17 Nathaniel
DIECISIETE
Nathaniel
No hay pausa entre el sofá y el umbral.
Cruzo con ella en brazos y cierro con el talón. El pasador encaja con un golpe sordo y el resto del mundo queda al otro lado.
Nadie ha entrado nunca aquí. Ni una respiración que no fuera la mía entre estas paredes.
Ahora huele a lirios.
La dejo sobre la cama.
Me quemó el ring. Y ahora está tumbada en lo que puedo decir que es realmente mío.
Las sábanas de seda gris oscuro se le pegan a la espalda y el contraste bajo la luz de las brasas es brutal: la blusa abierta sin un solo botón, la falda subida y rasgada en la costura, el encaje intacto. Medio vestida y del todo mía, y todavía no la he tocado como pienso hacerlo.
Me quedo de pie junto al colchón.
Soy demasiado grande. Demasiado fuerte. Un movimiento mal calculado y le hago daño de verdad, y esa idea me hiela la sangre un segundo entero.
—Hermosa —digo.
La palabra me raspa la garganta. Es corta, torpe, insuficiente para lo que tengo delante. Pero cualquier otra cosa que quiera decir lleva dentro una palabra que todavía no puedo soltar sin perderla.
—Nathaniel...
Mi nombre se le rompe en la última sílaba, y no es miedo. Sube las manos y me agarra de la camisa para atraerme.
Ese tirón termina con lo que me quedaba.
Me inclino sobre ella y le cubro el cuerpo con el mío, con los antebrazos sobre el colchón.
—Si te hago daño, dímelo —le digo con la boca en su cuello, donde siento su latido—. Paro en el acto.
—No vas a hacerme daño. —Enreda dedos en mi cabello y cierra el puño—. Y no pares. No te lo permito.
Le arranco lo que queda de la blusa. Los tirantes del encaje bajan por los hombros y cuando por fin la tengo desnuda de cintura para arriba, me obligo a parar y mirarla, porque llevo semanas construyéndome esto en la cabeza y me he quedado corto.
Bajo la boca hasta su pecho.
Lili se arquea con un sonido que sale de algún sitio muy hondo, y ese sonido me reorganiza entero.
Uso la lengua. Uso los dientes con cuidado.
Aprendo dónde se acelera la respiración y vuelvo ahí a propósito, otra vez, y otra, hasta que me tira del pelo y no sé si me está pidiendo que siga o que pare.
—¿Te gusta esto?
—Sí...
—¿Y esto?
Repito el movimiento más despacio y ella deja escapar un gemido bajo.
Le quito la falda rota y el encaje. Y cuando queda desnuda del todo sobre las sábanas oscuras, con las piernas abiertas y el pelo desparramado, yo —que he apuntado a la cabeza de un hombre a quemarropa sin que me temblara el pulso— tardo tres segundos en moverme.
—Estás mirándome demasiado —dice.
—Llevo meses haciéndolo. Ahora puedo hacerlo bien.
Le paso la mano abierta desde la garganta hasta el vientre y ella se estremece entera bajo la palma. Sigo bajando. Cuando la toco por primera vez está empapada, y el sonido que suelta al notarme se me queda grabado para siempre.
—Joder, Lili.
—Otra vez.
Se lo doy. Un dedo, después dos, la palma apoyada sobre su clítoris y ella se abre y empuja contra mi mano, me dice cosas contra la boca que mañana negará haber dicho.
Me arrancó el ring y me dejó sin sitio donde vaciar la violencia. Este es el único que queda y llevará su nombre.
—Quítate la ropa —jadea—. Ya.
Me incorporo y me desnudo con dos movimientos rápidos. Cuando vuelvo, su mano me encuentra antes que yo a ella y me sujeta con una decisión que me arranca un gruñido contra su cuello.
—Así que era esto —murmura—. Todo este tiempo.
—Todo este tiempo.
Le sujeto la muñeca y se la aparto, porque como siga un minuto más esto se acaba antes de empezar.
Y entro en ella.
Despacio. Muy despacio, apoyado en los antebrazos, con la frente contra la suya, dejándola llegar. Lili contiene el aire y me clava las uñas en los hombros, y me quedo quieto, aunque el cuerpo entero me esté pidiendo lo contrario.
—¿Bien?
—Sigue.
Empujo hasta el fondo y ella suelta el aire con un gemido roto que se me mete debajo de la piel.
Y el mundo se para.
Nos quedamos así. Unidos, sin movernos, respirándonos. Nunca he estado tan dentro de nadie ni me he sentido tan acompañado.
—Mírame —pide.
Abro los ojos. No sabía que los tenía cerrados.
—Estoy aquí. —Me sube las manos a la cara y me acuna la mandíbula con los pulgares sobre la barba—. Contigo. Te elijo a ti.
Esa frase me atraviesa el pecho como un disparo.
En mi organización los hombres me obedecen por miedo o por instinto. Me respetan por la cantidad de traidores que puedo hacer desaparecer en el San Lorenzo. Nadie elige por gusto al hombre que maneja los hilos de esta ciudad.
Ella sí.
Y ese acto de voluntad me destroza más que cualquier amenaza que me hayan hecho nunca.
La beso y empiezo a moverme.
Al principio es un ajuste de ángulos y de peso y de respiraciones que no encajan. Después encontramos la cadencia. Seca. Profunda. Húmeda. El sonido de los dos cuerpos llenando una habitación que en quince años solo ha conocido el silencio.
Lili me muerde el hombro para no gritar.
—Aquí puedes —le digo al oído.
Y grita.
Es el sonido más nítido que se ha oído entre estas paredes, y lo he sacado yo.
—Mía —gruño contra su cuello y la muerdo suavemente—. Di de quién eres.
—Soy tuya. —Me clava las uñas en la espalda y las desliza hacia abajo. La pequeña sensación de dolor aumenta mi excitación, si es que eso es posible. Esta mujer me tiene completamente loco—. Siempre tuya. Y tú eres mío, Nathaniel. Solo nosotros dos.
No es rendición.
Es un acuerdo.
La levanto sin salir de ella y la subo encima. No protesta. Se coloca sola, se hunde despacio hasta el fondo y echa la cabeza atrás, y verla ahí —el pelo cayéndole por la espalda, las manos abiertas sobre mi pecho, marcando ella el ritmo— es lo que va a matarme.
—No te muevas —jadea.
Obedezco. Yo, que no obedezco a nadie, acato su orden.
La sujeto de las caderas, pero es ella la que sube y baja, la que decide, la que me está usando para alcanzar el clímax. Veo temblar sus muslos y la sensación recorre el resto de su cuerpo.
—Nathaniel...
—Lo sé.
—No voy a poder...
—No te corras, ma proie.
—No puedo...
—Sí, puedes. —Le paso el pulgar por el labio inferior—. Conmigo. Aguanta un poco más y vamos juntos.
Aprieta los dientes y aguanta. La sujeto por la cintura y empujo hacia arriba a su ritmo, buscando el ángulo, y cuando lo encuentro, deja escapar un grito que estoy seguro de que toda la fortaleza habría escuchado si la habitación no estuviera insonorizada.
La sostengo ahí. Diez segundos. Quince. Con todo el cuerpo pidiéndome que lo deje ir.
—¡Ahora!
Y nos corremos al mismo tiempo.
Sus paredes me aprietan, gime mi nombre, lo que alarga mi orgasmo, y entierra sus uñas en mi pecho. Esa presión, ese temblor y esa cara terminan conmigo. La aprieto contra mí y me vacío dentro de ella con un gruñido que no reconozco como mío.
Lili se derrumba sobre mi pecho.
Nos quedamos así, todavía unidos, sudados y sin aire, mientras su corazón golpea contra mi pecho buscando un ritmo que ninguno de los dos recuerda.
——————✧◦♔◦✧——————
Cuando mi corazón recupera ligeramente su ritmo, la muevo conmigo y la acomodo contra mi costado.
Y ella se deja.
Está agotada. Tibia. Abierta todavía, en una confianza que me resulta más peligrosa que cualquier arma que me haya apuntado.
Apoya la barbilla en mi pecho, deja la mano abierta sobre una cicatriz que tengo del lado derecho y enreda sus piernas con las mías.
—¿Estás bien?
El tono que utilizo me resulta ajeno, completamente diferente al que uso con mis hombres.
—Mejor que bien.
—¿Te he hecho daño?
—No. —Levanta la cabeza lo justo para rozarme los labios—. Estuviste perfecto.
Perfecto.
Nadie ha usado nunca esa palabra conmigo. He sido eficiente. Letal. Calculador. Sanguinario cuando el consejo necesitaba una demostración. Pero perfecto es para hombres que no dejan muertos en cada paso que dan.
Y, sin embargo, esto es distinto. Ella es distinta.
Todo lo que hubo antes fue ruido, tiempo muerto entre esto y yo.
Y yo soy otro con ella: más expuesto, más fácil de matar, más real que en quince años.
Cada vez que la he tocado esta noche, no he estado buscando placer; he estado diciéndole algo que no sé decir de otra manera. Te veo. Te conozco. Te necesito.
Esto no es solo sexo. Con ella, nunca podría haberlo sido.
La quietud regresa a la habitación, pero ya no es la del aislamiento. El fuego se ha apagado casi del todo; solo quedan carbones y unas líneas rojas sobre la piedra desnuda. Nuestra única luz.
Afuera, más allá de los perímetros de seguridad, Montreal sigue su curso bajo la llovizna.
Le bajo la mano por la espalda y sigo el relieve de las vértebras para grabármelo.
—Nathaniel. —Le sale con un hilo de voz—. ¿Qué somos ahora?
Se me tensa la espalda entera.
La pregunta era inevitable, y no tengo ninguna respuesta que no suene a permanencia.
¿Cómo le explico que su distancia se ha terminado? No porque piense retenerla. No porque quiera encerrarla en mi mundo. Sino porque mi cabeza ya se ató a la suya y no pienso deshacer el nudo.
—¿Qué quieres que seamos, Lili?
Le noto la rigidez en los hombros. El cálculo detrás de los ojos. Todo lo que acaba de aceptar al elegirme.
—No tengo ni idea —confiesa después de un silencio largo—. Pero esto ha volado todos los puentes.
—Sí. No hay reparación posible para lo que hemos roto en esta cama.
Se incorpora y me apoya el mentón en el esternón para obligarme a mirarla.
—¿Te arrepientes?
¿Arrepentirme?
La giro con cuidado hacia el colchón, me coloco encima y la cerco con el cuerpo para que me vea la cara cuando conteste.
—Nunca. Tenerte aquí es el único acierto de mi jodida vida.
Le tiemblan las pestañas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Le beso la frente. La curva de los párpados. El puente de la nariz. Con movimientos medidos, el reverso de la fuerza que he usado hace un rato.
—Eres mía a partir de esta noche, Lili Blackwood. Y yo soy tu maldito problema. Ya no hay salida de emergencia para ninguno de los dos.
Asiente en silencio y suelta el aire contra mi cuello.
—Bien. Porque tampoco pienso buscarla.
La pego a mi costado y le absorbo la temperatura como si pudiera blindarnos contra todo lo de fuera solo con tenerla cerca.
—Duerme. —Le paso los dedos por el pelo—. Estaré en el mismo sitio cuando amanezca.
—¿Seguro?
Necesita la garantía antes de rendirse al sueño.
—Seguro. —Le beso la sien—. No me muevo de aquí.
Y cumplo mi palabra en la oscuridad.
Su respiración se acompasa a la mía. El cuerpo pierde la rigidez y se entrega al sueño sobre las sábanas grises.
Yo no duermo.
Me quedo memorizando la escena: el perfil recortado por el último brillo del carbón, el peso de su cuerpo sobre mi costado, el olor a sexo y a lirios flotando en una habitación donde nunca ha olido a nada. Cada detalle. Cada marca. Cada prueba de que ha ocurrido de verdad.
El amanecer se filtra por el ventanal mucho después y no cambia nada. Ella sigue ahí, viva y pegada a mi piel.
Ya no hay forma de volver a los tratados de paz de la provincia como si esta noche no hubiera existido.
No hay ruta de salida en este mapa, ni de ella ni de lo que hemos hecho en esta cama, y no pienso buscarla.
Solo me interesa esto: su cuerpo junto al mío y su corazón golpeando contra mi pecho en un compás que, por primera vez en años, no me suena a amenaza.
Me suena a hogar.