Tentando a un depredador (Priesthood 4) 23 Nathaniel #3
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23 Nathaniel #3

Cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, la rabia sigue ahí, pero debajo hay algo que se ha ordenado.

—Escúchame bien, Cloutier. Se acabó. Todo lo que sepas, lo sé yo en el mismo minuto en que lo sepas tú. Aunque sea ruido. Aunque creas que no voy a dormir. Yo decido con qué duermo.

—De acuerdo.

—Dilo entero.

—Todo lo que sepa, lo sabes tú. En el mismo minuto.

—Tiene gente, Nathaniel —dice ella entonces, y me aprieta el brazo con la mano sana—. No son matones. Están entrenados. Entraron por mis accesos, conocían mis rutas, sabían dónde golpear.

—Lo sé.

—Hay topos en mi casa.

—También lo sé.

Sus ojos se fijan en los míos.

—No puedo saber en quién confiar.

—En ellos sí.

Muevo la mirada hacia Logan, Derek, Travis, Hunter. Luego, hacia el auricular por donde Cole sigue dando órdenes.

—Lucien los llamó por una razón. Los tenías lejos porque estaban cubriendo tus almacenes, tus rutas y tus cuentas. No porque no fueran necesarios. Ahora están aquí.

Lili respira con dificultad. No sé si por el dolor o por lo que significa aceptar ayuda delante de sus hombres.

—No puedo caer delante de ellos.

—No vas a caer.

La ayudo a ponerse de pie. El cuerpo le falla un segundo y la sujeto por la cintura. Ella acepta el peso, furiosa consigo misma por necesitarlo.

—Necesitamos un médico —ordeno.

—Tres minutos —responde Ilya desde el pasillo—. La zona exterior está casi limpia.

—Casi no me sirve.

—Entonces salimos en dos minutos y asumimos el riesgo.

Le pongo la palma sobre el antebrazo abierto y aprieto. Ella suelta el aire entre los dientes y no dice nada. La sangre me sale caliente entre los dedos y no para.

Dos minutos. Todo lo que tengamos que decirnos, lo decimos con mi mano encima de esta herida.

Logan se queda cerca. Hunter discute con uno de mis hombres junto a la puerta. Derek arrastra a un atacante herido lejos de la salida. Travis baja de la plataforma sin hacer ruido. Cole corta la comunicación de las cámaras comprometidas una a una.

Lili observa el almacén destruido: las cajas quemadas, los palés rotos, los cuerpos en el pasillo de carga. Le noto los hombros tensos. No es solo dolor. Es cálculo. Ya está contando pérdidas, traidores, rutas comprometidas.

Después se detiene en los dos bultos que hay junto a la caseta, al otro lado de la puerta reventada.

Se queda mirándolos mucho más tiempo del que ha mirado el almacén entero.

—El de la alianza tenía tres hijos —dice al fin—. El pequeño nació en octubre. Le firmé yo el permiso de paternidad.

No le digo que no es culpa suya, porque me miraría con desprecio y tendría razón. En nuestro mundo, cuando alguien muere cubriendo un almacén tuyo, es culpa tuya. Así funciona. Ella lo sabe mejor que yo.

—Los saco de aquí antes de que lleguen los bomberos —digo—. Y a las familias las cubro yo.

—No. —Levanta la cabeza—. Las cubro yo. Eran míos.

Dejo que se quede con eso, porque es suyo.

—Nathaniel —dice en voz baja, un momento después—. Desrosiers me mandó un video. Me dio setenta y dos horas.

—Mintió.

—Sí.

—Lo hizo para sacarte de la sede.

Ella tarda en responder.

—Y funcionó.

—No del todo. —Espero a que me mire—. Tienes doce almacenes, Lili. Salió a esperarte al único al que ibas a ir esta noche, y llegó antes que tú.

Veo el momento en que lo entiende. Se le queda la cara sin expresión.

—El único al que iba a ir —repite despacio.

—Alguien le dijo cuál. Alguien que sabía qué punto de tu red tiene seis hombres el martes por la noche.

—Eso está en tres cabezas de mi torre. —Traga saliva—. Y una de ellas le vendió una foto de mi despacho por catorce mil dólares.

No responde nada más. Por primera vez, no tiene una réplica preparada.

La acerco a mi pecho, protegiéndole el brazo herido. Esta vez no protesta. Apoya la frente contra mi camisa y respira como si cada bocanada le doliera.

Saco el teléfono cifrado con la mano libre. La pantalla está manchada de sangre, pero funciona. Marco la línea prioritaria del Priesthood.

Contestan al primer tono.

—Habla —dice Velkan desde Bucarest.

—Atacaron a Lili.

No digo nada más.

Al otro lado se hace un silencio breve. Luego oigo movimiento. Voces. Órdenes. Una puerta cerrándose de golpe.

—Estamos en camino —responde Velkan.

La línea se corta.

Ilya aparece en la puerta reventada con el médico detrás.

—Dos minutos —dice—. Como pediste.

Un segundo después entra otro mensaje cifrado. Ethan confirma su salida desde Nueva York. Dante desde Palermo. Y Vladimir enviará a sus mejores sicarios.

El Priesthood ya está en marcha.

Guardo el teléfono y miro la entrada retorcida del almacén. Afuera, las luces de emergencia bañan el patio. La aguanieve cae sobre el humo y lo arrastra hacia el suelo.

Lili sigue contra mí.

Viva. Herida, pero viva.

Cierro los dedos con cuidado sobre su hombro sano.

Victor Desrosiers esperó veinte años a que ella bajara la guardia.

Ha esperado mal. Esta noche no la bajó: cruzó un almacén en llamas para sacar a sus hombres y fue la última en salir del pasillo.

Lo que él ha despertado no es a la hija de Silas.

Y va a tardar muy poco en descubrir la diferencia.