Tentando a un depredador (Priesthood 4) 18 Lili #2
65%

18 Lili #2

—Te estoy protegiendo, Lili. Es mi obligación, ante el legado de tu padre, asegurarme de que la jefa de Quebec no se entregue voluntariamente al enemigo.

—El encuentro con Cloutier se extendió más de lo previsto —respondo con voz firme y fuerzo la mentira—. Hubo negociaciones que requerían privacidad y tiempo. No hay nada más que debatir.

Lucien arquea una ceja, los ojos fijos en mi rostro. No cree una sola palabra. Se inclina sobre la madera. Su mirada desciende directamente hacia la base de mi cuello, a la marca violácea que asoma por debajo de la seda.

—Espero que hayas obtenido condiciones favorables para el puerto, Lili. Porque en este negocio, cuando uno duerme con el enemigo, despierta con un cuchillo hundiéndose en la garganta.

—Nadie me ha puesto un cuchillo en la garganta, Lucien. Sé defenderme sola.

—Todavía no —murmura, y se endereza—. Hay un desfase en las transferencias desde Amberes. Necesito que revises las hojas de carga antes de la junta con los franceses.

Deja la carpeta sobre el escritorio con un golpe sordo. Antes de retirarse, se detiene un segundo en el umbral, de espaldas a mí.

—Ten cuidado, Lili. Ese hombre es fuego puro, y si te acercas demasiado, te vas a quemar. Esta organización no va a sobrevivir si su líder pierde la cabeza por un Cloutier.

Se marcha y cierra la puerta con fuerza. Me quedo sola en el silencio denso de la oficina.

Me llevo dos dedos a la base del cuello. No para taparla ni para comprobar si se nota bajo la seda. Presiono la marca hasta que el dolor sordo me sube hasta la mandíbula.

Sigue ahí. Eso es lo único que quería confirmar.

Si tan solo fuera una distracción pasajera, no tendría esta opresión en el pecho. Si fuera solo sexo de una noche, podría esconderlo en lo más profundo de mi mente, pero sé que la realidad es otra.

«Eres mía».

Sé que es real. Y sé que mi intento de racionalizar el encuentro como una maniobra táctica ha fracasado.

Mi teléfono vibra sobre la madera del escritorio. El zumbido me da un vuelco en el pecho y me tensa los hombros de golpe. El corazón me late deprisa.

Observo la pantalla. No hay ningún nombre guardado, por seguridad, solo un número de Montreal que conozco de memoria.

Tomo el aparato con las manos rígidas.

«Desconocido: Me desperté y el lado izquierdo de la cama estaba frío.

El lado en el que estabas apoyada hace unas horas, Lili.

Tu olor sigue impregnando las sábanas y tu calor permanece en el colchón.

La próxima vez no podrás huir tan fácilmente.

Tienes suerte de que Ilya me tenga retenido en una junta; de lo contrario, iría hasta Quebec para buscarte ahora mismo».

Leo el mensaje una vez, con el aliento contenido. Lo leo una segunda vez y me detengo en cada palabra.

Una sonrisa involuntaria, fuera de lugar, se dibuja en mis labios.

El calor me sube desde el pecho, trepa por mi cuello y se asienta en las mejillas.

Es ridículo. Soy la jefa de la organización criminal de Quebec, una Blackwood que maneja armas y ha ordenado muertes, y estoy sonriendo ante una pantalla en mi oficina.

Escribo una respuesta antes de que mi lado racional, ese traidor que intenta levantar nuevos muros, pueda frenar mis dedos sobre el teclado.

«Yo: Tengo un negocio que gestionar, Cloutier. Un puerto que no se maneja solo desde una cama. A diferencia de otros que pueden ausentarse por una noche, yo tengo que firmar las rutas de los contenedores esta mañana. Y no me escapé de tu casa; eso fue un repliegue estratégico necesario».

Mis dedos dudan un segundo antes de tocar el botón de enviar. El instinto me grita que borre el mensaje, que no conteste a su provocación y mantenga la distancia profesional que Silas me enseñó a mantener ante los rivales.

Envío el mensaje.

—¿Qué demonios estás haciendo, Lili? —me susurro en la soledad del despacho, y mi propia voz suena fantasmal—. ¿En qué desastre te estás metiendo?

Pero ya conozco la respuesta. Era demasiado tarde para retroceder; Nathaniel ya estaba en mi cabeza y no quería seguir huyendo.

La vibración del teléfono es casi instantánea. Nathaniel no espera un solo minuto; ese hombre nunca ha sabido lo que significa esperar.

«Desconocido: Dejaste tu marca en mis sábanas, Lili.

Ese aroma a lirios que te es propio. Y eso es una promesa de retorno que voy a cobrar.

Trabaja duro hoy. Concentra esa mente brillante en los contenedores de The Onyx.

Te veo pronto. Y la próxima vez no saldrás de esa cama hasta que yo lo decida».

«Te veo pronto».

No es una pregunta de cortesía ni una invitación negociable. Es una promesa.

Camino hacia el gran ventanal que domina el puerto. Abajo, los contenedores de carga se apilan en torres grises, indiferentes, eternos bajo la llovizna. Las grúas mueven las barcazas bajo el cielo plomizo. El viento del norte golpea el cristal con fuerza.

Me abrazo a mí misma y tenso los dedos sobre la tela fina de mi blusa.

Tengo que dejar de mentirme.

Es una verdad que me ahogará si la sigo evadiendo. Ya no puedo fingir ante Lucien que esto es un juego o una estrategia para mantener al enemigo vigilado. He cruzado una línea de la que no hay retorno. Lucien lo sabe tras ver mi cuello. Nathaniel lo sabe. Y, lo que es peor, yo también lo sé.

Observo mi reflejo en el cristal húmedo. Veo a la jefa implacable, la mujer intocable que la vieja guardia respeta. Las líneas de mi rostro se endurecen; mi expresión se cierra, fría e indiferente. Pero bajo esa superficie de hielo veo algo que nunca debería mostrar ante mis soldados: el miedo.

No es solo una atracción física que pueda saciarse en una sola noche.

Es una alteración real. Nathaniel no tocó simplemente mi cuerpo anoche; alcanzó la única parte de mí que juré, junto al lecho de mi padre moribundo, que nadie tocaría jamás.

Y lo más aterrador es que no tengo el menor impulso de expulsarlo de mi cabeza. Quiero que se quede.

He pasado años construyendo estos muros y me he transformado en la reina de hielo, la que no se quiebra ante las amenazas ni cede un palmo de terreno para que nadie vuelva a herirme. Y Nathaniel Cloutier no escaló esas murallas. Simplemente caminó a través de ellas como si no existieran.

Reconocer esa debilidad me duele.

El afecto, en nuestro mundo, abre una debilidad crítica, un punto blando donde los rivales clavan el cuchillo. Entregarle mi atención a Nathaniel Cloutier es poner el detonador de mi organización en sus manos. Una sola palabra suya, una traición en el peor momento, me destrozaría.

Pero, mientras observo la inmensidad gris del río San Lorenzo, con sus palabras grabadas en la mente, me doy cuenta de algo que cambia la situación.

No voy a huir de sus mensajes. Estoy agotada de correr para levantar muros que él derriba en un solo encuentro. Si esto es una caída, caeré de frente. Si es una guerra, pelearé con todo. Pero lo haré a su lado, compartiendo el mismo espacio.

Ya no somos dos organizaciones enemigas en colisión inminente. Somos algo mucho más peligroso. Él me necesita cerca, cada caricia, beso y mirada es una prueba de ello. Sentí la urgencia de su tacto. Y yo lo necesito a él en mis noches, necesito su oscuridad porque comprende a la perfección la mía.

Soy suya.

Y él es mío.

La comprensión se asienta en mi estómago, pesada, inamovible.

Golpean la puerta con insistencia. El sonido rompe el silencio.

—Lili —es la voz de Lucien desde la galería, impaciente—. Tenemos a los socios de Marsella en la línea dos, a la espera de la firma del contrato. El consejo exige tu presencia de inmediato.

Sus palabras llegan amortiguadas por el blindaje de la puerta. Pero yo solo puedo pensar en qué momento Nathaniel Cloutier se convirtió en mi mayor debilidad. Y peor aún para mi orgullo: ¿en qué momento dejó de importarme el riesgo de la caída?

Inspiro hondo.

Me aliso la falda de tubo con un movimiento firme. Levanto la barbilla ante el cristal. Compongo mi coraza habitual. La jefa de Quebec está de regreso en el trono, al menos ante los ojos de los soldados y del mundo exterior.

—Voy de inmediato —respondo con voz segura y recupero el tono de mando.

Camino hacia el escritorio, hacia el teléfono corporativo que parpadea, hacia el negocio familiar que exige mi alma cada mañana. Pero, antes de levantar el auricular para hablar con Marsella, recuerdo el gemelo y la camisa que llevan el nombre del que fue mi enemigo sobre la cama de mi habitación.

Y por primera vez en mi vida, la promesa de un Cloutier no me suena a amenaza.

Me suena a plazo.