14 Lili
CATORCE
Lili
El silencio del piso es una presión que no consigo apagar.
No he dormido. Ni lo intenté. Pasé las horas con los ojos puestos en el techo, seguí las grietas del yeso y tracé patrones en la penumbra.
Todavía siento sus manos en el cabello. Su boca contra la mía con esa hambre que me tomó por sorpresa en el sótano.
El peso de su cuerpo prensándome contra el metal frío del coche.
Cada detalle se me quedó grabado, y eso me molesta.
La textura áspera de su chaqueta bajo mis dedos.
Su respiración cuando por fin se le rompió el control.
La forma en que me sostuvo el rostro: fuerza y, a la vez, algo más cuidado, como si me necesitara para recuperar el aire.
No como quien toma algo por derecho. Como un recurso indispensable para aguantar la noche.
Me miro en el espejo del baño. La luz fluorescente me devuelve un reflejo desvaído: la piel pálida, las sombras bajo los ojos y los labios todavía hinchados, rojos por la presión de su boca. No reconozco del todo a quien me mira desde el cristal.
—Ha sido solo un beso —me obligo a decir en voz baja, y escucho mi propia mentira en el baño vacío—. Un maldito beso sin importancia.
Aquellas palabras me saben a ceniza, a cobardía. Recordar sus manos me tensa el cuerpo entero y la boca me sigue quemando. Odio cómo reacciono cuando lo tengo cerca.
Me visto en automático, capa por capa. Ropa interior de seda oscura.
Vestido gris de líneas severas, ceñido, sin concesiones.
Blazer negro texturizado. Un labial rojo muy oscuro disimula la hinchazón.
El maquillaje hace su trabajo y borra el rastro de vulnerabilidad de hace un minuto.
Vuelvo a ser Lili Blackwood, la jefa que Quebec espera ante las familias rivales.
Llego a la base a las siete en punto, como todos los días. Lucien ya está en su puesto del despacho principal, sentado ante el escritorio de caoba con un café negro humeante y una pila de informes de aduanas. Levanta la vista en cuanto entro y me busca en la cara algún rastro de lo sucedido anoche.
—¿Has descansado algo? —pregunta, utilizando un tono demasiado directo.
—Perfectamente —suelto, y me acerco al archivador con otra mentira flagrante en la boca.
Él no se lo cree. Por supuesto que no. Lucien me ha visto crecer en esta organización, conoce mis reacciones mejor que nadie en la ciudad.
—Tenemos una reunión con los socios principales a las nueve —digo, y anulo cualquier espacio para réplicas personales o preguntas incómodas—. ¿Has dejado listos todos los reportes financieros del último trimestre de la actividad en los muelles?
—Sí. Todo está ordenado sobre tu mesa, Lili.
Me quedo sin argumentos rápidos para seguir desviando su atención. El silencio entre los dos se vuelve denso, cargado de sospechas que él no se molesta en ocultar.
—¿Qué ocurrió exactamente anoche después de que se levantara la sesión del consejo? —pregunta al fin, y suelta el bolígrafo sobre la mesa con un sonido opaco.
Bajo los párpados y le doy la espalda. El simple recuerdo de la boca de Nathaniel me genera una opresión tan física en el pecho que me cuesta disimularla ante mi segundo al mando.
—Tuvimos un fuerte desacuerdo sobre el control de las líneas del norte. Eso es todo lo que pasó en el garaje.
—¿Y por eso tienes marcas en el cuello que el corrector apenas consigue disimular?
Mi mano se desplaza por instinto hacia la garganta para palpar la piel sensible bajo la solapa del blazer.
Maldición. Me giro de inmediato para encararlo y tenso la mandíbula.
Lucien no tiene intención de bromear; su expresión refleja una preocupación real mezclada con una severa advertencia sobre el negocio.
—Estás jugando con fuego, Lili. Y esta vez no tienes protección si las cosas se tuercen en la frontera. Ya no hay marcha atrás si dejas que Cloutier deje su marca ahí.
—Sé cómo manejar a Nathaniel Cloutier —insisto, y fuerzo una seguridad que me suena precaria incluso a mí mientras me apoyo en el borde del mueble—. Sé lo que hago en cada paso.
—Cloutier no es un hombre con quien se pueda negociar una tregua, Lili. Él arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Ya lo viste en Montreal.
—Yo también soy capaz de aplicar la fuerza cuando la situación lo requiere. Mi padre me enseñó a no retroceder jamás.
—No de esa manera. No como él lo hace —dice; me estudia con detenimiento y cruza los brazos—. Y arriesgar tu posición por un hombre es un error que jamás has cometido en tu vida. No vayas a empezar precisamente ahora, cuando la vieja guardia evalúa cada paso que das.
Se da la vuelta sin añadir nada más y me deja sola con unos pensamientos que avanzan a una velocidad vertiginosa. El teléfono de la empresa vibra en el bolsillo. Noto la pulsación intermitente contra mi costado. Sé de quién se trata antes de sacar el dispositivo.
«Desconocido: ¿Escondiéndote de mí?»
Son apenas tres palabras escritas en la pantalla, pero soy capaz de evocar de memoria su voz de barítono, ese tono oscuro y áspero que usó contra mi boca en la penumbra del garaje.
Puedo palpar su arrogancia y ese deseo contenido que demostró anoche.
Borro el mensaje y bloqueo de inmediato el número de origen en el registro del móvil.
Me siento frente al escritorio y me obligo a concentrarme en los documentos abiertos. El papeleo es un terreno seguro donde los números responden a la lógica, y las rutas de contrabando hacia la frontera norte no generan complicaciones de ningún tipo.
Diez minutos más tarde, la pantalla vuelve a iluminarse con un destello azulado. Un número diferente.
«Desconocido: Puedo mantener este juego todo el día. Dispongo de más tarjetas SIM de las que tu paciencia puede soportar».
Apago el teléfono por completo, presiono el botón hasta que la pantalla se vuelve negra y lo arrojo al fondo del cajón de caoba, que cierro con llave. El dispositivo golpea el fondo del mueble vacío.
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Tres días después, el balance de mi gestión no resiste una lectura honesta.
Son fisuras pequeñas en los libros, invisibles para casi todo el mundo, pero perfectamente legibles para cualquiera que busque una debilidad en mi liderazgo. Y en esta torre hay al menos un hombre que sabe leerlas. Mi atención está puesta a cientos de kilómetros.
Lucien entra en mi oficina sin molestarse en llamar a la puerta e interrumpe mi jornada por tercera vez en la mañana. Trae una carpeta de cuero bajo el brazo.
—Tenemos que hablar de inmediato.
—Estoy revisando las hojas de ruta de los contenedores que entran por el río.
—Lili —su tono de voz prescinde por completo de la jerarquía; es el del hombre que me cubría las espaldas cuando era adolescente y Silas manejaba la torre, no el de mi segundo al mando—. Es necesario que hablemos de lo que está pasando aquí.
Dejo caer el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Qué ocurre, Lucien?
Abre la carpeta de cuero sobre mi mesa y va sacando las hojas de una en una, boca arriba, como quien reparte cartas.
—Un dígito mal tecleado en la transferencia a la cuenta puente de Amberes.
Cuarenta mil dólares en el limbo durante nueve horas —deja la primera hoja—.
Una directriz mal redactada que retuvo la mercancía pesada en la frontera norte durante dos días —deja la segunda—.
Y una videollamada con el proveedor de cifrado que sencillamente no atendiste.
No la aplazaste. No la delegaste. No estabas.
La tercera hoja cae sobre las otras dos.
—Tu cuerpo está en este despacho, Lili, pero tu atención está en Montreal. Los socios de la junta lo detectan en las reuniones y los soldados empiezan a murmurar en los almacenes.
—He arrastrado un dolor de cabeza persistente estos últimos días debido al estrés de la junta. Se pasará.
—Esto no es un problema de salud física, Lili. Estás perdiendo el foco por una obsesión, o estás asustada por el alcance de lo que hiciste en aquel sótano. No tengo claro cuál de las dos opciones es más peligrosa para el apellido Blackwood.
Se me escapa una risa seca, y suena peor de lo que esperaba.
—No tengo espacio para obsesiones, Lucien. Llevo este apellido y esta oficina. ¿Lo recuerdas? Todo lo que hay aquí depende de mí.
—Abandona ese personaje frente a mí. Sé de qué estás hecha desde que tu padre dirigía esta torre.
Me levanto y avanzo hacia el ventanal que domina la panorámica de la ciudad. Quebec se despliega bajo mi oficina, gris, fría, e implacable bajo la llovizna fina de marzo. Es la misma imagen que proyectaba antes de que Nathaniel Cloutier desestabilizara mi mundo con un solo encuentro.
—La situación ha cambiado —admito, de cara al cristal frío y no a él, con la vista puesta en los muelles distantes—. Ya no se trata de un enfrentamiento menor por el almacén de los muelles. Esto acaba de complicarse de verdad.
—¿De qué naturaleza es entonces?
—No tengo una respuesta clara —admito, con las palabras ásperas en la garganta—. Solo sé que tiene una intensidad que no puedo medir.
—¿Te has involucrado con Nathaniel Cloutier más allá de lo que permite este negocio?
La pregunta queda suspendida entre las paredes del despacho, pesada como el plomo. Mis músculos se tensan bajo la seda del vestido.
Recuerdo estar bajo su agarre en ese vehículo. Por primera vez en mi vida adulta no busqué un arma con la mirada ni calibré la salida más cercana. Me dejé llevar. Un segundo. En un garaje subterráneo con el hombre equivocado.
Ahora eso se ha convertido en una distracción que no consigo neutralizar. Y todo lo que levanté desde que Silas murió en esa cama está en juego.
—Necesito cortar el contacto con él antes de perder la ventaja en el consejo —declaro, y endurezco la voz mientras me giro de cara a la estancia—. Requiero distancia. Perspectiva.
—¿Distancia para proteger qué exactamente?
—A mí misma. Nathaniel no sabe detenerse.
Si sigo acercándome, esto se va a romper de forma irreversible —digo mientras me acerco a la mesa—.
Si continúo permitiendo esta cercanía, voy a diluir mi autoridad ante mis hombres.
Y si doy un paso más, la retirada será inviable.
Ya es demasiado tarde para mantener la distancia si no pongo un freno radical a sus mensajes.
Lucien me observa en silencio durante unos segundos.
—¿O es que tienes miedo de admitir que ya ha encontrado una vía para entrar en tu terreno?
—pregunta con voz plana—. Has heredado un imperio, Lili.
Controlas el capital, la fuerza armada y el respeto en las calles de Quebec.
Pero has eliminado cualquier interacción que no sea un negocio directo.
Te has encerrado tras una pared de hielo que tú misma levantaste durante el luto.
Y ahora que aparece alguien capaz de derribar ese muro…
te entra el pánico. Porque Cloutier es tu igual en cuanto a fuerza.
Y nunca has tenido que competir con un igual que te discuta las órdenes en cada nivel del negocio.
—Esta reunión ha concluido —mi tono recupera la frialdad habitual, la misma que uso para firmar los despidos—. Abandona mi despacho ahora mismo, Lucien.
—Lili, escúchame con atención...
—He dicho que salgas. ¡Ahora!
Se retira y cierra la puerta tras de sí; muestra su disconformidad con un breve portazo que hace vibrar los cristales del despacho. Me quedo de pie frente a la mesa. Me tiemblan las manos de forma visible.
Odio que Lucien tenga razón. Y detesto aún más la conclusión que se me abre paso en la cabeza. Me he vinculado de forma peligrosa con Nathaniel Cloutier. Y esa certeza me resulta mucho más amenazante que cualquier bando enemigo que haya intentado disputarme el control de los muelles de Quebec.
Esa misma noche, me obligo a examinarme frente al espejo de cuerpo entero de mi habitación.
El reflejo de la luna entra por el ventanal, tiñe la estancia de un azulado y muestra los signos evidentes del cansancio acumulado tras tres días de insomnio.
Unos labios que retienen el contacto con su boca.
Unas manos que reaccionan con rigidez al recordar la firmeza de su agarre en mis muslos.
No reconozco esa expresión en mis ojos. No identifico a esta Lili, expuesta y dudosa ante los movimientos de un rival que cuenta con los recursos necesarios para desmantelar mi organización si descubre mis grietas.
Tengo que alejarme de él. Necesito distancia. Aunque solo sea la suficiente para recordar quién era antes de que Nathaniel Cloutier me desordenara cada certeza que llevaba años sosteniéndome en pie.
Porque la alternativa no es solo ceder ante él. Es quedarme quieta el tiempo suficiente para descubrir qué parte de mí sigue intacta cuando deja de ser una amenaza externa y se convierte en algo mucho más íntimo, mucho más difícil de neutralizar.
Y eso me aterra. No porque todo esté perdido, sino porque empiezo a sospechar que, si doy un solo paso más hacia él, ya no voy a poder fingir que esto tiene vuelta atrás.