Tentando a un depredador (Priesthood 4) 22 Lili #2
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22 Lili #2

Que se guarde el sermón. Los hombres como él llevan siglos contándoles a las mujeres que lo que sienten es la grieta por donde entra el enemigo.

Yo sé exactamente por dónde entró.

—Silas murió en una cama de hospital —sigue Victor—. Se me escapó. Pero tú estás aquí. No quiero tu dinero, tengo mis propios negocios en Europa. No quiero tu territorio. Quiero una compensación de sangre. Quiero ver arder todo lo que él construyó.

Hace una pausa. Mira directo a la cámara.

—Los sabotajes de estas semanas se acabaron. Los camiones, los servidores de Laval... eso fue solo un aviso. Ahora viene lo de verdad.

Levanta tres dedos frente a la cámara.

—Tienes tres días. Setenta y dos horas. Disfrútalas en tu cama. Despídete de tu amante. Pon tus papeles en orden. Porque al amanecer del cuarto día lanzaré a todos mis hombres contra ti. Y tengo muchos, Lili. Más de los que imaginas. No voy a parar hasta que no quede nada.

La pantalla se vuelve negra de golpe.

El silencio regresa a la oficina.

Tres días.

Me quedo mirando mi reflejo en el monitor apagado. El sudor frío me empapa la blusa de seda; la tela se me pega a la espalda bajo el blazer. Tiemblo, un espasmo que me hace castañear los dientes. El orgullo que siempre fue mi escudo ahora me pesa demasiado.

La realidad me golpea con crudeza.

No puedo proteger los almacenes sola. No contra un hombre que lleva veinte años preparando esto. Hay topos en mis filas. Alguien dejó pasar este paquete hasta mi bandeja sin una sola alarma. Si peleo sola por puro orgullo, moriré y se perderá todo lo que mi padre construyó.

Por primera vez en años, el pánico me paraliza. Y me obliga a reconocer el peligro.

Pienso en Nathaniel de inmediato. En su presencia, en el espacio que ocupa, en sus manos, en la promesa que me hizo en su habitación: quemar la ciudad entera si alguien intentaba tocarme.

Hace dos noches me ofreció a Ilya. Le dije que le diera un par de días a Lucien, que no quería herir su orgullo.

Ese fue mi error, y lo cometí yo sola.

Admitir ante él que me han superado en mi propia casa es un golpe brutal para mi ego. Pero tengo que tragarme el orgullo si no quiero terminar sangrando en este piso.

La cara de Victor Desrosiers sigue grabada en mi cabeza. Faltan setenta y dos horas para que venga a arrebatármelo todo.

Antes de apagar nada, rebobino el video hasta el fotograma en el que levanta los tres dedos y congelo la imagen. Su cara ocupa la pantalla entera. Esa sonrisa de hombre que lleva dos décadas ensayando este momento delante de un espejo.

—Veinte años escondido —le digo a la pantalla—, y acabas de mandarme tu cara. La voz me sale más firme de lo que esperaba.

Saco el teléfono del bolsillo. Pero no llamo desde aquí. Si Victor ya tiene topos en mi casa, esta oficina es lo primero que vigila.

Antes de moverme, hago tres cosas.

Copio el archivo a mi nube cifrada y le mando el enlace a Cole con dos palabras: «analiza todo». El fondo del despacho de Victor, la marca del whisky, el reflejo en el cristal de la ventana. Ese hombre se ha grabado la cara para humillarme y me ha regalado un plano de dónde está.

Cierro con llave el cajón del escritorio y me guardo el USB contra el pecho. Después, bajo el video a mi teléfono, aunque me tiemblen los dedos al hacerlo, porque quiero que Nathaniel lo vea con sus propios ojos y no en mi versión.

Después llamo a Lucien. Salta el buzón; sigue en los sótanos, donde no entra cobertura.

—Soy yo —digo—. Voy a Laval. No mandes a nadie hasta que te llame desde allí, y no lo digas por los canales internos. A nadie, Lucien. Ni siquiera al turno de noche.

Hay un almacén que me importa más que los demás: Laval.

El enclave que la vieja guardia de Montreal le cedió a mi padre hace décadas. El punto más expuesto de toda mi red y el que menos hombres tiene esta noche.

Si Victor quiere empezar por algún sitio, empezará por ahí.

Hay seis hombres en el turno de noche de Laval. Seis. Conozco los nombres de todos y, de al menos dos, también conozco a sus hijos.

Si aviso por los canales internos, el topo lo oirá antes que ellos y Victor adelantará el reloj. Si no aviso, mañana tengo seis cadáveres en un muelle que yo dejé sin cubrir.

Así que voy yo. Los saco a mano, uno por uno, y llamo a Lucien desde allí cuando estén fuera.

Bajo al garaje. Conduzco yo misma hasta Laval con el video repitiéndose en la cabeza, las manos rígidas sobre el volante. Llego cuando ha caído la noche. El almacén está en silencio. Demasiado silencio.

Solo entonces, en el muelle de carga, saco otra vez el teléfono y marco el número de Montreal que mis dedos conocen de memoria.

—Contesta, Nathaniel —susurro—. Por favor, contesta.

El primer tono. El segundo.

Y entonces el mundo estalla.

La primera ráfaga revienta los focos del muelle. El teléfono se me cae de la mano cuando me lanzo detrás de un contenedor, con el corazón en la garganta y la Glock ya fuera de la funda por puro reflejo.

Hay gritos. Hay fuego. Hay hombres entrando por la puerta de carga con armas largas, y los guardias del almacén respondiendo desde el fondo.

Son muy pocos y es demasiado tarde.

Dijo tres días. Setenta y dos horas, en el video.

Mintió. Claro que mintió. El plazo era otra parte del juego, una última forma de saborear mi miedo antes de venir a cobrar. No hay tregua con alguien que lleva dos décadas esperando esto.

Nunca la hubo.

El teléfono parpadea en el suelo, a un metro de mi mano, fuera de alcance entre el humo. No sé si la llamada llegó a entrar. No sé si Nathaniel me oyó respirar antes de que todo se fuera al infierno.

Da igual.

Cuento las ráfagas y las sitúo: cuatro armas largas por la puerta de carga, dos más cubriendo el lateral. Sé cuántos son. Sé por dónde vienen. Y sé que este almacén tiene una salida que no aparece en ningún plano que Victor haya podido comprar, porque la abrió mi padre y no la registró nunca.

Quito el seguro de la Glock.

Veinte años esperando, Victor. Y has venido a buscarme al único sitio del mundo que conozco mejor que tú.