15 Nathaniel
QUINCE
Nathaniel
El insomnio no es una metáfora. Es un crujido constante en la base del cráneo, una lija que desgasta los ojos hasta que la luz del día los lastima.
Setenta y dos horas. Ese es el límite a partir del cual el cerebro empieza a fabricar fantasmas y a distorsionar los sonidos cotidianos de la fortaleza.
Estoy en mi despacho en Montreal. La luz de la mañana no ilumina la estancia; es una masa gris que se estrella contra el cristal blindado de la ventana.
Frente a mí, los monitores muestran los muelles, los flujos de datos de los almacenes y los mapas de carreteras, pero mis ojos no registran las cifras.
Algo me oprime los pulmones cada vez que intento respirar.
El silencio de tres días me está desgastando.
Tres días desde que sus labios, fríos por el aire del garaje, se abrieron bajo los míos.
Justo antes de que arrancara el motor y me dejara con el sabor de su huida en la boca.
El pestillo se desliza con un clic metálico, sin un golpe previo en la madera. Ilya entra sin llamar y me encuentra quieto, con la vista puesta en la pantalla apagada del teléfono sobre el cuero del escritorio. No levanto la cabeza. Mis dedos siguen rozando el borde metálico del aparato.
—¿Encontraste lo que te pedí? —pregunto sin levantar la vista, con la voz áspera, estropeada por las noches en vela.
—Aquí lo tienes.
Coloca un papel doblado sobre la caoba del escritorio y mide cada movimiento con una lentitud inusual.
Ilya no suelta el papel de inmediato; lo deposita y calcula la distancia entre sus nudillos y mi mano.
Sabe que mi paciencia está sujeta por hilos demasiado finos esta mañana y que cualquier movimiento brusco puede encender la mecha.
—Mantiene reuniones con la junta hasta las cuatro de la tarde. Estará sola en su despacho después de esa hora. Lucien abandona la torre a las cuatro y media para supervisar un envío de contenedores en los muelles de la zona vieja.
Media hora de exposición absoluta.
—¿El acceso al piso principal?
—El de siempre. Nada que no puedas manejar si entras de frente. La cerradura del pasillo lateral cede rápido.
Asiento en silencio y apago los monitores principales con un solo botón.
Me levanto del sillón con un movimiento brusco, cargado de toda la energía contenida que se ha acumulado en mi cuerpo.
La espalda me reclama tras horas de rigidez forzada frente a las pantallas; noto una corriente hostil que me recorre los tendones, el tipo de tensión física que precede a un asalto en un muelle.
—Hermano —dice Ilya, con ese tono plano que usa cuando cree que estoy a punto de cometer un error—. Esto es ir demasiado lejos.
Da un paso al frente, se interpone sutilmente entre el escritorio y la salida y mide el riesgo.
—Invadir su oficina privada en Quebec es una declaración de guerra abierta, Nathaniel. Si ella lo toma como un ataque... los Blackwood no discuten; limpian el suelo después de disparar. Si le da la orden a sus hombres, no saldrás de esa torre a pie.
Me detengo un instante mientras me abrocho los gemelos de la camisa. El clic del cierre metálico es el único sonido que rompe el silencio tenso de la oficina. Frío. Cortante.
Después me llevo dos dedos al bolsillo interior del abrigo y compruebo que sigue ahí.
Una horquilla negra, fina, torcida en el centro.
Se le soltó del pelo contra el capó del coche y la recogí de la chapa cuando el motor de ella ya había desaparecido por la rampa.
Llevo tres días con ese trozo de metal encima.
Lo he sacado más veces de las que pienso admitirle a nadie.
Ilya lo ve. No dice una palabra, y ese silencio suyo me molesta más que cualquier advertencia.
—Es necesario —lo interrumpo, y me giro para encararlo—. No responde a mis llamadas. Se está escondiendo detrás de sus hombres, e Ilya, yo no negocio con paredes de piedra. Esto termina hoy.
—Tal vez necesita tiempo tras lo del garaje —insiste él, sin moverse del umbral—. Le pusiste las manos encima a la jefa de Quebec. Algo así requiere más de tres días para asimilarse.
—Ya tuvo suficiente tiempo —mi voz es fría, cortante—. Setenta y dos horas de silencio son demasiado tiempo para que recuerde cómo odiarme. No voy a permitir que se escude en la distancia.
Ilya se frota la nuca con un gesto real de incomodidad.
—¿Y si el miedo la hace reaccionar con toda la fuerza armada que tiene en el norte?
—No voy a lastimarla. Sabe que no juego a eso.
—No hablo de un daño físico, Nathaniel. Hablo del terreno —dice, y señala mi pecho con un gesto vago—. Esa mujer no ha cedido un metro a nadie desde que enterró a Silas. Si la arrinconas contra el cristal de su propio despacho, la obligas a elegir ante sus hombres. Y no controlas lo que elija.
—Si se asusta, significa que lo que pasó entre nosotros es real —respondo tras un momento, y bajo el tono—. Prefiero su rabia o su miedo antes que este silencio. Si me teme, significa que no puede sacarme de sus pensamientos.
—¿Y si te rechaza de frente? ¿Si exige volver a los tratados de paz?
La pregunta golpea más de lo que debería. Pero no me muevo del sitio, porque un Cloutier no retrocede cuando la situación se vuelve hostil.
—Entonces, al menos sabré a qué distancia colocar mis fuerzas —digo con frialdad—. Pero no me quedaré esperando en esta fortaleza.
Ilya suelta un soplido sordo, una risa seca desprovista de humor real.
—Hablas de ella como si fuera un cargamento más en el río San Lorenzo, Nathaniel.
—Es el único territorio que me interesa controlar ahora mismo en esta provincia —digo; tomo mi chaqueta oscura del respaldo de la silla, me la ajusto al cuerpo y avanzo con paso firme hacia la salida—. No pienso perder la ventaja.
—Nathaniel...
Me detengo en el umbral del despacho sin volverme para mirarlo. El reflejo de Ilya se recorta en las maderas pulidas del pasillo.
—No la presiones más de la cuenta —añade Ilya—. Si la acorralas, va a responder con todo lo que tenga.
—Que muerda —respondo, y es una promesa firme tanto para él como para mí—. Al menos sabré que sus dientes siguen siendo hostiles.
El viaje por carretera hacia la torre Blackwood, en Quebec, es un ejercicio de contención. Estoy en la parte trasera del coche oficial, con la vista al paisaje gris que pasa a gran velocidad a través del cristal ahumado.
Por dentro me corroe una tensión visceral que roza la irritación; una combustión lenta, esa necesidad física que calienta la sangre hasta congelar el sudor en las sienes y me obliga a apretar los puños en los bolsillos del abrigo.
Mantengo el rostro inexpresivo en el reflejo del cristal, la misma coraza de frialdad que utilizo frente a mis hombres.
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Llego a la torre Blackwood a las cinco menos cuarto de la tarde. Ilya me confirmó hace diez minutos, a través de un canal seguro, que el segundo al mando de la ciudad ya se había retirado. El camino está despejado; no hay intermediarios entre Lili y yo en esta planta.
Me bajo del coche y el aire helado del norte me azota de lleno y se filtra en los pulmones con un golpe cortante.
Me ajusto el abrigo a medida sobre el traje negro.
No vengo a rogar ni a disculparme. Vengo como un igual, a exigir una respuesta y a saldar la cuenta que los dos contrajimos en ese garaje tres noches atrás.
En el vestíbulo de la torre hay dos guardias de seguridad privada. Se separan de la pared en cuanto mis zapatos pisan el mármol; el instinto les dice que la calma con la que avanzo no es la de un directivo común. Las manos se les van hacia el cinturón.
—Alto ahí —dice el primero, se planta delante y extiende la palma abierta a la altura de mi pecho—. Propiedad privada. Acceso restringido. ¿Tiene una cita programada con la señorita Blackwood? Identifíquese o retírese de inmediato.
Me detengo a un metro de su posición con una postura relajada, las manos visibles y los dedos sueltos a los lados del cuerpo, pero mi peso se desplaza hacia la punta de los pies, listo para noquearlo si es necesario.
—Tengo un encuentro con ella —digo, y no levanto la voz, pero el eco en las paredes de piedra es seco, absoluto.
El guardia revisa la pantalla de su tableta con el ceño fruncido y desliza el dedo con una prisa mal disimulada. Las cejas se le juntan al no encontrar el registro.
—No aparece ninguna entrada programada a su nombre, señor.
—Es un asunto personal, no de la junta —dejo que una línea fina y fría, desprovista de la menor cortesía, curve la comisura de mi boca—. Ella me espera, aunque quizás olvidó mencionarlo a su equipo. Dígale que el cobrador de Montreal está abajo. Entenderá el concepto de inmediato.
El hombre duda. Veo el cálculo rápido en sus ojos mientras evalúa el riesgo de la situación.
Su mirada viaja del brillo de mis zapatos de piel italiana al corte limpio de mi mandíbula.
El traje cuesta más que su salario anual; la certeza de mis pasos indica que, si deciden disparar en este vestíbulo, la mitad de las calles arderán antes de que terminen de limpiar la sangre del mármol.
El segundo guardia da un paso lateral y me agarra el brazo para retenerme contra la columna.
—Señor, no puede...
Su compañero se lleva la radio a la boca antes de que termine la frase y repite mi mensaje palabra por palabra. El aparato escupe tres segundos de estática sobre el mármol del vestíbulo.
Después llega su voz.
—No lo toquen.
Tres palabras. Planas, metálicas, amplificadas por el altavoz barato de la radio hasta llenar el techo de este vestíbulo de piedra. La mano del guardia se retira de mi manga como si el tejido quemara.
—Déjenlo subir.
El aparato se corta. Ninguno de los dos hombres me mira. Miran el suelo, la columna, el mostrador; cualquier punto del vestíbulo que no sea yo. Acaban de escuchar a su jefa autorizar la entrada de un Cloutier en su torre delante de todo el turno de tarde, y saben lo que eso significa.
Yo también lo sé.
Y me quema en el pecho de un modo ajeno a la victoria.