27 Nathaniel
VEINTISIETE
Nathaniel
Cuarenta minutos de carretera y Mirabel está a oscuras y hace demasiado frío.
Estoy junto al coche blindado, a pocos metros del almacén donde se esconde Victor Desrosiers. El motor vibra a mis espaldas. El aguanieve cae sobre el terreno abierto y se mezcla con el barro junto a los neumáticos.
Lili está frente a mí.
Tiro de las cinchas de su chaleco por tercera vez, comprobando que las placas queden firmes. Ella no se mueve. Mantiene la vista en los almacenes del fondo, con el cabello recogido en una trenza y la Glock bajo la cazadora.
—Nathaniel —dice en voz baja—. Está bien. No se va a mover.
Suelto las hebillas, pero tardo un segundo en apartar las manos.
—Lo sé.
No lo sé.
Sé que el chaleco está bien ajustado. Sé que la Glock está cargada.
Sé que sus cuatro hombres entrarán con ella porque conocen su forma de luchar y la protegerán.
Sé que Lucien, aunque lleva la pierna vendada, no va a quedarse atrás si ella baja a los túneles.
Sé que Cole está en la unidad móvil, dentro del sistema de cámaras de Mirabel, listo para guiarnos.
Sé todo eso.
Y aun así no me basta.
Lili me sujeta las muñecas.
—No voy sola —dice—. Es el plan.
—El plan cambia en cuanto empieza el primer disparo.
—Entonces nos adaptamos.
Me sostiene la mirada. No hay miedo en su expresión. Hay cansancio, dolor y una decisión que no voy a poder sacarle de la cabeza.
—Si lo encuentras abajo, no entras sin avisarme —digo—. Das tu posición y esperas.
—Te avisaré.
—No es lo mismo.
—Nathaniel.
—Promételo.
Su mandíbula se tensa.
—Te avisaré y esperaré en la entrada si puedo hacerlo sin perderlo.
No es la promesa que quiero. Es la única que me va a dar.
La tomo por las solapas y la beso. Es rápido, duro, más una necesidad que una despedida. Las armas chocan entre nosotros. Ella me agarra del chaleco con la mano sana y, durante un segundo, el ruido del patio desaparece.
Me separo antes de perder el control.
—Vuelve a mí.
—Encuéntralo antes de que vuelva a escaparse.
No sonríe. Yo tampoco.
La dejo ir.
Lili camina hacia las camionetas donde la esperan sus hombres. Logan le abre la puerta trasera y revisa el pasillo con la mirada antes de subir. Travis no habla; solo comprueba el cuchillo de la bota y el arma de la cintura.
Lucien está con ellos, apoyando menos peso en la pierna derecha, pero en pie. Le dice algo a Lili. Ella asiente una vez. Después levanta dos dedos y el grupo se mueve.
Cole entra por la radio desde la unidad móvil.
—Equipo Blackwood, cámaras exteriores bajo control. Interior parcial. Hay interferencia en el bloque administrativo y puntos muertos en el subsuelo. Estoy trabajando en eso.
—Mantén abierto el canal de Lili —ordeno.
—Ya lo está.
La camioneta de Lili avanza hacia el acceso de servicio. La niebla la cubre antes de que llegue a la verja baja.
Dante se coloca a mi lado, ajustándose el arma al hombro.
—¿Está lista?
—Lo está.
—¿Y tú?
No lo miro.
—Muévete.
Dante suelta una risa breve y golpea la chapa del vehículo con el puño.
—A todos los equipos —dice por radio—. Entramos ya.
Velkan aparece por la izquierda con una mochila de lona cargada de explosivos. Dos de sus hombres vienen detrás, llevando cables y detonadores.
—Las bocas de los túneles están ubicadas —dice—. En cuanto rompan el patio, bajo a sellarlas. Nadie sale por ahí.
—No cierres nada hasta confirmar la posición de Lili.
—Lo sé, Cloutier. No soy nuevo en esto.
Ilya está junto al mapa desplegado sobre el capó del segundo coche. Lleva un auricular puesto y una tableta en la mano.
—Dante entra por la verja norte —indica—. Ethan y sus tiradores cubren el patio desde la loma. Tú vas directo al bloque central. Lili entra por el servicio con los suyos. Cole guiará el avance cuando recupere las cámaras del subsuelo.
—¿Cuántos dentro?
—Al menos cuarenta. Quizá más. Desrosiers movió refuerzos durante la noche. —Ilya gira la tableta hacia mí—. Pero los movió mal.
En la imagen térmica, el grueso de las manchas está apiñado en el extremo contrario del recinto. Dos camiones cruzados contra la verja este. Hombres en los tejados de las naves del fondo. Todo apuntando a un ataque que iba a llegar tres horas más tarde, por una puerta que no vamos a usar.
—Se lo tragó entero —digo.
—Hasta el último detalle. Tiene a treinta hombres esperando a veinte que entrarían a las nueve. —Ilya baja la voz—. Y esperándolos sin ti. Su lado norte está casi vacío.
Pienso en Lili anoche, con la mano apoyada en el mapa, decidiendo no tocar a la mujer que la vendió.
Ha ganado la mitad de esta batalla antes de bajarse del coche.
—Entonces no dejamos a nadie detrás.
Ilya asiente.
—Cinco cincuenta y nueve.
Miro el reloj.
Un minuto.
El patio se queda en silencio. No porque no haya ruido, sino porque todo se reduce al siguiente movimiento: motores, dedos cerca de los gatillos, respiraciones contenidas, botas hundidas en el barro.
Seis en punto.
El primer camión rompe la verja norte.
No hay advertencias.
Dante entra por el boquete con sus hombres. Hay cuatro tiradores donde debería haber veinte. Responden desde las ventanas superiores, pero Ethan ya los tiene localizados. Dos disparos secos desde la loma. Un cuerpo cae contra el marco de una ventana. Otro se desploma detrás de una barandilla.
Por la radio entra la voz de Ethan, tranquila.
—Tienen gente cruzando el patio desde el este. Vienen corriendo y sin cobertura.
—Déjalos llegar cansados.
Velkan y los suyos cruzan el flanco izquierdo hacia las entradas subterráneas. Ilya coordina desde el coche de mando, dando posiciones por radio. Mis hombres avanzan conmigo hacia el bloque administrativo.
La puerta principal salta con una carga pequeña.
Entramos.
El pasillo está lleno de humo, polvo y trozos de metal. Hay oficinas a ambos lados, cristales rotos en el suelo y cables colgando del techo. Avanzamos pegados a las paredes, con las armas arriba y los ojos en las esquinas.
Un hombre armado sale de detrás de un archivador.
Disparo dos veces. Cae antes de terminar de levantar el fusil.
Seguimos.
No hay tiempo para mirar los cuerpos. No hay tiempo para la rabia. Cada segundo que paso arriba es un segundo en que Lili puede estar caminando hacia Victor.
—Cole —digo por radio—. ¿Dónde está Lili?
La voz de Cole entra con estática.
—Equipo Blackwood dentro. Bajando por la entrada de servicio. Logan abre, Travis cubre la retaguardia. Derek y Hunter en los laterales. Lucien está con Lili. Sin bajas.
Respiro una vez.
Solo una.
—Lili, responde.
Su voz llega baja, concentrada.
—Estoy aquí.
—Mantén el canal abierto.
—Lo está.
—No improvises.
—Tú tampoco.
La comunicación queda abierta. Oigo sus pasos, voces cortas, el ruido de una verja al abrirse. Luego, dos disparos. La Glock de Lili. Una ráfaga de Derek. Hunter maldice algo lejos del micro.
—Dos abajo —informa Logan—. Seguimos.
Vuelvo al pasillo central.
Tres mercenarios se han atrincherado detrás de unas mesas volcadas. Disparan con orden, cubriendo la entrada a la sala de control. No son matones. Saben mantener su posición.
Mis hombres se abren a los lados. Yo sostengo el centro desde un pilar mientras uno de los nuestros lanza una granada de humo hacia la sala. En cuanto la nube cubre las mesas, entramos por los flancos.
Veinte segundos.
Tres cuerpos en el suelo.
Uno de mis hombres recibe un disparo en el chaleco y cae de espaldas. Se incorpora con una mano en el pecho y sigue avanzando. No pregunto si está bien. Si camina, está bien.
—Dante —digo.
—Ala este despejada —responde—. Subimos a la primera planta. Hay resistencia en las oficinas, pero nada que nos frene.
—Velkan.
—Dos salidas subterráneas cerradas. La tercera está más abajo de lo que decía el plano. Voy hacia ella.
—No la cierres si Lili está cerca.
—Te he oído la primera vez.
Subimos hacia los despachos superiores. Las escaleras están llenas de casquillos y polvo. Hay puertas abiertas a golpes, archivadores volcados, papeles por todas partes. El edificio se está vaciando rápido. Demasiado rápido.
Desrosiers está huyendo.
Llegamos al despacho principal. La puerta es de acero, con cerradura electrónica. Uno de mis hombres coloca una carga en las bisagras. Nos cubrimos detrás del muro.
La detonación revienta el marco. Entramos.
El despacho está vacío.
Sobre la mesa hay monitores encendidos, carpetas abiertas y una taza de café todavía caliente. Las cámaras exteriores muestran estática. Cole los dejó a ciegas. Desrosiers estuvo aquí hace minutos.
No más.
Hay un teléfono tirado en el suelo, con la pantalla partida contra la pata de la silla. La última llamada saliente lleva doce minutos sin respuesta. El nombre en el registro es Marie.
Así que ya lo sabe.
Sabe que la hora era falsa, que la puerta era falsa, que colocó a treinta hombres mirando hacia un lado equivocado del aeródromo porque una mujer a la que compró le contó justo lo que Lili quiso que le contara.
Y ha tirado el teléfono al suelo antes de correr.
—Maldito cobarde —murmuro.
La radio crepita.
Es Lili.
—Nathaniel.
Me detengo.
—Habla.
—Lo tengo localizado.
Todo mi cuerpo se tensa.
—Dame tu posición.
—Nivel inferior. Pasando las calderas. Hay un corredor de hormigón que no aparecía en los planos de Ilya. Lleva a una sala al fondo, detrás de una reja. La puerta está entornada.
—No entres.
—Oigo voces dentro.
—Lili, no entres.
—Logan está conmigo. Travis cubre nuestra retaguardia. Derek y Hunter vigilan el movimiento en el túnel lateral. Lucien está revisando la reja.
—Espera.
Silencio.
Después, un golpe seco en la línea. Un disparo. Otro.
La voz de Cole entra de inmediato.
—Movimiento en el subsuelo. Cámara caída. Estoy a ciegas.
Echo a correr.
—Lili, responde.
Nada.
—Logan.
La voz de Logan llega cortada por disparos.
—Contacto en el corredor inferior. Dos hombres detrás de la reja. Derek y Hunter están limpiando el túnel lateral. Travis está conmigo. Lucien está herido.
El pecho se me cierra.
—¿Lili?
Una pausa.
Demasiado larga.
—Entró en la sala —dice Logan—. Vio a Desrosiers y cruzó antes de que pudiéramos cerrarle el paso.
—¡Maldita sea!
Salgo del despacho y bajo las escaleras de dos en dos. Mis hombres intentan seguirme, pero acelero. No me importa nada en este momento más que ver a Lili con mis propios ojos y asegurarme de que está bien.
El sótano está peor que la planta superior. Los pasillos son estrechos y bajos, con humedad en las paredes y luces que parpadean. El aire huele a pólvora y a cable quemado.
Oigo tres disparos adelante.
La Glock de Lili.
Sigue viva.
Giro por el primer corredor. Dos mercenarios aparecen desde una puerta lateral. Disparo al primero sin frenar. El segundo se cubre, pero uno de mis hombres lo alcanza desde atrás.
Sigo corriendo.
—Cole, necesito la ruta.
—Todo el subsuelo está interferido. Sigue el pasillo principal hasta las calderas. Luego a la izquierda. Verás la reja.
Llego a las calderas. El calor allí abajo contrasta con el frío del exterior. Hay vapor saliendo de una tubería rota y agua en el suelo. Paso sin detenerme.
Doblo a la izquierda.
Lucien está en el suelo junto a la pared, con la pierna derecha empapada de sangre por encima de la venda anterior. Se presiona el muslo con las dos manos. Travis está agachado a su lado, colocándole un torniquete. Logan cubre la puerta del fondo con el arma levantada.
—¿Dónde está? —pregunto.
Lucien levanta la cabeza. Tiene la cara tensa por el dolor y la rabia.
—Dentro.
—¿Por qué la dejaste pasar?
Logan responde antes que él.
—No la dejó. Nadie la dejó. Desrosiers apareció en la puerta, le habló por su nombre y ella se movió antes de que pudiéramos agarrarla. Tuvimos dos hombres encima al mismo tiempo.
Desde el túnel lateral llegan más disparos. Derek grita una orden. Hunter responde con una ráfaga.
Mis hombres llegan detrás de mí y toman posiciones.
—Saca a Lucien —ordeno a Travis.
—No —gruñe Lucien—. Yo me quedo.
—Te vas a desangrar.
—Entonces trabaja rápido.
No pierdo más tiempo.
La puerta del fondo está entreabierta. Es de hierro, pesada y vieja. Una luz blanca sale del interior.
Me acerco con el fusil levantado.
—Lili —digo por radio—. Estoy en la puerta.
No responde.
Desde dentro llega una voz de hombre. Suave. Demasiado tranquila.
Victor Desrosiers.
No entiendo las palabras, solo el tono. Después llega la voz de Lili, firme y viva.
Empujo la puerta con el hombro y cruzo el umbral con el arma lista.