18 Lili
DIECIOCHO
Lili
Noto el cambio en el cuerpo antes de abrir los ojos.
No hay una sacudida, ni ruido, ni estallido en las calles. Solo silencio. Uno distinto a los demás; uno que indica que todo ha cambiado.
Siempre duermo con un ojo abierto, los músculos en tensión constante y el oído alerta.
Espero el ataque, la traición de la vieja guardia o la llamada nocturna que anuncia pérdidas en los muelles.
Pero este despertar es diferente. Mis extremidades pesan sobre el colchón. No es cansancio; es saciedad.
Abro los ojos despacio. La luz del amanecer se filtra por las rendijas de las cortinas pesadas, en un tono gris azulado.
Son las seis y media de una fría mañana de invierno.
El aire de la habitación está frío. Veo mi propio aliento formar una nube efímera.
Pero mi piel arde bajo las sábanas de seda oscura.
Giro la cabeza sobre la almohada. La realidad de las últimas doce horas me cae encima: Nathaniel.
Duerme a mi lado. El temido Diablo de Montreal yace bocabajo, con un brazo pesado extendido sobre mi cintura. Su ancha espalda guarda un mapa de cicatrices, evidencia de que su camino a la cima no ha sido fácil, pero ahora muestra una quietud que me desconcierta.
Me incorporo sobre las sábanas, me apoyo en los codos y me muevo con lentitud.
Ignoro el tirón en mis muslos, la sensibilidad de mi piel que retiene el contacto de sus manos.
La seda se desliza por mi torso. No me cubro.
Necesito el contraste del frío para apaciguar el recuerdo de sus manos calientes sobre mi cuerpo.
Lo observo dormir. Sus facciones, siempre rígidas, ahora están relajadas; el ceño fruncido pierde tensión y sus pestañas descansan sobre los pómulos.
Está en paz en su propia fortaleza. Esa quietud es mía; la provoqué yo con mis propias manos.
Su arrogancia habitual debería alarmarme.
En cambio, noto una corriente que me tensa el vientre.
Anoche no hubo acuerdos plasmados por escrito.
Fue una entrega mutua, cruda y hostil. Me dejó desprovista de mucho más que la blusa de seda; me arrancó las capas de cinismo que tardé años en construir.
Y ahora, al mirarlo en la quietud de su santuario, siento el impulso involuntario de inclinarme hacia su costado, de buscar calor en el hueco de su cuello y dejar que el mundo se queme afuera.
«No. No puedes ceder a eso, Lili. Tienes una organización que dirigir».
La advertencia de mi propia cabeza suena estruendosa en el silencio del cuarto. Me obligo a salir de la cama. Mis piernas protestan de inmediato, tiemblan con un leve espasmo, y sé que no es por el frío.
Busco mi ropa por el suelo y me encuentro con el problema.
La blusa está donde él la tiró, sin un solo botón. La falda tiene la costura abierta desde la cadera. Nada de eso me sirve para cruzar un vestíbulo lleno de sus hombres.
Abro su vestidor.
Doce camisas blancas idénticas, colgadas en fila y planchadas con una precisión que da un poco de miedo. Descuelgo una. Me la pongo, me subo las mangas y me abrocho el blazer hasta el último botón.
Me visto en silencio, cada prenda que abrocho es una capa de protección que intento recuperar, pero sé que es inútil, porque huelen a él y cada roce sobre mi piel sensible acelera mi corazón.
Frente al espejo del tocador, no veo a la Lili Blackwood de siempre, sino a una mujer radiante con las pupilas dilatadas y los labios enrojecidos.
Y, en la base del cuello, justo sobre la clavícula, una marca violácea bien definida. Su marca.
«Mía», me exigió él contra el colchón.
Y yo afirmé que lo era.
Me estremezco bajo el abrigo. Aparto los ojos del cristal.
Salir de esta habitación se siente como abandonar el único refugio que me quedaba. Nathaniel me ha marcado con algo más que un chupetón. Lo ha hecho con un deseo implacable, con una intimidad emocional que me aterra más que cualquier otra cosa.
Echo una última mirada a la cama antes de abrir el pasador. Nathaniel se mueve entre las sábanas. Su mano derecha tantea el espacio vacío donde yo estaba apoyada y busca mi calor. Sus facciones se tensan, incluso en el sueño, contrariadas.
Se me corta el aliento a mitad de la respiración.
Tengo que marcharme de inmediato. Antes de que abra los ojos. Antes de que su atención me atrape y quiera volver a la cama con él.
Giro sobre mis talones. Salgo al pasillo. La puerta de madera se cierra a mi espalda con un clic suave, definitivo. Pero sé que esto no es un final. Es el comienzo del conflicto real.
La autopista hacia el norte se desdibuja bajo el aguanieve.
Mantengo la vista en la carretera y aprieto el volante hasta que me duelen los dedos.
Si aflojo la mano, sé que terminaré llevándola al cuello, al sitio donde Nathaniel dejó la prueba de que anoche crucé una frontera que ya no puedo fingir que existe.
Quebec despierta con su ritmo gris e indiferente. Todo sigue igual en mis calles.
Mi perfume todavía se mezcla con el suyo. Bajo la ventanilla, el aire gélido entra en el coche y me azota la cara.
Es inútil. El frío arrastra su olor fuera del coche, pero no consigue borrar lo que recuerdo.
Meto la mano en el bolsillo del abrigo para buscar la tarjeta de acceso y mis dedos tropiezan con algo pequeño y frío. Metal pulido, con un peso mínimo.
Un gemelo de plata.
Lo saco a la altura del volante y lo miro un segundo antes de volver a la carretera. No recuerdo haberlo recogido. Debió de caer al suelo del despacho cuando él se quitó la camisa, y yo lo guardé al vestirme en la oscuridad, sin registrar el gesto.
Debería tirarlo por la ventanilla al río.
Lo devuelvo al bolsillo.
Llego a la torre Blackwood, sede de The Onyx. La mole de acero y cristal se alza frente al agua gris del San Lorenzo, imponente, fría.
Mi base.
Aquí soy la ley absoluta y nadie de la vieja guardia osa cuestionar mis órdenes.
O eso pretendo demostrar esta mañana ante la junta.
Antes de dirigirme a mi oficina, paso por mi habitación en el último piso.
Cuando termino de trabajar demasiado tarde paso la noche aquí, así que siempre tengo un par de mudas de ropa.
Me cambio rápidamente y trato de parecer lo más decente posible, para tratar de ocultar lo que estuve haciendo las últimas horas.
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Subo al ascensor privado hasta la planta ejecutiva. Las puertas de acero se abren en silencio. El ambiente cambia de inmediato. Aquí no huele a sexo ni a él. El aire huele a cera para muebles, a café cargado y a papel oficial. Este lugar me reconfortaba, pero ahora me asfixia.
Camino por la galería de moqueta densa. El taconeo rítmico de mis zapatos resuena. Saludo a mi secretaria con un asentimiento frío mientras paso de largo.
—Buenos días, señorita Blackwood. Tiene los informes de aduanas listos en su escritorio. El señor Lucien la espera para la firma del trimestre.
—Que nadie cruce esa puerta a menos que ocurra una crisis de nivel rojo en los muelles —sentencio sin detener la marcha.
Entro en mi oficina, ese entorno cerrado de madera oscura y ventanales inmensos que dominan el puerto. La luz gris del invierno invade el cristal, sin calidez. Al cerrar la puerta a mi espalda, el sonido del cerrojo es definitivo. Me apoyo un segundo contra la madera y cierro los ojos.
«Respira despacio, Lili. Eres una Blackwood. Nadie puede quebrarte. Nadie».
Me dejo caer en la silla de cuero de mi escritorio.
Un asiento cómodo, familiar, el mismo lugar desde donde he firmado órdenes que han costado vidas.
Me obligo a actuar con normalidad, como si mi piel no ardiera, como si mi cuerpo no recordara cada caricia, cada beso y cada embestida.
Comienzo a ordenar las carpetas, alineo los bordes de los folios con una precisión que roza lo obsesivo.
Cada documento en su sitio. Busco en la simetría de los objetos el control que perdí anoche.
Intento convencerme de que esto fue solo un intercambio físico, un medio de escape para disminuir la tensión acumulada.
La tensión se había convertido en una distracción peligrosa, una neblina que entorpecía mis sentidos.
Ahora que he saciado esa curiosidad, ahora que sé cómo responde su cuerpo y cómo sabe su boca, la obsesión debería desaparecer.
Debería poder mirarlo de nuevo como un simple obstáculo.
Asiento para mis adentros y obligo a mi mente a aceptar la lógica de mi propia mentira.
Sin embargo, los números bailan en la pantalla. No tienen ningún sentido. Son abstracciones que no pueden competir con la memoria visceral de su piel contra la mía, con el peso de sus brazos sujetándome las caderas contra las sábanas.
Entonces, el sonido de la puerta al abrirse de golpe y sin previo aviso hace añicos mi construcción mental.
Lucien aparece en el umbral con el rostro rígido. Lleva un traje oscuro y sostiene una carpeta en la mano izquierda.
—Llegas tarde —dice, y cruza la estancia con paso firme.
—Tuve un contratiempo en la carretera —miento sin pestañear, enciendo el ordenador y ruego que no note la rigidez de mi cuerpo.
Lucien entra del todo y empuja la puerta a su espalda.
El sonido de la madera al encajar es más pesado de lo habitual.
Se acerca al escritorio y me observa con esa atención analítica que lo caracteriza.
Me estudia la cara; nota la ausencia de mi maquillaje inmaculado y ese brillo febril en mis ojos.
—Un contratiempo —repite, y saborea el término con severidad—. El registro de tu vehículo marcaba que pasaste la noche entera en Montreal, con Cloutier.
Me quedo completamente inmóvil, con el bolígrafo suspendido en el aire. Por supuesto que Lucien tiene los datos del GPS de mis coches.
Levanto la vista. Lo enfrento con la barbilla en alto y sostengo el peso de su acusación.
—Te di la ubicación por seguridad, Lucien. No para que me llevaras la cuenta de las horas.