15 Nathaniel #3
—Sé lo que pasa cuando confías en el socio equivocado.
Mi padre lo hizo una vez y eso lo destruyó.
Cuando la confianza falla, cuando tú falles, porque todos fallan en este negocio, no voy a sobrevivir al impacto —la voz se le rompe al final—.
No puedo arriesgarme a que me rompas si me sostengo de hilos tan delgados.
—No fallaré —mi voz suena firme como el acero—. No contigo, Lili. No en esta vida.
Me observa durante un largo rato y me mide. Busca la mentira, la fisura que me delata. No la encuentra, porque no la hay.
—Necesito tiempo para procesar esto —pide en una tregua mínima—. Necesito distancia para evaluar lo que dijiste sin tu cuerpo a treinta centímetros del mío.
—Ya tuviste tres días de distancia.
—Y necesito más. No puedo pensar bajo esta presión.
—Dame un plazo.
—No lo sé —hay una frustración real en su voz ahora—. Tengo la mente hecha un desastre, Nathaniel.
La entiendo más de lo que mi orgullo querría admitir. La he acorralado en su propia oficina, le he derribado las defensas de golpe y le exijo una respuesta en plena jornada. Necesita aire.
—Está bien —digo, y acepto una retirada que me cuesta un esfuerzo físico—. Te daré tiempo. No te presiono hoy. No habrá más visitas sin aviso previo. Pero escúchame.
—¿Qué? —Entorna los ojos.
—No puedes correr de esto para siempre. Tarde o temprano vas a tener que decidir.
O asumimos el riesgo de lo que hay entre nosotros y avanzamos juntos, o sigues fingiendo que lo del garaje fue un delirio hasta que la tensión nos haga disparar al primero que parpadee.
Este limbo no se sostiene. Nos va a destruir a los dos.
Saco la horquilla y la dejo sobre el borde de su escritorio, de pie, apoyada contra la madera oscura, donde no pueda fingir que no la ve.
—Se te cayó en el garaje —digo—. La llevo encima desde entonces.
Su respiración se detiene por completo. No la toca. La mira como quien observa una prueba en un juicio.
Me doy la vuelta y enfilo la salida con pasos firmes sobre la moqueta. Noto el temblor en los tendones de los dedos al buscar el pomo, la adrenalina que contengo. Me detengo antes de abrir. Giro la cabeza lo justo para mirarla por encima del hombro.
Sigue junto al ventanal, una figura pálida recortada contra el gris plomizo de Quebec. Se abraza el estómago y contiene la respiración para no romperse delante de mí.
—Puedes huir todo lo que quieras, Lili —digo con voz baja pero clara—. Puedo darte días o semanas, el tiempo que necesites para convencerte de que esto no existe. Seré todo lo paciente que un Cloutier puede ser antes de perder la cabeza. Pero la verdad ya está sobre la mesa.
—¿Qué verdad? —El susurro me llega limpio.
Le sostengo la mirada a través de los cinco metros que nos separan, sin filtro ni diplomacia de clan.
—Me deseas con la misma urgencia con la que yo cuento tus respiraciones. Ya no puedes negarlo. Y cuando decidas dejar de correr, cuando me mires sin buscar la trampa, vas a entender que esto no desaparece porque levantes tus muros de hielo.
Abro la puerta.
—Piénsalo. Evalúa el precio de seguir escondiéndote. Y cuando estés lista para dejar de huir, sabes dónde encontrarme.
Salgo y cierro despacio, hasta que el pestillo encaja con un crujido suave, definitivo. Me apoyo en el mármol del pasillo un segundo. Abro y cierro las manos para controlar el espasmo de los antebrazos; el impulso de volver, romper la cerradura y sacarla de ahí. Respiro mal, corto, superficial.
Del otro lado de la madera llega un eco sordo. Un impacto leve: el peso de lo que acabo de dejarle encima, o el aire volviéndole a los pulmones.
Un segundo después, el pasillo se quiebra con un doble clic seco. Una alarma silenciosa. Un protocolo de contingencia activado sin una sola palabra, por sus dedos.
Las puertas del ascensor al fondo se abren con una inmediatez que confirma la urgencia.
Dos hombres de su seguridad irrumpen en el pasillo, las mandíbulas rígidas, las manos en las culatas de sus armas.
No avanzan con duda: se mueven como quienes reconocen el peligro de frente y saben que reaccionar mal podría terminar con todos muertos.
Mantengo el paso hacia ellos, rítmico, el abrigo abierto y las manos a la vista, con la misma calma con la que crucé el vestíbulo.
Me reconocen al instante. Veo la vacilación en sus hombros, el cálculo: este pasillo es demasiado caro y estrecho para un tiroteo con un Cloutier frente a la oficina de su jefa.
No tienen forma real de detenerme aquí.
A mi espalda, la voz de Lili se filtra por la junta del blindaje.
No distingo las palabras. El tono basta.
Mando. Está dando órdenes a la central: revisará accesos, cambiará frecuencias, anulará tarjetas, y algún supervisor va a pagar caro por haber dejado que el lobo llegara a su despacho sin resistencia.
Aunque ella misma dio permiso por radio hace veinte minutos. Nadie en esta torre va a recordarlo en voz alta.
El procedimiento correcto de una Blackwood.
Cruzo entre los dos guardias. Ninguno se mueve. El ascensor sigue abierto a mi espalda y entro en él como quien sale de una reunión cualquiera, no de la oficina de la mujer que acaba de poner su torre en alerta por mi culpa.
Las puertas se cierran. Quince años de disciplina y me bastó conocerla para cruzar la frontera.
No me arrepiento. Ese es el problema.
La línea ya se rompió en aquel garaje, y lo de hoy solo confirma que no hay forma de fingir que fue un desliz. Le he puesto mi lealtad sobre el escritorio y me he ido antes de que pudiera devolvérmela rota. Ahora le toca a ella decidir cuánto tiempo mantendrá la mentira.
Que cambie todos los códigos que quiera.
Cuando llegue a Montreal, Ilya estará esperando con una pregunta que no pienso responder todavía. La única que me importa es otra: cuánto falta para que ella deje de huir. Y si ese plazo llegará antes de que uno de los dos apriete el gatillo.