20 Lili #2
Tomo el primer informe de la pila. Ruta 401.
Un camión detenido durante seis horas por una inspección federal aleatoria.
Lo suficiente para que la carga de perecederos —la tapadera para los diamantes de Amberes— se echara a perder bajo el sol.
La pérdida fue de doscientos mil dólares.
Una cantidad que no nos llevará a la ruina, pero que deja una marca de debilidad ante los clientes.
Segundo informe. Almacén de Laval. Los rociadores contra incendios se activaron a medianoche sin que hubiera humo ni fuego, sin avería que lo justificara.
Inundaron exclusivamente la sección donde guardábamos las unidades con la contabilidad confidencial.
Quedaron inservibles. Perdimos tres años de registros de los pagos del puerto.
Levanto la vista. Esa sección no está señalizada. No aparece en ningún plano que salga del edificio.
—Alguien les dijo dónde apuntar la manguera —digo.
Lucien no lo niega. Solo aprieta la mandíbula, y entiendo que llevaba media hora esperando a que yo lo dijera en voz alta.
Tercer informe. Un inspector de aduanas que ha estado en nuestra nómina durante cinco años denunció de repente una de nuestras rutas secundarias.
Cuarto informe. Un incendio en un almacén viejo de Saint-Léonard, justo donde guardábamos documentación de hace dos décadas.
Quinto informe. Un testigo clave en un caso penal que cerramos hace un tiempo decidió, de repente, hablar con la Policía de Quebec.
—Hay algo más, Lili —dice Lucien antes de que pueda apartar la última hoja de ruta—. No lo incluí en el informe general porque parecía un accidente menor. Ahora ya no estoy tan seguro de que fuera al azar.
Levanto la mirada. Lucien se acerca al escritorio, toma una carpeta gris y la abre.
—El fuego en el almacén de Saint-Léonard no afectó a toda la documentación —explica, y señala los folios chamuscados—.
Tocó una sola hilera de archivadores antiguos.
No la contabilidad reciente de la firma.
Solo cajas del periodo de gestión de tu padre.
Litigios por terrenos, cesiones forzosas de muelles y adquisiciones del este.
Papeles que llevaban dos décadas acumulando polvo y que nadie había vuelto a abrir desde entonces.
Un frío repentino me recorre la espalda y se asienta en el estómago.
—¿Un fuego dirigido? —pregunto, y cada músculo de mi cuerpo acumula tensión.
—Eso creo. Y hay otra cosa.
Saca una fotografía tomada por el encargado antes de que acordonen la zona.
—Una de las cajas de cartón fue forzada antes del incendio. Como si alguien hubiera estado buscando un documento concreto de la época de Silas.
Extiende la imagen sobre la mesa. La estudio.
Cartón ennegrecido por el humo. Carpetas deformadas por el agua de los bomberos.
Un borde chamuscado donde todavía se distingue parte de una pestaña escrita a máquina hace veinte años.
No se lee el apellido completo. Solo unas letras negras comidas por el fuego.
«DESR...».
Se me cierra el estómago. No es una certeza, sino una sensación que había olvidado con el paso de los años.
—¿Eso te dice algo? —pregunta Lucien, y se inclina sobre el escritorio.
Tardo un segundo de más en responder. Demasiado, delante de él.
—No. No significa nada.
En otra parte de mí, lo significa todo.
Mi cabeza no reconoce ese nombre a medio quemar, pero el cuerpo sí, como si acabara de rozar una puerta que juré no volver a abrir.
Lucien recoge la fotografía sin dejar de estudiarme la cara.
—Puede no ser nada, jefa —dice con voz seca—. Simple vandalismo en un almacén viejo.
Pero los dos sabemos que las cosas que parecen no ser nada suelen ser las que terminan matándote.
—Si los miras por separado, es mala suerte —murmuro, y lanzo las carpetas sobre el escritorio—. El costo de hacer negocios.
—Pero si los juntas...
Lucien se acerca al cristal, donde ha marcado los incidentes con rotuladores de colores.
—Es un claro patrón. Alguien está erosionando los cimientos, Lili. Es un ataque calculado. Por eso mandé a Derek y a Hunter al norte, y Logan y Travis llevan días peinando las rutas secundarias. Cole está revisando las cuentas desde fuera de la sede, por si el problema también está en los libros.
Me paso una mano por la nuca. Los músculos protestan bajo el blazer. Tres noches sin dormir bien y el cuerpo me lo está cobrando. Necesito aire. Necesito a Nathaniel, y eso me molesta casi tanto como el problema.
Algo no encaja aquí, y no sé qué es. Me tienen a ciegas.
—¿Una nueva competencia? —pregunto, porque es la pregunta obligatoria.
—Los italianos están ocupados con sus bajas en Queens —afirma Lucien, y tacha un nombre en el cristal—.
Los rusos firmaron el acuerdo el mes pasado y están conformes con sus porcentajes.
El Consorcio no opera con esta paciencia.
Si quisieran tu cabeza, enviarían a un sicario, no mojarían tus servidores con un sistema de rociadores. Esto es personal.
—¿Entonces quién tiene el valor de atacarme?
La pregunta flota en el despacho.
Lucien abre la boca para responder, pero su teléfono vibra contra su costado. Observa la pantalla y su rostro se tensa aún más. Se disculpa con un asentimiento frío y sale de inmediato; la puerta cierra tras él con un clic suave.
Me quedo sola con las carpetas.
Es la peor sensación que conozco: estar en una partida sin ver dónde tiene el rival las piezas. No sé si me toca mover a mí o si ya me dieron jaque mate hace rato y todavía no me he enterado.
Mi teléfono personal se enciende sobre la madera y rompe el silencio. La pantalla muestra ese número de Montreal. Nathaniel.
Deslizo el dedo para abrir la línea.
—Cloutier.
—Lili —su voz grave atraviesa la línea—. Solo me llamas Cloutier cuando estás tensa y preocupada por algo.
—Porque lo estoy —admito sin vacilar, y me dejo caer contra el respaldo del asiento.
Mentirle no sirve de nada. Nunca sirvió.
—¿Problemas en el puerto?
Debería decirle que lo tengo todo bajo control. Debería colgar y arreglar las pérdidas, como he hecho en cada crisis desde que mi padre murió. Pero las paredes que levanté ya tienen grietas y estoy segura de que él sabrá encontrar a quien esté detrás de esto.
—Hay contratiempos en las operaciones —digo—. Pequeños. Consistentes. Sin firma clara. Alguien está jugando con mis muelles.
Una pausa larga. Escucho el sonido metálico de una puerta al cerrarse y el clic de un cerrojo. Acaba de dejar fuera a sus hombres para escucharme solo a mí.
Ese detalle, tan pequeño, me deja un hormigueo en el estómago.
—¿Qué tipo de contratiempos, Lili? —pregunta.
Su tono ha cambiado por completo. Ahora estoy hablando con el Diablo de Montreal.
Le cuento cada detalle. Los camiones detenidos, los rociadores de Laval, la pérdida de los archivos, el inspector que ha rechazado nuestro dinero. A medida que hablo, la presión del pecho cede.
Cuando llego al incendio de Saint-Léonard y a la caja forzada, se produce un silencio distinto al otro lado. Más corto. Más denso.
—Eso ya lo tenía —dice.
Me incorporo en la silla.
—¿Cómo?
—Ilya me avisó del fuego hace tres semanas. Le puse a rastrear quién forzó esa caja el mismo día.
Aprieto el auricular contra la oreja hasta que el plástico me duele en la mandíbula.
—¿Llevas tres semanas con esto y no me has dicho una palabra?
—Llevo tres semanas con una caja quemada y ningún nombre, Lili —su voz no se altera—. Eso no es información. Es ruido. Si te lo suelto en la primera semana, te obligo a mirar hacia atrás sin darte a nadie al que apuntar. Te conozco: no habrías dormido ni una noche.
—Esa decisión era mía, Cloutier. No tuya.
—Lo sé —admite, y esa concesión inmediata me desarma más que cualquier discusión—. Y por eso te lo estoy diciendo ahora, en cuanto tienes el resto del patrón. Grítame después. Primero terminemos de leer el mapa.
Me trago la réplica. Tiene razón en lo segundo, aunque no en lo primero, y los dos lo sabemos.
—Alguien te está acorralando en tu propio territorio —continúa—. No buscan una ejecución rápida. Quieren que sangres despacio. Quieren debilitarte antes del golpe final.
—Esa es mi conclusión —confirmo—. Es lo que le decía a Lucien.
—¿Revisaste las listas históricas? ¿Los fantasmas del pasado de Silas?
—Lucien está en eso. Pero no hay ninguna disputa reciente que justifique este ataque.
Nathaniel exhala a través del auricular.
—El odio antiguo no se disipa con los años, Lili. Al contrario. Se incuba en la oscuridad, se alimenta de sí mismo. Tu padre debió pasar por encima de muchas personas para llegar a la cima.
Tiene razón y eso no me consuela.
Silas aplastó a sus competidores y arruinó a otros para levantar The Onyx desde los cimientos. Yo heredé los muelles y los millones. También heredé sus deudas viejas. Nadie te avisa de eso cuando te sientas en el trono.
—Mi padre eliminó a todos sus rivales —murmuro, con la vista en las grúas—. La mayoría está bajo tierra o está arruinada.
—La mayoría no significa todos, Lili. Envíame la lista completa de nombres del periodo de Silas. Voy a poner a Ilya a cruzar los datos con los movimientos bancarios recientes. Si alguien salió de las sombras a buscar venganza, lo encontraremos. Tengo recursos que tú no manejas en este sector.
—No necesito que pelees mis batallas, Nathaniel —digo.
La oferta tienta mi orgullo más de lo que pienso dejarle ver.
—No voy a pelear tu batalla —su voz baja un grado, posesiva—. Voy a darte las herramientas para que la ganes tú. Hay una diferencia, Lili. Una que respeta quién eres ante tus hombres.
Sonrío sin querer. Maldito sea: encontró las palabras exactas. Respeta mi mando y, aun así, pone a sus hombres a cuidarme las espaldas. Es la diferencia entre un amo y un aliado, y él lo sabe.
—Acepto la ayuda. Te enviaré los archivos antiguos esta tarde, Cloutier.
—Y deja de llamarme Cloutier cuando tienes miedo —dice—. Solo piensa en mí. No es una sugerencia negociable.
Corta antes de que pueda replicar.