Tentando a un depredador (Priesthood 4) 26 Lili
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26 Lili

VEINTISÉIS

Lili

—Siéntate —dice.

Me dejo caer en el borde del colchón.

Las piernas me tiemblan por el esfuerzo de las últimas treinta horas. La tela cede bajo mi peso, pero sigo rígida, con la espalda recta y los hombros tensos. Todavía tengo el humo de Laval impregnado en la ropa. Todavía siento el ruido de los disparos pegado al cuerpo.

Nathaniel cierra la puerta.

El sonido de la cerradura me hace dar un respingo.

Levanto la vista al instante.

Él lo nota. Se queda quieto a medio paso, con la chaqueta a medio quitar, y me mira sin decir nada. No se acerca. No intenta tocarme. Solo espera a que mi cuerpo entienda que no hay nadie entrando por esa puerta.

Intento respirar. Inspiro hondo, pero mi cuerpo no responde. Miro de la puerta al ventanal. Mido la distancia hasta el armario, calculo cuánto tardaría en llegar al pasillo, busco puntos donde alguien podría esconderse.

Es automático.

Nathaniel se acerca despacio. Da dos pasos y se detiene frente a mí, dejando espacio.

—Estás buscando las salidas —dice.

No tengo fuerzas para fingir.

—No puedo evitarlo.

Él mira mis manos. Siguen temblando sobre mis rodillas.

—Aquí no va a entrar nadie sin que yo lo sepa —dice—.

Hay hombres en la escalera, guardias en el vestíbulo y vigilancia rodeando la casa.

Ilya está abajo. Logan y Travis cubren el acceso principal.

Derek y Hunter están con los hombres de Laval en el patio trasero.

Cole está revisando las cámaras y los canales internos. Estás protegida.

Me da datos concretos, no frases vacías. Eso ayuda más de lo que quiero admitir.

Aun así, mis manos siguen temblando.

Tengo los dedos fríos, entumecidos por la noche. Me los froto contra el muslo una y otra vez, buscando recuperar sensibilidad.

Se arrodilla frente a mí. Me sujeta primero por las muñecas, con cuidado de no tocar la venda del brazo herido, y luego cubre mi mano sana con las suyas.

—Respira conmigo —murmura.

Sigo el movimiento de sus hombros.

Inspiro cuando él inspira.

Suelto el aire cuando él lo suelta.

Al tercer intento, el pecho empieza a ceder. Los rostros de los dos hombres caídos en Laval siguen ahí, pero el sentimiento de asfixia pierde fuerza.

Nathaniel me suelta la mano y se levanta.

Lo veo entrar al baño. Abre el grifo, busca en un armario y regresa con una toalla húmeda y un botiquín. Se arrodilla de nuevo frente a mí y deja el botiquín abierto entre los dos.

No pregunta si puede tocarme.

A estas alturas, los dos sabemos que, si me pregunta, voy a mentir y decirle que puedo hacerlo sola.

Moja una gasa y alza la mano hacia mi rostro.

—Mírame —dice.

Lo hago.

Limpia el corte de la sien con cuidado. El desinfectante escuece y me trago el ruido. No cierro los ojos; necesito ver la habitación.

—Respira —dice Nathaniel.

—Estoy respirando.

—Pero mal.

Le lanzo una mirada cansada.

Él no sonríe, pero su expresión se suaviza.

Termina con la sien y pasa al brazo. Corta la venda improvisada que me pusieron en Laval. La tela se despega despacio y tengo que apretar la mandíbula para no hacer ruido.

El tajo queda al descubierto.

No es tan profundo como para haber tocado un tendón, pero sí lo suficiente para hacerme perder sangre.

Nathaniel observa la herida sin decir nada durante demasiado tiempo.

—Necesitará puntos si vuelve a abrirse —dice—. Ahora voy a limpiarla y vendarla bien. Después decidirás si dejas que alguien la cierre.

—¿Después decidiré?

—Estoy intentando no darte órdenes mientras sangras.

—Qué considerado.

Esta vez sí le veo un gesto mínimo en la boca, aunque desaparece enseguida.

Limpia la herida con movimientos firmes. No duda, no tiembla, no aparta la vista. El dolor me sube por el brazo y se me instala en el hombro, pero aguanto y no me muevo.

Nathaniel aplica pomada, coloca una gasa limpia y envuelve el antebrazo con una venda blanca. La ajusta lo bastante como para detener el sangrado, pero sin apretar de más.

Mientras trabaja, lo observo.

La piel de los nudillos abierta. La sangre seca en los puños. La concentración en su cara. Este hombre ha roto a otro con las manos hace menos de una hora y ahora me venda el brazo como si todo en él dependiera de no hacerme daño.

Cuando termina, corta el extremo de la venda y guarda las tijeras en el botiquín.

—Ya está.

Miro el vendaje limpio.

—Gracias.

La palabra sale baja. Casi incómoda.

Nathaniel levanta los ojos hacia mí.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien se ocupó de ti? —pregunta.

La pregunta me alcanza mal. No porque sea cruel, sino porque es demasiado sencilla.

—No lo recuerdo... —admito—. Antes de que muriera Silas, supongo.

—Dos años.

—Sí.

—Es demasiado tiempo.

No sé qué responder.

Porque lo es.

Dos años enterrando hombres, cerrando cuentas, tomando decisiones sola. Dos años fingiendo que cada muerte era una cifra más en un informe. Dos años actuando como si pedir ayuda fuera una forma de rendirse.

Nathaniel se sienta a mi lado en la cama. No invade mi espacio, pero su hombro roza el mío.

—Basta de hacerlo así, Lili.

No lo dice con lástima. Tampoco con superioridad. Lo dice como si ya hubiera decidido no dejarme volver a ese lugar.

Y entonces dejo de sostenerlo.

Las lágrimas llegan de golpe. Me arden en los ojos, bajan por mi rostro y me dejan sin defensa. Intento contenerlas, pero no puedo. El mentón me tiembla. La garganta se me cierra.

—No sé cómo hacerlo de otra forma —confieso—. No sé cómo soltarlo.

Nathaniel me pasa un brazo por la espalda y me acerca a su pecho, cuidando de no rozarme la venda. Me quedo contra él, agarrada a su camisa con la mano sana.

No lloro solo por los hombres caídos en Laval.

Lloro por la niña que se escondió bajo el escritorio de Silas, por la que oyó a Victor Desrosiers prometer sangre y aprendió demasiado pronto que sobrevivir significaba no pedir nada.

Lloro por los dos años que cargué con un imperio sin dejar que se me notara el peso.

Nathaniel no dice nada. Solo me sostiene mientras el llanto pasa. No intenta calmarme con promesas. No me dice que todo estará bien. Y se lo agradezco, porque los dos sabemos que no es verdad.

No todavía.

Cuando consigo respirar mejor, me separo despacio. Me limpio la cara con el dorso de la mano sana. Nathaniel me aparta una lágrima de la mandíbula con el pulgar.

—El descanso tendrá que esperar —dice—. ¿Estás lista para bajar?

Su tono vuelve a ser práctico, y eso también ayuda.

—Lista.

Bajamos al sótano y, al entrar, las conversaciones se detienen.

Lucien está apoyado contra la pared, con una taza de café en la mano y la pierna derecha vendada bajo el pantalón rasgado. Tiene la misma ropa de Laval, manchada de polvo y sangre seca, pero está de pie.

Vivo.

Algo se me afloja en el pecho.

—Sigues en una pieza —digo.

Lucien deja la taza sobre el banco. Me mira el brazo vendado, la cara y los ojos.

No necesita decirlo delante de todos. Sé lo que está pensando: que entré sola en Laval, que no avisé, que esta vez llegaron por poco.

Treinta años a mi lado y al de mi padre caben en ese silencio.

—Llegamos tarde —dice al fin.

—Llegaron.

Su mirada se endurece apenas.

—La próxima vez me llamas antes de conducir hacia una emboscada.

—La próxima vez no habrá una emboscada.

—Esa respuesta no me sirve.

Casi sonrío.

Casi.

Verlo discutir conmigo me tranquiliza.

Cerca de la mesa están Logan, Derek, Travis, Hunter y Cole. No ocupan el centro, pero tampoco se quedan al margen. Son míos. Los reconozco en la forma en que siguen esperando mis órdenes incluso dentro de la casa de Nathaniel.

Cole tiene una tableta con accesos bancarios y rutas de envío. Derek revisa un cargador junto a uno de los hombres de Velkan. Logan se mantiene cerca de Lucien, atento a la puerta. Travis observa el plano sin hablar. Hunter no deja de mirar hacia las escaleras, como si quisiera volver a salir ya.

No han desaparecido.

Estaban dispersos porque los tenía cubriendo los puntos débiles de mi red: almacenes, rutas, cuentas y contactos fuera de Quebec. Lucien los llamó en cuanto Laval cayó bajo ataque.

Y vinieron.

En mitad del espacio, alrededor de un mapa extendido sobre tablones, están los líderes del Priesthood. Los reconozco por algunos informes que leí de pasada sobre ellos.

Velkan alza la cabeza primero. Lleva ropa oscura de trabajo y tiene las manos apoyadas en la mesa, junto a una lista de cargas explosivas.

—Lili Blackwood —dice con acento marcado—. La jefa de Quebec. Cloutier nos ha puesto a todos en movimiento antes del amanecer.

—Velkan Rusu —lo corta Nathaniel, colocándose a mi lado—. Maneja los explosivos. Ignora sus comentarios.

Asiento, aunque conozco esa información.

Velkan resopla y me tiende la mano. Se la estrecho con la mano sana.

Dante da un paso al frente. Es alto, moreno, con una cazadora de cuero gastada y la atención puesta en el plano. Cuando habla, todos escuchan.

—Lili —dice—. Cloutier ya nos puso al tanto del ataque en Laval.

—Desrosiers rompió el acuerdo —respondo.

Dante señala una marca en el mapa: el aeródromo de Mirabel.

—Ahí es donde se mueve ahora —dice— Eso ya no importa. Ha cruzado una línea. En este negocio, si tocan a uno, respondemos todos. Tu problema se resuelve esta mañana.

Ethan me saluda con un leve movimiento de cabeza. Tiene un teléfono en una mano y una lista de armamento en la otra. Sus hombres descargan los rifles largos y la munición, parecen ser de uso militar.

En una pantalla apoyada contra la pared, aparece Vladimir. La imagen parpadea a ratos por la conexión, pero su voz se escucha con claridad.

—Hay que borrar la base de Desrosiers —dice—. Eliminar sus rutas, sus hombres y sus salidas. Si queda algo útil, otro intentará ocupar su lugar.

—Estoy de acuerdo —respondo.

Antes de que nadie se incline sobre el mapa, busco a Cole con la mirada.

—Dilo.

Cole deja la tableta sobre el tablón. Lleva toda la noche en los canales internos de la torre y sé lo que ha estado buscando, porque se lo pedí yo en cuanto salimos de Laval.

—Solo tres personas sabían cuántos hombres había en Laval el martes por la noche —dice—. Tú, Lucien y Marie.

El sótano se queda quieto.