Tentando a un depredador (Priesthood 4) 21 Nathaniel
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21 Nathaniel

VEINTIUNO

Nathaniel

Veinticuatro horas después de que Lili terminara su lista, vuelven a ser las cuatro de la mañana.

Montreal sigue inmóvil bajo una capa de hielo sucio. A esta hora, los hombres como yo toman las decisiones que determinan cuántos cadáveres habrá que enterrar después.

Estoy en mi oficina privada, en el corazón de la fortaleza Cloutier. No he encendido las luces. No las necesito. El único resplandor proviene de los seis monitores que rodean mi escritorio y bañan la habitación con una luz azulada.

Debería estar durmiendo. El cuerpo me lo exige y los ojos me arden de cansancio, pero la cabeza no se apaga. Hay un ruido blanco ahí dentro que no se calla, y tiene nombre y apellido.

Lili Blackwood.

Me recuesto en la silla, giro el anillo del meñique y cierro los ojos un segundo. Ahí está, de inmediato.

No la mujer que ve el mundo. No la reina de hielo de los muelles de Quebec, con su traje impecable y esa presencia que obliga a todos a seguirla con la mirada.

La otra. La que solo aparece ante mí, en la oscuridad de mi habitación, cuando se quita la coraza y deja a la vista lo que intenta ocultar a los demás.

Humana. Herida en lugares que reconozco porque se parecen demasiado a los míos.

Es esa parte de ella la que me mantiene despierto a las cuatro de la mañana, más que cualquier amenaza.

Algo cambió durante estas tres semanas. Lo noto en su postura, en un estado de alerta que no pertenece a nuestros juegos de siempre.

La conozco feroz, desafiante e implacable.

También conozco la forma en que se abandona cuando estamos solos.

Pero la mujer de anoche despertó cada uno de mis instintos.

Nuestros cuerpos seguían enredados entre las sábanas. Su cabeza descansaba sobre mi pecho y yo sentía cada latido, el roce tibio de su aliento contra la piel. Cualquier otra noche se habría rendido al sueño con esa confianza absoluta que todavía no sé cómo merecí.

Anoche no.

Se quedó quieta. Demasiado quieta. La respiración medida, fingida. Cuando le pasé los dedos por la espalda, encontré tensión en cada músculo. Estaba despierta. Alerta. Esperando una amenaza que no se encontraba en la habitación.

—¿En qué piensas? —pregunté.

—En un sueño —dijo en voz baja—. El de cuando tenía cinco años. Estaba escondida bajo el escritorio de mi padre. Él entró discutiendo con otro hombre. Acababa de arruinarlo. Lo había dejado a él y a su familia en la calle.

Con cada palabra, el cuerpo se me fue tensando.

—El hombre juró vengarse, sin importar cuánto tiempo le costara —continuó—. Supo que yo estaba ahí abajo. Se agachó y me prometió que también pagaría.

La apreté contra mí.

—¿Nombre?

Levantó la cabeza y me miró.

—Victor Desrosiers. Lucien lleva todo el día intentando averiguar si sigue vivo, pero no encuentra nada.

—Soy bueno cazando fantasmas. Puedo encontrarlo por ti.

Negó con la cabeza.

—Dale a Lucien un par de días. No quiero herir su orgullo.

Me incorporé lo suficiente para mirarla de frente. Sus ojos verdes brillaban con algo que no era deseo, sino miedo oculto bajo capas de control.

—Si algo amenaza tu vida, lo destruyo —dije.

No era una frase. Era una promesa.

—Lo tengo controlado.

—No estás sola, Lili.

—Sí lo estoy.

Aquellas dos palabras cortaron más hondo que cualquier hoja.

—Tengo que volver a casa. Lucien estará preocupado.

Se levantó, recogió la ropa y se vistió con esa eficiencia que utiliza como armadura. Cuando su coche salió de la fortaleza en plena madrugada, supe que no iba a dormir.

Yo tampoco.

Abro los ojos y miro los monitores. El orgullo Blackwood le corre por las venas; cree que puede con esto sola. Lo ha hecho todo sola desde que su padre murió y la dejó al frente de un imperio. Pero hay algo que aún no entiende: ahora su seguridad es lo único que me importa.

Si Victor Desrosiers quiere una guerra, la tendrá. Antes va a aprender por qué nadie toca lo que es mío y vive para contarlo.

No pienso esperar a que ella se rompa. Entraré en su pasado, aunque tenga que hacerlo sin su permiso. Rastrearé cada anomalía hasta encontrar el hilo que la mantiene despierta.

Y lo cortaré de raíz.

Tomo el teléfono cifrado y marco. La llamada se conecta casi al instante.

—Ilya.

—Te estaba esperando. —Su voz suena cansada, pero alerta—. ¿Cuántos cafés llevas?

—Tres.

—Cuatro aquí. ¿Procedemos?

—Sí. Olvida la caja de Saint-Léonard. Ya no va a darnos más. Quiero nombres, direcciones, saldos bancarios y movimientos de los últimos veinte años. Todo lo relacionado con Silas Blackwood. Enemigos vivos, muertos u olvidados. Si alguien escupió en su dirección, quiero saberlo.

—¿Presupuesto?

—Ilimitado.

Se produce una pausa breve, seguida de un silbido bajo.

—Entonces va en serio.

—Muy en serio.

—Entendido. Cuarenta y ocho horas.

——————✧◦♔◦✧——————

Cuarenta y ocho horas después, Ilya entra sin llamar y deja dos carpetas sobre mi escritorio. Una gruesa. Otra de apenas tres folios.

—La gruesa contiene el rastreo completo —dice—. La fina la envió ella anteayer.

Abro primero la fina. Cuarenta y un nombres tecleados de madrugada; lo sé porque conozco su manera de trabajar cuando no consigue dormir. Todos los hombres a los que Silas Blackwood arruinó en veinte años, ordenados por fecha, sin una sola nota al margen.

Uno aparece dos veces.

—Ya lo tenía —digo.

—Lo tenía y no lo sabía —me corrige Ilya mientras se sienta enfrente—. Nosotros hemos necesitado cuarenta y ocho horas, dos bancos suizos y un funcionario comprado en Bucarest para llegar al mismo sitio al que llegó ella sola con una lista y una noche en vela.

En la pared está proyectado el resultado de esos dos días: sobornos a banqueros, amenazas a informantes en tres continentes y accesos comprados en registros que deberían ser intocables.

Todo converge en el nombre que ella escribió dos veces sin darse cuenta.

Victor Desrosiers.

Antiguo socio minoritario de Silas hace veinte años. Metió el patrimonio entero de su familia en una operación que Silas prometió respaldar con su palabra. Cuando el mercado tembló, Silas retiró el apoyo, ejecutó las hipotecas y se quedó con los terrenos por una miseria.

Todo legal sobre el papel.

En una semana, Victor pasó de controlar un patrimonio considerable a quedarse sin dinero, propiedades ni margen para defenderse. Después vinieron tres años de cárcel por un fraude que los abogados de Blackwood fabricaron para quitarlo de en medio.

—Hay algo que no está en el informe —dice Ilya.

Levanto la vista.

—No he encontrado un solo hombre que le dure más de seis meses. Los contrata, los utiliza y luego los quema. Además, lleva un año y medio liquidando activos en Europa del Este: almacenes, sociedades y propiedades. Todo. Está convirtiendo veinte años de trabajo en efectivo.

—¿Se ha reservado algo fuera de esta ofensiva?

—Nada, Nathaniel. Lo ha metido todo aquí.

Me quedo mirando el mapa proyectado.

Un rival que espera sobrevivir a una guerra calcula, negocia y se guarda una salida. Un hombre que no piensa sobrevivir no hace ninguna de las tres cosas.

Eso lo vuelve más peligroso que cualquier familia con la que haya negociado.

Veinte años.

Veinte años rumiando el odio, primero en una celda y después en las sombras del mercado negro. Dos décadas reconstruyéndose desde cero, no como empresario, sino como traficante de armas en Europa del Este. Nombres falsos, testaferros, sociedades pantalla. Una sola idea alimentándolo: venganza.

Volvió a Montreal hace seis meses. Pasó por el quirófano para alterarse los rasgos y hacer irreconocible el rostro que Silas humilló. Tiene un nombre nuevo y un ejército de mercenarios pagados con dinero sucio de los Balcanes.

Miro la fotografía actual.

Este hombre no es un rival comercial. Es alguien que convirtió una ruina antigua en un plan de venganza.

No va por el dinero de The Onyx. No le importan ni el territorio ni el poder. Va por el sufrimiento. Quiere destruir el legado de Silas de la forma más dolorosa posible. Y el legado de Silas es Lili.

—¡Maldito hijo de perra!

Aprieto el puño sobre la mesa. La furia no es impulsiva. Es fría. Útil. Se me asienta en el pecho y me ordena la cabeza.

Lili tenía razón en sus pesadillas. Este es el hombre que la amenazó bajo el escritorio.

Esperó con paciencia a que bajara la guardia para empezar a golpear.

Los pequeños sabotajes no eran errores ni simples pérdidas económicas: eran el preludio, una forma de debilitarla y obligarla a mirar en todas direcciones antes del golpe final.

Victor Desrosiers cometió el peor error de su vida al volver a Montreal y acercarse a Lili Blackwood.

Y uno todavía mayor al hacerlo mientras está bajo mi protección.

Me levanto y camino hacia el mapa proyectado en la pared. Un punto rojo parpadea en una zona industrial abandonada de las afueras. Su posible refugio.

No voy a esperar a que vuelva a atacar. Tampoco a que ella tenga otra pesadilla. Voy a dar el primer golpe.

Lili no tiene por qué cargar sola con la deuda de Silas. Victor pertenece a una tumba, y seré yo quien lo ponga ahí.

Regreso al escritorio y cierro la carpeta que contiene su fotografía. Victor Desrosiers cree que volvió para cobrar una deuda.

Se equivoca.

Volvió para que yo lo encontrara.

Pero encontrarlo no basta.

Ha convertido dos décadas de rencor en dinero, armas y hombres dispuestos a morir por él. No está preparando un ataque aislado contra The Onyx; está cerrando las salidas de Lili antes de ir directamente a por ella.

Mis fuerzas pueden defender Montreal o reforzar Quebec. No pueden cubrir ambos territorios y, al mismo tiempo, rastrear a un ejército de mercenarios entrenados en Europa del Este.

Aparto las carpetas y abro la línea privada del Priesthood. La pantalla parpadea y varias ventanas cifradas se abren a la vez, conectadas a puntos remotos del planeta.

Uno a uno, los rostros de mis socios llenan el monitor.