo con un grito. El cuchillo resbala de sus dedos.
Aun desde abajo, intenta agarrarme el tobillo. Le piso la mano y aprieto hasta que suelta.
Retrocedo, respirando con dificultad. Me agacho, recojo la Glock del suelo y me aparto tres pasos antes de volver a apuntarle.
Victor queda de rodillas, con la cabeza baja, la sangre cayéndole por la boca y el costado. Levanta la vista hacia mí.
—Eres idéntica a tu padre —murmura—. Silas estaría orgulloso.
—Esto no va por él.
Alineo el arma entre sus ojos.
—Esto va por mí.
Oigo pasos rápidos en el corredor.
Nathaniel aparece en el marco de la entrada con el fusil levantado. Tiene la respiración agitada por la carrera y la mirada clavada en Victor. Durante un segundo, sé que quiere cruzar la sala y acabarlo él mismo.
Pero se detiene.
Me mira.
Ve la marca en mi cuello, la sangre en mi boca, el arma firme en mis manos. Ve a Victor de rodillas, desarmado, fuera de alcance.
Nathaniel baja el fusil y no interviene.
Ese gesto me dice más que cualquier palabra.
Me vuelvo hacia Victor.
—Dejas de perseguirme hoy —digo.
Victor sostiene mi mirada por última vez.
—Hazlo.
Aprieto el gatillo.
El disparo llena la sala. El retroceso me sacude la muñeca y me arranca un gesto de dolor. Victor cae hacia atrás y queda inmóvil sobre el cemento.
Muerto.
Nadie dice nada.
El arma me pesa en la mano. La bajo despacio, respirando mal, con el cuello dolorido y la nuca ardiendo por el golpe contra la pared. Miro el cuerpo de Victor y espero sentir alivio.
No llega.
Solo hay cansancio.
Y silencio.
Nathaniel entra al fin. No corre hacia mí. No me toca de inmediato. Se acerca despacio, como si supiera que todavía necesito unos segundos para entender que ha terminado.
Cuando llega a mi lado, me toma la mano sana.
—Vámonos —dice.
Asiento.
Guardo la Glock bajo la chaqueta. Me duele todo al moverme, pero sigo en pie. Logan baja el arma en la entrada. Travis sigue con Lucien en el corredor. A lo lejos, Derek y Hunter aseguran el túnel lateral.
Nathaniel camina conmigo hacia la salida.
Subimos por la galería de piedra en silencio y dejamos a Victor Desrosiers en el subsuelo, con los suyos.
No miro atrás.