Tentando a un depredador (Priesthood 4) 15 Nathaniel #2
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15 Nathaniel #2

—Piso diez. Oficina al final del pasillo, la última puerta a la izquierda —dice el primero, y retira la mano del arma—. El acceso está restringido por proximidad.

—Se agradece la eficiencia.

Paso el control de seguridad sin volver a mirar. Subo al ascensor de acero inoxidable que me recibe con un murmullo hidráulico constante y presiono el botón del décimo piso. El indicador digital devora los números en silencio mientras mi pulso me martillea las sienes con cada nivel que asciendo.

Los cables crujen en el hueco del ascensor. La anticipación se mezcla con la rigidez de mi mandíbula. Contengo los hombros como si esperara un impacto por la espalda.

El ascensor se detiene con un chasquido sordo en el piso diez.

Las puertas correderas se abren de par en par.

El pasillo está completamente vacío y en silencio, una galería de moqueta densa que absorbe por completo el sonido de mis pisadas.

Camino hacia su oficina con pasos decididos.

La doble puerta de nogal macizo se alza al fondo como un muro.

La puerta está cerrada. Inspiro profundo y controlo la respiración antes de golpear.

Toco dos veces con los nudillos. Dos toques firmes, autoritarios.

—Adelante —dice su voz desde el interior a través del intercomunicador analógico. Suena firme, profesional. La voz de quien lleva ocho minutos preparando esta habitación para mí.

Entro en el despacho y cierro la puerta. El clic del pasador suena como un disparo en el silencio de la estancia. Lili está sentada muy recta detrás del escritorio, con un fajo de documentos delante y un bolígrafo entre los dedos. La postura es perfecta. Demasiado perfecta.

El bolígrafo la delata: se le desliza de los dedos, rueda por la madera y se detiene contra el tintero.

Veo el desgaste en su rostro en esa fracción de segundo. No hay sorpresa; ella misma abrió esta puerta desde una radio. Hay algo peor. La tensión en el cuello, un miedo instintivo que da paso a algo mucho más real, lo que ella nunca me ha podido ocultar.

—Nathaniel —mi nombre le sale como si llevara tres días conteniéndolo.

—Hola, Lili —mi voz suena baja, ronca, áspera.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, y la voz le tiembla pese al intento de mantener la compostura.

Se pone de pie de un salto y apoya las palmas en el borde de la mesa, y la usa de barricada—.

No puedes estar en este edificio. Estás violando los acuerdos territoriales, Cloutier. Un paso más y daré la orden...

—Lo sé —digo, y camino hacia ella, despacio, hasta reducir la distancia—. Por eso vine de frente. Y por eso estoy aquí arriba: tú diste la orden de que me dejaran subir. Delante de tus hombres, Lili. Con tu propia voz.

—No me escondo de nadie —exclama, y alza el mentón—. Y menos de ti. De un Cloutier que necesita escolta para poner un pie en mi ciudad.

Los dos conocemos el registro de llamadas de mi teléfono, pero entiendo que necesita la fachada.

—¿No? —Me detengo frente al escritorio, a un metro.

La madera oscura nos separa como una tregua provisional—.

Entonces explícame por qué llevas tres días bloqueando cada una de mis líneas seguras.

¿Por qué cambias los códigos de acceso y evitas todos los locales?

Te estás escabullendo, Lili. ¿Por qué huyes?

—No huyo de nadie —su voz recupera ese filo helado con el que gobierna los almacenes—. Mis comunicaciones se filtran por seguridad. Eres muy arrogante si crees que mereces un espacio en mi rutina.

—Demuéstralo ahora. Mírame a los ojos y dilo sin titubear.

Parpadea, la sorpresa le inunda el rostro una décima de segundo.

—No tengo nada que demostrarte, Nathaniel.

—Si el beso del garaje no significó nada, si solo fue una distracción, admítelo. Admítelo de una vez.

El silencio que sigue es largo, denso.

No se mueve. Se tensa contra el borde del escritorio de su padre. Veo a su orgullo pelear contra el miedo a quedar expuesta.

—Sal de mi oficina ahora mismo —su voz es un hilo tenso, pero la respiración corta la traiciona—. No tienes derecho a exigirme nada.

—No.

La palabra se estrella entre nosotros.

—¿Cómo te atreves a decirme que no en mi propia oficina?

—No me iré —le corto la retirada—. No hasta que dejes de fingir que estos tres días fueron normales. No hasta que dejes de huir de esto.

—No tenemos nada de qué hablar, Nathaniel.

—Tenemos todo de qué hablar.

Rodeo el escritorio, despacio. Ella retrocede por instinto; la falda de tubo roza la silla y se desplaza hacia atrás, hacia el ventanal, hasta que sus tacones chocan con la base del cristal.

—Nathaniel, ni un paso más...

—Todavía siento tus manos —digo, y acorto la distancia hasta dejarla sin espacio, hasta treinta centímetros, hasta que su espalda toca el cristal frío.

Acorralada entre el invierno de fuera y yo—.

Dime que no pasaste la noche mirando el techo.

Júrame por la memoria de Silas que no soñaste con ese beso.

—Esto —escupe la palabra— no es más que una obsesión enfermiza. La fijación de un matón orgulloso. No ha sido más que un juego.

—Es real —la interrumpo, y mi respiración le envuelve el rostro—. Es lo más auténtico que he sentido en años. Y tú también lo sientes. Tu respiración se acelera cuando estoy cerca. En el aire que te falta ahora mismo.

—Eres un arrogante insufrible que cree que puede entrar aquí y exigirme una confesión.

Estoy a punto de interrumpirla otra vez, pero me detengo.

Tiene la espalda contra el cristal y los dedos apoyados en el ventanal, como si necesitara sentir algo firme detrás de ella. Hace apenas un instante le pedí que dejara de huir, y ahora soy yo quien la ha dejado sin espacio.

Retrocedo.

Solo un paso, pero el aire vuelve a entrar entre nosotros.

—Tienes razón —digo.

Lili parpadea, desconcertada.

—¿Qué?

—No puedo exigirte que me digas lo que significó para ti. No después de pasar tres días fingiendo que para mí no cambió nada.

La tensión de su rostro no desaparece, pero algo en sus hombros cede.

—¿Y cambió algo?

—Todo.

La palabra sale antes de que pueda protegerla con sarcasmo.

—Sigo sintiendo tu boca. Sigo recordando cómo me miraste después. He intentado convertirlo en deseo, en orgullo herido, en cualquier cosa que pueda controlar, pero no lo es.

Lili baja la vista. Sus dedos dejan de buscar apoyo en el cristal y se cierran lentamente sobre sí mismos.

—Nathaniel...

—No tienes que responderme ahora. Pero no vuelvas a decir que fue un juego solo para castigarme por no haber sabido qué hacer con ello.

Levanta los ojos hacia mí. Ya no hay desafío en ellos, sino un cansancio que me resulta mucho más difícil de sostener.

—No fue un juego —admite—. Ojalá lo hubiera sido.

No me acerco.

Dejo que sea ella quien decida qué hacer con la distancia que acabo de devolverle.

—Significó demasiado —continúa—. Y no sé cómo sentir algo así por un hombre que podría destruir todo lo que intento proteger.

La confesión queda suspendida entre nosotros.

No me acerco. Después de haberle devuelto el espacio, no pienso arrebatárselo otra vez.

Lili me observa durante unos segundos y, finalmente, se separa del ventanal. Se acerca y me toma la mano. Sus dedos están fríos.

Me lleva la palma hasta su mejilla.

El contacto me atraviesa con una suavidad para la que no estoy preparado. Su piel arde bajo mi mano y ella cierra los ojos por un instante, inclinándose apenas a la caricia.

—No eres débil por sentirlo —murmuro—. Y no voy a utilizarlo en tu contra.

—Esto es una locura —dice al abrir los ojos, brillantes de una humedad que se niega a soltar—. Tengo miedo de esto. De quedar expuesta ante ti. De lo que le hace a mi apellido.

—Lo sé. A mí también me quita el sueño —me inclino un poco más y dejo que vea lo mismo en mí—. Esto dejó de ser un desafío hace mucho tiempo. Me importas de una forma que baja todas mis defensas.

El pecho le sube contra el mío con cada respiración entrecortada.

—Puedes cambiar los códigos cada doce horas si eso te tranquiliza —mi voz se vuelve ronca—. Puedes seguir huyendo. Pero la verdad no cambia. Paso las noches ante las cámaras solo para comprobar que sigues siendo real y no algo que inventé para torturarme.

Por fin, una lágrima se le escapa y le rueda por la mejilla.

—No sé cómo gestionar esto, Nathaniel —su voz es apenas un susurro quebrado—. No sé cómo hacerlo.

—¿Gestionar qué?

—La pérdida de control. Rendirme así ante ti. Entregarme a alguien capaz de destruirme.

—¿Me crees capaz de querer destruirte? —Las palabras me saben a ácido, mientras mi mano se ciñe con suavidad a su rostro.

—Tienes la fuerza para hacerlo —me asegura con una lucidez fría—. Y lo harás si el mercado lo exige. Porque así nos educaron. Al final, uno de los dos tiene que absorber al otro. Uno tiene que terminar en pedazos.

Eso duele más de lo que esperaba. Bajo la mano de su mejilla y doy un paso atrás, y le dejo espacio para llenar los pulmones.

—No voy a ser el que te haga caer —digo con toda la convicción que tengo—. No jugaría a eso, Lili. Antes quemo mis propios barcos en el puerto de Montreal.

—Quiero creerte —concede, y muestra una fisura mínima en sus muros—. Sé que tus intenciones de ahora no son hostiles. Pero las circunstancias cambian rápido. Lo harás igual cuando suba la presión. Uno de los dos terminará muerto.

—¿Y si encontramos la forma de que funcione? —Me aferro a una posibilidad que desafía todas las reglas—. ¿Podrías al menos considerarlo? El control conjunto de las dos organizaciones, Montreal y Quebec, sin intermediarios. Que esto nos complete en vez de destruir lo que nos queda.

—La confianza es un lujo de alto riesgo en nuestro mundo —dice, y niega con la cabeza—. No tengo reservas para cubrir esa pérdida si todo se va al diablo. No me lo puedo permitir.

—¿Por qué tienes tanto miedo a algo bueno?