Tentando a un depredador (Priesthood 4) 20 Lili
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20 Lili

VEINTE

Lili

Han pasado tres semanas. Veintiún días exactos desde aquella noche en Montreal.

Nathaniel no desapareció después de esa madrugada. Hizo lo contrario: se metió en mi rutina y se quedó.

Primero fueron mensajes. Después, llamadas cortas entre reuniones. Su voz baja se colaba en medio del caos del día y, sin que yo lo decidiera, una parte de mí empezó a vivir pendiente del teléfono.

Lo odio.

También lo espero.

Hubo noches sin vernos en las que, aun así, lo tenía presente.

En el café negro que aparecía en mi mesa antes de una negociación.

En el coche oscuro esperándome a la salida de un almacén cuando el trabajo se alargaba.

En la costumbre estúpida de mirar la pantalla antes de dormir, esperando sus palabras para descansar.

Ocupó ese espacio sin pedir permiso. Así trabaja él: no llama a la puerta, ya está dentro cuando te das cuenta.

Y luego las otras noches.

Cenas que terminaban demasiado cerca de la cama. Conversaciones sobre los muelles que se convertían en confesiones que ninguno de los dos solía hacer en voz alta. Y algo que no esperaba: descubrí que podía quedarse callado a mi lado, sin pedir nada. Solo ahí, en la penumbra.

Su gemelo de plata sigue en el cajón de mi escritorio, junto a la Glock. No se lo he devuelto. Él no lo ha pedido. Los dos sabemos lo que significa que ninguno de los dos lo mencione.

Lo peligroso no fue el deseo. El deseo lo conozco; se puede controlar. Lo peligroso fue la costumbre. Que mi cuerpo aprendiera a reconocer su peso al final del día. Que dejara de tensarme al ver su número y empezara a inquietarme cuando la pantalla seguía apagada.

La distancia entre nosotros ya no existía. Sabía cuándo Nathaniel tenía un mal día o estaba cansado. También él podía leerme con la misma facilidad, lo cual era aterrador y maravilloso.

Antes, no le prestaba atención al tiempo; con tantas responsabilidades apenas miraba la hora. Ahora soy consciente de cada minuto que transcurre desde que cuelga la llamada hasta que nos vemos en persona. Mi piel se acostumbró al calor de sus manos y rechaza todo contacto que no sea el suyo.

Si esa no es una señal de lo hondo que he caído, no sé cuál lo sería.

——————✧◦♕◦✧——————

El jueves de la segunda semana llego a la fortaleza pasadas las once.

Nadie me anuncia. Los guardias del primer anillo levantan la barrera sin bajar la ventanilla y el hombre del vestíbulo me abre la puerta de roble y vuelve a su sitio sin preguntar adónde voy. Eso también es nuevo: hace un mes habría necesitado tres llamadas y una escolta para llegar hasta aquí.

Encuentro la puerta del despacho entornada.

Está trabajando. De espaldas a mí, con dos monitores encendidos y el pelo revuelto de pasarse la mano demasiadas veces. Hay un vaso de whisky intacto a su lado y la chaqueta está tirada sobre el respaldo del sofá donde hace tres semanas me arrancó los botones de la blusa.

No me oye entrar.

Y me quedo ahí, en el umbral, mirándolo.

Este hombre me vigiló durante meses. Compró al barista de mi cafetería.

Puso doce monitores en una pared para saber a qué hora me ducho.

Y ahora estoy yo en su puerta, mirándolo trabajar sin que se entere, y descubro que la vigilancia desde este lado tiene algo obsceno y algo tierno a partes iguales.

Dejo el abrigo sobre el sofá.

—Vas a arruinarte la espalda.

Se gira con esa velocidad que no encaja con un hombre de su tamaño. Y entonces me ve, y algo se relaja en su rostro: el gesto de alguien que llevaba horas esperando sin admitir que esperaba.

—No sabía que venías.

—Yo tampoco, hasta Trois-Rivières. —Rodeo el escritorio—. He conducido dos horas y media para no dormir sola. Puedes tomártelo como un halago o como un flanco en mi carácter.

—Lo tomo como sea. Lo que me importa es que estás aquí.

Va a levantarse.

Le pongo una mano en el hombro y lo empujo contra el respaldo.

—Quieto.

Se queda. Y esa es la parte que todavía no me acostumbro a ver: Nathaniel Cloutier, que no obedece a nadie, sentado y quieto porque se lo he pedido.

Le paso el pulgar por la mandíbula, contra la barba. Cierra los ojos un segundo.

—Estás cansado.

—Estoy bien.

—Mientes fatal.

—Solo cuando me importa el resultado.

Me subo a horcajadas sobre él y la silla protesta bajo el peso de los dos. Sus manos me encuentran las caderas por costumbre, sin buscarlas, y ese automatismo —que sus manos ya sepan dónde va cada parte de mí— me hace algo en el pecho que no pienso examinar esta noche.

Le desabrocho la camisa sin prisa. Botón a botón, mirándolo, porque ya no hace falta arrancar nada.

—¿Vas a contarme qué pasa en el norte?

—No.

—Lili.

—He venido a otra cosa.

Le abro la camisa del todo y le paso las manos por el pecho, por la cicatriz que le cruza el pectoral derecho y de la que todavía no me ha contado el origen.

Él me deja hacer. Aguanta con la mandíbula apretada y las manos quietas en mis caderas, dejándome el mando, y sé lo que le cuesta porque no es un hombre que ceda el control.

—Puedes tocarme —le digo.

—Estoy disfrutando de la vista.

—Cobarde.

—Solo soy paciente.

Me inclino y le muerdo el labio inferior. No es un beso: es una advertencia, y él responde subiendo las manos por mi espalda por debajo del jersey, lo que me provoca un escalofrío.

—Eso es trampa —jadeo.

—Es una advertencia. Sé en qué áreas eres sensible.

Y sí lo sabe. En tres semanas ha catalogado mi cuerpo con la misma minuciosidad con la que audita un puerto: sabe que el punto bajo la oreja me enloquece, que si me pasa los nudillos por la cara interna del brazo se eriza cada vello de mi cuerpo, que no soporto que vaya despacio y que por eso va despacio.

Le desabrocho el cinturón.

Nathaniel suelta el aire entre los dientes cuando lo saco del pantalón y lo rodeo con la mano. Está duro desde que he cruzado la puerta, probablemente desde antes, y esa constatación me da un poder que no se parece a ninguno de los que he heredado.

—Lili...

—Ahora te toca a ti quedarte quieto.

Me subo la falda hasta la cintura, aparto el encaje a un lado y me hundo sobre él sin más ceremonia.

Los dos nos quedamos sin aliento a la vez.

No hay preguntas. No hay «¿estás bien?» ni «dime que pare». Eso se acabó hace tres semanas y no lo echo de menos: hemos llegado al punto en el que ya no hace falta pedir permiso porque los dos sabemos lo que el otro quiere y hasta dónde puede llegar.

Me muevo despacio, buscando el ángulo, y cuando lo encuentro, gimo su nombre.

—Ahí —gruñe—. No cambies nada.

Le sujeto la cara con las dos manos y hago exactamente lo que me pide.

La silla cruje. Los monitores siguen encendidos detrás de nosotros con las columnas de un informe de aduanas que nadie va a leer esta noche. Le clavo las uñas en los hombros y él me sube el jersey y baja la boca al pecho, y ahí pierdo el ritmo que tan bien llevaba.

Sus manos vuelven a mis caderas y toman el mando sin pedirlo.

Se lo dejo. Porque conmigo puede, y porque quiero.

Me levanta lo justo para girarnos, me sienta en el borde del escritorio, de un empujón que tira dos carpetas al suelo, y entra otra vez, más hondo, y me tapa la boca con la suya cuando grito porque toda esta planta está llena de sus hombres.

—Deja de taparme —consigo decir.

—Que te oigan, entonces.

Y me sostiene ahí, entre los informes y el vaso de whisky que nadie se ha bebido, hasta que me vuelvo añicos con las piernas alrededor de su cintura y él se deja ir dos segundos después, con la cara escondida en mi cuello y mi nombre dicho como una plegaria.

Nos quedamos así un rato largo. Yo sobre el escritorio, él de pie entre mis piernas, los dos respirando mal y sin prisa alguna por movernos.

Después me lleva a la cama.

Y ahí, con la luz apagada y su brazo alrededor de mi vientre, es cuando me lo pregunta otra vez.

—El norte.

—No es nada.

—Llevas tres días durmiendo cuatro horas.

—¿Y tú cómo sabes cuántas horas duermo?

—Porque las cuento.

Debería enfadarme. Hace un mes le habría prohibido el acceso a mi casa y habría cambiado todos los códigos.

—Son unos cuantos contratiempos operativos —digo—. Solo es alguien tratando de ganar mi atención.

Es mentira, y él lo sabe. Lo noto en el silencio que deja antes de contestar y en cómo me pega un poco más a su cuerpo.

—Cuando sea algo, me lo cuentas.

—Cuando sea algo.

No insiste. Ese es su truco, el que no vi venir: no me arranca nada. Espera. Y esperando consigue de mí lo que nadie ha conseguido a la fuerza en dos años.

Me duermo sobre su pecho, pensando que llevo tres semanas sin revisar la cerradura antes de acostarme.

——————✧◦♕◦✧——————

Estoy de pie en el centro de mi oficina, en lo alto de la torre Blackwood. Esta mañana, incluso el edificio se siente viciado. Hay algo en el aire que no me gusta, una tensión que se cuela por debajo de las puertas.

No es pánico. Todavía no. Mis hombres saben que algo está afectando nuestras operaciones, pero ninguno ha logrado ponerle nombre. Y no puedo ordenarles que ataquen una amenaza que aún no vemos.

Camino hacia el escritorio de caoba. Los informes se apilan sobre la madera; cada folio, un recordatorio de que estamos perdiendo dinero. Mis tacones golpean el suelo con un ritmo seco que normalmente me centra, pero hoy solo me clava un zumbido en la base del cráneo.

—Esto es inaceptable, Lucien —digo, y mi voz suena cortante.

Lucien permanece de pie junto al ventanal. Observa las grúas que se mueven bajo la aguanieve gris. Se gira con lentitud. En su rostro, habitualmente impasible, las líneas de tensión revelan la falta de respuestas.

—Los números del norte están en rojo, Lili —admite, y se cruza de brazos—. No es una pérdida masiva como para alertar al consejo de inmediato. Es un goteo constante que se acumula en los libros.