Tentando a un depredador (Priesthood 4) 21 Nathaniel #2
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21 Nathaniel #2

Dante aparece primero desde su estudio de Palermo, rodeado de estanterías con libros encuadernados en piel.

Viste una camisa de lino con el cuello abierto y sostiene una copa de vino tinto con la naturalidad de un noble.

Al fondo se oye el balbuceo de un bebé, un sonido extraño en el mundo de hombres como nosotros.

—Nathaniel —saluda con seriedad—. ¿Todo bien?

—Necesito hablar con todos.

Una voz femenina suena fuera de cámara, con acento italiano. Vittoria. Dante responde con un gesto y vuelve a concentrarse en la pantalla.

—Tienes nuestra atención.

Ethan entra un segundo después desde su piso en Nueva York. Lleva traje, pero tiene la corbata aflojada y las mangas subidas hasta los codos. Hay una botella de whisky abierta y dos vasos sobre una mesa lateral. Antes de que hable, una voz llega desde otra habitación.

—Ethan, ¿ves la serie conmigo?

—Cinco minutos, cariño.

El tono se le suaviza de un modo que habría sido impensable hace un año. Después se vuelve hacia la cámara y la sonrisa se le borra.

—Tus cinco minutos empiezan ahora, Nathaniel. No pienso perder tiempo con mi esposa por ti.

Velkan se conecta desde Bucarest. Lleva la camisa arrugada y el pelo despeinado, algo impropio de él. Sonríe apenas al oír la risa de Nadia y de su hijo antes de cerrar la puerta de la oficina.

—¿Es una emergencia? —pregunta, directo al grano.

—De las graves.

La calma se rompe cuando entra Vladimir. Está en una tienda de campaña, en algún rincón de Angola, bajo la luz amarillenta de una lámpara de aceite. Al fondo suenan rotores de helicóptero y órdenes gritadas en portugués. Tiene el rostro manchado de polvo rojo y una barba de varios días.

Pero lo peor es su expresión.

No hay suavidad en ella. No hay esposa ni hijos al otro lado de la habitación. Solo un hombre agotado y peligroso. El recuerdo de lo que éramos todos antes de encontrar algo por lo que valiera la pena vivir.

—Espero que sea importante —dice con la voz rasposa por el humo y el polvo—. Tengo un asunto con unos diamantes en el sector cinco y mi paciencia está agotada.

—Lo es.

Me siento en el canto del escritorio y los miro a todos.

—Necesito recursos. Ahora.

—¿Qué tipo? —pregunta Dante, con toda su atención puesta en mí.

—Equipos de demolición para inutilizar los depósitos y las rutas de Desrosiers cuando los encontremos.

—Miro a Velkan—. C4, detonadores remotos y termita.

También necesito acceso al arsenal europeo de grado militar.

—Paso la vista hacia Ethan y Vladimir—. Rifles de francotirador, munición perforante y vigilancia táctica para reforzar Montreal y Quebec.

Ethan resopla.

—Eso es mucha potencia, hermano. ¿Vas a invadir Ottawa?

—Voy a impedir que Victor Desrosiers convierta dos ciudades en un campo de batalla.

Les doy su nombre, el origen de la deuda con Silas y la dimensión de la fuerza que ha reunido.

No revelo las cuentas ni las rutas de The Onyx; eso sigue perteneciendo a Lili.

Pero les explico que ha liquidado todos sus activos, que dispone de mercenarios y que lleva semanas probando las defensas de los Blackwood mediante sabotajes calculados.

También les digo cuál es su verdadero objetivo.

Lili.

Cuando termino, nadie habla durante varios segundos. Dante deja la copa sobre la mesa. Ethan pierde el último rastro de impaciencia y Velkan se inclina hacia la cámara.

No necesito explicarles qué significa proteger a una mujer que se ha convertido en familia.

—Tienes los explosivos —dice Velkan sin vacilar—. Te envío a mis especialistas desde Bucarest. Veinticuatro horas, vuelo privado.

—El arsenal de Londres es tuyo —añade Ethan, ya serio—. Tengo un cargamento de rifles y munición que iba a Marsella. Lo redirigiré a Montreal esta noche.

Vladimir suelta una risa seca.

—¿Amor? —pronuncia la palabra con desprecio—. ¿Vas a movilizar al Priesthood porque la mujer de la que te enamoraste heredó una deuda de su padre? Desrosiers amenaza a los Blackwood, no a nuestra alianza.

La línea queda sumida en un silencio tenso.

Sé que Vladimir pelea sus propias batallas en ese infierno. Sé que su cabeza está en un lugar oscuro del que quizá no vuelva. Pero está equivocado.

—Victor ha reunido un ejército con dinero procedente del tráfico de armas y ya opera entre Montreal y Quebec. Eso afecta a nuestra alianza —digo, bajando la voz—. Y Lili no es una mujer cualquiera. Es mi igual. Quien vaya a por ella tendrá que atravesarnos a todos.

Vladimir me sostiene la mirada durante varios segundos. Veo el conflicto en sus ojos: el resentimiento mezclado con la lealtad hacia la hermandad. Al final, asiente y desvía la vista hacia la penumbra de la tienda.

—Tienes mis rutas de Angola. Úsalas para mover lo que necesites sin pasar por aduanas. Pero ten cuidado, Nathaniel. El amor, en nuestro mundo, les dice a tus enemigos dónde deben golpear.

—Lo sé.

Dante no ha hablado desde que expuse la petición. Aparta la copa y se inclina hacia la cámara. Cuando interviene, no me mira a mí.

—Vladimir.

Una sola palabra, y el silencio de la línea cambia de textura.

Dante mantiene los ojos puestos en el recuadro de Angola hasta que Vladimir inclina la cabeza apenas un grado.

Es todo lo que necesita.

—Mantennos informados, Nathaniel —continúa—. Si Victor mueve a sus mercenarios contra Quebec, iremos nosotros mismos. Nadie toca a la familia. Y si Lili es tuya, es familia. Que quede claro para todos los que estamos en esta llamada.

Las pantallas se apagan una a una y me dejan otra vez en la oscuridad azulada.

Pero ya no estoy solo.

Tengo al Priesthood detrás y un arsenal cruzando el océano.