Tentando a un depredador (Priesthood 4) 16 Lili
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16 Lili

DIECISÉIS

Lili

Las rosas llegan a las nueve en punto de la mañana.

Son rojas. Doce tallos limpios y gruesos, envueltos en papel satinado, sobre el cristal de mi escritorio. Una mancha de color sangre que sabotea la frialdad que llevo fingiendo veinticuatro horas. No hay tarjeta, y no hace falta.

El remitente es un secreto a voces. Todo el piso ejecutivo lo sabe, aunque el personal desvía la mirada cuando cruzo la galería; nadie en Quebec es tan estúpido como para pronunciar el apellido Cloutier delante de mí.

Lucien entra sin llamar. Se le queda la vista en el jarrón.

—¿Otra vez? —pregunta sin disimular el asco.

—Sí —respondo sin dejar de teclear, con la vista en la pantalla y la orden interna de ignorar la mancha roja que tengo a la izquierda.

—Voy a dar la orden en la entrada principal. Ya les advertí la semana pasada que cualquier paquete de fuera...

—Déjalo. —Cierro el portátil de un golpe que resuena en el despacho—. Es un recordatorio. Me está diciendo que sigue ahí.

—¿Esperando qué, Lili?

A que el desgaste haga su trabajo.

No lo digo en voz alta. Si lo pongo en palabras, su asedio pasa a ser real, y mis hombres no están para eso.

——————✧◦♕◦✧——————

Al segundo día llegan rosas blancas.

Una ironía puesta sobre el mismo cristal. Esta vez hay tarjetero de filigrana y una cartulina color crema. Conozco esa caligrafía perfecta.

«Cuando estés lista».

Tres palabras. Ninguna amenaza. Y esa paciencia suya me desarma más que cualquier aviso de muerte, porque una amenaza se contesta y esto no.

Paso el pulgar por el relieve de la tinta. Abro el cajón de la caoba y la dejo caer justo debajo de la Glock.

No sirvo para nada en todo el día. Me equivoco en dos balances, confundo las cláusulas de un contrato de distribución y me paso la junta de proveedores mirando los rascacielos recortados contra la llovizna. ¿Estará en los muelles? ¿En su casa? ¿Estará pensando en mí?

Y una pregunta peor, que llevo días esquivando: ¿y si el hombre al que todos llaman monstruo es el único capaz de sostener mi mundo sin venirse abajo?

Saco el teléfono personal. Su contacto sigue bloqueado. El índice se me queda a un milímetro de la palabra «Desbloquear» y me avergüenzo de mí misma. Apago el aparato y lo tiro al fondo del bolso.

Hoy no. Todavía me queda dignidad para aguantarme las ganas, aunque el margen se está acabando.

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Al tercer día no llega ningún ramo.

Entro a primera hora y el cristal vacío me deja un hueco en el estómago. Es una reacción absurda. Debería tomarlo como una victoria: se ha cansado y ha retirado la apuesta.

Llego a la silla arrastrando las piernas. Sin las rosas, el despacho huele solo a desinfectante.

Lucien aparece en el umbral. No me mira a mí; mira el cristal, y algo en sus hombros se relaja.

—No han llegado —dice, y hay una satisfacción contenida que me molesta—. Dos días de rosas y hoy nada. Se cansó. Era cuestión de tiempo, Lili. Un hombre como ese no espera.

La frase entra limpia, como una hoja fina entre dos costillas. Sujeto el bolígrafo con fuerza para que no me vea temblar. Lucien acaba de regalarme la victoria que llevo cuatro días exigiéndome, y lo único que noto es el dolor de sus palabras.

—Bien.

Se queda un segundo de más midiendo esa sílaba.

—Tienes peor cara que ayer.

—Falta de sueño.

—Llevas una semana arrastrando los pies. —Avanza y echa el pestillo detrás de él para que nadie oiga lo que va a decirme—. Esto tiene que parar.

—¿El qué?

—Tú. Pareces una presa a la espera de su ejecución. Si Cloutier te está obligando a algo...

—No me obliga a nada. —Las palabras carecen de la fuerza que me caracteriza, lo que evidencia aún más mi cansancio.

—¿Entonces qué es? ¿Por qué pareces lista para rendirte?

Suelto una risa seca.

—Quizá lo esté.

Se me está cayendo la máscara que llevo puesta desde que enterré a mi padre. Y pesa más el cristal vacío que él plantó en mi despacho la semana pasada.

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Al cuarto día no hace falta el despertador.

Llevo despierta desde las cuatro, mirando el techo, con el cielo sobre el San Lorenzo cargado de una tormenta que no termina de caer. Me levanto antes de que suene y me meto en el baño sin encender la luz.

La mujer del espejo tiene ojeras que ya no tapa el maquillaje y una boca que lleva cuatro días apretada. Está asustada. Está a punto de entregarse a un hombre que puede destruirla.

Y por primera vez en cuatro días, respira.

Porque rendirme a Nathaniel Cloutier no es debilidad. Es lo único valiente que voy a hacer esta semana. Es admitir que no puedo con esto sola y que tampoco quiero. Llevo dos años construyéndome a martillazos, y estar entera y sola duele más que estar rota con él.

«Cuando estés lista».

Me agarro al borde de mármol del lavabo y respiro hondo.

Busco el teléfono en mi mesa de noche y lo desbloqueo. Esta vez los dedos no me tiemblan. Tres tonos en el silencio del baño antes del clic de la línea.

—Lili.

No hay sorpresa en su voz. Solo un «Lili» dicho como si llevara cuatro días con él en la boca.

Trago saliva.

—Estoy lista.

La pausa se estira. Estática y dos respiraciones contenidas a trescientos kilómetros.

—¿Dónde nos vemos? —Miro por el cristal los límites de mi ciudad. Mi territorio. Mi jaula de máxima seguridad—. Dime adónde tengo que ir, Nathaniel.

—Ven a mí. —No es una invitación—. A la fortaleza. Esta noche.

—De acuerdo.

—Lili...

—¿Qué?

La voz le baja un tono.

—Gracias.

Cuelgo antes de que diga nada más. Me tiemblan las manos, y no sabría separar cuánto es miedo y cuánto son ganas.

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Conduzco yo.

Prescindo del chófer y del coche blindado. Es imprudente cruzar Montreal sin escolta y lo hago igual, porque esta noche no pienso llegar a ninguna parte en el asiento de atrás.

La Glock pesa contra mi costado. Lucien tiene mi posición en tiempo real. No entro desarmada en su terreno: entro porque lo he decidido.

La autopista hacia el sur es un barrido de neón y asfalto mojado por la aguanieve. Cuento las salidas. Cada una es una oportunidad de dar la vuelta y no la tomo, y a cada kilómetro que dejo atrás me quito una capa que no sabía que llevaba encima.

A la altura del último puente levanto el pie del acelerador.

El coche baja de velocidad solo. Debajo, el río corre negro entre las dos orillas, y todavía estoy a tiempo. Todavía puedo salir en la próxima, volver a mi torre, dormir mal cuatro días más y no perder nada de lo que soy.

Me quedo ahí, a sesenta por hora, con el intermitente sin poner.

Después vuelvo a pisar.

Y al otro lado del puente ya no hay nada mío.

Y ahí está: la fortaleza de los Cloutier. Piedra gris y muros macizos cortando el cielo de Montreal. Un bastión de la vieja escuela, hecho para aguantar asedios.

El portón de hierro se desliza antes de que llegue a frenar. Los guardias del primer anillo inclinan la cabeza al reconocerme. Ni inspección de armas ni preguntas. Me esperaban.

Paro ante la escalinata y apago el motor. El silencio de la propiedad me cae encima de golpe. Aprieto los dedos contra el cuero del volante y cuento tres respiraciones antes de abrir la puerta.

El aire me da un latigazo en la cara. La nieve cruje bajo el tacón de mis botas. La puerta de roble se abre antes de que llegue a tocarla.

No hay servicio en el vestíbulo. Es él quien ocupa todo el espacio.

Pantalón sastre oscuro, camisa blanca abierta en el cuello, las mangas subidas hasta los codos y las cicatrices a la vista.

Me detengo en el primer peldaño y busco sus ojos en la penumbra.

—Has venido —dice en voz baja.

—Dije que lo haría, Cloutier.

—Calculé que el orgullo te haría dar la vuelta en el último puente.

Subo un escalón.

—Estuviste cerca de acertar. —Lo desafío—. Levanté el pie del acelerador.

—¿Y qué te hizo seguir?

Llego a su altura bajo el marco de roble. Me saca una cabeza, pero me mantengo firme.

—El cansancio, Nathaniel. Estoy harta de huir de lo inevitable.

Exhala hondo y los botones de la camisa se le tensan.

—Entra de una vez. El frío es infernal.

El vestíbulo me recibe con calor, leña y su olor. Me guía escaleras arriba sin tocarme.

El fuego de la chimenea tiñe de bronce los paneles de madera y los sofás. Una botella de whisky y dos vasos esperan sobre la mesa baja, sin abrir.

Escucho la puerta cerrarse a mi espalda.

Estamos solos.

Nathaniel se queda junto a la puerta. No se acerca. Espera, y esa quietud suya me pone más nerviosa que si hubiera cruzado la habitación en dos zancadas.

—Lili.

Mi nombre en su boca no suena a ternura. Suena a advertencia y a pecado, y llevamos demasiadas noches fingiendo lo contrario.

Dejo caer el abrigo sobre una silla. Subo las manos a la nuca y me saco las horquillas una a una, y noto el peso del pelo al soltarse sobre los hombros, y noto también que me tiemblan los dedos y que él lo está viendo.

Sus pupilas se dilatan. No dice nada, pero su mirada me toca antes que sus manos: la boca, la garganta, el escote abierto de la blusa. Es un roce sin contacto y me deja la piel encendida por debajo de la seda.

—No puedo seguir luchando contra esto —digo, mi voz se rompe en mitad de la frase—. Contra ti. No me quedan fuerzas.

—No tienes por qué luchar. —Da un paso—. Nunca tuviste por qué.

—Sí tenía. —Levanto la barbilla—. Porque rendirme a ti significa perder el control. Y el control es lo único que tengo.

—No. —Me toca la mejilla.

Es solo eso. Dos dedos ásperos en el pómulo, un roce que duraría menos que un parpadeo si él no lo estuviera alargando a propósito, y sin embargo se me cierra la garganta y tengo que apretar los muslos por debajo de la falda.

Cuatro días. Cuatro días de rosas que dejaron de llegar, y me derrumba con la yema de dos dedos.

—El control es lo que usas para protegerte —dice—. Conmigo no lo necesitas.

—¿Y si me rompes?

—No lo haré.

—No puedes prometer eso.

—Puedo. —No hay un gramo de duda en su voz—. Y lo hago. Nunca voy a hacerte daño a propósito, Lili.

—¿Y si no es a propósito?

Me toma de la nuca y me hunde los dedos en el pelo hasta obligarme a quedarme aquí, presente, mirándolo.

—Entonces te reconstruyo. Pieza por pieza. Hasta que estés entera otra vez.

Se me escapa una lágrima y él la borra con el pulgar sin apartar la mano.

—Te deseo —confieso.

—Repítelo.

—Te deseo, Nathaniel Cloutier. Odio que sea verdad y te deseo.

—No es suficiente.

Y no lo es. Para mí tampoco.

—Te necesito. —Me sale ronco, feo, sin nada del temple con el que firmo sentencias de muerte—. Te necesito de una forma que me da pánico. Que me deja sin defensas. Pero te necesito cerca.

Sonríe despacio. Y después suelta el aire como si llevara cuatro días conteniéndolo.

—Mucho mejor.

Me besa antes de que llegue a respirar.

No hay nada suave en el primer contacto. Su boca cae sobre la mía con una urgencia que raspa, y respondo igual, tirándole del pelo, pidiéndole más sin atreverme a decirlo todavía. Sus dientes me rozan el labio. Su lengua entra en mi boca y me arranca un sonido que no reconozco como mío.

Nathaniel lo oye.

Y algo se rompe en su control.

Sus manos bajan por mi espalda, se meten bajo la blusa y me arrastran contra él.

Las palmas son ásperas, están calientes, y al subir por la piel desnuda dejan un rastro que me eriza los vellos hasta la nuca.

Choco con su cuerpo entero. Toda esa masa dura y quieta que lleva meses vigilándome desde el otro lado de una mesa, ahora encima de mí, y la evidencia de lo que le hago contra mi vientre.

Me fallan las rodillas.

—Es peligroso tenerte lejos —consigo decir.

—Tenerme cerca es peor.

Busca los botones de la blusa. No los desabrocha: los arranca. La seda cede con un chasquido y el aire del despacho me toca la piel un segundo antes de que sus manos me cubran, y ese contraste —frío, calor, sus palmas abiertas— me arranca un gemido que ya no intento tragarme.

—Maldita seas, Lili.

Me levanta como si no pesara. Le rodeo la cintura con las piernas y cruza el despacho conmigo encima, el cuero del sofá cede bajo mi espalda con un crujido que en cualquier otro momento me habría dado vergüenza.

Se coloca entre mis muslos y me cubre con su cuerpo.

Debería asustarme. Es enorme, podría partirme sin proponérselo, y lo único que siento es que por primera vez en dos años estoy en un sitio donde nadie va a venir a buscarme.

Su boca baja por mi mandíbula hasta el cuello y muerde. La presión justa para que dure días.

—Esto lo decido yo —le digo con los dedos cerrados en su pelo—. Que quede claro.

Levanta la cara. Y por primera vez desde que lo conozco, el depredador se queda quieto y espera.

—Clarísimo.

Sube mi falda con impaciencia y rasga la costura.

Ninguno de los dos registra el ruido de la tela al ceder.

Su boca baja de nuevo, despacio, y encuentra el latido bajo mi mandíbula, se demora ahí, después sigue hasta el borde del encaje.

No tiene ninguna prisa, y eso es lo peor: se toma su tiempo, me aprende, mide dónde se me corta la respiración y vuelve ahí una y otra vez, a propósito, hasta que dejo de fingir que tengo algún control sobre esto.

Digo su nombre. Después dejo de decir palabras.

Cuando levanta la cabeza tiene los ojos completamente negros y la respiración destrozada.

—Aquí no.

—¿Por qué?

—No quiero tomarme por primera vez en un sofá.

Me alza en brazos otra vez, sin la prisa desordenada de antes, y camina hacia la puerta del dormitorio como si llevarme allí fuera lo único que ha querido en toda su vida.

Apoyo la frente en su cuello.

—Nathaniel.

Se detiene en el umbral.

La habitación está a oscuras detrás de él. Su mundo. Su cama. Su pecado esperando.

—No pares.

—Nunca, ma proie.

Le rodeo el cuello con los brazos y acerco la boca a la suya.

—Entra.