13 Nathaniel
TRECE
Nathaniel
Han pasado siete días desde que dejé a Lili Blackwood en el camarote de su yate, con los labios entreabiertos y la expresión oscurecida por un deseo que se negaba a admitir en voz alta.
Siete días desde que puse a prueba su resistencia y supe de su hambre, desde que la tuve acorralada contra ese escritorio de caoba. Desesperada, tensa, casi mía.
Han sido los siete días más largos de mi vida.
He ordenado vigilarla sin descanso. Ilya dice que es patético, que estoy perdiendo el control. Tiene razón en ambas cosas. Aun así, no me detengo. No quiero hacerlo.
Doce monitores cubren la pared norte de mi despacho privado.
Doce ventanas a una vida que ocurre a trescientos kilómetros de mí.
La veo salir de su edificio al amanecer, con el rostro rígido, inspeccionar los almacenes del puerto a media jornada para auditar contenedores, o sentarse a cenar en restaurantes, con una sola copa de vino tinto frente a ella.
No está desprotegida —siempre hay escoltas, personal de confianza y sombras cerca—, pero la imagen que devuelve la pantalla es la de un aislamiento absoluto.
Un vacío que comprendo a la perfección porque es el mismo que me devuelve la mirada en el espejo cada mañana.
Es el precio de gobernar en solitario, con todo el peso sobre los hombros y nadie con quien compartir la caída.
—Te vas a quedar ciego si sigues mirando esa pantalla, hermano —dice una voz familiar desde el umbral.
No me giro. No lo necesito para saber que es Ilya.
—Vete al diablo —murmuro con la vista clavada en el monitor central.
En la pantalla, Lili sube a su SUV negro blindado. Un mechón rebelde de cabello oscuro se le escapa del recogido perfecto. Noto una rigidez absurda en mis manos, el impulso irracional de atravesar el cristal para apartárselo de la cara.
Ilya se desploma en el sillón de cuero frente a mi escritorio con la familiaridad que nos dan los años de muertes compartidas. El olor a tabaco de su ropa llena el aire.
—¿Vas a pasarte el invierno acechándola? —pregunta, con la calma deliberada que reserva para ponerme a prueba.
—Es una medida de seguridad.
Ilya suelta una risa breve y seca, sin pizca de humor.
—Hasta los grandes caen, hermano. —Se termina mi whisky sin pedir permiso—. Yo solo estoy aquí para disfrutar del espectáculo.
—Llámalo como quieras. Pero llevas una semana sin moverte. No has respondido a lo ocurrido en los muelles. No has movido las rutas. No has hecho caer un solo nombre de la vieja guardia. Solo te quedas aquí, mirándola como si esperar fuera una estrategia y no una forma muy limpia de perder el foco.
Giro la silla despacio. El cuero protesta en el silencio del despacho.
—No estoy perdiendo el foco, Ilya.
—Entonces, dime qué demonios estás haciendo.
Abro la boca, pero la respuesta no llega tan rápido como debería. Y ese silencio, entre nosotros, constituye una concesión que me irrita. Ilya observa los monitores un segundo antes de clavar la mirada en los míos.
—No te lo digo para joderte, Nathaniel. Te lo digo porque eres letal cuando decides, pero ahora mismo estás completamente estancado.
La palabra cae entre los dos con la precisión de un disparo.
—Estoy esperando el momento correcto —digo al fin, bajando la voz.
—Más te vale. Si no, en una sola semana habrás sacrificado la ventaja de Montreal por una mujer que te tiene clavado frente a la pantalla.
No respondo. No porque Ilya tenga razón en todo, sino porque la tiene en lo único que de verdad importa.
—Hay una reunión de jefes esta noche en el distrito financiero —dice él, cambiando de tono—. Territorio neutral.
—Lo sé. Ella estará allí.
He memorizado su itinerario hasta el último detalle. Ilya me estudia con una atención que intenta descifrar lo que no digo.
—¿Vas a ir?
—Por supuesto.
—¿Y luego qué? ¿Vas a fulminarla con la mirada desde tres metros?
Sonrío apenas, un gesto tosco.
—Voy a terminar lo que empezamos en su camarote hace siete días. Sin interrupciones esta vez.
Ilya suspira, apoya las manos en las rodillas y se levanta.
—Nathaniel, cuando la tengas de verdad... porque los dos sabemos que vas a ir a por ella... ten cuidado. Odio la idea de que esa mujer descubra lo mucho que te importa.
—No va a descubrir nada —escupo la frase.
—Claro que no, hermano —Ilya señala con el dedo una esquina de mi escritorio—. Por eso tienes eso oculto ahí.
Sigo la dirección de su dedo. Allí, medio oculta bajo un informe, sobresale el borde de una fotografía impresa.
Lili aparece saliendo de un local hace tres semanas; ríe con Lucien por algo que han dicho antes de subir al coche.
Es una sonrisa genuina, auténtica, rara en sus facciones.
Una sonrisa que le transforma el rostro por completo.
No soporto verla relajarse con otros. Odio imaginarla así con alguien más, compartiendo esa expresión.
—Mierda —murmuro en voz baja.
—Eso es —Ilya me palmea el hombro—. Solo mantén la cabeza fría esta noche. La vieja guardia de Quebec estará vigilando.
Se marcha sin esperar respuesta. Me quedo solo. Vuelvo a sacar la fotografía de Lili. Su orgullo me desafía y la forma en que me sostiene la mirada, cuando cualquiera en su posición ya habría huido, me obliga a dar un paso más.
Esta noche se acaba la espera.
——————✧◦♔◦✧——————
Cincuenta y tres minutos.
Eso es lo que Lili lleva ignorándome desde el otro extremo de la mesa.
Ilya ocupa la silla a mi derecha y finge estudiar las cifras del informe, aunque sé que lleva media reunión observando de reojo la guerra silenciosa entre nosotros.
Lili no ha vuelto la cabeza ni una sola vez, pero sabe dónde estoy.
Lo noto en la tensión que le recorre los hombros cada vez que intervengo y en la forma en que hace girar el bolígrafo entre los dedos cuando mi voz atraviesa la sala.
Puede engañar a todos los demás.
A mí, no.
Tiene una carpeta abierta delante y espera mientras los hombres de Trois-Rivières discuten, los intermediarios de Ottawa inflan sus cifras y el representante de Laval se convence de que está controlando la negociación. Solo entonces formula una pregunta.
—¿Qué parte de esas pérdidas corresponde a mercancía retenida y cuánto a cargamentos que nunca existieron?
El representante de Laval deja de sonreír.
Lili pasa una página del informe con absoluta calma.
—Ustedes declaran doce envíos, pero los registros portuarios solo reconocen nueve.
El silencio que sigue vale más que cualquier amenaza.
Ilya oculta una sonrisa detrás del vaso de agua.
—Te estás divirtiendo —murmura.
—Estoy escuchando.
—Llevas toda la noche escuchándola.
No me molesto en responder.
Lili lleva un traje de falda azul noche, con la chaqueta entallada y una blusa de seda color marfil cerrada hasta la clavícula.
La falda le llega por debajo de las rodillas.
No hay escote, espalda desnuda ni joyas llamativas; nada elegido para seducir a una sala llena de hombres y, aun así, toda la atención termina gravitando hacia ella.
Pero no es la ropa lo que me mantiene pendiente de cada movimiento. Es la precisión con la que desmonta una mentira sin elevar la voz. Deja que el contrario crea que todavía conserva una salida y, justo cuando empieza a relajarse, se la cierra delante de todos.
La observo rechazar una propuesta que habría beneficiado a Quebec a corto plazo. Silas la habría aceptado por orgullo y habría exigido el doble. Ella renuncia a una ganancia inmediata para asegurar dos rutas durante los próximos cinco años.
No gobierna como su padre, y cada vez resulta más evidente que tampoco pretende hacerlo.
Uno de los viejos de Trois-Rivières comete entonces el error de dirigirse a ella en tercera persona.
—La señorita Blackwood tendrá que entender que estos acuerdos se firmaron cuando ella todavía iba al colegio.
La sala se queda inmóvil.
Lili no levanta la voz ni cambia de postura. Cierra la carpeta y la desliza por la mesa hasta detenerla frente al hombre.
—Los firmó mi padre con usted hace dieciocho años.
Cláusula cuarta. La renovación exigía un volumen mínimo anual que no se alcanza desde hace tres ejercicios.
Llevo dos años cubriendo el diferencial por respeto a aquella firma.
Dígame si quiere que siga haciéndolo o si prefiere continuar hablando de mi edad.
El hombre no abre la carpeta.
No hace falta.
Alguien tose al fondo y la reunión prosigue, pero nadie vuelve a hablar de Lili como si no estuviera presente.
Ella tampoco me mira para comprobar mi reacción. Debería molestarme. En cambio, siento una satisfacción absurda al ver que ninguno de los hombres de la mesa vuelve a cuestionar su autoridad.
Lili no necesita que nadie la defienda. Probablemente me rompería la nariz si lo intentara.
Sin embargo, al recuperar la carpeta, su pulgar roza el borde del papel dos veces. Reconozco el gesto.
Está impaciente.
Y esta vez sé por qué.
La reunión termina poco después de medianoche. Cuando levanto la vista, su silla ya está vacía.
No la he visto marcharse.
—Eso tiene que doler —comenta Ilya mientras guarda el teléfono.
—¿Qué cosa?
—Que haya conseguido desaparecer mientras la vigilabas como un psicópata.
Le dedico una mirada que debería bastar para cerrarle la boca. No funciona.
—Te espero en el coche —añade—. Procura no provocar una guerra internacional antes de bajar.
Recojo los documentos y salgo de la sala. Al meter la mano en el forro de la chaqueta, encuentro algo que no estaba allí al comienzo de la noche.
Una tarjeta de acceso.
En el reverso hay un mensaje escrito con tinta negra.
«Nivel P3. Cinco minutos».
Una sonrisa amenaza con traicionarme.
Las puertas del ascensor se cierran y pulso el botón del tercer sótano.
Lili no ha huido.
Me está esperando.
La encuentro apoyada contra mi coche. Ha dejado el bolso a su lado y se ha quitado los zapatos; los sostiene por las tiras con una mano, y sus pies descalzos descansan sobre el hormigón frío.