Tentando a un depredador (Priesthood 4) 13 Nathaniel #2
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13 Nathaniel #2

La imagen me desarma más que toda la seguridad que ha mostrado durante dos horas de reunión. Ya no es la jefa de Quebec frente a una mesa llena de hombres. Es una mujer cansada que ha decidido esperarme donde nadie puede verla.

—Cuarenta segundos —dice tras consultar el reloj—. Estás perdiendo facultades.

Me detengo a tres pasos.

—Me has metido la mano en la chaqueta y no me he dado cuenta.

—Tu seguridad deja bastante que desear.

—Solo contigo.

Levanta la mirada y la ligereza se le cae de la cara.

Durante unos segundos no se oye más que el zumbido de los fluorescentes y el eco de un motor subiendo por la rampa.

—Lo del yate —dice al fin—. Vi lo que te costó marcharte.

—No sabes lo que me costó.

—Sí, lo sé. A mí me costó dejarte hacerlo.

La confesión me da de lleno y no le concedo la satisfacción de notarlo.

—¿Me has citado aquí para decirme eso?

—Te he citado porque estoy cansada de que seas tú quien decide cuándo empieza y cuándo termina esto.

Deja los zapatos sobre el capó y se separa del coche. Avanza sin prisa y se detiene a menos de un brazo.

—En el yate me pediste los cinco sentidos —continúa—. He dormido. He comido. He pasado siete días intentando convencerme de que esto era una reacción al peligro y nada más.

—¿Y?

—No ha funcionado.

—Lo sé. —Doy el paso que falta—. Ya te atrapé, ma proie. Lo que llevas siete días haciendo es negociar las condiciones.

Se le dilatan las pupilas. Furia, deseo y algo parecido al miedo, todo en el mismo segundo.

—Eres un arrogante.

—Y tú una mentirosa. —Bajo la voz—. Dime que no has pensado en mí esta semana. Dímelo y me subo al ascensor.

Apoya una mano en mi pecho. No para apartarme. Los dedos se le cierran despacio sobre la tela de la camisa.

—No te pertenezco. No voy a convertirme en otro territorio que quieras conquistar.

—Nunca he pensado que fueras un territorio.

Alza una ceja.

—Mientes peor de lo que crees.

—Entonces dime qué somos.

—Un error. —Los dedos le suben hasta mi cuello—. Uno que voy a cometer completamente despierta.

El pulso me golpea con tanta fuerza que tiene que notarlo bajo la palma.

—¿Estás segura?

—No. —Ni un titubeo—. Pero sí estoy segura de esto.

Me agarra por la nuca, se eleva sobre las puntas de los pies y me estrella la boca contra la suya.

No es un beso. Es un choque. Están dentro las tres semanas, el almacén, la Ducati, el gimnasio y las siete noches sin dormir. Me quedo inmóvil medio segundo, sorprendido de que haya sido ella quien haya cruzado el último trecho de distancia entre nosotros.

Después se me acaba el control.

Le sujeto la nuca, le agarro el pelo desde la raíz y le inclino la cabeza para tener más acceso a su boca. Lili suelta un sonido bajo contra mis labios que me baja por la columna y se queda alojado en mi ingle.

No retrocede ni se entrega. Me besa con pelea: sin concederme nada que no piense recuperar.

Le muerdo el labio. Coge aire, abre la boca y aprovecho la brecha. Su lengua encuentra la mía con la misma violencia, sin delicadeza fingida. Nunca ha habido nada sumiso en Lili y no lo hay ahora.

La empujo contra el coche.

Su espalda choca con la chapa fría y jadea. La sujeto ahí un segundo, con todo mi peso encima, para que note la diferencia entre lo que ella es y lo que yo podría hacerle si me dejara.

Después la levanto y la siento en el capó.

Una horquilla se le suelta del pelo y cae sobre la chapa con un tintineo mínimo. Ninguno de los dos la mira.

Ahora estamos a la misma altura. Nunca he podido mirarla así, de frente y sin inclinar el cuello, y descubro que es peor: la tengo enfrente, mirándome, decidiendo.

Separa las rodillas y me hace sitio.

El gesto es lento. Deliberado. Y me coloco entre sus piernas como quien acepta una invitación que sabe que le va a salir cara.

Sabe a tentación y a destrucción. A todo lo que no debería querer y necesito más que respirar.

Le sujeto una pierna por debajo de la rodilla y subo la mano por la cara interna del muslo. La falda cede. Encuentro piel desnuda antes del borde de la tela, caliente bajo la palma, y la forma en que se le corta la respiración me dice que nota cada centímetro que recorro.

—Nathaniel...

Bajo la boca a su garganta. Ella inclina la cabeza y me ofrece cada milímetro de su cuello, y esa entrega me cuesta más contención de la que he necesitado nunca.

Le paso los dientes por el punto que hay bajo la mandíbula. Arquea la espalda y me clava los dedos en los hombros.

—No pares.

No le tiembla la voz. Es una orden.

Obedezco.

Vuelvo a su boca y el beso cambia: ya no es el choque rabioso del principio, sino algo más lento y sucio. Aprendo su sabor, la presión de las piernas alrededor de mis caderas, el modo en que se estremece entera cuando el pulgar le dibuja un arco en la piel del muslo.

Mueve las caderas contra mí y la fricción me atraviesa con tanta fuerza que la mano se me queda parada donde está.

—No hagas eso —gruño contra sus labios.

—¿Qué cosa?

Lo repite. Más despacio.

Le aprieto el muslo.

—Exactamente eso.

Se le insinúa una sonrisa contra mi boca.

—Pensaba que querías comprobar si era tan devastadora como imaginabas.

—Ya tengo la respuesta.

—¿Y?

La beso antes de que siga provocándome, y esta vez la mano sube dos centímetros más y ella deja de hablar del todo.

Podría seguir. Los dos lo sabemos.

Podría subir esos dos centímetros que faltan, dejarla sin voz sobre el capó de mi coche en el tercer sótano de un edificio neutral, y ella no me pararía.

Eso es lo que me detiene: que no me pararía.

Le sujeto la cara con las dos manos y apoyo la frente en la suya. Los dos respirando mal.

—Aquí no.

Tarda en contestar. Cuando lo hace, le sale ronco.

—No.

La bajo del capó despacio. Las piernas le fallan un segundo al tocar el suelo y la sostengo hasta que aguanta sola.

Nos miramos. Sin máscaras, los dos.

Tiene el pelo deshecho, la blusa fuera de la falda y una marca roja en el labio inferior justo donde la he mordido. Ya no parece la mujer que hace media hora desmontó a tres hombres sin levantar la voz. Tampoco parece frágil.

Parece peligrosa de otra manera.

—Esto lo cambia todo —dice.

—Sí.

—No podemos permitirnos errores. Somos jefes de bandos opuestos y hay demasiada gente esperando que uno de los dos falle.

—Lo sé.

—Deja de decir que lo sabes como si eso arreglara algo.

—No lo arregla.

Me roza la mandíbula con los dedos. Le tiembla la mano y no la aparta.

—¿Qué estamos haciendo?

Me inclino hacia el contacto antes de poder evitarlo.

—Algo que puede destruirnos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Se agacha y recoge los zapatos. La horquilla se queda donde está.

—Tengo que irme.

—Lo sé.

—Si me quedo...

No termina la frase. No hace falta.

—Entonces vete —digo, y es la frase más cara que he dicho nunca.

Da media vuelta. A mitad de camino se detiene y se gira.

—Nathaniel.

Mi nombre suena distinto en su boca.

—La próxima vez no vamos a detenernos.

No es una pregunta.

—No —confirmo—. No lo haremos.

Asiente, como si acabara de firmar algo. Llega a su coche, deja los zapatos en el asiento del acompañante y se acomoda al volante. Antes de arrancar me lanza una última mirada.

Me quedo quieto hasta que la rampa se traga las luces traseras.

El garaje se queda en silencio.

Me apoyo contra el capó y dejo que el frío del metal me atraviese la ropa desordenada. Los labios todavía me arden con su sabor.

Ahora sé cómo suena cuando jadea mi nombre y cómo tiembla cuando la sostengo. Y eso no se olvida. No hay marcha atrás, ni escape, ni nada excepto la certeza de que Lili Blackwood es mía y de que yo soy suyo desde mucho antes de esta noche.

Recojo la horquilla del capó y me la guardo en el bolsillo interior del abrigo.

Me enderezo, me arreglo las solapas y me meto la camisa dentro del pantalón antes de ir hacia los ascensores. Ilya y los demás estarán esperando órdenes.

El problema es que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo ninguna.