Tentando a un depredador (Priesthood 4) 22 Lili
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22 Lili

VEINTIDÓS

Lili

La tarde cae deprisa sobre Quebec. El despacho está más oscuro de lo normal, cubierto por una luz gris que entra por los ventanales. Apenas son las cinco y cuarto, pero la ciudad ya se ha llenado de luces eléctricas que parpadean bajo la aguanieve.

Estoy sola.

Lucien bajó a los sótanos hace media hora, con esa expresión seria que arrastra desde hace días, obsesionado con supervisar el cambio de guardia en el perímetro. Quiere cerrar cada acceso, cada punto débil.

Yo me quedé aquí, en este escritorio de caoba que de pronto se siente extraño, expuesto al pasado.

Casi dos días desde que le conté a Nathaniel sobre Victor Desrosiers. Él quiso mover a Ilya de inmediato. Yo le pedí tiempo para Lucien. No por prudencia, sino por orgullo. Por lealtad. Por esa parte de mí que todavía cree que una Blackwood debe resolver sus propios problemas.

Ahora no estoy segura de haber hecho bien.

Por debajo, está mi propio agotamiento. Llevo horas entre estos papeles, buscando un nombre, una pista, algo que confirme que Victor sigue vivo y que no estoy perdiendo la cabeza. Pero las letras y los números se mezclan ante mis ojos y me agotan la paciencia.

Cada rincón parece moverse en la penumbra. La lámpara proyecta una luz dorada sobre los documentos y deja el resto de la habitación a oscuras. Miro hacia los estantes que tocan el techo y siento la nuca rígida. Me obligo a respirar hondo.

Soy Lili Blackwood. No una niña asustada.

Pero el cuerpo me avisa de algo, y no sé ignorarlo.

Me paso las manos por la cara y me froto los ojos secos. Necesito café. O whisky. O las dos cosas.

La superficie del escritorio hoy se siente distinta. Y en el centro hay algo que rompe la rutina: un bulto negro.

Un paquete.

Una caja pequeña, no más grande que un estuche de joyas. Está envuelta en papel negro mate. Sin remitente. Sin sellos de correo. Sin las etiquetas de las empresas de transporte que usamos para las entregas importantes.

Simplemente apareció sobre la mesa, mezclada con la pila de correspondencia que Marie, mi secretaria, dejó en la bandeja hace veinte minutos antes de irse a casa.

La observo.

El cuerpo ya sabe que es peligrosa.

Debería avisar a los guardias de abajo. Debería llamar a Lucien para que revise el contenido. No lo hago. Algo en la forma en que esa caja espera sobre mi escritorio me dice que no es una amenaza física inmediata.

Es un mensaje, y está escrito para mí.

Me tiemblan los dedos al alcanzar el paquete. Odio ese temblor. Me da rabia. Yo no tiemblo. Hoy el cuerpo no me obedece.

Rompo el papel negro con movimientos torpes. Dentro hay una caja de plástico transparente, de las que se usan para dispositivos electrónicos. Un USB negro y, pegada a la tapa con cinta, una nota manuscrita. Letra pulcra, casi caligráfica. Dos palabras en tinta oscura:

«Es hora».

Me quedo sin aire. El pulso me golpea en las sienes, en la garganta y detrás de los ojos.

Es hora. ¿De qué?

Tomo el USB con los dedos rígidos. Sé que debería destruirlo, o pasarlo por los filtros de un ordenador aislado.

No lo hago. Porque ya sé que este mensaje llegó hasta aquí gracias a alguien de mi propia casa.

Alguien con acceso a mi bandeja. Alguien que cruzó todos los controles del edificio sin que nadie lo detuviera.

Hay un traidor aquí.

Repaso cada cara de mi equipo. Marie, mi secretaria. Benjamin, el encargado de carga. Los hombres del turno de tarde. Incluso el personal de limpieza que entra después de las seis. La desconfianza me aprieta la garganta.

Solo quedan limpios unos pocos nombres. Nathaniel. Lucien. Y los cinco hombres que me siguieron a los muelles de Montreal con un pasamontañas y sin hacer una sola pregunta: Cole, Derek, Logan, Travis, Hunter.

Pero los cinco están repartidos por la red desde hace semanas, cubriendo justo los puntos que Victor lleva mordiendo. Y ahora mismo no hay uno solo a menos de una hora de esta torre.

Todo lo demás se vuelve una amenaza que ya no sé leer.

Enciendo mi ordenador personal, el que solo uso yo. Conecto el USB. La pantalla parpadea. Un solo archivo de video. Sin título. Sin fecha.

Hago clic.

La pantalla se queda en negro tres segundos. Luego la imagen se enfoca.

Un despacho. Paredes de madera oscura, un escritorio de roble macizo, una ventana al fondo con el horizonte gris de Montreal. En el centro del encuadre, sentado en una silla de cuero gastado, con una copa de whisky en la mano, está él.

Victor Desrosiers.

El aire me sale en una exhalación brusca. Una náusea repentina me encoge el estómago y me obliga a apretar los dientes.

Tardo un segundo en encontrarlo debajo del trabajo del cirujano. Los ojos son los mismos.

Me crucé con él de pasada en las galas del puerto hace meses. Un hombre de modales corrientes que me miró con una suficiencia que me molestó durante la cena. Ahora, en la pantalla, con esa sonrisa controlada y los ojos clavados en la cámara, lo entiendo.

Sabía quién era yo. Y estaba esperando.

—Buenas noches, Lili —dice, con una calma que me eriza la nuca—.

Supongo que ya sabes quién soy. Victor Desrosiers.

Hace años invertí todo lo que tenía en los muelles, bajo la promesa de tu padre.

Pero Silas vio la oportunidad de quedarse con todo.

Con mi dinero, con mi casa, con el futuro de mis hijos.

Bebe un sorbo.

Me levanto sin darme cuenta de que lo estoy haciendo. Camino hasta la puerta del despacho y echo el cerrojo. Después vuelvo a la silla, y solo entonces comprendo lo que he hecho: acabo de encerrarme con él.

—Mi mujer no lo soportó y se quitó la vida unos meses después.

Mis hijos terminaron en hogares del Estado mientras yo cumplía tres años de cárcel por cargos falsos que tu padre inventó para quitarme del camino.

Pasé veinte años imaginando cómo me iba a cobrar esto.

Cada noche, en Europa del Este, me convertía en algo útil para lo que tenía planeado.

Se levanta y camina hacia la cámara. Con cada paso, su cara ocupa más espacio en la pantalla. Veo cada línea de su rostro pálido.

Y entonces otro recuerdo vuelve.

No el de los cinco años bajo el escritorio. Uno posterior, de cuando tenía diez, en este mismo edificio. Me gustaba esconderme en el armario de los abrigos del despacho de mi padre, entre las gabardinas de lana que olían a tabaco, para escuchar las reuniones que me ocultaban.

Miro por la rendija de la puerta entreabierta.

Veo a Silas, enorme ante sus hombres.

Y veo a Victor —más viejo que la primera vez, más roto— de rodillas sobre la alfombra persa. Llora. Sangra por la boca.

—¡Arruinaste a mi familia, Silas! —grita, con la voz rota—. ¡Confié en tu palabra y nos dejaste sin nada!

—Nunca confíes en un rival, Victor —responde mi padre, y se limpia los nudillos manchados de sangre con un pañuelo de seda—. Estás fuera de mis muelles. Si vuelves a acercarte, te mato con mis propias manos.

—¡Tengo hijos! ¡Mi mujer se quitó la vida por tu culpa!

—Sal de mi oficina antes de que cambie de opinión y te saque en una bolsa.

Lo veo levantarse, tambaleándose por los golpes de los soldados. Recuerdo el odio en su cara. Vuelvo al presente con un jadeo, aferrada al borde de la mesa. Tiemblo en la silla. El recuerdo es tan claro que casi huelo el sudor en el despacho vacío.

—Ya lo recuerdas, ¿verdad? —dice el Victor de la pantalla—. Veo que la memoria vuelve. Es curioso cómo la mente bloquea lo que nos hiere.

Deja la copa sobre la mesa.

Estuve a dos metros de él, con una copa en la mano, y no vi nada. No vi al hombre que juró cobrar las deudas de Silas. No volvió por dinero. Volvió para terminar lo que empezó bajo este techo hace dos décadas.

Se acerca a un tablero de madera que tiene detrás. Hay fotografías. Mis camiones. Mis almacenes de Laval.

Y una que me para el corazón.

Está tomada desde el marco de la puerta de mi despacho. Se ven mi escritorio, la lámpara encendida, mi blazer sobre el respaldo de la silla. La bandeja de la correspondencia en el ángulo derecho.

La hicieron esta semana. Ese blazer lo estrené el lunes.

—Bonito despacho —dice—. Alguien de The Onyx me la mandó por catorce mil dólares. No voy a decirte quién. Prefiero que, durante los próximos tres días, mires a cada persona de tu edificio a los ojos y te preguntes cuál fue.

Se me seca la boca.

—Has sido fácil de manipular, pequeña Lili. Tenías la atención dividida. O, mejor dicho, secuestrada.

Una foto aparece en un recuadro. Granulada, tomada con teleobjetivo desde la autopista.

Nathaniel y yo.

En la terraza de un restaurante italiano, hace dos semanas. Él me toca la mano sobre el mantel blanco. Yo lo miro con una expresión que nunca mostré ni ante Lucien ni ante los soldados. Una que guardaba solo para la penumbra de su habitación.

Dejo de oírlo.

Su voz sigue saliendo por los altavoces, pero durante unos segundos no me llega ninguna palabra. Solo existe esa imagen: mi propia cara, expuesta, en manos de un hombre que lleva veinte años esperando encontrarme un punto blando.

Ahí estaba. Se lo di yo.

El sonido vuelve de golpe.

—Nathaniel Cloutier —dice Victor, y escupe el apellido con desprecio—.

Un aliado peligroso, sin duda. Pero también una distracción cómoda para mis hombres.

Mientras jugabas a los amantes con tu rival, mientras dejabas que te calentara la cama, los míos movían las piezas.

Estabas tan ocupada suspirando por un asesino que no oíste los cuchillos a tu espalda.

Las náuseas me suben por la garganta y tengo que tragar dos veces.

Y durante tres segundos le doy la razón. Bajé la guardia. Estuve en la cama de Nathaniel mientras me vaciaban los almacenes. Cambié el control por sus manos, y ahora pago el precio.

Después, la cabeza vuelve a funcionar.

No. Los rociadores de Laval se activaron sobre la única sección que no aparece en ningún plano. Eso no lo hizo mi distracción; lo hizo alguien que cobra de mi nómina. Victor no está explicándome mi error.

Está tapando el suyo, que es haber necesitado un traidor para llegar hasta mí.