Tentando a un depredador (Priesthood 4) 26 Lili #2
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26 Lili #2

Lucien levanta la cabeza despacio. No pregunta. Ya lo había pensado; se le nota en la forma en que aprieta la taza.

—Marie lleva once años conmigo —digo.

—Lo sé —responde Cole—. Por eso lo he revisado tres veces antes de decirlo delante de nadie.

Nathaniel no interviene. Se queda a mi lado, en silencio, y deja que sea yo quien maneje esto delante de su gente.

—Enséñamelo.

Cole gira la tableta. Un movimiento de catorce mil dólares entrando en una cuenta a nombre de la hermana de Marie, hace dieciséis días. Otro depósito idéntico la semana pasada. Los mismos catorce mil que Victor no quiso justificar cuando tuvo la foto de mi despacho delante.

Miro la cifra un momento largo.

Catorce mil dólares. Ese es el precio de dos hombres en el suelo de Laval.

—No es el dinero —digo.

Cole asiente.

—Su hijo pequeño lleva desde el otoño en una clínica de Sherbrooke. Victor pagó la primera factura antes de pedirle nada.

Ahí está.

Marie no me vendió por dinero. Marie hizo lo que yo habría hecho.

Eso no la salva, pero cambia lo que voy a hacer con ella.

—¿La detenemos? —pregunta Logan.

—No.

Dante levanta la vista del mapa. Velkan deja el lápiz. Noto que los hombres de Nathaniel esperan a ver qué clase de jefa soy cuando alguien de los míos me traiciona.

—Si la sacamos de circulación, Victor sabrá en una hora que la hemos encontrado y cambiará todo lo que tenga preparado en Mirabel —digo—. Marie sigue en su puesto. Sigue teniendo acceso. Y va a contarle a Victor justo lo que yo quiera que le cuente.

Nathaniel gira la cabeza hacia mí.

—Sigue.

—Le hacemos llegar una hora y una entrada falsas. Que Victor coloque a sus hombres esperándonos en el lado equivocado del aeródromo. —Apoyo la mano sana en el borde de la mesa—. Cuando esto termine, me sentaré con ella y decidiré qué hacer. Ese no es asunto de esta habitación.

Nadie discute esa última parte.

Cole ya está escribiendo.

—¿Qué le doy?

—Que entramos a las nueve de la mañana por la verja este. Que somos veinte. Que Cloutier no viene.

Velkan suelta una risa corta.

—Eso último se lo va a creer.

—Se lo va a creer porque es lo que quiere creer —digo—. Victor lleva veinte años convencido de que los Blackwood siempre estamos solos.

Lucien inclina la cabeza sobre la taza y no dice nada, pero sé que está de acuerdo.

Ilya ocupa el extremo contrario de la mesa, con un mapa topográfico abierto. Ahora sí lo veo en su sitio: no esperando en una escalera, sino coordinando la información.

—Desrosiers está localizado —dice, señalando un terreno vallado—. Viejos almacenes del aeródromo de Mirabel. Tiene camiones vigilando las entradas y personal armado patrullando los tres almacenes principales. Unos cuarenta hombres con fusiles.

Deslizo la mano sana sobre el papel.

—Conozco esos hangares —intervengo—. Acompañé a Silas allí un par de veces. Hay tres túneles de hormigón que conectan los almacenes con el sótano de las oficinas. Si las cosas se complican en el patio, Victor intentará salir por ahí hacia la pista trasera. Tendrá coches preparados.

—Los túneles siguen ahí —dice Lucien, acercándose a la mesa con paso lento—. Yo gestioné parte de esas concesiones cuando Silas tomó el aeródromo. La boca sur estaba sellada con una reja, pero el hormigón llevaba años cediendo. Desrosiers habrá despejado esa salida.

Velkan marca tres puntos con un lápiz.

—Cerramos las bocas de los túneles antes de entrar. Lo obligamos a quedarse arriba.

—El hormigón es viejo, pero no inestable en todas las zonas —le advierto—. Si calculas mal, puedes hundir medio almacén y perder a Victor antes de que hable.

—Entonces no calcularé mal —responde Velkan.

No sonríe. Esta vez no bromea.

Nathaniel coloca tres casquillos vacíos sobre el mapa para marcar los puntos de entrada.

—Salimos en cuatro horas, antes de que aclare —ordena—. Velkan cierra las salidas subterráneas. Dante entra con sus hombres por la verja norte para atraer a sus tiradores. Ethan cubre el patio con rifles. Ilya coordina comunicaciones. Mis hombres entran por las oficinas.

—Cole puede bloquear sus cámaras —digo.

Cole levanta la vista desde la tableta.

—Si usan el sistema antiguo de Mirabel, sí. Si lo cambiaron, necesito diez minutos.

—Tendrás cinco —dice Nathaniel.

—Entonces lo haré en cinco.

—Logan, Derek, Travis y Hunter vienen conmigo —añado—. Conocen mi forma de moverme y no van a esperar instrucciones de tus hombres para cubrirme.

Nathaniel me mira.

—Tú no vas a entrar.

El sótano se queda en silencio.

Le sostengo la mirada.

—Sí voy a hacerlo.

—Estás herida.

—Estoy vendada.

—No es lo mismo.

—Desrosiers mató a mi gente. Entró en mi red. Usó mi miedo para sacarme de la sede. No voy a quedarme en tu habitación mientras otros cierran una cuenta que empezó con mi padre.

—Lili, ahora mismo eres un objetivo.

—Lo he sido desde que tenía cinco años.

Esa frase lo frena.

Bajo la voz.

—No soy una mercancía que tengas que guardar. Si Victor intenta escapar por esos túneles, yo sabré por dónde saldrá. Si hay una puerta vieja, una salida tapiada o un acceso que Silas usaba, puedo reconocerlo antes que cualquiera de tus hombres. No me descartes por miedo.

Nathaniel cierra los puños sobre el plano.

Dante rompe el silencio.

—Tiene razón, Cloutier. Conoce el terreno. Si sabe por dónde puede moverse, entra con nosotros. En este negocio no se aparta un recurso útil porque nos preocupe su seguridad y menos si sabe defenderse.

Velkan mira a Nathaniel.

—Además, si la dejas aquí, irá igual por su cuenta.

Hunter suelta un sonido bajo, casi una risa.

—Lo haría.

Lo miro.

—Callahan.

—Es verdad, jefa.

Lucien no dice nada al principio. Luego inclina la cabeza apenas.

Viniendo de Lucien, pesa más que todas las réplicas.

Nathaniel exhala despacio.

—Entras por la puerta de servicio con tus hombres —dice al fin—. Nada de decisiones impulsivas en mitad del fuego.

—Entendido.

Nos miramos un segundo más antes de que yo vuelva al mapa.

Durante la siguiente hora perfilamos las entradas.

Les explico los accesos traseros que usaba Silas y ajustamos los puntos ciegos con la información que Ilya tiene de las vallas de Mirabel.

Lucien completa lo que yo no recuerdo: la distancia entre las naves, la pendiente del terreno hacia la pista, el tramo donde el vallado nunca llegó a cerrarse del todo.

Cole ya está metido en las cámaras y las rutas de datos.

A Logan le toca coordinar a mis hombres con los de Nathaniel, para que nadie acabe disparándole a los suyos por error.

Derek se mueve entre los equipos de choque, revisando puntos de entrada.

Travis busca ángulos desde donde cubrir los túneles sin quedar expuesto.

Y Hunter, terco, insiste en entrar por la puerta más cercana, hasta que Lucien le ordena callarse y mirar el plano.

Ethan marca las esquinas desde donde se puede cubrir el patio con rifles. Velkan calcula las cargas para cerrar los túneles sin derrumbar las naves. Dante organiza los tiempos de entrada.

El plano queda lleno de marcas, líneas y nombres.

Por primera vez desde que empezó todo, Desrosiers parece menos una sombra y más un hombre con un lugar, una ruta y una salida que podemos cerrarle.

Nathaniel se mantiene a mi lado todo el tiempo. No habla por mí, pero cada vez que me inclino sobre la mesa, su presencia está ahí, firme, recordándome que ya no cargo esto sola.

Dante mira su reloj.

—Faltan tres horas —dice—. Dos para descansar. A las cinco todos abajo para revisar armas y cargar los vehículos.

Los hombres empiezan a dispersarse. Algunos van hacia los camastros del fondo. Otros siguen revisando cargadores, radios y mapas.

Al enfilar el primer peldaño, Velkan me llama desde el banco de herramientas.

—Lili.

Me vuelvo.

—Ten cuidado ahí fuera, Blackwood —dice, serio—. Cuando empiece el ruido, nadie va a poder mirar en tu dirección.

—No necesito que lo hagan.

—Bien. Entonces asegúrate de salir por donde entraste.

—Preocúpate de tus cargas.

Velkan asiente, como si esa respuesta le sirviera, y vuelve a su equipo.

Lucien sube detrás de mí. En el rellano me detiene con una mano en el hombro.

—Tu padre se habría opuesto a todo esto —dice en voz baja—. A la alianza con el Priesthood, a tu relación con Cloutier y a que entres en ese almacén.

—Lo sé.

Hace una pausa.

—Me alegra que no le hayas hecho caso.

Sube hacia su cuarto antes de que pueda responder.

Me quedo un instante en el escalón, sosteniendo el peso de lo que acaba de decir.

Cuando entro en la habitación, Nathaniel deja la funda de la SIG Sauer sobre la mesilla.

—Aún puedes quedarte arriba —dice, dándome la espalda mientras se desabrocha los puños de la camisa—. Nadie va a reprocharte nada si decides descansar.

—Voy a entrar en ese almacén, Nathaniel.

Él se gira.

—Necesito estar allí cuando Desrosiers entienda que fue un error ir tras mi cabeza.

No discute.

Me tumbo en el borde de la cama, sin quitarme la ropa. Él se tumba a mi lado sin añadir una palabra. Me pasa el brazo por debajo del cuello, cuidando de no rozarme la venda, y me acerca a su pecho. Apoyo la cara contra su camisa. Su respiración va bajando despacio y la mía termina por seguirla.

El cansancio me alcanza de golpe.

Cierro los ojos. Esta vez no veo Laval de inmediato. No veo el suelo del almacén ni el cuchillo ni la cara de Victor en la pantalla.

Solo siento la mano de Nathaniel en mi espalda y la certeza incómoda, nueva, de que esta vez no entraré sola en esa guerra.

Me duermo antes de poder negarlo.