Tentando a un depredador (Priesthood 4) 20 Lili #3
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20 Lili #3

Me quedo con el aparato en la mano. Su voz se apaga despacio en mi cabeza. Pero algo ha cambiado en el aire de la oficina: ya no me siento sola frente a un enemigo sin cara.

El cuerpo me pide tregua. El piso privado de la sede está a dos plantas, conectado por un ascensor que solo cede ante mi huella. Llego arrastrando los tacones, con los huesos pesados como el plomo.

Pero la cama no es un refugio esta noche.

Es una trampa.

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Caigo hacia atrás a través de las décadas. Caigo en un espacio que intenté olvidar durante veinte años, un rincón que encerré tras el entierro de Silas y que juré no volver a tocar jamás.

Tengo cinco años en el recuerdo. Llevo mi vestido de terciopelo azul oscuro, el último regalo de mi madre antes de morir.

Unos zapatos de charol negro me aprietan los pies pequeños.

Estoy en el despacho antiguo de mi padre, esa catedral de poder con paneles de roble tallado y libros encuadernados en piel.

Pero no estoy sentada en su regazo.

Estoy escondida en la oscuridad.

Me metí en el hueco estrecho debajo de su escritorio para asustar a Silas en cuanto cruzara la puerta. Quería jugar al escondite como una niña normal durante cinco minutos.

Entonces la puerta se abre y golpea contra la pared de piedra con un estruendo que me asusta.

El aire cambia en un segundo. Huele a humo de puros baratos, a sudor rancio y a una colonia de mala calidad que se me queda pegada a la garganta. Huele a miedo. Al miedo de un hombre acorralado, un olor que yo no conocía y que no creía posible bajo el mando de mi padre.

—¡No puedes hacerme esto, Blackwood! —grita un hombre de pie frente a la mesa. Su voz sale aguda, histérica, rota por una desesperación que roza la locura—. ¡Es todo lo que tengo! ¡Puse hasta el último dólar en esos terrenos porque tú me garantizaste que me pondrías a cargo de ellos!

—Mi palabra vale exactamente lo que dice el contrato firmado, Victor —responde la voz de mi padre desde su sillón.

Hielo puro.

Ese tono que usaba Silas cuando iba a liquidar a un rival.

—Firmaste sin leer las cláusulas de la sociedad. O eras demasiado estúpido para entender en qué te metías. De cualquier forma, el control de la empresa es mío ahora, y los terrenos con él. Estás fuera. Tienes veinticuatro horas para desalojar a tus hombres.

—¡Tengo una familia! ¡Tengo una mujer y tres hijos en casa! ¡Me vas a dejar en la calle de la noche a la mañana, Silas!

—Deberías haber pensado en ellos antes de intentar jugar en mi mesa, Victor. Este negocio no es para aficionados.

Se escucha un golpe violento contra la madera. Algo de cristal grueso cae y estalla contra el suelo. Me encojo en mi escondite y me hago lo más pequeña posible. Hundo las uñas en mis propias piernas a través del terciopelo. Quiero desaparecer y que la tierra me trague.

Desde el hueco veo los zapatos del hombre. Son viejos, desgastados, sucios de barro seco del puerto. Las suelas se despegan en las puntas. Se pasea de un lado a otro frente al escritorio, inquieto, destrozado.

—Te vas a arrepentir de esto, Blackwood —le dice a mi padre.

Ya no grita; su voz ha descendido a un susurro sibilante, cargado de un veneno tan espeso que parece corroer el aire.

—Crees que eres intocable, ¿verdad? Crees que tus millones y tus soldados te protegen. Todo lo que sube termina cayendo por su propio peso. Y cuando caigas, Blackwood... me aseguraré en persona de que te rompas cada hueso del cuerpo. Cada uno.

—Sal de mi casa ahora mismo, Victor Desrosiers —sentencia mi padre con frialdad—. Antes de que llame a mis hombres y te saquen a rastras.

El hombre se detiene en seco. Los zapatos giran hacia el hueco del escritorio. Se agacha con una lentitud fantasmal, mete la cabeza y me ve en la oscuridad.

En mi sueño, el tiempo se congela bajo el mueble.

Sé que es un recuerdo deformado porque su rostro no está definido; es una mancha borrosa, gris, difuminada por el paso de las décadas. Mi mente de niña no guardó sus facciones. O quizá mi mente adulta las borró para protegerse.

Pero la expresión de sus ojos está ahí, perfectamente nítida. Pálidos, acuosos, inyectados en sangre por la furia. La mirada desorbitada de alguien que lo ha perdido todo en segundos.

Una sonrisa se dibuja en la mancha gris donde debería estar su boca.

—Tú también pagarás, pequeña princesa —susurra, con el aliento amargo a alcohol y desesperación contra mi rostro—.

Los pecados de Silas se heredan a los hijos.

Todos los Blackwood pagarán con sangre lo que me han robado.

Con la sangre de los suyos. Voy a esperar mi momento.

Tengo toda la paciencia del mundo. Y cuando creas que estás a salvo, cuando bajes la guardia por fin...

vendré a por ti. Puede ser en un año. Puede ser en veinte. Pero vendré a cobrar la deuda.

—¡Lili! —grita la voz de mi padre desde el sillón.

Se da cuenta de que estoy escondida, de que he escuchado cada palabra.

—¡Sal de ahí ahora mismo!

Pero el hombre se ríe en mi cara. Una risa seca, rota, sin pizca de humor. El sonido de la cordura que se quiebra.

—Tictac, pequeña princesa. Tictac. El reloj ya está en marcha para ti.

—¡No!

Me despierto con un grito que me desgarra la garganta.

Me incorporo de golpe, con la respiración desbocada. El corazón me martillea contra las costillas. Estoy empapada en un sudor frío que moja las sábanas. Se me enredan en las piernas y lucho contra la tela con un pánico ciego, primitivo, hasta que logro liberarme.

La habitación está sumida en una penumbra densa. Solo destaca el resplandor rojo del reloj digital de la mesilla: 4:33 a. m. La hora en la que el mundo está más oscuro, justo antes del amanecer.

Respiro por la nariz. El aire entra espeso, como si tuviera que pelear por cada bocanada. El sueño se deshace, las imágenes se vuelven humo, pero el terror se queda. Eso no se va.

Victor Desrosiers.

Un hombre al que he visto de pasada en galas benéficas, mediocre, sudoroso, intentando impresionar a los banqueros con trajes mal cortados. Nunca lo miré dos veces. Nunca lo puse en ninguna de mis cuentas.

¿Es posible que él sea la mano invisible?

«Voy a esperar... y cuando creas que estás segura...».

Veinte años. Más de veinte años desde aquel altercado.

¿Se puede odiar tanto tiempo? ¿Puede un hombre del montón convertirse en un monstruo si lo dejas fermentar en su propio rencor el tiempo suficiente?

Me levanto con las piernas tan rígidas que apenas soportan mi peso. Camino hacia el baño, las baldosas están frías bajo los pies descalzos. Me echo agua helada en la cara tres veces. El frío me arranca los fantasmas de encima, al menos durante un segundo.

Me seco la cara sin mirarme al espejo. No necesito verme para saber lo que hay ahí.

Cuando salgo del baño, la mano se me va sola al cajón de la mesilla y cierro los dedos alrededor de la culata de la Glock. Es lo que hace la jefa de The Onyx.

Y sigue temblando, como la niña del vestido de terciopelo azul.

Las pérdidas en las rutas. El incendio de Saint-Léonard, que se llevó justo los archivos con las licencias de la época de mi padre. Los papeles que probarían lo que Silas le hizo a Victor antes de quedarse con sus terrenos.

No es la competencia. No es dinero ni poder.

Podría estar equivocada. Un sueño no es una prueba, y un apellido a medio quemar tampoco. Pero el cuerpo me está gritando algo que la cabeza todavía no puede aceptar: sea quien sea, no viene por el negocio. Viene por el apellido.

Miro la puerta cerrada de mi habitación. Estas paredes siempre me parecieron impenetrables. Esta noche parecen de papel. Tengo todo el dinero en mis cuentas, un ejército dispuesto a matar por mí y a Nathaniel, el hombre más peligroso que conozco, respaldándome.

Y, aun así, vuelvo a tener cinco años. Vuelvo a esperar en la oscuridad a que el monstruo me encuentre.

Esta guerra no viene por mi territorio. No por mis millones. No por mi silla en la junta. Viene por una deuda de Silas que me toca pagar a mí.

Y sí: tengo miedo. No me molesto en negarlo a mí misma.

No vuelvo a cerrar los ojos en toda la noche. Ese zumbido en la base del cráneo no se calla. Es algo viejo que encontró el camino de vuelta a mi puerta.

El segundero avanza con una lentitud tortuosa y el amanecer se niega, terco, a abrirse paso en el cielo plomizo de Quebec.

A las cuatro y cuarenta enciendo el ordenador.

Si no voy a dormir, que al menos sirva de algo.

Abro el archivo del periodo de Silas y empiezo a levantar la lista que le prometí a Nathaniel: nombres, fechas, sociedades disueltas, litigios cerrados con dinero.

Cada línea que tecleo es un hombre al que mi padre arruinó, y hay más de los que pensaba.

4:45.

5:00.

5:15.

Cada ruido del edificio me sube los hombros de golpe. El crujido de las tuberías. El zumbido del aire en la galería. El viento del norte contra los ventanales. Cada vez levanto la vista hacia la puerta, y cada vez vuelvo al teclado.

Cuando el cielo empieza a clarear, tengo cuarenta y un nombres en la pantalla.

Uno de ellos aparece dos veces.

Tictac, pequeña princesa.

Veinte años después, el reloj sigue en marcha. Y yo acabo de oírlo por fin.