Tentando a un depredador (Priesthood 4) 23 Nathaniel #2
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23 Nathaniel #2

Está agachada detrás de una hilera de contenedores bajos, sosteniendo la Glock con las dos manos.

Tiene la ropa desgarrada, la cara manchada de hollín y un corte en la sien.

Tiene el antebrazo izquierdo abierto de arriba abajo, un tajo limpio de metal o de hoja, y la manga empapada de sangre hasta el puño. Aun así, sigue apuntando.

Sigue peleando.

Tres hombres avanzan hacia ella. Uno lleva un cuchillo manchado con sangre. Los otros dos cubren los laterales con armas cortas.

El del cuchillo sonríe.

No llego a pensar.

Disparo al primero en la cabeza. Cae de golpe.

El segundo gira hacia mí, pero Logan lo alcanza desde el otro lado del pasillo.

El tercero, el del cuchillo, se lanza sobre Lili para usarla de escudo.

Ella no retrocede. Cambia la Glock a la mano derecha, lo deja acercarse un metro más y le mete una bala en la rodilla desde abajo.

El hombre se dobla con un alarido. Lili busca el segundo disparo, pero el brazo izquierdo no le sostiene el peso del arma y el tiro se pierde contra una viga.

Guardo la pistola y corro hacia él.

No puedo arriesgar un disparo con ella tan cerca.

Me lanzo contra el hombre y lo saco de encima de Lili con todo el cuerpo. Caemos sobre el suelo mojado. El cuchillo resbala entre nosotros. Me da un golpe en la mandíbula. Lo encajo. Le sujeto la muñeca, se la giro hasta que suelta un gruñido y le estampo el codo contra la cara.

Una vez.

Dos.

Intenta alcanzar el cuchillo con la otra mano. Le piso la muñeca y vuelvo a golpearlo.

Tres.

Cuatro.

Deja de resistirse.

No me detengo de inmediato.

—¡Nathaniel!

La voz de Lili me corta el movimiento.

Me quedo con el puño en alto, respirando fuerte. Miro al hombre. Ya no representa una amenaza.

Me levanto.

Lili sigue sentada contra el contenedor, presionándose el brazo con la mano sana. Tiene las pupilas dilatadas y respira mal, pero no baja la cara.

No ve un monstruo. Me ve a mí.

Me arrodillo frente a ella sobre los cristales rotos.

No sé dónde tocarla primero. La sien. El brazo. La cara. La sangre le baja por la manga y cae al suelo en gotas lentas. Me obliga a concentrarme.

—Lili.

Hace una mueca de dolor e intenta enderezarse.

—Estoy bien. Es solo un corte. —Traga saliva—. Saqué a cuatro. Por la puerta que abrió mi padre en el setenta y ocho y no registró en ningún plano. Están fuera hace diez minutos.

—¿Y por qué no saliste tú?

—Porque alguien tenía que quedarse en el pasillo mientras cruzaban.

—No me mientas con lo del brazo.

Le tomo la cara con cuidado. Tengo las manos manchadas, pero ella no se aparta.

—¿Puedes levantarte?

—Sí.

Miente otra vez.

Logan llega a nuestra altura y se agacha al otro lado.

—Jefa.

—Estoy bien, Logan —responde ella, con la voz tensa.

—No lo parece.

—No te pregunté.

Incluso herida, sigue siendo ella.

Logan no insiste. Se limita a cubrirnos con el arma levantada.

—Logan. —La voz de Lili cambia de registro. Ya no es la de una herida en el suelo—. Que Cole congele los accesos de la torre desde la unidad móvil. Todos. Y que saque el registro de la bandeja de mi despacho de las últimas seis horas: quién entró, a qué hora, con qué tarjeta.

Logan la mira un segundo.

—¿Sospecha de alguien concreto?

—Sospecho de todos menos de los que están en este almacén. Hazlo ahora, antes de que se enteren de que sigo viva.

—Sí, jefa.

Habla al auricular sin apartar el arma del pasillo.

Sangra, no puede tenerse en pie y acaba de cerrar su propia casa desde el suelo de un muelle en llamas. Eso es lo que sus hombres recordarán de esta noche.

Derek y Hunter aseguran el pasillo. Travis aparece en la plataforma superior, apenas visible entre el humo. Cole sigue guiando a los hombres de Lili y a los míos para eliminar el resto de los atacantes.

Los disparos se espacian hasta que solo queda el zumbido de las alarmas.

Pero yo solo la miro a ella.

—Dilo tú —pido.

No necesito el nombre. Lo tengo desde hace dos días, con foto y dirección. Lo que necesito es que salga de su boca, porque mientras ella no lo diga en voz alta seguirá siendo algo suyo, privado, y no un objetivo nuestro.

Lili traga saliva. Por primera vez desde que la conozco, tarda en responder.

—Victor —susurra—. Fue Victor Desrosiers.

El nombre cae entre nosotros.

Deja de ser un recuerdo suyo y un archivo mío en el mismo segundo. Ahora es un hombre vivo con una dirección, y acaba de cometer un error que no va a poder corregir.

Me acerco y le beso la frente, justo al lado del corte.

—Te tengo —le digo al oído—. No va a volver a tocarte.

Y entonces hago lo que debí hacer hace cuarenta y ocho horas.

—Lili. Sé quién es desde anteayer. Tengo su cara, su nombre falso, sus cuentas y una dirección en un polígono al norte. Ilya cerró el informe el domingo por la noche y no te lo dije.

Levanta la cabeza despacio. Le veo la rabia atravesarle el dolor.

—Otra vez.

—Otra vez —admito—. Iba a llevártelo con un plan cerrado. Quería darte al hombre y la forma de matarlo el mismo día.

—Y mientras decidías el día, él eligió el suyo.

No tengo nada que oponer, porque es lo que ha pasado.

—Sí.