Tentando a un depredador (Priesthood 4) 29 Lili
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29 Lili

VEINTINUEVE

Lili

Han pasado cinco días desde lo de Mirabel.

Me tiemblan las manos mientras me sujeto al borde del lavabo frente al espejo. No es miedo. No del todo. Es un hormigueo en los dedos que no se va, por más que los apriete contra el mármol frío.

Ya no me despierto gritando; ahora no duermo.

El cansancio se me ha instalado en el cuello y no desaparece.

Cualquier ruido brusco en el pasillo me gira la cabeza hacia la puerta sin consultarme.

Compruebo la entrada de reojo antes de girar el pomo.

Llevo cinco días así, con el corazón disparándose si unas pisadas se alargan más de la cuenta en las plantas de abajo.

Aprieto los dientes sin darme cuenta hasta que me duele la mandíbula.

Aliso el vestido negro con las palmas. Es de seda densa, ceñido al pecho y cae justo por encima del vendaje del antebrazo izquierdo. Acomodo la manga con cuidado, tirando de la tela para tapar el borde de la gasa.

Nathaniel lo dejó esta mañana sobre la colcha con una nota corta, escrita con su letra:

«Para esta noche. Confía en mí».

Vuelvo a mirar mi reflejo.

Esta noche no voy ante su círculo como una jefa herida que busca refuerzos. Voy como alguien que ha decidido ocupar un sitio en su mesa.

Me ajusto la manga una vez más, sin necesidad, solo para hacer algo con las manos.

La corriente de aire me avisa de la puerta antes que el ruido. Nathaniel entra en el vestidor despacio. Traje oscuro impecable, camisa blanca abierta en la garganta, sin corbata. Lleva el pelo peinado hacia atrás, aún húmedo de la ducha.

Se detiene detrás de mí, a un palmo, y nuestros ojos se cruzan en el espejo.

Me pone las manos en los hombros. Las tiene calientes. Aprieta apenas, lo justo para que baje los hombros y suelte un poco la tensión del cuello.

—Estás hermosa —dice.

—Tengo el pulso a mil —admito, hablándole al espejo.

Inclina la cabeza, me roza la oreja y apoya los labios en mi cuello, justo donde este me delata.

—No hay motivo. Ya te consideran de los suyos.

—¿Tan seguro estás?

La voz me sale tensa.

—Te he traído yo, Lili. Eso zanja cualquier duda en esta familia. Cuando uno de nosotros toma una decisión así, el resto la acepta sin preguntar.

Suelto el aire despacio y asiento.

—Vámonos, entonces. No quiero hacer esperar a tus socios.

—Bien.

Me da un beso rápido en la mejilla, me suelta los hombros y me ofrece el brazo.

—Vamos a llegar tarde.

——————✧◦♕◦✧——————

La casa privada de Nathaniel queda a veinte minutos de la fortaleza. El coche sube por un camino flanqueado de árboles desnudos y las ruedas crujen sobre la grava helada. Es una estructura grande, de tres plantas de piedra, con luces bajas en los ventanales del salón.

Nathaniel apaga el motor. Durante un segundo, el silencio se instala entre los dos.

Rodea el capó y me abre la puerta. Me tiende la mano para ayudarme a bajar. Las puertas dobles se abren antes de que pisemos el primer escalón del porche. Un hombre mayor, de chaqueta oscura y movimientos discretos, nos recibe con una inclinación precisa.

—Buenas noches, señor Cloutier. Señorita Blackwood.

—Buenas noches, Gérard. —Nathaniel le da las llaves sin frenar el paso—. ¿Están todos dentro?

—Sí, señor. En el gran salón. Con los vasos llenos.

Dentro huele a cedro, cera y leña. Cruzamos un vestíbulo de losas pulidas. Del fondo del pasillo llega el rumor de voces, alguna risa baja, el roce del cristal.

Al entrar, el murmullo se corta por un segundo.

Todos se vuelven hacia mí.

Dante está de pie junto al fuego, con un vaso corto de whisky en la mano.

A su lado, Vittoria lo observa de reojo.

Lleva un vestido oscuro y el pelo recogido en un moño tirante.

Velkan ocupa un sofá de cuero; junto a él, Nadia me mira con una calidez tranquila, sin esa evaluación fría que yo esperaba encontrar.

Dante mueve el vaso y el hielo tintinea.

—Al fin, Cloutier. Pensábamos que te habías quedado tirado en la autopista.

Nathaniel apoya la mano en la parte baja de mi espalda, manteniéndome a su lado.

—Había que revisar los cierres, Dante. No te impacientes.

Vittoria se acerca despacio, pero sin dudar. Me tiende la mano derecha. Su apretón es breve, firme.

—Tienes mejor cara de la que Dante me describió después de Mirabel. —Hace una pausa—. Me alegro de que estés bien, Lili.

—He tenido tiempo de cambiarme el vendaje y dormir algo.

—Bienvenida. —Su gesto es amable, lo que me relaja un poco—. Hacía falta alguien del norte en esta mesa.

Nadia llega justo cuando Vittoria da un paso atrás. Se salta el saludo formal y me toma de las dos manos, con cuidado al ver el vendaje.

—No pongas esa cara de póker. —Sonríe—. Aquí no tienes que demostrar nada. Entra y siéntate, que parece que estás a punto de caer.

Nathaniel se dirige al extremo del salón con Dante y Velkan. Los tres bajan la voz junto a la chimenea, vasos en mano.

Vittoria me toma del brazo sano y me lleva a un rincón apartado, junto a un aparador de caoba. Nadia se adelanta y sirve vino tinto en tres copas.

—Toma. —Me alarga la copa—. Lo necesitas más que ellos.

Bebemos el primer trago. El vino es fuerte y deja una calidez en la garganta. Vittoria se apoya en el respaldo de un sillón bajo, cruza los brazos y mira el vendaje que asoma bajo mi manga.

—¿Cómo llevas a Cloutier? —pregunta, sin rodeos—. No es fácil ceder terreno cuando estás acostumbrada a mandar sola.

—Es posesivo. Mide cada paso, vigila todo lo que me rodea. —Sostengo la copa con las dos manos—. Para sus enemigos es un bastardo peligroso. Para mí es el único sitio donde puedo dejar el arma sin mirar atrás cada cinco minutos.

Nadia se sienta en el brazo del sillón, con la copa entre las manos, y deja escapar una risa baja.

—Lo conozco. Velkan era igual cuando lo conocí.

Me quería con horario y escolta, todo por mi bien, claro.

Tardé meses en hacerle entender que yo no había sobrevivido sola hasta entonces para que él me cerrara las puertas con llave.

No hubo gritos. Hubo mucha paciencia y unas cuantas conversaciones muy largas.

Al final lo entendió. Ahora me deja el espacio que necesito y yo le dejo el suyo.

—No siempre fue tan civilizado —apunta Vittoria, con una media sonrisa seca.

—No —admite Nadia—. Pero lo conseguimos.

Vittoria deja la copa sobre el aparador y me mira de otra forma. Ya no como a la invitada de Cloutier.

—Dante me contó lo de la mujer que te vendió —dice—. Once años contigo, ¿no?

El salón sigue sonando alrededor, pero el rincón se queda quieto.

—Marie.

—¿Qué hiciste con ella?

Podría no contestar. Nadie en esta casa tiene derecho a pedirme cuentas de cómo gobierno lo mío. Pero la pregunta no viene con juicio, sino con curiosidad de alguien que ha tenido que tomar decisiones parecidas.

—La recibí anteayer en la torre —digo—. Vino sabiendo que no iba a salir de allí. Se sentó y esperó.

Nadia baja la copa.

—Le pagué lo que quedaba del tratamiento del niño hasta el alta —continúo—. Después le dije que tenía cuarenta y ocho horas para salir de Quebec y que no volviera nunca. Ni ella, ni su hermana, ni el dinero de Victor.

—¿La dejaste viva? —pregunta Vittoria, sin sorpresa, solo comprobando.

—Dos de mis hombres murieron por lo que hizo. Si la mataba, eran tres muertos y un niño sin madre en una clínica de Sherbrooke. —Sostengo la copa con la mano sana—. Mi padre la habría colgado de los muelles y habría llamado a eso justicia. Yo no soy mi padre.

Vittoria tarda un segundo en responder.

—No —dice al fin—. No lo eres.

Lo dice como quien confirma algo que llevaba toda la noche queriendo verificar.

Me mira con suavidad.

—Eso es lo que importa, Lili. Se puede estar con un hombre así sin que desaparezca nuestra chispa.

—Con Dante fue distinto —dice Vittoria, bajando la copa—. Él no entró en mi vida para encerrarme, sino para concederme la libertad que me fue arrebatada.

Una sonrisa recorre su rostro.

—Sin embargo, tardé un tiempo en entender eso y en confiar en él. Lili, cuando estos hombres quieren algo, hacen lo imposible para conseguirlo y mantenerlo. Incluso cambiar y mejorar por nosotras.

Escucho cada palabra, tratando de encontrar la mentira, pero sé que no la hay. Yo misma he visto ese cambio en Nathaniel.

—¿Y mereció la pena? —pregunto.

Se suaviza su mirada.

—Hombres como ellos no saben querer a medias —dice—.

Esa intensidad es la misma que te mantendrá siempre a salvo.

No importa lo que suceda, ellos siempre estarán dispuestos a sacrificar el mundo entero si eso significa que estaremos bien.

Solo tienes que enseñarle desde el principio dónde está tu sitio.

Si lo marcas, lo respeta. Si no, te quiere tanto que puede asfixiarte sin darse cuenta.

Nadia asiente despacio, con el vaso apoyado en la rodilla.

Sentada entre las dos, noto que la tensión de los hombros me cede por primera vez en cinco días.

Me agradan estas chicas. Tal vez volver a tener una familia no sea tan malo.

——————✧◦♔◦✧——————

Nathaniel

Desde el otro extremo del salón las observo, con los dedos cerrados alrededor del vaso de whisky.

Lili está en el rincón, entre Vittoria y Nadia, sentada en el sillón con el vaso en la mano sana.

Lo sostiene firme, pero tiene el cuerpo más relajado que en los últimos días.

Le ha vuelto algo de color al rostro. Ya no tiene esa rigidez que traía desde Laval, la de quien espera un disparo en cualquier momento.

Pienso en la primera vez que la vi, al otro lado de aquel salón. Tenía la espalda recta y la vista en las manijas de las puertas, contando los pasos hasta la salida por si algo salía mal.

Conserva esa dureza en la mirada.

Pero ya no parece tan sola.

Dante se coloca a mi lado con su vaso, siguiendo mi mirada. Deja pasar un silencio largo.

—Te ha cambiado, Cloutier. Incluso eres más soportable.

—No sé de qué hablas.

—Tienes la misma expresión que pongo cuando miro a mi Vittoria. —Cruza los brazos—. No le quitas los ojos de encima. Incluso durante el enfrentamiento con Desrosiers querías saber cada movimiento que daba.

Velkan limpia su vaso con un trapo desde el sillón del fondo, atento, aunque no levante la cabeza.

—Todos caen al final —dice—. Has tardado más que el resto en admitir que necesitas algo más en la vida que llevamos.

—Esperaba a la correcta —respondo, sin apartar los ojos del rincón, donde Lili asiente a algo que dice Vittoria.

—¿Seguro que es ella? —pregunta Dante, serio, sin burla.

—Es la única.

Apuro el trago. El whisky me quema la garganta.

Dante asiente y da por zanjada esa parte de la conversación.

—¿Buscarás una iglesia pronto?

La pregunta no me sorprende.

Noto el estuche de terciopelo en el forro de la chaqueta. Es pequeño, pero llevo toda la noche sintiéndolo cada vez que me muevo.

—Aún no se lo he pedido, tampoco sé si está lista para ese paso.

Velkan deja el vaso y el trapo sobre la mesa auxiliar y me mira con el ceño fruncido.

—¿Cómo dices? ¿Mueves a medio mundo en mitad de la noche, vuelas los túneles de Mirabel, barres a tiros a los hombres de Desrosiers, y todavía no se lo has pedido?

—Tenía que mantenerla viva primero, Velkan. Eso iba antes que cualquier anillo.

—Excusa de mierda —dice Dante, aflojándose el cuello de la camisa con un dedo.

—Lo haré esta noche —zanjo.

—De todas formas, esta es mi última noche en Canadá —añade Dante—. He estado demasiado tiempo lejos de mi hijo. Vittoria lo dejó al cuidado de mi hermana para venir a esta reunión.

—Igual yo —dice Velkan—. Le prometí a Ivantie que volvería rápido. Le gusta pasar tiempo con sus abuelos, pero no le gusta estar lejos de Nadia.

Se hace un breve silencio.

Saco la caja del bolsillo y la abro. El diamante refleja la luz de la lámpara: tres quilates, corte esmeralda, platino liso, sin adornos.

Lo compré antes de lo de Desrosiers. El día exacto en que ella me sostuvo la mirada en L’Émeraude, con esa mezcla de hostilidad y lucidez que me descolocó el mundo entero. Supe entonces que haría lo que fuera por ella.

Lo de Mirabel ya terminó.

Esta noche no hay excusas.

Velkan mira el anillo.

—Buena elección.

Dante me da una palmada firme en el hombro.

—¡Hazlo antes de que cambie de idea y le dé por volver sola a Quebec!

Me guardo el estuche en la chaqueta y pasamos al comedor, donde Gérard ya espera junto a las sillas.

La cena transcurre sin la tensión de las reuniones de negocios.

Gérard sirve los platos en silencio, moviéndose entre nosotros sin hacer ruido.

Dante cuenta una historia sobre unas descargas en Italia quitándose mérito para no parecer un fanfarrón, y a Lili se le escapa una risa que no le había oído en todo el invierno.

Velkan y Nadia se enredan en una discusión menor sobre quién cedió primero en los primeros meses; un cruce de pullas con cariño debajo que aligera la mesa.

Con los postres, Dante levanta el vaso hacia el centro de la mesa y nos mira a todos.

—Por Lili Blackwood. Bienvenida a esta familia inestable y problemática.

Las copas chocan en el centro.

—Gracias —responde Lili—. Hace mucho que nadie me da la bienvenida a ningún sitio.

Diez minutos después, los motores de los coches de mis socios se alejan por la grava y se pierden en el desvío hacia la autopista. La casa recupera su quietud. Gérard se retira a la cocina y cierra los paneles de madera tras de sí.

Me quedo solo con ella en el gran salón, frente al fuego casi apagado.

Lili está junto a la chimenea, los dedos rozando la tela del vestido, mirando las últimas brasas. Siento el estuche en mi costado.

Avanzo despacio por la alfombra, esperando a que levante la cabeza hacia mí.