Tentando a un depredador (Priesthood 4) 23 Nathaniel
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23 Nathaniel

VEINTITRÉS

Nathaniel

El teléfono vibra.

No es una alerta de negocios. No es uno de los avisos que rigen mi día desde la pantalla cifrada. Es mi teléfono personal, el número que solo unas pocas personas tienen.

Lili.

La llamada se corta antes de que alcance a contestar.

Me quedo inmóvil un segundo, con el nombre iluminado en la pantalla. Después suena la línea directa instalada bajo mi escritorio.

La descuelgo antes del segundo repique.

—Habla.

—Están atacando los almacenes de Laval, señor.

Es uno de los hombres que puse a cubrir sus rutas hace tres semanas. Sin decírselo. Un día tendré que confesarle también eso, y sé cómo va a recibirlo.

—Han prendido fuego al almacén de distribución secundaria. Ráfagas continuas. Material incendiario. Hay hombres entrando por el muelle de carga.

Me pongo de pie de golpe. La silla vuelca detrás de mí y se estrella contra el suelo.

—¿Lili?

Una pausa breve. Demasiado larga.

—Está dentro. Llegó hace unos minutos, sola, sin avisar. Justo antes de que empezaran los disparos. Los guardias responden desde el interior, pero son pocos. Les bloquearon la salida del muelle.

La respiración se me corta.

He tenido armas apuntándome a la cabeza. Me han roto huesos en sótanos donde nadie salía entero. Nada me ha dejado sin aire como imaginarla atrapada bajo los disparos, a kilómetros de mí.

—¿Lucien?

—Ya lo sabe. Escuchó un mensaje suyo de hace tres horas en el que le decía que no moviera a nadie.

Movilizó a todo el mundo igual. Cole Maddox estaba revisando cuentas de respaldo fuera de la sede.

Derek Slater y Hunter Callahan estaban cubriendo los almacenes del norte.

Logan Mercer y Travis Grayson venían vigilando rutas secundarias desde hace días. Lucien los activó al primer aviso.

Bien. Lili no estaba tan sola como creía. Pero eso no basta.

—Voy para allá.

—Movilizo a sus hombres de inmediato.

—Tienes cinco minutos. Si ella cae antes de que yo cruce esa puerta, el siguiente eres tú.

Cuelgo sin esperar respuesta. No hay nada más que hablar.

En la pantalla cifrada hay un archivo suyo que espera desde hace tres horas. Me lo mandó antes de salir de la torre y no lo he abierto.

Tres horas.

Ese número me va a acompañar por mucho tiempo.

Ilya aparece en el pasillo en cuanto salgo y se ajusta el chaleco antibalas sobre la marcha. Lleva un arma corta en la mano y otra en la cintura. No necesita que le explique nada.

—Los coches están abajo. El material, listo.

—Laval.

—Ya lo sé.

Bajamos las escaleras de emergencia a zancadas. El Range Rover espera en el subterráneo con el motor encendido. Dos vehículos más están detrás, cargados con hombres armados.

Me siento de copiloto, abro la guantera reforzada y saco la SIG Sauer. Verifico el cargador, tiro de la corredera y dejo que encaje.

El sonido equilibra todo en mi interior para que pueda concentrarme.

—A fondo —digo—. Olvídate de los semáforos y los límites de velocidad. Si la policía se cruza, pagamos y seguimos.

—Entendido.

Las llantas chillan sobre el cemento antes de salir a la superficie. Ilya conduce sin hablar, con la vista fija en la carretera. El aguanieve golpea el parabrisas y los neones se deforman sobre el cristal.

Marco el número de Lili. Buzón de voz. Vuelvo a marcar.

Nada.

A la tercera llamada fallida aprieto el teléfono hasta que el cristal cruje.

—Acelera más.

—Vamos a ciento cuarenta bajo la aguanieve, Nathaniel. Si el coche patina en el puente...

—Acelera.

Ilya no responde. Solo acelera.

Apenas nos separan unos kilómetros del almacén de Laval. Está cerca, en la franja que Lili heredó dentro de mi territorio.

Cerca. Y, aun así, cada metro se estira demasiado.

La cabeza intenta mostrarme imágenes que no puedo permitirme. Lili en el suelo. Lili herida. Lili sin moverse. Las aparto apretando los puños hasta que duelen. No puedo entrar ahí con miedo. Tengo que entrar con la cabeza fría.

Solo tengo que llegar.

Ilya mete el coche por el carril de emergencia, esquivando camiones que tocan la bocina. Los postes de luz pasan a los lados, desdibujados.

—Lucien confirma refuerzos Blackwood —dice Ilya, mirando el panel del coche mientras le informan por el intercomunicador—.

Logan Mercer llegó por el oeste. Travis Grayson está entrando por la vía de servicio.

Derek Slater y Hunter Callahan vienen a tres minutos.

Cole Maddox tomó control remoto de las cámaras de Laval desde una unidad móvil.

—¿Y Lili?

Ilya tarda un segundo en contestar.

—No logran verla.

No digo nada.

El complejo aparece entre la aguanieve: naves de chapa gris, contenedores oxidados, vallas metálicas y focos reventados. Un contenedor arde junto al muelle de carga. El humo sube en columnas oscuras. Hay disparos dentro. Ráfagas cortas, luego gritos, luego otra ráfaga.

Llegamos en seis minutos exactos.

Salgo del Range Rover antes de que Ilya frene del todo. Mis botas golpean el asfalto y echo a correr hacia la entrada principal.

Hay cuerpos sobre la grava.

Reconozco los abrigos oscuros de los guardias de Lili. Dos están muertos junto a la caseta de seguridad. Uno de ellos es apenas un crío; no llega a los veinticinco. El otro lleva una alianza en la mano izquierda.

Seis hombres había esta noche en Laval. Ella ha venido a sacarlos a los seis.

Un tercero se arrastra detrás de una barrera, presionándose el costado. También hay hombres sin identificación, vestidos de negro, con armas largas y equipos que no pertenecen a ninguna familia local.

Mercenarios. Desrosiers no mandó aficionados.

Logan Mercer aparece desde el lateral de la nave, con la chaqueta empapada y una pistola en la mano. Tiene sangre en la ceja, pero sigue en pie.

—Cloutier —dice, seco—. Ella está dentro. Última posición: pasillo central, cerca de los contenedores de carga.

—¿Qué hace en el centro? Si entró por el muelle, la salida la tiene a la espalda.

—No está buscando salir. Está sacando a los del turno de noche. Los ha ido moviendo pasillo a pasillo hacia el fondo.

—En el fondo no hay puerta.

Logan me mira un segundo bajo la aguanieve.

—Ella dice que sí.

—¿Cuántos atacantes?

—Más de veinte. Ella habrá visto seis desde donde está; el resto entró después por el segundo acceso. Nos cortaron las comunicaciones internas.

—¿Lucien?

—En camino desde la sede. Me ordenó sacarla viva, aunque tuviera que quemar el almacén.

Por primera vez, no discuto una orden de Lucien.

—Entonces muévete.

Logan asiente y se coloca a mi izquierda, sin pedir permiso, e Ilya, a mi derecha.

Entramos.

La puerta del almacén está reventada hacia dentro. El metal cuelga de las bisagras. Dentro, el humo reduce la visibilidad. El suelo está mojado por los rociadores, mezclado con ceniza, cristales y casquillos.

El interior es un laberinto de cajas apiladas, pasillos estrechos y contenedores abiertos. Las alarmas siguen sonando, pero a ratos se pierden bajo los disparos.

—Cámara tres caída —repite Logan en voz alta, con dos dedos en el auricular.

Cole le está pasando todo desde la unidad móvil, y yo entro ciego a la red de Lili—.

Tengo movimiento en el pasillo este. Cuatro hombres avanzando hacia el centro.

Dos más en la plataforma superior. Lili sigue sin aparecer en cámara.

—Dame una ruta —ordena Logan al auricular.

Escucha dos segundos.

—Pasillo izquierdo. Veinte metros. Luego derecha. Travis está entrando por la parte trasera.

Ilya me mira. No hace falta decirlo.

Avanzamos.

Giro el primer pasillo con la SIG levantada. Dos hombres aparecen entre los palés. El primero intenta levantar el fusil. Disparo antes. Cae contra las cajas. El segundo se cubre, pero Logan lo alcanza desde mi izquierda.

Seguimos.

No corro sin mirar. No puedo. Cada esquina puede tener un arma esperándonos. Cada segundo cuenta, pero entrar a ciegas solo nos mataría antes de llegar a ella.

Una ráfaga golpea las cajas frente a nosotros. Astillas y fragmentos de madera saltan al aire. Me pego al lateral de un contenedor y respondo con dos disparos. Ilya cruza por debajo de mi línea y remata al hombre que intenta cambiar de posición.

—Plataforma superior —nos informa Logan—. Travis lo tiene.

Un disparo seco llega desde el fondo del almacén.

El hombre de la plataforma cae de espaldas y desaparece detrás de la barandilla. Una vez despejado el camino, seguimos avanzando.

El humo me raspa la garganta. Me arden los ojos. Oigo disparos más cortos desde el centro del almacén. Una Glock. Lili.

Está viva.

El sonido me atraviesa y acelero el paso.

—¡Lili! —grito.

No responde.

Otra ráfaga.

Después, un grito de hombre.

Al fondo, entre dos hileras de contenedores, aparece Hunter Callahan. Entra demasiado rápido por el flanco derecho y dispara contra dos mercenarios que intentan cerrar el pasillo.

—¡Callahan, cúbrete! —ladra Logan.

Hunter no se detiene, pero se agacha justo a tiempo. Una bala le pasa por encima y se estrella contra el metal.

Derek Slater entra detrás de él y embiste a uno de los atacantes contra una pila de cajas. El golpe hace temblar la estructura. Derek lo reduce en el suelo y le quita el arma antes de que pueda levantarse.

Los hombres de Lili no necesitan presentación.

Memoricé estos nombres hace meses, en un informe, y los odié uno por uno. Odié que la vieran sin coraza, que compartieran con ella las noches en vela que a mí me estaban prohibidas. Ahora están sangrando en este pasillo por ella, y lo único que siento es gratitud.

Ahora entiendo por qué los mantenía repartidos por su red. No son escoltas que se deban tener en un pasillo. Son la línea que protege sus puntos débiles mientras ella sostiene el resto.

Y Lucien acaba de traerlos de vuelta.

—Centro despejado parcialmente —dice Hunter—. Cole encontró a Lili y tres hostiles se le están acercando. Están a menos de quince metros.

El cuerpo me responde antes que la cabeza.

Corro.

Giro el último pasillo y la veo.

Lili.